Entrevista a Guido Batista Cifuentes, por William Navarrete
“Me gusta pensar que provengo del contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar”
(El escritor William Navarrete
entrevista a Guido Batista Cifuentes)
Conocí a Guido Batista Cifuentes
gracias a su hermano Fernando, a quien debía entrevistar primero. Como Fernando
viajaba a Nueva York y no teníamos tiempo para extendernos en un intercambio de
este tipo me sugirió que me encontrase con Guido, quien vino entonces desde
Aravaca, en donde vive en las afueras de Madrid, para asistir a nuestro primer
encuentro que tuvo lugar en la glorieta de Bilbao.
Había conocido a finales de la
década de 1990 a su padre, Agustín Batista Falla, quien durante mucho tiempo
tuvo una casa en las afueras de París y solía reunirse con el grupo de
exiliados que acogía en su propia casa, en una de las altas torres del distrito
XV de la capital francesa, la periodista y esgrimista cubana América Cisneros
de Fissolo. También fui muy amigo de su tío Víctor Batista Falla, editor y
mecenas de la cultura cubana en el exilio, con quien me reunía cada vez que
visitaba Madrid en casa de nuestra amiga en común, la arquitecta cubana Irma Alfonso Rubio. Mejor que sea Guido quien nos cuente de su propia familia y de su vida
transcurrida fuera del país en que nació.
Tanto por tu lado paterno como por
el materno desciendes de dos familias que representan la quintaesencia de la
economía cubana de otros tiempos. ¿Puedes hablarnos de tus
orígenes?
Me gusta pensar que provengo del “contrapunteo cubano del
tabaco y del azúcar”, esa polaridad entre el ingenio y la vega, tan intrínseca de
la identidad cubana por ser generadora de la economía como reflejo de la
sociedad, tal como lo presentó Fernando Ortiz. Un ensayo que todo cubano
debiera tomar como guía para reconocerse y reconciliar posibles
contradicciones.
Por parte de padre, desciendo de la familia Falla que es
sinónimo de industria azucarera cubana. Mi padre, Agustín Batista Falla, era
hijo de Agustín Batista González de Mendoza, abogado de profesión y presidente
del Trust Company of Cuba, el primer banco comercial de la isla, y de María
Teresa Falla Bonet, heredera de la Sucesión Falla Gutiérrez, fundada por el
cántabro Laureano Falla Gutiérrez quien, al fallecer en 1929, dejó un enorme
legado que incluía varios centrales azucareros (Adelaida, Manuelita, Patria,
Andreíta, Cienaguita, Violeta, Santísima Trinidad, Punta Alegra, San Germán,
etc.), entre muchas otras empresas. Con respecto a la parte de mi abuelo
paterno, descendiente de
Antonio González de Mendoza y Mercedes Pedroso, existe cada 5 años en Miami una
gran reunión familiar de todas las ramas. La nuestra la coordina Alberto
Batista de la Campa, tercer hijo de Laureano.
Por parte de mi madre Celia Cifuentes Bernal, soy bisnieto
del asturiano Ramón Cifuentes Llano, alcalde de Ribadesella entre 1914 y 1918, quien
llegó a Cuba con 17 años en 1881. Después de comprar la fábrica fundada por
Jaime Partagás en 1854 a la familia de banqueros Bances, la dirigió como
“Cifuentes, Fernández y Cia.” en asociación con Antonio Fernández. En 1914,
junto a Francisco Pego Pita, la empresa se convirtió en “Cifuentes Pego y Cia.”,
una etapa que la colocó en la cima. Entre 1934 y 1945 “Cifuentes, Fernández y
Cia.” Figuró como la primera empresa entre las 110 mayores exportadoras hasta
1945. En esta fecha, mi abuelo Ramón Cifuentes Torriello, su hijo y sus
hermanos Rafael y Manuel, terminan dirigiendo la fábrica bajo el nombre de
“Cifuentes y Cia.” como testimonian
todavía las vitolas de la marca Partagás, incluso después de haber sido
intervenida por el régimen castrista en 1961.
Mi abuela materna, su esposa, fue Celia Bernal Rodríguez,
cuyo padre, José María Bernal Obregón, mi otro bisabuelo, provenía de familia
de una tradición médica y fue el encargado de la clínica que prestaba servicio
completo a los más de 4.000 empleados. Al fallecer muy joven Ramoncito, el
único hermano de mi madre, ésta quedó como la única heredera de la marca por
parte de mi abuelo.
