Entrevista a académica María Dolores Espino González-Longoria - por William Navarrete
Entrevisto a la académica y economista cubanoamericana Maria Dolores Espino Gonzalez Longoria.
Ver en Cubanet: Siempre quise ir a Cuba y nunca dejé de pensar en la Isla / por William Navarrete
“Siempre quise ir a Cuba y nunca dejé de pensar en la Isla”
(El escritor William Navarrete entrevista
a la economista y académica María Dolores Espino González-Longoria)
María Dolores Espino forma parte de lo
que llamo “los primos del siglo XVIII”. Ese lejano grado de parentesco fue lo
que nos acercó, pues ambos descendemos de líneas establecidas entre Bayamo y
Holguín desde finales del XVII y el XVIII. Interesada como yo en los primeros
habitantes del pueblo de San Isidoro de Holguín y en los vínculos casi
consanguíneos entre ellos, decidimos volver a publicar el padrón o censo de
vecinos de Holguín de 1735 (anteriormente sacado a la luz por el genealogista cubano
Peter E. Carr), pero esta vez identificando a cada persona mencionada en el
censo y añadiendo a sus padres, abuelos, cónyuges y descendencias, de modo que
abarcábamos a todos aquellos que vivieron en Holguín entre 1735 y 1755
aproximadamente. El libro lo publicamos bajo el título de Genealogía
cubana. San Isidoro de Holguín, en la editorial valenciana Aduana Vieja
en 2015.
Posteriormente, se convirtió en
colaboradora esencial de la segunda y la tercera publicación sobre el tema de
las genealogías de la región norte de Oriente que publiqué en la editorial
UnosOtros de Miami bajo los títulos de Primeras
familias, poblado y ciudad de San Isidoro de Holguín y Matrimonios
y descendientes San Isidoro de Holguín.
Como María Dolores visitaba la isla con
frecuencia por razones académicas, de la misma manera que yo nunca regresé, su
ayuda fue muy valiosa porque pudo consultar in situ fuentes originales a las
que yo no tenía acceso desde París. Además, con el rigor de una economista
profesional imponía orden a los datos a partir de cifras reales y lógica. Nada
más lejos de mis elucubraciones literarias. Quiere esto decir que, entre el
rigor académico de su parte y la imaginación de la mía, sellamos una
colaboración que hemos mantenido desde entonces.
Por otro lado, cuando conocí a José
Joaquín Espino, sacerdote y rector de la Ermita de la Caridad del Cobre de
Miami, ignoraba que fuera su hermano. Sentados en unos sillones de estilo
cubano en la casa sacerdotal empezamos a evocar nuestros ancestros. Me dijo que
los de él eran originarios de Gibara y Guantánamo y así fue como, atando cabo,
me di cuenta de que era el hermano sacerdote del que María Dolores ya me había
hablado.
Cuando fue conociendo a mi entrevistada
me di cuenta de que existía una familia católica cubana de raíces profundas y
comprometida con la Iglesia y muchos de los valores relativos a la patria, la
solidaridad, el humanismo y el amor más allá de las barreras, obstáculos y
diferencias políticas. Fue justo en ese momento en que comprendí la dimensión
de su trabajo y su interés por defender la unidad de la familia cubana. Mejor
que sea ella quien nos lo cuente.
A quienes les interesa la genealogía les
cuesta trabajo hacer un resumen de los orígenes. Es tu caso también, ¿puedes
contarnos un poco de tu familia inmediata?
