Entrevista a la Condesa de Revilla de Camargo - William Navarrete
Entrevisto en su casa de Madrid a María del Rosario de la Cagiga y Cremades, tercera condesa de Revilla de Camargo. Un placer de rememorar su historia familiar y de compartir con amigos lindos momentos.
“Uno de mis mayores deseos es que Cuba recupere su
libertad y que de esa terrible ruina la levanten otra vez los cubanos”
(El escritor William Navarrete entrevista a María del
Rosario de la Cagiga y Cremades, condesa de Revilla de Camargo)
Por mi amistad con María del Carmen de la Cagiga, a quien
todos llaman “Mariuca”, oí hablar de su hermana María del Rosario (“Charo”
también para todos) pero, como se dice en francés, era como la Arlesiana, un
personaje del que siempre se oye hablar, pero que nadie (o al menos yo) ha
logrado ver. Estaba a punto de entrevistar a la primera, pero Mariuca no
deseaba ocupar el sitio que consideraba le correspondía a su hermana,
simplemente por ser esta última la mayor y la que lleva el mítico título
nobiliario hispano cubano de condesa de Revilla de Camargo.
Al final, pasaron casi dos años, seguía viendo a Mariuca
en presentaciones, restaurantes y en casa de amigos, y cuando menos lo esperaba
(o cuando ya no esperaba que María del Rosario accediera a ser entrevistada) surgió
la posibilidad conversar largamente con ella, y lo mejor: de encontrarnos en su
residencia madrileña.
El nombre “Revilla de Camargo” es parte de la leyenda y del
esplendor de la Cuba republicana porque el palacete donde vivieron los tíos de
María del Rosario y sus hermanas, en El Vedado habanero, convertido hoy en
Museo de Artes Decorativas, después de que el castrismo lo expropiara, es
considerado uno de los más hermosos y mejor decorados de la Isla.
Lo que sorprenderá a muchos es que la descendencia de
Agapito de la Cagiga, primer conde de Revilla de Camargo, viva en España y
ostente aún, en la tercera generación, este título. Pero “de casta le viene al
galgo…” como dice el castizo refrán porque María del Rosario y María del Carmen
heredaron de aquellos ilustres ancestros la hospitalidad, el gusto refinado y,
además, la generosidad. Esta entrevista terminó en el salón de su residencia
madrileña, entre amigos cubanos que, como ellas, han vivido más de seis décadas
de exilio.
Cuéntenos de sus orígenes, de sus padres y abuelos,
quienes eran, de dónde venían y alguna anécdota con respecto a sus vidas en
Cuba
Los Cagiga eran una familia de hidalgos afincados en el
pueblo cántabro de Revilla desde muchas generaciones. Vivían de sus tierras y
ganado, y creo que eran algo “caciques”. Mi bisabuela, Rosa Aparicio, provenía
de Soto de la Marina y allí fue mi bisabuelo, José María de la Cagiga y de la
Maza a buscarla para traerla en coche de caballos e instalarla en nuestra casa
familiar. Tuvieron 9 hijos, de los que solo se casaron tres. Nosotras somos tres
hermanas que hemos heredado ese gen de la soltería, pues de las cuatro solo
una, María Jesús (que llamamos Chus), se casó, y lo hizo con Mariano Fernández
de Henestrosa, nuestro único y estupendo cuñado.
También tenemos otro antepasado sobresaliente, Alejandro
Iglesias de la Cagiga, cuyo nombre espiritual era fray Antonio de San Miguel,
nacido el 19 de marzo de 1726. Salió de Revilla e hizo sus estudios en el monasterio Santa Catalina de Monte Corbán, perteneciente a la orden de San Jerónimo Corbán y llegó a ser obispo de Michoacán, en
México, en 1784. Era un ilustrado y en ese país construyó, entre otras muchas
cosas, un acueducto espectacular en Morelia. Le llamaban el “obispo apóstol de
la libertad de los indios”. Hay un cuadro de él en la ermita de la Virgen del
Carmen, en Revilla de Camargo y nosotras también conservamos otro en mi casa.
Sus tíos, Agapito de la
Cagiga Aparicio y su esposa, María Luisa Gómez Mena Vila, fueron los primeros
condes de Revilla de Camargo y tenían gran notoriedad en Cuba. Agapito fue
ennoblecido en 1927 por el rey Alfonso XIII. Uno de sus hermanos, José María,
fue destacado escritor y periodista. ¿Puede contarnos algo sobre ellos?