Un importante negocio
familiar que arruinó la llegada del castrismo y la confiscación de todas las
empresas privadas de la Isla…
Tras la revolución y la confiscación de la fábrica Partagás a mi abuelo le
ofrecieron inicialmente la dirección del nuevo monopolio estatal del tabaco en
Cuba, pero la rechazó.
Como muchos de los empresarios del país emigró a Estados Unidos, en donde
en 1975 consiguió ganar junto con sus hermanos un pleito contra el gobierno
cubano para poder utilizar la marca en ese país a pesar del bloqueo. Habiendo
aprendido de Pego, según me contó mi abuela, los secretos del campo y la
manufactura, se puso al servicio de la “General Cigars”, propiedad de Edgar
Cullman, con quien mantuvo una estrecha amistad de por vida, abriendo la vía
para la comercialización de la marca en Estados Unidos, aunque la materia prima
ya no vendría de las vegas cubanas sino de las de la República Dominicana.
Los dos hermanos de mi abuelo regresaron a España en donde se ocuparon de
las tareas de despacho, negociaciones, patentes y asuntos administrativos que
fueron igual de importantes. Quiere todo esto decir que, si por la parte
paterna el azúcar representó la fuente principal de ingreso familiar, por la materna
fue el tabaco el dividendo esencial.
¿Naces en Cuba o en el exilio?
Nací en La Habana el 15 de septiembre de 1959 a las
4:45PM. También me gusta pensar, coincidencia o no, en el hecho de haber sido
concebido nueve meses antes, en enero, que coincide con la entrada triunfal de los
barbudos en la capital. No obstante, mi estancia en la isla fue breve. Tres
meses después de mi nacimiento, en diciembre de ese mismo año, casi toda mi
familia paterna emigró a Nueva York, en donde se instaló en toda la planta alta
de unos apartamentos de la 5ª. Avenida del East Side, frente al Metropolitan
Museum of Art en Central Park. Como muchos en aquella coyuntura creían que esa
estancia era temporal, a la espera de que los acontecimientos permitieran el
retorno a la isla.
Al desvanecerse toda esperanza de regreso tres años
después, los caminos que tomaron mi padre y sus hermanos se diversificaron:
Laureano se estableció en Miami, Víctor permaneció en Nueva York, mientras que
Julio y María Teresa se mudaron a Suiza. Por nuestra parte, mi padre Agustín
vino para Madrid con mi madre, mis tres hermanos Agustín, Fernando y Felipe, y yo
que tenía tres años.
Por otra parte, tras una corta estancia en Miami, Ramón y
Celia, mis abuelos maternos, se instalaron en un modesto apartamento en el West
Side de Manhatan, Nueva York. Allí fijaron su residencia principal, cerca de la
sede de la General Cigars, alternando hasta su jubilación con viajes anuales de
supervisión a las plantaciones en el extranjero y con visitas a Madrid para visitarnos.
¿Cómo transcurre tu escolaridad?
Tanto mis hermanos como yo fuimos matriculados en el
colegio privado Santa María de los Rosales, en Madrid, un centro de orientación
más laica que confesional. Allí, curiosamente, mi hermano Felipe coincidió con el
príncipe Felipe, actual rey Felipe VI, tocayo suyo. El colegio fue creado en
1952 por el duque del Infantado para que en él estudiara el infante Alonso,
hermano del rey Don Juan Carlos. Allí estudié hasta los 14 años.
Entonces me enviaron a seguir mis estudios en Suiza, al
Institut Le Rosey, porque mis padres querían que sus hijos tuviéramos una
educación bilingüe en inglés y francés, y que nos preparáramos para una carrera
internacional. Era un colegio elitista, que todavía existe, al igual que el
Rosales en Madrid, donde estudiaban hijos de presidentes, magnates y miembros
de casas reales de todo el mundo. A pesar del privilegio y de la enorme riqueza
cultural que suponía, con el tiempo he llegado a pensar –al menos en mi caso–
que, aunque la decisión se tomó con la mejor intención, no fue la más acertada.
