Entrevista a Andrés Pruna Bertot - por William Navarrete
Entrevisto a Andrés Pruna, artista cubanoamericano exiliado en Estados Unidos. Otra vida trepidante y que provoca asombro:
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“En Cuba
cuando hablabas en privado nadie defendía al régimen”
(El escritor
William Navarrete entrevista al pintor y fotógrafo Andrés Pruna Bertot)
Conocí a Andrés
Pruna gracias a la editora Grace Piney quien, habiéndolo entrevistado ya para
otro medio, me dijo que no podía dejarlo fuera de esta serie de entrevistas que
he venido realizando para Cubanet desde 2021.
Nos dimos cita
entonces en el hotel de Collins Avenue, en Miami Beach, y allí, entre
confidencias y recuerdos, Andrés me contó momentos cruciales de su vida llena
de peripecias a partir del momento en que salió muy joven de Cuba para estudiar
en Estados Unidos y de su salida definitiva de la isla, pocos años después, en
enero de 1959.
Hombre-rana y
buzo, expedicionario en Girón, aventurero en el Caribe, cineasta en Patagonia,
fotógrafo, pintor, fabricante de tabacos en la Florida y de motos eléctricas en
China, entre muchas actividades dispares, me atrevo a decir que Andrés ha sido como
un hombre orquesta polifacético para quien la palabra imposible no existía. Es
mejor que sea él quien nos lo cuente y nos hable de las pasiones que marcaron y
fueron conformando su vida.
Cuéntanos de
tus orígenes familiares
Mi padre,
Fernando Pruna Blanco, había nacido en Cuba. Era abogado, igual que su padre Manuel
Pruna Latté, y el bufete se encontraba en la calle Habana 505, en La Habana
Vieja. Mi abuela materna se llamaba Carmelina Blanco, era poeta y pintora y su
hermana también pintora que se llamaba Tera Blanco.
Mi madre,
Carolina Bertot Ortiz, era natural de Manzanillo, hija a su vez de Walterio
Bertot Céspedes, ganadero y el primero en traer a la isla ganado de la raza
cebú, y de Clotilde Ortiz, hija de españoles, cuyo padre falleció durante la
guerra de independencia defendiendo a la metrópoli. Una vez estuve en
Manzanillo de pequeño para conocer a mi abuelo materno.
¿Qué recuerdos
tienes de tu infancia cubana?
Nací en La Habana
el 8 de agosto de 1940, en una casa que se encontraba en la calle Campanario
210 y de la que recuerdo que estaba muy bien construida, con altos puntales y
un pasillo lateral que le proporcionada mucho frescor. Mis padres tenían una
finca en un pueblito llamado Nazareno, cerca de San José de las Lajas, y el
chalet estaba en lo alto de una loma, de modo que veíamos las luces de La
Habana y, al sur, las de Batabanó. A ese sitio íbamos con mucha frecuencia e,
incluso, mi padre llevó una vez a Fulgencio Batista a visitar la finca y le
dijo que era mucho más bonita que la de él.
Esto quiere decir
que, en parte, crecí entre guajiros, jugando a la pelota, montando caballo y
recorriendo los campos aledaños. Todo el mundo me conocía y como formaba parte
del club de espeleología exploraba con sus miembros las cuevas de la región,
cercana a las Escaleras de Jaruco. Mi padre ayudaba mucho a los campesinos de
la zona y mi madre, que era muy católica, hizo que todos los niños de Nazareno
hicieran su primera comunión.
Luego, en la
década de 1950, nos mudamos de la casa de Campanario para el piso 17 del
edificio Someillan, que se encuentra en Línea y O, en El Vedado.
¿Cómo
transcurre tu escolaridad en Cuba?
En Cuba estudié
en la Ruston Academy, una escuela privada norteamericana cerca del
Country Club de La Habana. Luego al Saint Georges, otra escuela privada con
educación en inglés y español que se hallaba en El Vedado. Pero mi padre quería
que tanto yo como mi hermano estudiáramos en Estados Unidos y tuviéramos una
educación en inglés más completa. Es por eso que estuve 5 años cursando
estudios en Eaglebrook School, en Massachussets, que era el colegio más caro
norteamericano. Era una escuela muy exclusiva con solo 125 estudiantes, y
durante las vacaciones viajaba a Cuba. En realidad, él había estudiado en una
escuela similar en Nueva York.