José Joaquín Espino Pérez, mi padre, era
guantanamero, pero pasó toda gran parte de su adolescencia y juventud en La
Habana. Cursó su bachillerato en el colegio de Belén y estudió contabilidad en
la Universidad de La Habana. Al regreso a Guantánamo trabajó para el Municipio
de Guantánamo, durante el tiempo en que su tío Emilio Bustillo fue alcalde. Mas
tarde se dedicó a representar a algunas compañías extranjeras, sobre todo en
ventas de productos y equipos agrícolas. Su padre, Manuel de Jesús Espino
Herrera, era de Santiago de Cuba, aunque la madre había nacido en Bauta,
provincia de La Habana, descendiente de una familia del Guatao. Fue banquero, llegó
a presidente del Banco Nacional en Guantánamo y se casó con María Dolores Pérez
Montes de Oca, mi abuela paterna, quien nació en Guantánamo, de padre
santiaguero y madre holguinera. A mi abuelo paterno no lo conocí pues falleció
en el 1929 dejando cuatro hijos pequeños. Afortunadamente dejó a su familia bien
acomodada en cuanto a la situación financiera. Mi padre, con excepción de un
bisabuelo madrileño, desciende de viejas familias cubanas y cada vez que le
preguntábamos sobre sus ancestros decía, en broma, que descendía de los taínos.
Mi madre se llamaba María Dolores
González-Longoria Álvarez. Nacida en 1923 en el pueblo de Gibara, al norte de
Holguín, era hija de Ángel González-Longoria Tauler, nacido también en Gibara. Muy
joven, éste pasó a Guantánamo en donde se asoció con un español para abrir una
ferretería y terminó convirtiéndose en dueño de ésta, bajo el nombre de La
Sucursal, e incorporando al negocio a muchos de sus familiares. A diferencia de
la de mi padre, la ascendencia de mi abuelo materno es española de inmigración
del principio y de mediados de siglo XIX, de lo cual la única excepción es una
línea antigua en Trinidad. Mi abuela materna, María Dolores Álvarez Rubio,
nació en Holguín, y su madre era también holguinera, pero su padre fue un
oficial español de carrera nacido en Sevilla. Poco después del nacimiento de mi
abuela a mi bisabuelo lo destinaron a Santa Cruz de Tenerife, luego a Sevilla y,
al estallar la guerra del 1895, lo enviaron de nuevo a Cuba. Al terminar la
guerra de Independencia la familia volvió a España. Vivieron en Sevilla y luego
en Córdoba, regresando a Cuba tras la muerte de mi bisabuelo. Esta rama de mi
familia nunca emigró.
Por otra parte, la familia materna de mi
abuela, los Castellanos de la Fuente, se había alzado contra el gobierno
colonial y sus bienes fueron confiscados. Es la razón por la que mi bisabuela con
sus padres los Rubio Castellanos vivieran exiliados en Cartagena de Indias. Los
Castellanos de la Fuente dieron muchos patriotas y héroes a las guerras de
independencia cubana.
¿Qué recuerdos tienes de tu infancia?
Nací en Guantánamo el 28 de febrero de
1953. Era la hija mayor de los seis hijos que tuvieron mis padres. En la ciudad
vivíamos en el centro, en lo que ahora se considera el casco histórico, en la
calle Carlos Manuel de Céspedes n° 707 entre Narciso López y Jesús del Sol.
Siempre digo que tuve la infancia más
feliz del mundo. Frente a nuestra casa vivían mis abuelos maternos y tías
abuelas que siempre estaban dispuestos a entretenernos. Mis tías abuelas me
hacían cuentos y cantaban viejas canciones. Nos llevaban a excursiones para
bañarnos en el río y corretear por los campos aledaños. Teníamos una casa en la
playa del Uvero, al noreste de la entrada de la bahía de Guantánamo, de la que
guardo recuerdos maravillosos porque era una playa muy hermosa de arenas
blancas en donde pasábamos todos los veranos y a donde íbamos también durante
otras vacaciones.
Mi padre tenía 54 primos hermanos, su
familia y parientes formaban un clan y donde quiera que iba tenía primos.
Dicen que Guantánamo era un pueblo muy
moderno…
Es un pueblo muy nuevo, oficialmente
reconocido en el 1870. Pero existía desde mucho más temprano una población
cercana, Tiguabos. La revolución de esclavos en Haití impulsó el desarrollo en
el área. Muchos de estos exilados establecieron cafetales y haciendas
azucareras en esa zona. Esta inmigración tuvo mucha influencia cultural. En Guantánamo
se hablaba bastante francés de origen haitiano e incluso en su deje los
guantanameros, incluso en español, arrastraban bastante las erres como en el
francés y había cierta similitud con su pronunciación. Por cierto, he notado
que esto se ha perdido.