A continuación, cursé apenas dos años la Universidad de
Delaware, en Estados Unidos, con la intención de graduarme de Biología marina, mi
pasión por aquel entonces, influenciado por los veraneos en barco con mi padre
por la costa mediterránea. Como anécdota te cuento que compró a Cousteau la
primera botella de aire comprimido para respirar debajo del agua, el “aqualung”
de Cuba.
Mi falta de formación en ciencias unida a una intensa
necesidad de sentido y de búsqueda interior, despertó en mí la afición por el
dibujo como forma de canalización autodidacta. Finalmente dejé la universidad, aunque
no sin antes aprovechar la excelente biblioteca. Regresé a la capital española,
donde por mis tendencias artísticas y gracias al deshago económico, mis padres
me proporcionaron mucha libertad. En 1984 realicé la única exposición pública de mi obra en
la Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, dentro de la
segunda muestra del ciclo “Nueva plástica en Madrid”, dedicada a la
abstracción. Participé junto a otros cuatro artistas, en plena efervescencia de
la movida, durante los años de la transición democrática.
Tu tío Víctor Batista Falla fue uno de los pilares de la cultura cubana en
el exilio. ¿Tuvo alguna influencia en ti?
Mucha. Fue una persona muy importante para mí. Además,
era mi padrino. Tras mi regreso de Estados Unidos, mi tío Víctor ya residía
permanentemente en Madrid desde que en 1974 vino de Nueva York. Fue el miembro
de mi familia con quién más pude compartir mis nuevas experiencias.
Sin duda, aquella cercanía nacía del profundo interés que
ambos compartíamos por senderos espirituales alternativos al catolicismo del
que proveníamos. Ya Víctor practicaba el yoga y seguía las filosofías tántricas
orientales del movimiento Rajneesh de Osho, que por entonces acababa de
establecer su comuna utópica en un rancho rural en Oregon, Estados Unidos, adonde
viajó en dos ocasiones antes de su sonada disolución en 1985.
Yo, en cambio, con apenas 19 años, me encontraba aún en
plena búsqueda. Sin haber experimentado siquiera una simple borrachera, había
tanteado brevemente con sustancias psicodélicas, como un medio provisional de
acceso a estados de consciencia más amplios y lúcidos, un ámbito que,
incomprensiblemente, todavía hoy –45 años después– sigue despertando rechazo e
incomprensión en los círculos más tradicionales.
Aquel ámbito, desconocido para Víctor, nunca fue un
obstáculo para nuestra comunicación fluida ni para que cambiara su actitud
abierta, respetuosa y genuinamente interesada con respecto a mis propias
exploraciones.
A Víctor le interesaba muchísimo la
literatura y la cultura en general. Muchos autores le deben sus primeras obras.
¿Puedes hablarnos de esto?
Víctor, además de su gran interés por la danza, estuvo
siempre plenamente comprometido con la preservación de la memoria intelectual
de Cuba. Vivía con sobriedad, sin ostentaciones, y destinaba sus propios
recursos a la creación de revistas y casas editoriales, convencido de que la
cultura era un legado que debía resguardarse y proyectarse hacia el futuro.
Ya desde su primer exilio en Nueva York fundó, dirigió y financió,
entre 1965 y 1974, la revista trimestral Exilio, que publicó 28 números
y se convirtió en una plataforma esencial para la diáspora intelectual cubana. En
sus páginas aparecieron textos de autores como Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera,
Julián Orbón, Gastón Baquero, Humberto Piñera, Jesús Lago, Carlos M. Luis, Mario
Parajón, entre otros, contribuyendo decisivamente a sostener un espacio de
reflexión y continuidad cultural fuera de la isla.
Tras trasladarse a España apoyó financieramente, entre
1980 y 1985, la revista literaria Escandalar, fundada por el escritor
Octavio Armand, reafirmando así su compromiso con la creación y el debate
intelectual en el exilio. Finalmente, entre 1996 y 2009, se involucró activamente en Encuentro de
la Cultura Cubana, junto con Anabel Rodríguez, Rafael Rojas y Jesús Díaz.
Formó parte del consejo de redacción de esta revista a lo largo de sus 54
números, consolidando un proyecto editorial que marcó un hito en el diálogo
cultural y político sobre Cuba dentro y fuera del país.