Yo tenía un tío en América… Fue Agapito de la Cagiga
Aparicio, primer conde de Revilla de Camargo. No tuvo hijos y es la razón de
mis vínculos con la Isla, aunque también por haber vivido en La Habana los
primeros años de mi vida con tantas experiencias felices, Cuba dejó en mí una
huella profunda e imborrable. En la capital cubana me crie y mucho más tarde,
gracias a mi trabajo, llegué a conocerla muy bien.
Agapito de la Cagiga, hermano de mi abuelo, fue uno de los
benefactores que, como muchos indianos, ayudó a mejorar la vida de su pueblo y
ciudad en La Montaña, que es como llamamos a Cantabria. Fue un hombre muy
emprendedor en todos los aspectos, un caballero, educado y agradable, con buena
presencia, según dice todo aquel que le conoció.
Cuando era un niño tenía que ir a la escuela al próximo
pueblo, o sea, a Herrera de Camargo, porque en Revilla de Camargo no había
ningún centro de enseñanza. Ya desde esa época dijo que cuando fuera mayor, iba
a construir las escuelas de Revilla para que todo su pueblo tuviera un centro
donde instruirse. ¡Y cumplió su promesa!
Establecido en La Habana, Agapito fue amasando una
considerable fortuna. Poseyó una empresa maderera que explotaba la caoba de
Cuba. Desde luego, las grandes fortunas de la Isla provenían del cultivo de la
caña de azúcar, pero no le fue mal con la madera y la construcción, incluyendo
vigas de hierro y baldosas hidráulicas que exportaba sobre todo hacia Estados
Unidos. También invirtió en edificios alrededor en la calle Cristina 106, en La
Habana Vieja. Más tarde llamó a dos de sus hermanos para que le ayudaran en el
negocio e incluso les mandó a Estados Unidos a estudiar business
administration, ya que dicho país era su principal cliente y él no hablaba
inglés.
Cuentan que cuando se casó había tres coches en La Habana
y uno era el suyo. En 1902 se casó en la iglesia del Espíritu Santo con María
Luisa Gómez Mena y Vila, 17 años menor que él y muy guapa. Era hija de Andrés
Gómez Mena, hidalgo natural de Cadagua (Burgos). Al morir su suegro Andrés éste
dejó una enorme fortuna, pues había fundado cuatro ingenios y la famosa Manzana
de Gómez, frente al Parque Central, entre muchas otras empresas y propiedades.
María Luisa, esposa de Agapito, fue una leyenda y un
referente social internacional, conocida en todo el mundo por la forma en que
vivía, las instituciones que presidía, las personalidades que invitaba a su
palacete y sus magníficas joyas y fiestas. Sobrevivió 25 años a mi tío Agapito
y le dio un enorme glamour al título de condes de Revilla de Camargo.
Tengo entendido que,
además de las escuelas, el primer conde de Revilla de Camargo realizó una
intensa labor filantrópica en el pueblo que le da nombre a su título…
Mi tío Agapito tenía un enorme amor por su tierra. Le
encantaba volver a Revilla todos los veranos, primero a la casa familiar y
luego al hotel Real. Era muy llano y simpático. Le gustaba jugar a la bolera
montañesa con sus amigos de antaño y, como muchos indianos, reconstruyó la
iglesia parroquial, la antigua ermita de la Virgen del Carmen, construyó el
cementerio sobre terrenos de la familia, la iglesia de la Bien Aparecida
(patrona de Santander), donde su nombre está grabado en letras doradas y, sobre
todo, construyó y fundó las Escuelas y Casas de Maestros de Revilla de
Camargo, visitadas por
el Rey Alfonso XIII en 1926 y construidas por el arquitecto Javier González de
Riancho, quien también erigió el palacio de La Magdalena, en Santander.
Otro hermano suyo, José María, fue alcalde de Regla,
pueblo al otro lado de la bahía de La Habana, entre 1891 y 1896, y dejó una
obra literaria de relatos cortos costumbristas, colaborando habitualmente con
la revista La Montaña, en la que firmaba sus textos bajo el seudónimo
José María de Revilla de Camargo, su pueblo natal, donde murió en 1922.
