Entrevista a la filántropa María Bechily - por William Navarrete
Entrevista a la socióloga y filántropa María Bechily durante mi estancia en Miami. Enteevissta original publicada por Cubanet, a continuación con otras fotos que no salieron en la anterior.
“Una debe
trabajar por y para el bien de la comunidad”
El escritor
William Navarrete entrevista a la socióloga y filántropa María Bechily
Me encontré con María
Bechily durante una reunión organizada por líder cívica y empresarial Aida
Levitan en su residencia del sur de Miami. Ambas trabajan activamente en la
fundación Artes Miami, creada por Aida y a cuya junta directiva María se
incorporó hace unos años. Por su llegada al exilio como niña Pedro Pan, junto a
sus dos hermanos, la manera en que logró integrarse a la sociedad en Chicago,
su larga hoja de servicios en favor de la comunidad hispana de Illinois, su
compromiso en el ámbito de la filantropía y la energía con que ha defendido las
causas en las que se ha implicado, supe que María Bechily debía ser parte de la
ya bien nutrida serie de entrevistas a cubanos exiliados en varias latitudes y
nacidos antes de la instauración de un régimen totalitario a la isla.
Nos dimos cita días
después en un club de Miami Beach y las cuatro horas que duró la entrevista me
parecieron pocas por lo mucho que, entre afinidades e intereses, compartimos. Al
final, me pareció que conocía a María Bechily de toda la vida y probablemente
hubiera sido así, si no hubiera vivido ella seis décadas en Chicago y yo casi
cuatro en París.
Matanzas, la
llegada de emigrantes libaneses a Cuba, los primeros años de exilio, el arte, la
cultura en general, las causas justas y la empatía con aquellos que empiezan su
vida desde cero cuando abandonan sus países, son temas que han sido brújulas en
la trayectoria personal de esta cubanoamericana admirable de quien descubro gran
parte de su quehacer a la par que los lectores de estas páginas.
Cuéntanos de
tus orígenes
Nací en Matanzas,
la llamada “Atenas de Cuba”, en 1949. Mi padre, Antonio Luis Bechily Isaac,
nacido en la isla, en 1917, tenía orígenes libaneses. Abraham y Sofía, mis
abuelos paternos, nacieron en el Líbano y habían emigrado a Cuba. Mi abuelo
falleció cuando mi padre era niño y a mi abuela la conocí poco, pues murió
cuando era muy pequeña. Tengo entendido que Abraham era carpintero. Mi padre
era muy católico y como se dedicaba a las ventas y había sido representante de
Bacardí en Matanzas, fue uno de los fundadores de la Cámara de Comercio Cubanoamericana
en el exilio. Tenía importantes vínculos con el mundo político cubano y, en
particular, con Polita Grau, la hermana del presidente Ramón Grau San Martín,
algo que influirá posteriormente en mi propia vida. Es por ello que fue uno de
los artífices de la Operación Peter Pan.
En Matanzas mi
padre conoció a Concepción Carreño Alfonso, mi madre. Ambos se casaron en esta
ciudad. Mi familia materna tenía más arraigo en la isla; todas las mujeres
ejercían una profesión. Mi madre dirigía el secretariado de una escuela donde
se formaban las futuras maestras de kínder; una hermana era maestra, así como
la tía Margot Alfonso era pianista y fundadora de su propia Academia de Música.
A mi abuela materna no la conocí, aunque sí a su esposo, Toribio Carreño Viera,
pues falleció en 1982, a los 92 años de edad, en Chicago, en donde vivimos
todos, y yo por unas seis décadas.
¿Qué recuerdos
tienes de tu infancia y del tiempo que viviste en Cuba?
En Matanzas viví
los primeros 12 años de mi vida, hasta mi salida al exilio. Mi infancia
consistió en ir a la playa, a la iglesia y al colegio. Allí estudié la primaria
en la escuela del Sagrado Corazón y, luego, en la Inmaculada Concepción. Por
supuesto, conservo gratos recuerdos de Varadero, una playa que muchos años
después, cuando regresé por primera vez, no se parecía a aquella de la década
de 1950, pues habían construidos edificios que la habían desfigurado.
Como sabemos,
Matanzas era una ciudad en donde la cultura era muy importante. De modo que los
conciertos y las piezas en el teatro Sauto formaron también parte de mi vida de
niña, pues asistíamos con frecuencia. Las procesiones de Semana Santa eran
grandiosas y siempre me impresionaron, más que los carnavales que no eran tan
lucidos como en otras partes de la isla.
Vivía a dos
cuadras del parque de la Libertad, en el centro. Recuerdo a un señor de origen
asiático que vendía cucuruchos de maní. Yo iba todos los días de mi vida a
corretear y de adolescente a socializar. Siempre le compré maní al manisero que
apenas hablaba español. También había un cochecito tirado por un chivo y a mí
me encantaba montarme para darle la vuelta al parque.