Al mismo tiempo que colaboraba activamente con Encuentro
de la Cultura Cubana, fundó en 1998 la editorial Colibrí, en
colaboración con Helen Díaz-Argüelles. Desde su origen, Colibrí se distinguió
por un catálogo de extraordinaria calidad, integrado por ensayistas que eran o
llegarían a ser referentes indiscutibles en el estudio de la cultura, la
economía, las ciencias sociales, la historia y el pensamiento cubanos. El
primer título que vio la luz fue El arte de la espera, de Rafael
Rojas, seguido de La Revolución cubana, de Marifeli Pérez-Stable.
La editorial desempeñó además un papel decisivo al publicar por primera vez en
español ensayos fundamentales que hasta entonces solo habían aparecido en
inglés, escritos por académicos cubanoamericanos y destinados originalmente a
un público angloparlante.
Hasta 2013, Colibrí
reunió un catálogo de 41 libros y cerca de una treintena de autores,
consolidándose como uno de los proyectos editoriales más sólidos y coherentes
dedicados al pensamiento cubano contemporáneo.
Sesenta años después de su salida de
Cuba, Víctor Batista Falla regresa a la isla por primera vez. Se diría que fue
allí a morir y es de las muertes más simbólicas que conozco. ¿Tuviste mucho que
ver con lo que vino después?
Así es. Ese viaje que postergó durante tantos años,
Víctor lo efectuó justamente en el año 2020 cuando empezaba el brote de Covid.
Todo parece indicar que ya iba con el virus y fue uno de los primeros
extranjeros en fallecer en la isla, el 12 de abril de ese año, a los 87 años de
edad, por complicaciones derivadas de éste. Debido a las restricciones internacionales que acarreó la
pandemia y la imposibilidad de trasladar sus cenizas a Ginebra, para que
reposasen junto a las de sus padres, la familia decidió que el mejor lugar para
acoger sus restos era justamente el panteón de la familia Falla Bonet en el cementerio Colón de
La Habana, declarado Monumento Nacional en 1987.
Como anécdota, me
gustaría contar que tanto en el cementerio de La Habana como en el de Ginebra
muchos años después, sendas esculturas fueron encargadas a importantes escultores
de la Península. La primera, es un magnífico conjunto arquitectónico y
escultórico de Mariano Benlliure que data de los años 1930. La segunda, en
Ginebra, se debe al republicano Juan de Ávalos, y es una prueba en bronce de la
piedad del Valle de los Caídos del Escorial. Esa tumba ginebrina acoge, además
de los restos de mis abuelos paternos, los de mi padre, los de mi hermano mayor
fallecido con 23 años, ambos llamados Agustín y, recientemente, los de mi
hermano Felipe, a quien enterré personalmente en febrero de 2026.
Pero volviendo al viaje de mi tío Víctor a La Habana, puedo decir que,
en cierto modo, fue un viaje premonitorio. Helen Díaz-Argüelles que se
encontraba en la capital cubana y lo recibió, se ocupó personalmente de los
trámites necesarios para que fuera posible. El panteón de nuestra familia no se
abría desde 1960 y la llave estaba perdida. Para horror de Helen, según me
contó después ella misma, Víctor aterrizó en el aeropuerto de Rancho Boyeros en
silla de ruedas, algo que jamás había necesitado hasta entonces. Silla que ya
no pudo dejar hasta su fallecimiento en el Instituto de Medicina Tropical de La
Habana. Es cierto que, por la edad avanzada, su movilidad, a pesar de los años
dedicados a la danza y el yoga, ya estaba deteriorada.
Desde que fue posible viajar a Cuba siempre tuvo el deseo de regresar. Había
barajado la posibilidad desde hacía años, pero por una razón u otra, no se
decidió antes. No quiso alojarse en un hotel, pues quería convivir y hablar con
la gente y así conocer de primera mano la situación, cuanto más que muchos
sobrinos suyos habíamos estado ya en la Isla. Además, coincidiría con un pequeño
grupo de sanyasis y amigos provenientes de la corriente de Osho cuyo objetivo
era visitar Baracoa, en el extremo oriental cubano, donde proyectaban crear una
pequeña comunidad. Pero ese viaje que nos comentó a Marta, a mis tres hijas y a
mí en su casa el día antes de partir, nunca llegó a realizarlo.
¿Y qué pasó entonces con el entierro
y el panteón familiar en La Habana?