De noche
estudiaba en el anexo de la Academia de Bellas Artes San Alejandro, pues desde
muy temprano quise estudiar pintura y mi padre me había conseguido una beca
para que cursara estudios de Bellas Artes en Italia, pero la revolución de 1959
truncó mi destino.
¿Tenías otras
aficiones?
El buceo. Esto es
algo que influirá mucho en mi participación posterior en la invasión de bahía
de Cochinos. Es caso es que estando estudiando en el colegio Eaglebrook empecé
a leer los libros de Jacques Cousteau y de los pioneros del buceo. Fue a partir
de 1956 en que empecé a meterme más de lleno en todo lo tenía que ver la pesca
submarina y en competencias junto a amigos del Havana Yacht Club como Tony
Zamora, Carlos Font y Francisco Velasquez.
¿Cómo vives
los acontecimientos del 1° de enero de 1959 y qué consecuencias tuvieron en tu
vida?
Lo primero que
debo decir es que mi familia no era antibatistiana, sino que teníamos más bien
buenas relaciones con ese ámbito y conocíamos además las inclinaciones de Fidel
Castro y su grupo. Mi hermano, Fernando Pruna, se había postulado para
representante de la Camara en las últimas elecciones y con apenas 23 años salió
electo como el representante más joven de la isla.
Recuerdo que el
31 de diciembre habíamos ido al Havana Yacht Club a esperar el año y esa noche
regresamos a casa tarde. Por el camino oíamos estruendos y vimos a mucha gente
rompiendo a mandarriazos los parquímetros. Fue en ese momento en que nos
enteramos de que Batista acababa de huir. Fue algo que nos agarró de sorpresa
porque, aunque sabíamos que las cosas no andaban nada bien, nunca imaginamos
que fuera para tanto.
Muy rápidamente
la situación empezó a deteriorarse. Al día siguiente bajé al garaje de mi
edificio y un miliciano me encañonó con el fusil y me dijo que no podía estar
allí.
¿En qué
momento y circunstancias sales del país?
Mis padres me
llevaron al aeropuerto de Rancho Boyeros en enero de 1959. Me pusieron en un
avión y me enviaron a Nueva York. Le encomendaron a un primo de mi madre que yo
apenas conocía, Arístides Jiménez, casado con una norteamericana, que se
ocupara de mí. Me esperaba en el aeropuerto y me puso a vivir en un cuarto en
un edificio de apartamentos cerca de donde ellos vivían.
Allí duré poco
tiempo pues era joven y hablaba inglés, y enseguida empecé a contactar a amigos
de mi hermano y a conocer a artistas, a gente del mundo del cine, y pude
independizarme rápidamente. Me hice amigo de Steve McQueen y de otros
personajes de la época. Al principio vivía un poco en la bohemia y alquilé un
apartamento en West New York. También trabajé decorando un restaurante chino en
Rehoboth Beach, en Delaware. Pintaba y vendía algo, paseaba los perros de mis
amigos y así pasé los dos años más educativos de mi vida.
Cuando se me
acabó la visa, viajé a la isla francesa de Martinica en el Caribe siguiendo las
huellas de Paul Gauguin y allí me encontré con un buzo holandés que estaba
sacando con explosivos un buque que se había hundido durante la Segunda Guerra
Mundial en el puerto de Fort-de-France. Este holandés tenía un velero y
necesitaba un ayudante para recorrer las islas de las Antillas Menores, y así
fue como anduve por Antigua, Dominica, Guadalupe y otras colonias francesas e
inglesas del Caribe.
Fue un periodo
muy enriquecedor pues buceaba todos los días. Regresé a Nueva York un 24 de
diciembre de 1959 y un amigo me llevó a solicitar asilo político que me
concedieron inmediatamente. En 1960 otro amigo me introdujo en la National
Academy of Fine Arts donde conseguí una beca. En esa época exhibía mis pinturas
y las vendía en tres galerías de Nueva York al mismo tiempo.
¿Y tu familia?
Justamente,
cuando regresé a Nueva York me enteré de que a mi hermano Fernando por poco lo
fusilan. A mi padre también lo habían encarcelado. Cuando éste logró salir de
la prisión salió del país con mi madre rumbo a México y luego a Nueva York en
donde fueron acogidos por Charles Barron Otis, que vivía en Long Island y era
el dueño del American Banker, un diario importante de Wall Street.