¿En qué
condiciones ocurrió tu salida de Cuba y cómo fueron los primeros tiempos en el
exilio?
Al haber estado
mis padres muy vinculados con la Iglesia Católica y a Polita Grau, decidieron
enviarnos a mí y a mis dos hermanos a Miami, en el marco de la Operación Pedro
Pan, por la cual 14 000 niños cubanos fueron enviados solos al exilio. Acababa
de tener lugar la invasión de bahía de Cochinos con los resultados que todos
conocemos y, a mi hermano mayor, que era pupilo en un colegio católico dirigido
por monjas y curas canadienses en el pueblo de Colón, lo detuvieron en la calle
y se lo llevaron preso dos semanas con apenas 14 años de edad. Lo hicieron con
todos aquellos de los que sospechaban que podían ayudar a los invasores o unírseles.
Como es lógico,
la situación no era nada agradable y fue en esas condiciones que mis padres
precipitaron las gestiones para sacarnos como “pedropanes”. Así fue como salimos
de la isla el 23 de diciembre de 1961 rumbo a Miami.
Al principio nos
acogió en su hogar un tío materno, el menor de los hermanos de mi madre, que
vivía con su esposa y sus dos hijos en un apartamento muy pequeño. Dormimos en
colchones en el suelo y, para pasar de un lado a otro, trepábamos por encima de
estos. Fue la Nochebuena más triste de mi vida, pues llegamos la víspera y
recuerdo que permanecí aislada del grupo, consternada por nuestra salida de
Cuba en esas condiciones y, sobre todo, por haber dejado atrás a mis padres con
la incertidumbre de no saber cuándo los volvería a ver. Pero algo que recuerdo
también es que nadie hizo el menor esfuerzo para reconfortarme y así pasó
aquella celebración, en la cual aprendí la existencia de la falta de empatía.
¿Te quedaste
en Miami?
No. La estancia
en esta ciudad duró poco porque mi tío era un poco díscolo y, para sustraerlo
de la vida que pretendía llevar, su esposa influyó para que nos mudáramos todos
para Chicago, por conducto de la Iglesia Metodista. A mis padres, que eran tan
católicos, por poco les dio un infarto cuando se enteraron, pero gracias a los
contactos que ellos tenían con el clero en Matanzas pudieron colocarnos en
hogares católicos, por separado, tanto a mí como a mi hermano mayor. En esa
familia de acogida viví con mis foster parents (Fred Thompson y Lillian
Colón) hasta que mis padres pudieron salir de Cuba casi dos años después, el 3
de julio de 1963, a bordo de uno de los barcos en los que los estadounidenses
enviaron los medicamentos, los equipos y los alimentos que pidió el Gobierno de
Cuba a cambio de los presos que habían participado en la invasión de bahía de
Cochinos.
La familia
está ya reunida en Chicago, y supongo que retomaste tus estudios.
Estudié durante
cuatro años, hasta 1967, en Marywood School. Luego me inscribí en Loyola
University, donde cursé Sociología y me gradué en 1972. Siempre, por complacer
a mis padres, estudié en escuelas católicas. La primera vez que lo hice en una
institución laica fue mucho más tarde cuando cursé mi máster en Políticas Públicas
en la Harris School of Public Policy de la Universidad de Chicago.
¿Mantuviste
vínculos con los círculos de exiliados cubanos?
Enormemente. El
tema de Cuba lo vivíamos como si no hubiéramos salido nunca del país y siempre
con la certeza de que íbamos a regresar pronto. Incluso recién llegada a
Chicago sin mis padres, empecé a enviar cartas a personalidades
norteamericanas para que interviniesen en favor de la salida de niños
cubanos. Conservo todavía la carta que me envió en 1963 el reverendo Bryan O.
Walsh, artífice por parte de la iglesia de Estados Unidos de la Operación Pedro
Pan, celebrando que mis padres hubieran podido salir y mi deseo de reunirme con
ellos en un mismo hogar.
En Chicago,
aunque no lo creas, había en esa época unos 50 000 exiliados cubanos. Existía
incluso un club, al que estuve yendo con mis tíos primero y sola después, que
se llamaba Havana-Madrid. Además de todo esto, formaba parte del grupo de
jóvenes cubanos fundado por el profesor Marcelino Miyares con el objetivo de
prepararnos para asumir puestos de liderazgos en una Cuba democrática. Las
enseñanzas de Miyares y del grupo al que pertenecía fueron muy importantes para
mi formación, pues él había cursado su doctorado en la Universidad
Northwestern, en Evanston (Illinois), y ejercía como profesor de Ciencias
Políticas en la Universidad Benedictina de Lisle, también en ese Estado.