Gracias a los estrechos
vínculos con Eusebio Leal, historiador de La Habana y director del programa del
centro histórico de la capital, Helen logró conseguir, no sin dificultad, la
llave que se creía definitivamente perdida. Gracias a ello pudo acceder al
panteón, que llevaba tiempo vandalizado, y me envió fotografías de su interior.
Poco tiempo después, Eusebio, que ya padecía un cáncer terminal, falleció un 31
de julio. Sin embargo, el equipo que él había dejado a cargo continuó con el
proceso de restauración del panteón. Fueron ellos quienes mantuvieron informada
a Helen en todo momento, enviándole fotografías de los avances, que luego ella
me hacía llegar.
La restauración fue larga
porque el interior de la cripta estaba muy deteriorada debido a actos
vandálicos y abandono. El equipo cumplía así la voluntad de Eusebio de
restaurarlo dignamente. Durante todo ese proceso de restauración, Helen
conservó las cenizas de Víctor por más de un año. Los mismos colaboradores
acompañaron a Helen para depositar allí las cenizas de Víctor.
Fue como si aquel último acto cumplido reflejara inconscientemente un
humilde homenaje a un hijo predilecto en el exilio. Pues Víctor había entregado
buena parte de su vida a Cuba y el destino, no sin razón, quiso que
inesperadamente reposase definitivamente en su tan querida tierra, la que lo
vio nacer, cosa que indudablemente muchos compatriotas en el exilio hubiesen
deseado pero que debido a las circunstancias políticas resultó imposible. La
pandemia cerró las fronteras, pero también obró con una suerte de justicia
poética, haciendo que aquello que durante años había sido postergado se
convirtiera en acto de permanencia.
¿Quién posee hoy la papelería y los documentos de Víctor Batista Falla?
Están en mis manos
junto con el remanente de la editorial Colibrí que próximamente procuraré donar
a la editorial Renacimento en Sevilla, por si alguien tuviera algún interés. A
lo largo de su vida, publicó diversos ensayos, entrevistas y críticas, además
de algunas poesías sueltas. Llevo un tiempo fascinado, revisando y descifrando
sus cuadernos de notas, con la idea de publicar a título personal y como
memoria una selección de sus ocurrencias y poesías. Entre éstas, tengo a manos
una titulada La Asamblea de los Dioses que empieza así:
Volviendo a tu propia vida… ¿Qué sucede contigo después de que terminas tus
estudios?
En 1987, ya con 28
años, luego de estar varios años trabajando junto a mi padre ayudándole en la
gestión del patrimonio del cual vivíamos, decidí dar un giro en mi vida. Por
entonces, además de seguir dibujando, desarrollé mi pasión por el mundo natural.
Estudié, ya no la biología marina, sino de manera autodidacta lo que pareciera
la procedencia, no sin causalidad, de otra polaridad: las estrellas y los
insectos.
Mi abuela materna nos
inculcó a mí y a mis hermanos la semilla del coleccionismo. Agustín coleccionó
sellos, Fernando monedas de oro y yo heredé dos álbumes vacíos que le dio
Florencio Giménez Caballeros para vitolas de puros. Mi tendencia natural al
coleccionismo germinó con esa semilla, pero no de la manera esperada. En un
principio cambié la pequeña colección de vitolas por otra de billetes de banco.
Compaginé entonces mi
necesidad de naturaleza viva con el coleccionismo de insectos, que me atraía
mucho más. En particular los escarabajos que, debido a su estructura, son
capaces de adaptarse y prosperar en casi cualquier medio: desde las cavernas
más profundas y sin luz, pasando por los excrementos, hasta el néctar de las
flores. No sin dejar de mencionar su metamorfosis completa, no tan conocida
como la de las mariposas. Enigmático proceso que no dudo, cuando en un lejano
futuro se descifre, pueda verter luz hacia la necesaria transformación de
nuestra propia sociedad. No en balde constituyen el grupo animal de mayor
diversidad y más exitoso del planeta con más de 400.000 especies descritas.
La búsqueda para la
observación y recolección de nuevos especímenes en el campo para mi colección
me condujo, en ese verano de 1987, a asistir en los Pirineos al curso “Metamorfosis
de las plantas”, impartido por Jaime Padró, según la metodología goetheana
desarrollada por Rudolf Steiner y la corriente filosófica-espiritual de la
Antroposofía. Me animó mi madre que había asistido el año anterior por
sugerencia de su amiga cubana Elena González del Valle Herrera, marquesa de Villalta.
La experiencia de
aquel verano, unida al momento vital que atravesaba, supuso un punto de
inflexión en mi trayectoria. Fue a través del descubrimiento del movimiento
educativo Waldorf, nacido de la Antroposofía en 1919, que encontré el camino
que dio un sentido más pleno y una orientación más clara a mi vida. Se unieron
entonces el deseo de formar una familia y el hallazgo de escuelas que priorizaban
la formación artística desde la primera escolaridad, algo que, en mi época de
estudiante, aun habiendo pasado por buenas escuelas, apenas se fomentaba excepto
cuando alguien manifestaba una predisposición especial.
Poco antes de
trasladarme a Inglaterra para formarme como maestro Waldorf en Emerson
College, conocí a Marta Sierra, con quien poco después me casé. Marta era
licenciada en Derecho y, por entonces, trabajaba en el ámbito del medioambiente
de la Comunidad de Madrid. Al igual que yo, anhelaba emprender un cambio en su
trayectoria vital. En 1994, una vez formados ambos como maestros Waldorf, nos
trasladamos a México, donde desarrollamos nuestra labor educativa durante
cuatro años en la escuela Waldorf de Cuernavaca. Tras el nacimiento de nuestra
primera hija, Andrea, decidimos regresar a España. Allí fundamos, junto con
Elena Martín-Artajo, la Escuela Waldorf de Aravaca.
¿En qué consiste
este método de enseñanza?
La visión educativa
de Rudolf Steiner parte de la profunda intuición de que el desarrollo
interior del niño recapitula las etapas de conciencia que la humanidad ha
atravesado en su evolución cultural y espiritual a lo largo de la historia. De
ahí el especial cuidado que esta pedagogía concede a las primeras etapas del
desarrollo, en las que predominan la voluntad y la vida emocional, antes de
abordar plenamente el desarrollo cognitivo. La intención es que, cuando las
facultades del pensamiento despierten, lo hagan de manera más integrada,
favoreciendo una forma de pensar verdaderamente libre, acompañada de
responsabilidad moral y de autonomía frente a presiones sociales o ideológicas.
Asimismo, aunque se fundamenta
en la tradición cristiana, entendida más como una realidad espiritual que como
un sistema doctrinal, la educación religiosa procura mantener un carácter
no confesional y culturalmente abierto, presentando el fenómeno religioso desde
una perspectiva amplia, permitiendo a los alumnos acercarse a las diferentes
tradiciones espirituales y culturales con respeto y comprensión.
No en vano, entre las
corrientes contemporáneas de educación alternativa, el movimiento Waldorf ocupa
un lugar destacado, con más de 3.200 escuelas y jardines de infancia en más de
120 países de los cinco continentes.
Tu hermano Fernando, a quien también quiero entrevistar en otro momento, me
estuvo contando del increíble viaje de regreso a Cuba que hiciste junto a él,
tu esposa y tu padre. ¿Puedes contarnos algo de esto?
En efecto, a pesar de
haber vivido cuatro años en México y de haber viajado por algunos países
vecinos, nunca llegamos a ir a Cuba. Cuando regresamos a España, ya con nuestra
primera hija, sentí la necesidad de enfrentarme a mis raíces cubanas para poder
transmitírselas a quienes con el tiempo serían mis tres hijas – Andrea,
Catalina y Manuela. Como más tarde me hizo notar mi tío Víctor, sin que hubiese
sido mi intención, dos de ellas llevaban los nombres de dos de los centrales
azucareros de la sucesión Falla Gutiérrez.
Una vez más, mi tutor
y guía en este proceso fue mi tío Víctor. Mientras el viaje cobraba forma,
dediqué casi un año a familiarizarme con la historia de mi país de origen.
Durante ese tiempo, mi hermano Fernando y mi padre decidieron unirse al viaje
junto a Marta y a mí. Llegamos a La Habana en marzo de 2001.