Agapito falleció en La Habana, el 23 de junio de 1938, en
el palacete de la calle 17 en El Vedado, donde vivió los últimos diez años de
su vida, hoy convertido en el Museo de Artes Decorativas. Su entierro fue extraordinariamente
concurrido.
¿Conservan la casa familiar en Revilla de Camargo?
En efecto. Esa
casa familiar es para mí como la magdalena de Proust. El tiempo parece detenido
en ella. Nuestra casa montañesa tan querida, donde tantos Cagiga han nacido,
vivido y muerto: mi padre, mi abuelo… forma parte de nuestra infancia,
adolescencia y muchos años más. Tiene una atmósfera muy especial y hasta las
paredes rezuman la esencia de los Cagiga.
Recuerdo el olor
de las magnolias que mi abuela cortaba y ponía en el salón, las bandejas de
paja llenas de tila que recogían en verano y llevaban a la buhardilla, los
aperitivos estupendos en la sombrilla bajo los tilos con toda la familia y Don
Isaías, párroco de Revilla durante 60 años, que ya formaba parte de la
decoración familiar. Siempre venía con un sombrero negro muy elegante y yo,
cuando lo veía en el hall, ya sabía que tendríamos que rezar el rosario en
familia, desde el salón a la cocina. Me acuerdo de Leonor, la cocinera que
estuvo en casa desde los 14 años a los 90, su cocido montañés, la menestra, los
huevos rusos o encapotados o su ensaladilla rusa.
En esta casa hay
una parte antigua, del siglo XVIII. Se nota por las maderas de castaño del
suelo y otra que remodeló González Riancho en 1914, cuando se construyeron las
Escuelas.
Nosotros veníamos
en verano desde Cuba, porque a mi padre le encantaba y, a partir de 1961, cuando
volvimos a España, pasábamos el mes de septiembre. También tenemos un piso en
la ciudad, en Paseo de Pereda, donde yo nací y ahora en verano duermo en el
mismo cuarto, frente a los Jardines de Pereda. Me encanta ver sus palmeras y
plátanos desde el balcón y la estatua del ilustre escritor montañés José María
Pereda.
En Revilla se han
celebrado bautizos, bodas, entierros, mi puesta de largo a los 18 años (ya
viviendo en Madrid después de la salida de Cuba).
Cuéntenos de sus
padres.
Mi padre, José María de la Cagiga y Arce, nació en
Revilla de Camargo y apenas conoció a su padre, ya que éste murió cuando él
tenía dos años. Es posible que mi tío abuelo Agapito, como no tenía hijos y era
su único sobrino varón, dirigiera un poco sus estudios, pues asistió a los
mejores colegios. Estudió en el Colegio Cántabro, en Santander (aún conservamos
algunos de sus diplomas de esa época) y luego hizo la carrera de ingeniero industrial
en Bilbao.
En 1936 estalló en España la Guerra civil y mi padre se
alistó con el ejército nacional. Sé que le dieron algunas medallas y
condecoraciones pues, como decían en casa, había que luchar por Dios y por la
Patria. En 1942 realizó su primer viaje a Cuba, a bordo del barco Marqués de
Comillas, para conocer el negocio y herencia de su tío Agapito, pero tuvo
que acabar la carrera que había sido interrumpida por la guerra. Se casó con mi
madre y no fue hasta 1952 cuando decidió instalarse en La Habana, aunque
veníamos los veranos a Santander, pues él era muy familiar.
Mi padre fue, ante todo, un hombre bueno, inteligente,
hizo todo lo que se esperaba de él. Era todo un señor y muy querido por todo el
mundo. Recuerdo que durante su entierro en Santander no faltó nadie, desde el
alcalde hasta la última persona del pueblo.
En cuanto a mi madre, María del Rosario Cremades y de
Adaro, con quien siempre estuve muy unida, puedo decir que era muy inteligente,
sociable, simpática y tenía carácter, como toda su familia. Muy luchadora.
Nunca se repuso de la revolución castrista. Siempre decía que aquellos años de
Cuba habían sido los mejores de su vida.
¿Donde nació, en qué
lugar de La Habana vivía y qué recuerdos tiene del tiempo vivido en la Isla?