Esto ocurrió
durante mis estudios de bachillerato y universitarios, pero yo era muy
idealista y me inculcaron la idea de que una debe trabajar por y para el bien
de la comunidad. De modo que me retiré del ámbito en que realizaba labores como
militante política y empecé a trabajar en el de la asistencia social.
Por otra parte,
en Chicago, mi padre fue uno de los primeros diáconos latinos. Al punto que
cuando el papa Juan Pablo II visitó la ciudad, él estuvo en el altar durante la
misa junto al Sumo Pontífice.
¿En qué
momentos empiezas a influir directamente en la vida comunitaria hispana en
Chicago?
Estuve tres años
como trabajadora social para la agencia Catholic Charities, la misma que me
acogió cuando llegué a Chicago como Pedro Pan. Pero me dije que si quería
cambiar el mundo necesitaba meterme de lleno en el entramado político para que
no pudieran volver a desplazarme y excluirme como ya había sido el caso en mi
país natal.
Fue entonces que,
siendo muy amiga de Miriam Cruz, una puertorriqueña que trabajaba
directamente como asistente para los asuntos hispanos en la oficina de Richard J. Daley, el alcalde de Chicago, me acerqué a él. Daley tuvo
seis mandatos, fue presidente del Partido Demócrata en el condado de Cook hasta
su fallecimiento en 1976 y el creador de una enorme maquinaria política que
tuvo mucha influencia en la vida y desarrollo social de la ciudad. Daley ha sido considerado como uno de
los diez mejores alcaldes de la historia estadounidense. Parte de mi labor
consistió en convencer a los latinos para que se inscribieran y ejercieran su
derecho al voto. Era la mejor forma de integrarlos a la vida de la comunidad y
de enseñarlos a que hicieran valer sus derechos.
Tengo
entendido que también trabajaste codo a codo con el Partido Demócrata en las
elecciones en las que resultó ganador Jimmy Carter en 1977…
Por ahí tengo
también una carta del presidente Carter agradeciéndome la labor. Estando aún él
en la Presidencia trabajé durante dos años para el senador Alan J. Dixon; irigía
en el seno de su oficina al equipo encargado de solucionar directamente los
problemas de los ciudadanos con agencias federales. Era un trabajo de terreno
fascinante porque, en la práctica, muchas personas tenían dificultades de todo
tipo y recurrían a nuestra oficina para que les ayudáramos. Aprendí mucho cómo
funcionaba realmente el Gobierno y la burocracia federal, y me convertí en la
primera mujer latina del Estado de Illinois que trabajaba directamente en la
oficina de un senador estadounidense, como también lo fui en 1976 al trabajar
en la campaña para la elección de un presidente, en este caso de Jimmy Carter.
Fue en esta época
de mi vida (1982) en que conocí y me casé con mi segundo esposo y padre de mis
dos hijos, Scott Hodes, abogado corporativo que también daba apoyo de manera
voluntaria a los demócratas y al gobierno del Estado de Illinois.
¿Qué sucedió
después?
Sucedió que con
mucha experiencia acumulada decidí crear mi propio negocio: Maria Bechily
Public Relations en 1986. Empecé a animar un programa televisivo en español
para WSNS-TV (Canal 44), convertido luego en Univisión, y me di cuenta de que
la comunidad hispana tenía un enorme potencial en este país. Entrevisté a
muchísimas personalidades y también trabajé en temas de marketing para grandes
compañías y clientes como Peoples, Energy, Anheuser, Busch Companies, la Fundación
Kraft, la Fiscalía General de Illinois, entre muchos más.
Es muy
conocida tu labor filantrópica y como miembro de la junta de numerosas
instituciones prestigiosas. ¿Puedes hablarnos de esto?
Desde finales de
la década de 1990 hasta 2015 estuve en la junta directiva del Northwestern Memorial
Hospital de Chicago. Luego integré la junta directiva de la Fundación de este
mismo hospital, donde copresidí el comité para la construcción del nuevo
edificio para mujeres, y me ocupé de programas comunitarios y becas para
estudiantes de Medicina. Recaudamos 110 millones de dólares.
También fui
miembro de la junta del muy antiguo e influyente Chicago Community Trust, una
fundación directamente relacionada con la ciudad y el condado, con una vasta
tradición de filantropía, pues nutre a cientos de asociaciones con fines no
lucrativos.
Fui copresidenta
del fondo de donaciones de la asociación Nuestro Futuro y también de numerosas
instituciones culturales, de cuyas juntas sigo siendo miembro, como el Teatro Goodman de
Chicago, en el cual presido su comité de educación; el Pérez Art Museum de
Miami desde 2015, y más recientemente del Dora Maar Cultural Center (en
Saint-Paul-de-Vence, Francia) y de Artes Miami, fundada por Aida Levitan.