Durante todo el siglo XIX Guantánamo tuvo
mucha inmigración de catalanes algo que influyó en la arquitectura del pueblo.
En el siglo XX la proximidad a la base naval permitió un notable auge económico
atrayendo muchos trabajadores y comerciantes al área. En cuanto a la influencia
cultural, había intercambios sociales entre la base norteamericana y el pueblo
y en mi tiempo se recibían las señales de televisión. De modo que veíamos los
programas en inglés, sobre todo los muñequitos.
Como consecuencia también de la cercanía
de Haití y Jamaica había muchos descendientes de haitianos y jamaiquinos. Durante
los carnavales, que eran maravillosos, la conga salía por las calles y a
nosotros nos dejaban arrollar en la cola del cortejo. Todo esto tiene mucho que
ver con la formación de mi identidad y con el hecho de que siempre me he
sentido muy cubana.
Naces en la convulsa década de 1950,
periodo en que comienzan las luchas insurreccionales contra el gobierno de
Batista. ¿Estuvo implicada tu familia en éstas? ¿Notabas cambios en la
situación política del país?
Sin ser simpatizante del gobierno mi
padre no estuvo implicado en nada de esto. Quien era muy ortodoxo era mi abuelo
materno. Ya hacia fines 1957 me di cuenta, a pesar de mi tierna edad, de que
las cosas estaban cambiando. A una cuadra de casa, por ejemplo, estaba el
colegio de La Salle y, para controlar mejor lo que pasaba, los casquitos de
Batista se habían apostado en la azotea del edificio.
A los niños comenzaron a restringirnos
las salidas nocturnas y en las casas empezaron a abrir salidas por detrás que
comunicaban con otras casas y manzanas por si había que salir huyendo. No se podía ir al Uvero porque el viaje era
muy peligroso. En 1958 mataron a Manuel Tames Guerra, el hijo de Simón Tames,
un gran amigo de mi padre y como estaban buscando al padre y que éste era el
administrador del acueducto de Yateras mi padre aceptó ocuparse del acueducto
para remplazarlo. Este episodio tendrá graves consecuencias más tarde como
contaré en su momento.
¿Recuerdas el 1° de enero de 1959?
Perfectamente, desperté el primer día del
año con la casa llena de vecinos hablando en voz baja, pero celebrando la noticia.
Todavía Guantánamo seguía bajo el control del gobierno. El día siguiente cuando
entraron los barbudos en el pueblo y mi padre nos llevó a mi hermano José Ángel
y a mí al Paseo para que viéramos el cortejo, ya que decía que era un momento
histórico y que teníamos que verlo.
Mi colegio era el de las Teresianas, un
colegio católico de hembras, que se mantuvo durante los años 1959 y 1960. Todo
el mundo estaba muy esperanzado y todavía no habían ocurrido grandes
transformaciones.
¿En qué momento empiezan a darse
cuenta de que los acontecimientos están tomando un mal giro?
Creo que desde muy temprano tenía la
costumbre de leer la sección de muñequitos que traía el Diario de la Marina
todos los domingos. Un domingo, al buscar los muñequitos en su sección
habitual, descubrí que habían sido sustituidos por una crónica en muñequitos en
blanco y negro que contaba los horrores sufridos por los rusos bajo el
comunismo. Le pregunté a mis padres qué pasaba
y solo me pudieron contestar que había que rezar para que eso mismo no pasara
en Cuba, pero aquello que me dijeron me dio miedo. Esto fue en el 1960, creo
que la última vez que el Diario de la Marina se publicó desde La Habana.
Luego comenzaron las primeras
intervenciones. Mi padre tenía unas parcelas de tierra en donde se estaba
empezando a construir el reparto El Caribe que pretendía ser un poco como el Vista
Alegre de Santiago de Cuba, y estos lotes se los confiscaron enseguida. Después
vino la confiscación de la ferretería La Sucursal y lo que más me afectó: la
imposibilidad de dar viajes al Uvero, por su cercanía a la base Naval. Por otra
parte, confiscaron el colegio en que estudiaba y recuerdo muy bien el día en
que entraron los interventores.
Cuando ocurrió la invasión de bahía de
Cochinos, a mi padre lo arrestaron y lo encarcelaron, primero en El Castillito
de Santiago de Cuba y, luego, en la prisión de Boniato. Creo que se lo llevaron
detenido por haber trabajado en el acueducto de Yateras, que era propiedad de
miembros de la familia Bacardí, y de ese modo lo asociaron a él a la gente del
gobierno de Batista.
¿Fue este el detonante para que
salieran del país?
La salida del país fue traumática, aunque
como era niña estaba también estaba emocionado por la aventura del viaje.
Las cosas sucedieron del modo siguiente.
Muchos miembros de mi familia ya habían salido de Cuba o de estaban preparando
para salir, pero mi padre se negaba a irse, seguro que las cosas tenían que
cambiar, pero sí consintió que a mí y mis hermanos nos sacaran pasaporte.
Cuando lo arrestaron cambió de opinión y desde la cárcel consintió que los tres
hermanos mayores, que estábamos en edad escolar saliéramos de Cuba. Se decidió
que saldríamos solos, como todos los pedropanes. A última hora no viajó con
nosotros mi hermano José Joaquín, pues se estaba recuperando de una operación
de apendicitis. Antes de viajar a La Habana, fuimos a visitar a mi padre a la
cárcel de Boniato, pero no nos dejaron verlo. Me fui de Cuba sin volver a verlo
pues ya llevaba cuatro meses detenido.
¿Cómo fueron tus últimos días en la
isla?
Viajamos a La Habana, como dije, con mi
madre en el tren Fiat desde Santiago de Cuba. En la Habana nos reunimos con mi tía
Josefina Espino y mi primo Fernando Bestard y sus padres. Mi tía Josefina era
profesora de Filosofía en el Instituto de Segunda Enseñanza el Santiago de
Cuba, y ya se sentía presionada por el régimen y había decidido salir del país.
Allí se decidió que ella se iba a hacer cargo de nosotros y de Fernando una vez
todos en Miami.
Mi madre estuvo solo dos días con
nosotros y nos dejó ya con mi tía. Como no conocíamos la capital estuvimos la
semana a la espera de la salida visitando lugares a donde me llevaron como el
Zoológico, la CMQ, el casco antiguo y otros sitios.
Finalmente, primero salimos del país mi
hermano José Ángel y yo solos, rumbo a Miami, un 12 de agosto de 1961. Recuerdo
que estando en La Pecera del aeropuerto, un miliciano quiso quitarme una
manilla de oro que llevaba, pero me aferré a ella diciéndole que era un regalo
de mi madrina y que no pensaba dejarla. Por fin me dejaron quedarme con ella.
¿Los esperaba alguien en Miami? ¿Cómo
fueron tus primeros años de exilio?
Nos esperaba María Mercedes Amadeo, a
quien llamábamos Nena, una prima de mi padre. Nos llevaron al Ocean Front Park,
un hotel en Ocean Drive (Miami Beach) que era de judíos que alquilaban cuartos
a los cubanos que estaban llegando. Dos días después llegó mi tía con mi primo
Fernando y nos mudamos para el NorthWest. Ese mismo año, el 6 de diciembre de
1961, llegó mi hermano José Joaquín, quien como sabes es el actual rector de la
Ermita de la Caridad del Cobre de Miami. Estuvo con nosotros solo unos meses. Tenía
solo cinco años y madre decidió que mejor estaría con su hermana y su familia
que vivían en Nueva York. La separación no fue larga pues al año y medio vino
de vacaciones y no lo dejamos regresar. Viviendo en el North West, cursé tercer
grado en la escuela Kensington Park Elementary.