Nací en Santander, en el piso familiar de Paseo de
Pereda. Nuestra primera casa en La Habana la alquilaron mis padres a Albertina
O’Farrill, pues a su marido, el Dr. Rafael Montoro de la Torre y a ella les
destinaron como embajadores de Cuba en Portugal. La casa se encontraba en la
calle 16, entre Quinta y Sexta avenidas, en Miramar. Era una casa con mucha
personalidad, con un porche muy bonito donde solían cenar mis padres y un salón
muy grande con el suelo ajedrezado de mármol en blanco y negro. Creo que
nuestro salón actual tiene algo de aquel. Al fondo del jardín había un lavadero
entre matas de plátanos y los lunes solía ir una muchacha negra a lavar.
Recuerdo que hervía las sábanas en un balde de zinc y les daba vueltas con un
palo. Era gorda y con chancletas, tenía un ritmo increíble, casi sin moverse
(creo que en ese momento mi hermana Mariuca y yo aprendimos a bailar. Yo
tendría 5 ó 6 años. Un día mamá compró una cotorra que manchaba todo y unos
periquitos que nos encantaban. Más adelante mis padres compraron una casa
moderna muy bonita, también en Miramar, cerca de la anterior.
¿Dónde cursó su primera
escolaridad y qué recuerdos tiene de su escuela, amigos de clase y profesores?
Fuimos al colegio del Sagrado Corazón del Country y
todavía conservamos amigas de entonces: las Larrinaga, Ani Mestre, entre otras. En una de las fiestas de Ani, dirigidas
por Lucy, su mademoiselle, representamos el cuento de Hansel y Gretel, además
de bailes españoles, y todo con los decorados de la CMQ porque su padre, Goar
Mestre, era el presidente de ese canal de televisión, el más importante de
Cuba. Las fiestas de niños en La Habana eran realmente fantásticas. Se traían
aparatos del Coney Island, se instalaban puestos de algodón americano, siempre
había muchísimas manejadoras vestidas de un blanco impecable. ¡Y cómo no
acordarme del Yatch Club, los concursos de natación y los patinajes!
¿Qué recuerdos tiene de
los últimos años vividos en Cuba y de los sucesos ocurridos en enero de 1959?
El jardín de la residencia del embajador de España, cuajado de palmeras
alrededor de la piscina, era espectacular. Consuelo Pardo Manuel de Villena, X marquesa
de Vellisca, y esposa entonces del diplomático Juan Pablo de Lojendio,
embajador de España en La Habana en aquellos años, nos parecía a mí y a mis
hermanas elegantísima, como una actriz de cine y sus hijos eran muy simpáticos.
También estaban en la embajada de España los Alabart, con tres chicos de
nuestra edad que eran muy amigos. Me encantaba ir de tiendas con mamá a La
Habana Vieja, a las tiendas El Encanto, Fin de Siglo, al Bon Marché (donde
elegí las estampas de mi primera comunión) y acabar en el Ten Cents Woolworth, donde
siempre tomaba un batido.
Durante una Semana Santa nos invitaron los Zulueta –Julián de Zulueta Bessón y María Abrisqueta–, ella madrina de mi
hermana Cristina, a sus ingenios el Zaza y el Fe. Allí conocí el campo cubano,
las colinas onduladas, salpicadas de palmas reales, las naves del ingenio con
montañas de azúcar prieta y algún murciélago que me dio mucho miedo. Recuerdo
el aroma de la caña y el olor del café molido en el batey, cuando íbamos por la
tarde a jugar los niños de allí entre bohíos y tiendecitas.
El último año que pasamos en Cuba, íbamos a recibir clases
de ballet en Pro-Arte Musical, dirigido por Alicia Alonso. Y, a la salida, nos
encantaba ir al Carmelo, una cafetería que estaba enfrente y tomar un helado de
chocolate al que prendían una llama antes de servirlo. ¡Una delicia! Y mi
hermana Mariuca era la reina de la “medianoche cubana” con jamón, queso y
pepinillo, que sigue siendo su especialidad. En España la comida cubana siempre
se ha mantenido presente en nuestra familia: los frijoles, la yuca, la guayaba…
Y otro de mis grandes recuerdos de infancia es Varadero,
con su playa de arena blanquísima y el mar azul turquesa intenso, así como la
laguna de Kawama, donde pescábamos jaibas y cangrejos por la noche.
En qué condiciones se
produce su salida de Cuba, con quiénes, hacia qué sitio, ¿tuvieron
contratiempos?
Estamos en el año 1959. Castro ha tomado el poder el 1 de
enero. Mis padres deciden quedarse en Cuba hasta la invasión fallida de bahía
de Cochinos, en mayo de 1961. