Entrevista a Leopoldo Fernández Pujals - por William Navarrete
Entrevisto al empresario Leopoldo Fernández Pujals con quien me encuentro en Madrid. Enlace directo a Cubanet:
Leopoldo Fernández Pujals Fernando Vega-Penichet y William Navarrete, Madrid, noviembre de 2025Tengo una
mentalidad de preso plantado y un plantado no negocia con el régimen
(El escritor
William Navarrete entrevista al empresario Leopoldo Fernández Pujals)
En enero de 2004
conocí a Leopoldo Fernández Pujals durante un encuentro con periodistas
franceses de la organización Reporteros Sin Fronteras que habíamos invitado a
Miami para que conocieran el exilio cubano y a muchos de los líderes y
activistas que se mantenían muy activos denunciando al régimen cubano y
defendiendo las libertades fundamentales en la Isla.
Pasó el tiempo,
perdí de vista a Fernández Pujals, a quien llaman el Rey Midas por cuanto todo
lo que toca lo transforma en oro y su enorme capacidad en el ámbito
empresarial. Intenté contactarlo, pero me dijeron que pasaba mucho tiempo
ausente en Bahamas, aunque en realidad estaba en Madrid.
Fue el abogado
Fernando Vega-Penichet, a quien ya entrevisté para esta serie quien, siendo muy buen amigo de Leopoldo,
tuvo la generosidad y la fabulosa idea de propiciar esta entrevista durante mi
última estancia en Madrid. Leopoldo me ofreció su libro de memorias (en inglés)
y conversamos toda una tarde, entre arroces marineros y buenos tintos, en un
restaurante del barrio El Viso. Sabía que, desde hacía algunos años, los
caballos eran su principal ocupación, pero ignoraba la magnitud de su proyecto,
el éxito alcanzado y las sumas astronómicas que el universo de las competencias
hípicas representa.
Con Leopoldo se
aprende mucho y su vida daría para escribir varias novelas. Desde la salida de
Cuba, sus primeros años de exilio, la guerra de Viet Nam, su exitoso desempeño
en el mundo ejecutivo hasta el increíble triunfo empresarial con Telepizza,
Jazztel y, ahora, en la cría y competencias de caballos ingleses de carrera,
las diferentes etapas de su vida son el mejor ejemplo de que, como el ave
fénix, muchos exiliados cubanos supieron sobreponerse a las pérdidas y reveses
transformándolos en vidas exitosas. Mejor que sea él quien nos lo cuente.
Háblanos de
tus orígenes
Mi padre, Genaro
Fernández Centurión, originario de Manzanillo, provincia cubana de Oriente, era
abogado y notario con despacho propio. Mi abuelo paterno, Genaro Fernández
Peña, había sido propietario de un ingenio llamado San Ramón, pero lo perdió
cuando la recesión de 1920. Era un asturiano, nacido en una aldea a 7 km de
Pravia, en 1860, y llegado a Cuba solo, en 1874, con 14 años de edad, en medio
de la guerra de los Diez Años. Su esposa, Dolores Centurión, era bayamesa y
pertenecía a una familia vinculada con las guerras de independencia. De hecho,
la guerra de 1868 comenzó con el incendio de la farmacia de Maceo Osorio, un
tío de mi bisabuela.
Por parte de
Elena Pujals Mederos, mi madre, mi abuelo, aunque nacido en Cuba, tenía
orígenes catalanes y se llamaba Francisco Pujals Claret. Y su esposa, nacida en
Key West en 1890, se llamaba Romelia Mederos Cabañas. Por parte de esta abuela
buena parte de la familia fue deportada a la isla africana Fernando Poo, a
donde las autoridades coloniales enviaban los desafectos y conspiradores
independentistas. Por esta razón, otros deben exiliarse en Estados Unidos y es
allí en donde nace mi abuela Romelia.
Mi madre era
arquitecta y catedrática de la Universidad de La Habana, una de las pocas que
ejercían esa profesión en Cuba. Se había graduado en 1940 en la Universidad de
Pennsylvania. Fue la primera profesora en este ámbito en la Isla. Y su hermana
Alicia Pujals también era arquitecta. Ambas construyeron en La Habana casas muy
modernas para la época.
¿Qué recuerdos
tienes de tu vida en Cuba?
Nací en La Habana
el 12 de marzo de 1947. A los 4 años de edad comencé el kínder en la calle 20
entre Primera y Tercera, en el reparto de Miramar, en donde vivíamos. Y luego,
continué la primaria en el colegio de La Salle, de este mismo reparto.
Varias personas
de mi familia tenían fincas. Mi tía abuela Elena Mederos y su esposo Hilario
González tenían una finca llamada Sonora, en la provincia de La Habana, con
unos mangales increíbles. Creo que por eso el mango es una de mis frutas
preferidas. De ahí mi interés muy temprano por la agricultura y mi deseo de
convertirme en ingeniero agrónomo. Mi abuela Romelia también tenía una finca
llamada Jejenes, en Pinar del Río, con más de 10 00 acres. En casa teníamos un
jardinero llamado Julián y me gustaba ayudarlo a podar, cortar el césped y
regar las plantas. En un rincón del jardín tenía mi propio huerto en el que
plantaba posturas de tomates, frijoles y maíz. De niño aprendí a montar a
caballo en una finca que también tenía mi abuela Romelia llamada Santa Rita,
entre La Habana y Matanzas, que heredó mi tío José Pujals.
La familia era
numerosa y tenía varios primos y primas. Mi tío Raúl, quien era ingeniero, le
había construido una casa de muñecas a mis primas Alicia y María Elena. Un día
me sorprendió jugando con ellas y me preguntó qué hacia allí. Le respondí, que
en todo hogar se necesitaba un hombre. Se dio media vuelta y me dejó seguir
jugando.
Otro recuerdo que
tengo es sobre las competencias de natación en el Havana Yacht Club. Mi prima
Graciela Pujals era campeona de nado y había salido mejor atleta del año en
1958 y 1959, siendo la primera en cuatro estilos.
¿En qué
momento, condiciones y por qué razones sales de Cuba?
Salí de Cuba con
mi abuela Romelia el 18 de julio de 1960 y con 13 años de edad rumbo a Miami.
Ya toda la familia se había ido, incluidos mis dos hermanos que habían viajado
el 13 de ese mes junto a mi tía Alicia y sus hijas, pero mi abuela se quedó
para asistir a la boda de mi prima Graciela que tuvo lugar dos días antes en la
iglesia del Corpus Christie. La recepción de la boda fue en los jardines de las
cuatro casas colindantes que había construido mi abuelo Francisco Pujals para
la familia en Miramar. Nosotros nos fuimos y mis padres se quedaron en Cuba.
¿Cómo fueron
tus primeros años en el exilio?
La primera semana
viví en casa de mi tía Olga, pero a la siguiente nos mudamos a Fort Lauderdale
con mis tíos Alicia y Raúl, mis dos hermanos y tres primos. Nuestra vida en el
exilio estaba a años luz de lo que habíamos vivido en Cuba y, para colmo, un
huracán llamado Donna pasó por el sur de la Florida dejando todo bastante
desolado.
En septiembre de
ese año nos inscribieron en la Central Catholic High School, dirigida por
hermanas dominicas, la única escuela católica de la ciudad. Toda la enseñanza
era en inglés, lengua que no hablaba de manera fluida. Lo peor de Fort
Lauderdale era que, a diferencia de Miami, pocas familias cubanas vivían allí.
Y como había que
ganar dinero empecé a coleccionar los cupones o sellos para completar la
cantidad suficiente que permitía comprar determinados artículos en los
supermercados. Fue así que, cuando reuní suficientes sellos, mi primera adquisición
fue una maquinita eléctrica para cortar pelo. Mi tío Raúl cogió de conejillo de
indias a mi hermano y le hizo cucarachas por todas partes. Entonces lo convencí
para que me dejara arreglarle aquel desastre y así fue como, tras el éxito del
arreglo, empecé a pelar a otros.