Mi hermano Fernando
seguía preso en Cuba desde junio de 1959 pues se había alzado contra el
gobierno castrista en la zona de La Herradura, en la sierra de los Órganos,
después de haberse escapado del Castillo del Príncipe en donde lo arrestaron después
de haber fundado un grupo opositor. Fue la primera persona acusada de
contrarrevolución después del triunfo de la revolución. Lo capturaron y enjuiciaron durante la causa N° 1 de 1959 junto
a su esposa, Eudelia Cabrera Menéndez y al norteamericano Frank Austin Young y el
fotógrafo británico Peter John Lambton, entre otros 40 opositores del
Movimiento de Recuperación Democrática del que era fundador. Iba a ser
condenado a fusilamiento, pero le conmutaron la sentencia por 30 años de
prisión. En total, permaneció 17 años en las mazmorras del castrismo hasta su
liberación en enero de 1980, una larga y penosa experiencia que cuenta en un
libro titulado Habana 505, originalmente escrito y publicado en 2013 por
Cyriaque Griffon, un escritor francés, y luego traducido y ampliado por mi hermano
al español en 2018.
Tengo
entendido que participaste en el desembarco de bahía de Cochinos en abril de
1961. ¿Puedes contarnos este episodio de tu vida?
En 1961 ya estábamos
todos instalados en Miami. Fue aquí en donde me enteré que estaban reclutando a
hombres para que participaran en la invasión a Cuba e inmediatamente llamé a
mis amigos buzos del Havana Yacht Club y les pregunté si se estaba creando un
grupo de hombres-rana.
Me informaron
que, en efecto, estaban preparando un grupo con estas características y me
alisté para los entrenamientos entre enero y marzo de 1961 en la isla de
Vieques, a unos 70 kilómetros de las costas de Puerto Rico. Después nos
enviaron a la zona de Luisiana y, por último, a Puerto Cabezas, en Nicaragua.
En mi grupo había 12 hombres y, entre éstos, se encontraban José Luis Alonso,
Eduardo Zayas-Bazán Loret de Mola, Blas Casares, Carlos Font, Carlos
Betancourt, Chiqui Llamas, Octavio Soto, Armando Cantillo y Jorge y Felipe
Silva que, a pesar de tener los mismos apellidos, no eran hermanos. Solo se
quedó en Miami uno que era muy joven, pues solo tenía 16 años y los
entrenamientos eran muy duros para él.
Cuéntanos las
jornadas del desembarco.
Se hizo una
votación y me eligieron segundo en mando. Formamos tres grupos que se
dirigirían a Playa Larga, Playa Azul y Playa Verde. Nos tiran en dos barcos y
yo fui el primero en desembarcar junto con Carlos Betancourt y Carlos Font en
Playa Larga. Ya los tiroteos de Playa Girón se oían a lo lejos, y nosotros
marcamos toda la parte derecha de la playa. Cuando empezamos a marcar la otra
parte para los futuros desembarcos empezaron a dispararnos. Llegaron los
camiones con los milicianos del régimen y nos vimos en medio de un fuego
cruzado.
A los de mi grupo
nunca los cogieron a pesar que un avión intentó acribillarnos sin éxito.
Incluso después de que terminaron las operaciones con el descalabro de nuestra
gente nosotros nos quedamos dos semanas más buscando sobrevivientes que
recogíamos y llevábamos para un cazatorpedero (destroyer) norteamericano
que había quedado en altamar. En total rescatamos a 34 hombres pues entrábamos
de madrugada para rastrear la costa. El último viaje lo hicimos en un
submarino. Al final, el mismo cazatorpedero nos llevó hasta otro barco en el
que 17 000 marines norteamericanos se quedaron esperando sin recibir nunca la
orden de desembarcar.
¿Qué pasó
después?