El relato de aquel
viaje prefiero dejárselo a mi hermano Fernando, por si llegas a entrevistarlo,
ya que fue principalmente a él a quien le ocurrieron las cosas más
sorprendentes. Por mi parte, no puedo dejar de recordar el vuelo de unas nueve horas
entre Madrid y La Habana. Al intentar evocarlo ahora, me faltan palabras para
describir la extraña sensación de alerta constante que experimenté durante todo
el trayecto. Fue como si, más que realizar un viaje en el tiempo y en el
espacio exteriores, estuviera adentrándome en una zona más profunda de mi
propio interior.
No podía tener ningún
recuerdo consciente: había salido de Cuba con apenas tres meses de vida. Y, sin
embargo, persistía una sensación difícil de explicar, como si el simple hecho
de haber nacido en una tierra determinada fuera algo que uno lleva consigo para
siempre. Aquel vuelo parecía conducir no solo a un lugar en el mapa, sino
también al punto de origen de una parte esencial de mí mismo.
Alguna anécdota de ese viaje…
Un destino importante
de nuestro viaje fue el poblado de Falla, donde se encontraba el antiguo central
Adelaida. Aunque no era el mayor de los ingenios de la Sucesión Falla, sí era
el más moderno y, quizás por ello, también el más querido por la familia. Fue
allí donde mi bisabuelo mandó construir una gran mansión, a la que solían
desplazarse directamente en tren desde La Habana. La casa fue levantada a
finales de los años 1920, prácticamente al mismo tiempo que otra gran
residencia solariega en su pueblo de origen, Anero, en Cantabria, España:
el Palacio Falla, que hoy pertenece a mi primo Julio Batista Campilli.
Al llegar descubrimos
que de la mansión de Falla ya no quedaba ni rastro, pues había sido
recientemente desmantelada por completo por el gobierno. Aun así, el paseo por
el poblado nos deparó una sorpresa inesperada. Mientras lo recorríamos, nos
encontramos con la antigua iglesia del batey, dedicada precisamente a San
Laureano, de cuya existencia nunca habíamos oído hablar y que ni siquiera mi
padre recordaba. Por una feliz coincidencia, pues era domingo y el templo
estaba abierto, llegamos justo cuando se celebraba la misa. Gracias a ello pudimos
entrar, visitar la iglesia y mantener con los fieles una conversación larga y emotiva.
La iglesia se encontraba muy deteriorada, pero aún conservaba algunos vitrales
en los que todavía podían distinguirse referencias a su pueblo natal, Hoz
de Anero, así como los nombres de mi abuela y de sus hermanos, e incluso una
representación de la antigua mansión del central, hoy desaparecida. Por
desgracia, la vidriera dedicada a la casa indiana que actualmente pertenece a mi
primo Julio ya no existía.
Una de tus pasiones ha sido el coleccionismo. Cuéntanos.
Como ya dije, después de
cambiar la colección de vitolas que me había iniciado mi abuela materna por la
de billetes del Banco de España, ésta quedó olvidada durante muchos años en un
trastero. Finalmente, en las Navidades de 2008 me separé de Marta y dejé el
colegio, aunque continué comprometido y vinculado, como fundador, a la toma de
las decisiones más importantes desde la Fundación. Entonces fue cuando me dediqué por entero a la
colección de papel moneda (billetes de banco), especialmente a partir de 2013,
con el auge de internet y la posibilidad de comprar directamente en cualquier
parte del mundo. Con el tiempo llegué a reunir más de 17.000 piezas procedentes
de los cinco continentes, algunas colecciones especialmente especializadas,
como la china o la mexicana.
Son pequeñas ventanas que permiten viajar en el tiempo a través de la
historia económica y cultural de los dos últimos siglos, muchas de ellas de
extraordinaria belleza artística y de altísimo nivel tecnológico en materia de
seguridad contra la falsificación. Son, además, testimonio de los personajes
célebres que cada nación decide destacar en los distintos ámbitos del quehacer
humano, así como reflejo de sus regentes, gobernantes y de los inevitables
vaivenes políticos. En 2024, al sentir que había culminado mi sueño como
coleccionista, tomé la decisión de poner mi colección a disposición de otros
coleccionistas. Para ello elegí la casa de subastas Ibercoin, radicada en
Madrid.
Recientemente ha finalizado la subasta dedicada a África y, en estos
momentos, se está preparando la correspondiente a América, que estará
disponible antes del verano de este año. Incluirá una amplia selección de
billetes de Cuba, abarcando tanto el periodo republicano como el llamado
revolucionario. Como curiosidad, se presenta también la singular falsificación
del billete de tres pesos con la imagen del Che que la CIA preparó para el
desembarco en bahía de Cochinos.