En estos momentos
también estoy en la junta del Locust Projects que hace trabajos fabulosos con
artistas talentosos que están empezando y no han sido reconocidos.
¿Justamente
quería preguntarte en qué momento empezó tu afición por el arte y en qué medida
te has implicado en este ámbito?
Empecé a
interesarme siendo estudiante universitaria. En 1968 me fui un tiempo a París a
mejorar mi francés y me pasé días enteros recorriendo el Louvre y otros museos
de la capital francesa. Cuando me casé con Scott empecé a frecuentar a muchos
artistas, pues sus padres tenían una de las colecciones de arte surrealista más
importantes de América,
con muchas obras de Magritte, Ernst, De Chirico, Braque, Wifredo Lam, entre
otros grandes artistas, que habían empezado a coleccionar justamente en París,
en asociación con uno de los clientes de su bufete.
De ese mundo de
relaciones nace nuestra relación con al artista de origen búlgaro Christo
Vladmirov Javacheff y su esposa francesa Jeanne-Claude. Mi suegro formaba parte
de una fundación que premiaba a artistas emergentes y fue así como recompensó a
Christo cuando nadie creía en su trabajo. Esto tuvo mucho que ver en su primer
gran envoltorio en 1975. De hecho, donamos al Pérez Art Museum 18 obras
originales de Christo (entre ellos muchos sobre sus envoltorios de las islas rodeadas de la
bahía de Biscayne), pues Christo y Jean-Claude rechazaban la financiación de
los gobiernos para sus grandes proyectos y los financiaban siempre con la venta
de sus obras de arte.
Tengo
entendido que has vuelto a Cuba. ¿Puedes contarnos tus motivaciones y
experiencias en este sentido?
Regresé a Cuba
por primera vez en 1986. Lo hice porque siempre soñé con volver y consideré que
eso era un derecho como persona nacida en ese país. Por suerte, mis padres
nunca se opusieron. La primera vez estuve una semana, alojada en el hotel
Presidente del Vedado, y viajé con una amiga cubana de Chicago, Nena Torres, quien por cierto escribió un fabuloso libro
sobre la Operación Pedro Pan.
Estuve en
Matanzas, me encontré con amigas, una del colegio y otra de mi cuadra, que se
habían quedado en la isla, y me pasé tres días llorando en cada esquina. Llegué
a visitar la casa de mi bisabuela, en la que había vivido mi tía Margot, la de
la Academia. Allí permanecía todavía Nena, una muchachita del campo que mi tía
había recogido cuando yo era niña y que, ya muy mayor y disminuida, seguía
viviendo en ese lugar.
También fui a la
casa en la que nací, convertida en solar, y salió un señor que recordaba a mi
familia. Evocamos los años en que yo había vivido allí, el parque Watkins, que
visitaba durante mi niñez cuando llevaba pan viejo para darle a los patos. Así
que cuando regresé por primera vez busqué los patos y ya no había ninguno. Tal
vez la gente se los tuvo que comer.
En otra ocasión
visité el país con tres amigas afroamericanas de Chicago y cuando me recibió
una de las personas que ocupaba la casa en que yo había nacido y vivido, me
dijo que cómo era posible que esas tres personas que me acompañaban estuvieran
tan bien vestidas viniendo, como venían, de un país como Estados Unidos, en el
que, según ella, discriminaban a las personas de raza negra. Imagínate todo lo
que tuve que explicarle a aquella pobre señora intoxicada por décadas de
propaganda del gobierno cubano. Recuerdo que le puse el ejemplo de Barack
Obama, quien había llegado a ser dos veces presidente de este país.
¿Volviste?
Volví luego,
varias veces entre 2016 y 2018, porque estando en la junta del Teatro Goodman
entré en contacto con el grupo de teatro Buendía que dirigía la dramaturga Flora
Lauten y ella con otros miembros del elenco insistieron mucho para que
conociera su trabajo in situ y los viera trabajar en La Habana.
En ese tiempo
entré en contacto con muchísimos artistas cubanos, visité museos, pude ver en
Matanzas todo lo relacionado con la cultura afrocubana, pues la ciudad fue
siempre un polo importante de manifestaciones musicales como la rumba y otros
estilos.
¿Qué hace
María Bechily hoy?
Sigo siendo parte
activa de todas las instituciones a las que pertenezco. Las he visto crecer y,
a algunas como el Pérez Art Museum, convertirse en una referencia en el ámbito
artístico con colecciones importantes no solo de arte cubano o latinoamericano,
sino de otras latitudes y grupos étnicos.
Y sigo enfocada
en mi gran vocación: ayudar en la medida de mis posibilidades a quienes lo
necesitan.
Miami Beach,
enero de 2026















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