A la semana de
haber regresado me llamó Rip, uno de los únicos dos norteamericanos que
desembarco en Bahía de Cochinos para decirme que estaban organizando comandos
para hacer ataques puntuales que desestabilizaran al gobierno castrista. La
base estaba en Big Pine Key y, a partir de ese momento, participé en varias
acciones que consistieron en sacar a personas de Cuba de forma clandestina,
enterrar armas en las costas, realizar actos de sabotaje, entre otras. Como yo
era hombre-rana mi misión era garantizar que otros pudieran desembarcar para
quemar cañaverales, volar puentes y realizar acciones de este tipo.
En octubre de
1962, en Minas de Matahambre, hicimos sabotajes, los militares del gobierno
ripostaron y algunos de los nuestros fueron capturados. Al parecer tuvieron que
dar todos los nombres de los hombres de nuestro comando, y entre los nombres,
el mío. Esto resultó en que nos hicieron un juicio en ausencia en el que nos
condenaron a la pena de muerte. Si nos agarraban nos fusilaban sin proceso ni
dilación alguna.
Como consecuencia
de la crisis de misiles en 1962 tuvimos que cesar nuestras actividades ya que
parte del pacto que hizo el presidente Kennedy con el líder ruso Krushchev para
retirar los misiles de la isla fue de cesar actividades clandestinas contra
Cuba.
¿Cesas
entonces tus acciones militares contra el gobierno de La Habana?
No tuve otra
alternativa. Me puse a buscar trabajo y estuve un par de meses en una agencia
de alquiler de carros en Miami y, luego, me largué a Nueva York. Estando en la
Gran Manzana supe que le estaban dando grados militares a quienes habían estado
en bahía de Cochinos. Después de un proceso me hicieron alférez de la Marina
norteamericana y me llevaron a Fort Benning, en Georgia, en donde tomé un curso
de candidato a oficial del Ejército (Army) permaneciendo aún en la Marina. En
mi grupo éramos unos 200 hombres y obtuve las mejores calificaciones. La idea
era entrenarnos para la posibilidad de una segunda intervención militar en
Cuba.
Después de aquel
curso nos dividieron en diferentes bases del Ejército y de la Marina. A mí me
enviaron a Rhode Island, a estudiar en la Escuela de la Marina. Entonces, el 22
de noviembre de 1963, asesinaron a Kennedy y el proyecto de una segunda intervención
en la isla se frustró. Recuerdo que vino Bob Kennedy, hermano del presidente, a
comunicarnos que podíamos ir a estudiar a la Universidad. Como ya yo estaba
casado y había tenido a mi primer hijo opté por ir a trabajar para el Gobierno
y no seguir mis estudios pensando que esto lo podía hacer en el futuro.
¿Seguiste con
tu pasión por el submarinismo?
En 1968 me fui a
Washington DC y propuse mi candidatura para un puesto en la Oficina
Oceanográfica. No solo me aceptaron, sino que me eligieron para un proyecto
llamado “El hombre y el mar” en el que haría buceo por saturación y estuve dos
años entrenándome para bucear en grandes profundidades. Formábamos parte de un
grupo de acuanautas en el que, por cierto, estaba Philippe Cousteau, hijo de
Jacques y el astronauta Scott Carpenter. La Oficina me había enviado a San
Diego durante este proyecto y en esa época ya había nacido mi hija Elizabeth.
Pero uno de los buzos falleció y pararon todo. Fue entonces que me fui a
trabajar en una nueva compañía de buceo, en Fort Lauderdale, Florida, con
Dimitri Rebikoff que había inventado los trineos submarinos. Allí me asignaron
misiones en muchos lugares del mundo con temas relacionados con la industria
petrolera pues realizábamos inspecciones submarinas.
En aquella época
la fotografía submarina era muy limitada y mi misión era hacer un mapeo del
fondo marino a partir de clichés. Después de Fort Lauderdale trabajé en
Melbourne, cerca de Cabo Cañaveral hasta 1970.
¿Fue cuando
comenzaste a trabajar y a fotografiar para la prestigiosa revista National
Geographic?
En una de las
misiones de la Oficina Oceanográfica alquilamos sumergibles para trabajar en
Key West. National Geographic envió entonces a uno de sus mejores
fotógrafos, a Bates Littlehales para que fotografiara nuestro
trabajo. Fue allí en que nos hicimos muy buenos amigos y como él estaba
radicado en Washington me invitó a la sede de la revista en donde decidieron
entrenarme como fotógrafo para que trabajara con contratos puntuales.