Cuando mi madre
vino de Cuba consiguió inmediatamente trabajo en un estudio de arquitectura,
logramos independizarnos y alquilar otra casa en el mismo Fort Lauderdale.
Entonces saqué mi licencia de conducir y me convertí en repartidor de
periódicos acompañado por mi madre porque la licencia era restringida ya que
apenas tenía 14 años.
En ese periodo
corté césped en el vecindario para ayudar en la casa pues mi padre seguía
viviendo en Cuba ya que creía ingenuamente que si mantenía una presencia en la
Isla el gobierno castrista no nos confiscaría la propiedad. Finalmente, se dio
cuenta de que aquello era pena perdida y decidió abandonar definitivamente la
isla en agosto de 1961.
Ya están todos
reunidos en el exilio, ¿qué sucedió después?
Mi padre, que en
Cuba había sido un abogado notable, tuvo que convertirse en repartidor de
encargos de un laboratorio dental. Luego, envió su currículo a diferentes
escuelas primarias y terminó recibiendo la aceptación de la Suffield Academy,
en el pueblo de este nombre, en Connecticut. Mi madre y mis hermanos se
quedaron viviendo en Florida y yo viajé con él hasta ese Estado, un viaje de 30
horas en autobús. Llegamos durante el Labor Day de septiembre de 1963. Allí
terminé mi bachillerato un año más tarde y regresé a la Florida. Muchos años
después, tres de mis hijos (Carlos, en 1997; Alberto, en 2012 y Andrés en 2013)
estudiaron en Suffield Academy, para la cual financié la construcción del
Centurion Hall en honor de mi padre.
En 1964 matriculé
en la Stetson University, de DeLand, un pequeño pueblo cerca de Daytona Beach,
en donde estudié Finanzas y Contabilidad. Esto sucedió no sin algunos
contratiempos pues, por falta de concentración, me echaron en tres ocasiones
que aproveché para trabajar en cosas diferentes. Una fue como vendedor puerta a
puerta de aspiradoras Kirby, y otra, gracias a mi hermano Genaro quien
trabajaba para la compañía Ford en Dearborn, en Michigan, y me consiguió un
trabajo de pintor de carrocerías en la fábrica de autos.
Tengo
entendido que eres veterano de la guerra de Viet Nam…
La guerra dio un gran
giro a mi vida porque cuando regresé para terminar mis estudios en Stetson,
decidí, al poco tiempo, alistarme en 1968 como voluntario en el US Army. Me
enviaron a Fort Jackson, en Carolina del Sur, en donde pasé todos los exámenes
físicos y tenía las condiciones idóneas. Me propusieron la Escuela de Oficiales
o la de Aviación. Al final opté por la primera y completé mi preparación en
Fort Gordon, Georgia, y después en Fort Dix, Nueva Jersey.
En este periodo,
exactamente en diciembre de 1969, me casé con mi primera esposa, Nicole Lewis
Cylkowski, una americana de orígenes polacos e ingleses, a quien había conocido
meses antes en una fiesta en el club de los oficiales de Fort Belvoir. En 1971,
seis meses después del nacimiento de Alejandro Francisco, mi primer hijo, me
enviaron a Viet Nam, exactamente al campamento del batallón 90, situado en Biên
Hoa, al norte de Saigón. En este momento tenía el grado de capitán y mi misión
consistió en coordinar con el cuerpo de ingenieros los equipos que
suministraban diferentes compañías de fabricantes.
Estando en Viet
Nam recibí la noticia más desoladora de mi vida: mi madre había fallecido el 25
de agosto de 1971. Llegué a Miami dos días después de su muerte para la
ceremonia en la funeraria Caballero y diez días más tarde estaba de regreso a
Viet Nam. Todo fue muy duro, nunca lloré tanto. Pero tenía un pacto con ella:
después de Viet Nam tenía que terminar mis estudios.
¿Y lo cumpliste?
Por supuesto. Regresé de Viet Nam a Stetson University en 1972. Y me gradué en 1973. Durante mis cuatro años de ausencia
en el Ejército el mundo universitario había cambiado. La moda era ser hippie y
fumar marihuana.