Después de llevar un año en Miami nos
mudamos para los edificios que están en la calle 9 del SouthWest, por detrás de
La Carreta, y que llamaban sarcásticamente “Pastorita”.
Me inscribieron en Auburndale Elementary,
en donde cursé el cuarto y quinto grados, pero en 1964 empezó un programa de
relocalizar a cubanos profesionales a otras partes de los Estados Unidos. Mi
tía se fue un verano a dar unos entrenamientos Pennsylvania y entonces la prima
Nena nos llevó a todos de vuelta al Ocean Front Park, donde también vivían dos
primas de mi padre con sus hijos. Al fin del verano mi tía encontró puesto como
maestra de español en un High School de un pueblecito en Pennsylvania. Como no
se sabía cómo le iba a ir nos quedamos unos meses más en Miami Beach.
En ese periodo estuve unos meses
asistiendo a un colegio en el que casi todos los alumnos eran judíos y fue una
experiencia muy interesante el poder compartir con personas de otra cultura,
festejar hanukka y fiestas que nosotros desconocíamos. Luego mis hermanos se
fueron con mi tía y yo volví a Pastorita a vivir en casa de otra prima de mi
papa Caridad (Cachi) Pérez.
¿Y tus padres?
Mis padres llegaron en 1966. Es decir,
pasé cinco años sin verlos, creciendo como hermana mayor y consciente de este
papel. Cuando mis padres llegaron vinieron con una hermana que no conocía
porque había nacido un año después de mi salida y acaba de llegar al exilio con
tres.
Al fin la familia estaba reunida. En el
exilio mis padres tuvieron que empezar a trabajar en factorías. Aun así, la
pasábamos muy bien porque José Manuel Espino, un tío de mi padre que era
soltero asumía muchos de nuestros gastos. En esos tiempos el espíritu de
solidaridad familiar era enorme y nunca nadie nos falló.
¿Qué sucedió luego?
En 1968 nos mudamos del Pastorita para
Hialeah. La que iba a ser la casa familiar por 30 años se encontraba entonces
al final de este barrio del Condado, al punto de después solo había campos y
ganado. Terminé el junior high y empecé el bachillerato en Hialeah y lo
terminé en Notre Dame Academy, en el noreste de Miami.
Cuando terminé el bachillerato hice un
primer semestre en el Miami Dade Community College y luego me fui a la Florida
State University de Tallahassee en donde me gradué de Economía, y donde también
saqué la maestría y el doctorado en esta disciplina.
¿Te interesabas entonces en política?
Creo que desde siempre. Recuerdo que
cuando ocurrió la invasión soviética a Praga en 1968 me prendí del radio y no
lo solté en toda la noche. Mi afinidad por la política influyó mi decisión de
estudiar economía. Yo había empezado a estudiando matemáticas, pero en el
tercer año de estudio cambie par economía. Para mí esta disciplina era la
perfecta combinación de rigor matemático con política.
También en mi época de estudiante había
un ambiente muy politizado. No solo con respecto al tema de Cuba sino también
en los asuntos de política americana, latinoamericana e internacional. Existían
varios grupos con publicaciones de cubanoamericanos que abarcaban todo el
espectro político de izquierda a derecha. Yo nunca pertenecí a ninguno de estos
grupos, aunque me relacioné con muchos de los participantes. De hecho, todavía
guardo colecciones de muchas de las revistas: Nueva Generación, Joven
Cuba, Cuba Va, Areíto, etc. Sí formé parte de las del
Instituto de Estudios Cubanos que dirigía María Cristina Herrera.
¿En qué momento decides volver a la
isla y por qué?
Al regresar a Miami en 1984, mi primer
trabajo fue como profesora en la Florida International University (FIU). Estando
como profesora de la FIU realicé mi primer viaje a Cuba, en 1991, con un grupo
de académicos en el marco de la Asociación de Estudios Caribeños que ese año se
reunía en La Habana. Nos quedamos en el hotel Presidente y recuerdo que como hubo
una penetración del mar no tuvimos elevador durante toda la estancia.