¿Puedes
contarnos de algunos de tus trabajos para National Geographic y en qué
medida te influyó desde el punto de vista profesional?
Estuve trabajando
para ellos unos 20 años, hasta mediados de la década de 1990. Recuerdo que
cuando la revista llevó a cabo el experimento de vivir debajo del agua me
contrataron para que lo cubriera. En otra ocasión, en 1972, la revista colaboró
con la Sociedad Zoológica de Nueva York en un proyecto que le asignaron al
Doctor Roger Payne, eminente científico, biólogo marino y cetólogo, a quien le
habían dado la misión de estudiar a la ballena franca, un cetáceo prácticamente
extinguido por la pesca indiscriminada, en la península de Valdés, en la
Patagonia argentina.
Me enamoré de
aquel sitio que en aquellos tiempos estaba completamente virgen y terminé
casándome con María Isabel More, originaria de Puerto Madryn, uno de los
pueblos fundados por los galeses en dicha península. Me apasioné tanto por la
fauna y la naturaleza de este lugar que convencí a un amigo, Krov Menuhin, hijo
del célebre violinista Yehudi Menuhin que también era buzo, para que
reuniéramos el dinero necesario para realizar una película independiente. Lo
conseguimos y nos pasamos un año filmando en la Península y gracias a los
contactos de Krov en el Reino Unido pudimos editar la película en la BBC. Prospect of Whales, su título, fue estrenada con mucho éxito en 1974 y yo junto con Krov fuimos
productor, fotógrafo y director adjunto. El filme rompió todos los récords en
su género y se le considera la primera película sobre las ballenas.
Tengo
entendido que seguiste filmando en esa región…
En efecto, en
otra misión sobre los esquimales en Canadá, nuevamente con National
Geographic, conocí al cineasta canadiense Robert J. Ryan y lo convencí para
que hiciéramos un largometraje sobre las ballenas en la Patagonia. Reuní a un
grupo de cineastas y estuvimos dos años filmando en aquellos parajes. La
película se titula Había una vez el Sur (Killers of The Wild) y tuvo una
acogida impresionante, ganó premios en Alemania, Miami y Canadá, y me convirtió
en un personaje muy popular en Buenos Aires, en donde no sabían nada de la
Patagonia ni habían visto mucho sobre esa región tan alejada de la vida
porteña. Formaron parte de aquella expedición Carlos Zapata y Eduardo Bertot.
La película se estrenó en 1976 en el Teatro Opera de Buenos Aires y mi
popularidad fue tal que me propusieron animar un programa en la televisión
argentina en el canal nuevo Argentina TV Color. Contaba con el apoyo del
gobierno de los generales porque, en resumidas cuentas, ellos sabían que yo era
un exiliado cubano que había combatido al régimen comunista de Cuba, de modo
que tenía carta blanca en Argentina para recorrer el país y filmar todo lo que
quisiera. Todo aquello terminó en 1982 con la guerra de las Malvinas que opuso
a Argentina y al Reino Unido.
¿Regresaste
a Estados Unidos?
Regresé a Estados
Unidos, me instalé en Miami, mi hermano Fernando salió en 1984 de las cárceles
del régimen cubano y también llegó a las costas floridanas. Hubo episodios
dolorosos en mi vida en ese periodo que me hicieron retomar la pintura y cuando
me recuperé pude, gracias a la ayuda de un amigo, abrir una fábrica de puros en
Kendall. En esta época había cierto auge en este ámbito y yo fundé en 1996 Caribe
Tabaco. Vendía mucho, traía las hojas de Indonesia, Ecuador, México y
Nicaragua, las capas de Santo Domingo, y conseguí a muchos tabaqueros expertos
que habían huido de Cuba, que trabajaban incluso desde sus casas.
Me convertí en
especialista del tema y me gusta mucho hasta que las grandes compañías
empezaron a hacerle una guerra sin piedad a las empresas más pequeñas como la
mía y no me quedó otra que abandonar el negocio en el 2001. Perdí hasta 150 000
tabacos, pero hay que ver lo que eran aquellas grandes empresas tabacaleras y
lo despiadado del entorno.
¿Sigue
intentando imponerte en el mundo de los negocios o vuelves a la pintura y la
fotografía?
Mi hermano
Fernando quería hacer un negocio de importación de motos eléctricas (scooters)
en Estados Unidos. Era algo novedoso aquí y viajó a Taiwán que era donde este
tipo de motos estaban muy de moda. Entonces sacamos una hipoteca con la casa de
mis padres que ya habían fallecido y nos fuimos a buscar aquellos motores a
China en donde terminé viviendo en 2003, exactamente en Changsha, la capital de
la provincia de Hunan, en donde fabricábamos las motos.
¿No
tuvieron problema en China?
Al contrario.
Durante esos años los chinos nos recibían con los brazos abiertos y eso era
parte de la política de Hu Jintao hasta que en 2012 pasa el poder a Xi Jinping.
En China me sentí muy bien, conservo decenas de amigos de esa época e, incluso,
todavía llamo y me llaman mis antiguas secretarias.
Pero vino la
crisis financiera mundial de 2007-2008, la más grave después de la Gran
Depresión de 1929, provocada por la burbuja inmobiliaria, con importantes
quiebras en el sector bursátil como la de Lehman Brothers. Nuestro negocio de
las motos se fue a bolina.
Has
sobrevivido a situaciones increíbles. ¿Nunca pensaste volver a Cuba?
En el 2000, antes
de lanzarme en la aventura china, me enteré que Velia, mi manejadora cuando era
niño y que se había quedado en Cuba estaba muy delicada de salud. Pensaba que
el gobierno cubano nunca me dejaría volver por haber sido miembro de la brigada
2506. Supe entonces que un amigo llamado Tony Zamora, quien también había
estado en bahía de Cochinos, había conseguido el permiso para volver de visita
y me dirigí a él para que lo intentáramos en mi caso.
Inesperadamente
me autorizaron volver y eso fue lo que hice. Estuve una semana en La Habana,
hospedado en el hotel Riviera.
¿Qué
impresiones tuviste?
La primera
impresión fue la de la cercanía. Apenas había despegado de Miami que ya estaba
en La Habana. La segunda fue la de destrucción generalizada de la ciudad. Lo
curioso es que, en Cuba, cuando hablabas en privado nadie defendía al régimen. Algo
que no hacían en público. Y cuando me preguntaban de dónde era y les decía que
cubano y que me había ido en enero de 1959, me respondían: ¡Coño, que suerte
tuviste!
Visité la finca
Bellavista de mis padres, cerca de San José de las Lajas, a la que no querían
dejarme entrar porque la habían convertido en un sanatorio de SIDA. Al final
logré visitarla y aunque me dijeron que no podía sacar fotos lo hice. También
vi que nuestra casa estaba convertida en almacén. Como habían dejado crecer la
maleza alrededor ya no se veía la fabulosa vista de otros tiempos. También fui
a Playa Larga, al sitio en que había desembarcado con la Brigada, y lo que me
encontré fue a dos alemanas jugando voleibol en la arena con los senos al
descubierto. Visité el Museo de Girón y me dio risa ver cómo habían reescrito
la historia contándola al revés, y mintiendo en las cifras, los datos y en
muchos hechos.
En realidad, la
experiencia de esa semana en Cuba fue ambivalente. Por un lado, Velia ya estaba
un poco ida y no estoy muy seguro de que me reconoció realmente. Yo la había
dejado de ver a los 18 años de edad y lo que tenía delante era un hombre con
barba de unos 60.
A mi regreso
traté de sacar algunos de mis primeros cuadros que atesoraba Velia en su casa,
en lo que realmente había sido el despacho de mi padre y abuelo en la calle
Habana 505, y hasta para eso trataron de ponerme trabas pues no querían dejarme
sacar mis propias obras. Al final, con trabajo, lo conseguí y las tengo
conmigo.
¿Qué hace
Andrés Pruna hoy?
He seguido
pintando. Mi hija Elizabeth fundó en 2012 una galería virtual llamada Blink
Group Fine Art Gallery con mucha visibilidad en ferias y exposiciones. Pero falleció repentina
e inesperadamente en junio de 2025. Vivo en North Miami y me ocupo de mi esposa
argentina María Isabel que padece de Alzheimer y, en realidad, me queda poco
tiempo para hacer otras cosas. ¡Ya has visto lo que nos ha costado terminar
esta entrevista!
Miami Beach,
enero de 2026










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