El periodo colonial cubano ya
fue subastado dentro de mi colección dedicada a España. Tanto esa como las
dedicadas a Asia, incluidas dos muy especializadas en China, continúan
disponibles para su consulta en las secciones de subastas activas e histórico
de la web, todas ellas fácilmente identificables bajo el nombre “Cifuentes Collection”.
¿Qué haces hoy y qué planes tienes?
Ahora,
junto con mi hermano Fernando, nos dedicamos al cuidado de nuestra madre, que
sufrió un accidente inesperado y que desde 2023 quedó incapacitada. Al mismo
tiempo, procuro reunirme siempre que tengo ocasión con los familiares y amigos
de la generación de nuestros padres, cada vez menos numerosos, con el deseo de rescatar el
mayor número posible de recuerdos antes de que ya no sea posible hacerlo.
También estamos haciendo un
esfuerzo por estrechar los lazos con el resto de los primos, de quienes la
diáspora nos fue separando con los años, conscientes de que el tiempo que nos
queda para reencontrarnos también es limitado.
Por otro lado, y en estrecha colaboración con Marta y con la Escuela
Waldorf de Aravaca que fundamos continúo dando clases en la naturaleza a
alumnos de enseñanza secundaria sobre dos de mis grandes pasiones de siempre:
la entomología y la astronomía. Desde hace años canalizo mi
inclinación hacia la expresión artística y estética saliendo a la naturaleza
para hacer fotografía de paisaje, aunque no descarto volver algún día al
dibujo.
Otro aspecto que aún no he mencionado y que me ha acompañado casi
ininterrumpidamente desde los 18 años es mi afición por la guitarra clásica. La
practico sobre todo en la intimidad, leyendo partituras como quien lee para sí
mismo un libro, más como un ejercicio personal y silencioso que como un
entretenimiento social compartido.
¿Qué crees de Cuba, tienes planes de volver?
Mis hijas llevan años pidiéndome que hagamos ese viaje. Además, desde
que enterramos a nuestro tío Víctor en 2020, tenemos pendiente reunirnos entre
primos para rendirle un homenaje. Sin embargo, yo me he resistido: después de
haber visto aquello y de haber hablado con la gente, siento que no puedo
regresar hasta que no se produzca un cambio real.
Klea, hija de Ivana Markovich –una amiga serbia ya fallecida a la que
conocí a través de Víctor– visitó la isla el verano pasado y me escribió desde
allí: “No te puedo explicar lo que
es esto. Qué tristeza, qué miseria, es como Gaza, pero sin bombas. No te puedes
imaginar, tengo tan, tan claro que no voy a volver nunca. Lo que han hecho con esta
isla es deplorable”
Al leer sus palabras me vino a la memoria el artículo con que comienza
el primer número publicado por Víctor en la revista Exilio en 1965: “La
verdad sobre la sovietización del mundo” de Juan Antonio Mendive, sobre el
prefacio profético escrito en 1842 por el poeta hebreo-alemán Heinrich Heine,
amigo de Karl Marx.
No tengo ni idea cuanto tiempo más durará este sin sentido. Aunque
parezca que está en sus últimos estertores, situaciones parecidas ya las hemos
vivido antes. Y más aún en medio de la creciente incertidumbre mundial que
estamos presenciando y que los signos de los tiempos apuntan que no ha hecho
más que empezar.
A pesar de todo siempre me ha acompañado la sensación de que cuanto
ocurre responde a un designio ordenado que se nos escapa –motivo por el que me
siento afortunado. No pierdo la esperanza de que tanto sufrimiento no haya sido
en vano y que, algún día, termine por dar su fruto.
Veo el destino de Cuba por su posición central como “llave” de toda
América, estrechamente ligado al de Rusia. Si atiendo a los paralelismos con mi
propia vida –la andadura soviética duró 75 años y la cubana lleva ya ese tiempo
si tomamos como fecha de partida el momento en que Fidel Castro lideró el
asalto al cuartel Moncada en 1953–, me inclino a pensar que, ahora que el
régimen cubano se aproxima a ese mismo umbral, el cambio es inminente.
Madrid/París, marzo 2026


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