Así fue como, al
graduarme, empecé trabajando para Procter and Gamble, en 1975, cubriendo como
vendedor un territorio que incluía Fort Lauderdale, Hollywood, Dania Beach y
Pompano Beach. Nueve meses después ya estaba en Johnson and Johnson, una
compañía a la que llegué como vendedor y terminé como director de división seis
después. Empecé cubriendo un área vasta de centros médicos de Albany a Buffalo,
en el Estado de Nueva York y pasé luego a Massachussets. Quería que mi hijo
viviera en un sitio en donde pudiera aprender español y logré un puesto
ejecutivo en Guatemala para cubrir el mercado de toda América Central, entre
1977 y 1980. Claro, este país no era nada seguro y se daban muchos casos de
secuestros a ejecutivos de grandes empresas, por lo cual continué mi trabajo
desde Panamá hasta 1981.
¿Cuándo te
estableces en España y por qué?
En 1981 y vine
como director de una división de Johnson and Johnson en Madrid. Mi hijo Carlos
fue a estudiar a la American School y al más pequeño, de 3 años, lo inscribimos
en la escuela Montessori. Me mantuve trabajando para esta multinacional hasta
1986, es decir, le entregué 14 años de mi vida, pero quería trabajar para mí. A
los 39 años me había dado cuenta de que para realmente ser independiente y
tener mucho éxito, financieramente hablando, hay que trabajar para uno mismo y
fundar su propia empresa. Porque mientras trabajes para otro puedes alcanzar un
gran salario, como era mi caso con unos 200 000 al año en la década de 1980,
pero de esa cifra no iba a subir más.
Y fue así como empecé
a acariciar la idea de dejar Johnson and Johnson y empezó la aventura Telepizza,
que al principio se llamaba Pizza Phone. Venta de pizzas a domicilio. La
empresa por la que me convertí en una de las personas de mayor solvencia en
toda España y que comencé con un local de nada en La Vaguada, en el barrio del
Pilar, y terminé cubriendo, años después, el 65% de la venta de pizzas en el
mercado.
¿Cómo se te
ocurrió Telepizza?
Leyendo un artículo
que mi hermano me envió del Wall Street Journal titulado “Pizza Wars”
(la guerra de las pizzas), en el que se hablaba de la competencia en Estados
Unidos de tres gigantes de la distribución de pizza: Domino’s, Pizza Hut y
Little Caesar’s. Este concepto era novedoso en España donde el territorio,
después de la apertura del país, permanecía virgen.
Yo no sabía nada
de pizzas, y mucho menos de queso mozzarella, tomates y harina. Pero algo me
decía que aquello sería un gran negocio. En noviembre de 1987 abrí mi primer
restaurante de pizzas, como dije, en La Vaguada, la primera en toda España que
hacía entregas a domicilio. Mi hermano Eduardo se asoció conmigo en el negocio
y al poco tiempo abrí un segundo local, en la calle Cochabamba, cerca del Paseo
de La Habana, al que se le llamó Telepizza. En esa época seguía trabajando para
Johnson and Johnson de 9am a 5pm.
Estando en Telepizza,
ya separado de mi primera esposa, conocí a Marilina, mi esposa actual,
psicóloga y madre de mis tres últimos hijos. Ella llegó un día a la empresa
como aspirante a un puesto y terminó convirtiéndose en esposa del dueño.
Y fue un
exitazo…
Absoluto. Llegamos
a tener el 65% del mercado y 800 locales, de los cuales 600 en España y 200 en
el extranjero. La empresa terminó en 1996 en el IBEX 35, el índice bursátil
español, siendo la salida en bolsa más rentable de la historia. Y la vendí por
300 millones de euros en 1999. Por supuesto, la clave del éxito era la calidad
de los productos que utilizábamos, y uno de nuestros anuncios era “El secreto
está en la masa”.
¿Y continuaste
en el mundo de los negocios?
No era mi
intención. En el periodo que siguió a la venta de Telepizza me instalé en Las
Bahamas, en donde estuve cinco años viviendo de manera permanente y
descansando. Allí vivía tranquilo, jugaba golf y tenía un barco llamado Libertad.
Viajaba con frecuencia a Miami y empecé a financiar a dos organizaciones
contrarias a Fidel Castro: Cuba Libertad y Citizens for Liberty in Cuba.
Pero en
septiembre de 2004 compré en España el 24,9% de las acciones de Jazztel,
una operadora de banda ancha que estaba al borde de la quiebra y pagué 61,8
millones de euros para revitalizarla. Al final, convertí a una empresa
completamente deprimida en algo muy próspero y, por segunda vez, la coloqué en
el Ibex 35, siendo el único ciudadano español en ese momento en colocar a dos
empresas en este índice bursátil. Nuestro lema era “el secreto está en la red”,
recordando el que habíamos utilizado anteriormente para Telepizza. Mis acciones
en Jazztel las vendí en 2015 por 483 millones.
Y también le gané
un pleito a Telefónica, algo inédito en su momento porque nadie se atrevía a
poner una demanda a un coloso como éste. Cansado de los incumplimientos con las
tramitaciones de nuestros clientes que no conseguían darse de baja de
Telefónica porque la empresa tenía prácticamente todo el monopolio y demoraba
meses en dar de baja a los solicitantes, de modo que perdíamos los clientes. Al
final les gané el pleito y zanjaron por 10 millones de compensaciones a
Jazztel.
En 2014 cuando
vendes Jazztel estabas entre las 25 primeras fortunas de España. ¿Fue entonces
que te dedicaste a los caballos de pura sangre española?
Mi afición por
los caballos me llevó desde 1995 a adquirir una yeguada en San Pedro de las
Dueñas, provincia de Segovia, que llamé Centurión. La yeguada dispone de tres
fincas (Monasterio de San Pedro de las Dueñas y Santa Ana, dedicadas a caballos
de pura raza española) y, en 2021, adquirí el haras (yeguada en francés)
de Nonant-le-Pin, en Normandía, que también bauticé como Haras Centurion,
dedicado a los caballos pura sangre ingleses.
Hoy en día mi
actividad fundamental son los caballos de carrera. Mis caballos han ganado
grandes premios en Inglaterra, Francia, España y Estados Unidos. Cuando un
semental gana una carrera su valor es enorme, y por cada cubrición en la que
participa se cobran 100 000 euros. Saca la cuenta cuánto dinero da a razón de
180 cubriciones por año. Eso sí, mi objetivo es conseguir el mejor caballo de
todos.
¿Te has
mantenido apegado a tus raíces cubanas? ¿Has vuelto a Cuba?
El tema cubano ha
ocupado buena parte de mi vida y de mis actividades. Soy sobrino de un preso
plantado cubano: José Pujals Mederos, quien fue condenado a 30 años de prisión
de los cuales cumplió 27 años y 22 días en las mazmorras del castrismo entre
1961 y 1988. Partió al exilio y falleció en Miami en 2019. Participé en su
momento apoyando la Fundación Elena Mederos que llevaba el nombre de una de mis
tías abuelas.
Durante años garanticé
que la asociación en el exilio Plantados hasta la libertad pudiera mantenerse
activa, que sus miembros pudieran viajar y dar a conocer sus historias a través
del mundo. Finalmente pude cumplir un viejo sueño, una asignatura pendiente como
dije en mi libro Apunta a las estrellas y llegarás a la luna, publicado
en 2014. Es decir, pude producir y financiar una película que contara la vida
de estos héroes de la lucha contra el castrismo a quienes nunca pudieron
doblegar porque no aceptaron nunca el tratamiento que les daban a los presos
comunes. Fue de este modo que pude, después de mucho tiempo, encontrar al
director Lilo Vilaplana quien se ocupó de dirigir la película Plantados.
A Cuba nunca he
vuelto ni pienso volver mientras esa dictadura permanezca en el poder. Algunas
personas que conozco, exiliados como yo, han regresado. Son posiciones que
acepto pero que no comparto. Como he dicho otras veces, tengo una mentalidad de
preso plantado y un plantado no negocia con el régimen.
Madrid, noviembre
de 2025








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