Siempre quise ir a Cuba y nunca dejé de
pensar en la Isla. Tuve una infancia en una familia de sentimientos muy
patrióticos. A pesar de que me siento americana no dejo de sentirme también
cubana, siempre agradeceré a Estados Unidos todas las oportunidades que me
ofreció, pero nunca renuncié a mi apego por mis orígenes. De modo que tengo sentimientos
encontrados, pero verdaderos.
Has trabajado mucho los temas cubanos…
Dos de mis primeras publicaciones
académicas datan de la época en que realicé mi primer viaje. Abordé dos temas
que nunca se habían tratado, es decir, el medioambiente por una parte y el
turismo por otra. Siempre quise aportar cifras y datos fríamente que sirvieran
para nutrir las estadísticas. No me interesaba entrar en consideraciones
políticas porque la realidad era que ese régimen estaba allí y había que tratar
de ver las cifras reales y los indicadores más allá de las que pudieran ofrecer
las estadísticas oficiales. Estos dos ensayos fueron publicados en el 1991 y
1992 en Cuba in Trasition, la revista oficial de la Association for
the study of the Cuban Economy (ASCE), asociación de la cual soy miembro y
en la cual he publicado muchos otros ensayos.
Entonces seguiste visitando la isla…
Mi madre falleció en 1997 y en 1999 mi
hermano José Joaquín, sacerdote, pidió que le autorizaran a regresar a
Guantánamo para fundar una iglesia en las afueras de la ciudad. Mi hermano fue
Pedropan y llegó muy pequeño a Estados Unidos. Nunca había vuelto a la Isla.
Traté de ir a verlo, pero desde mis dos primeros viajes en 1991 y 1992 no me
habían vuelto a autorizar la entrada al país. Al parecer en Cuba me achacaban
haber acuñado el término “apartheid turístico” relativo a la prohibición a los
cubanos de la Isla de entrar en hoteles y centros turísticos. Un término que yo
había utilizado en mis ensayos publicados.
Finalmente, pude volver con autorización
de visita familiar a mi hermano en el 2000 y repetir ese mismo viaje con
idéntico motivo tres veces más.
En el 1999, empiezo a trabajar como
profesora de Economía en St. Thomas University, la universidad católica de
Arquidiócesis de Miami de la que me retiré en el año 2020. Esto me permitió
muchas oportunidades de contactos e intercambios con laicos y clérigos cubanos.
En este marco participé en un grupo llamado “En comunión” cuyo objetivo era que
los católicos en el exilio y los de la Isla se compenetraran, se conocieran y se
ayudaran. Desde el 2011 he participado en varias escuelas de verano auspiciadas
por la Iglesia Católica en Cuba impartiendo cursos y charlas, en diversas
diócesis de la Isla.
Entre el 2017 y 2018, gracias al apoyo de
la que fue directora académica de la Universidad, la doctora Irma Becerra, St.
Thomas proporcionó en colaboración con la Arquidiócesis de Santiago de Cuba una
maestría en Ciencias Gerenciales de la que se graduaron 33 estudiantes
santiagueros. Como coordinadora de este programa viajé a Santiago de Cuba unas
cinco veces durante ese tiempo.
Nunca, en ningunos de mis viajes a la
Isla, he dejado de ir a Guantánamo o tratado de llegar a Gibara.
¿Y por qué tu interés por la
genealogía?
De toda la vida. Siempre preguntando a mi
madre y pidiéndoles que me hiciera cuentos de cuando era pequeña. Por parte de ambos
padres hay toda una red de primos en diferentes grados que nos relacionamos
como si fuéramos hermanos, y que mantenemos el vínculo afectivo y familiar. La
mayoría de la gente no conoce el nombre de sus ocho bisabuelos. Yo los conozco
todos desde niña.
Miami, diciembre de 2025








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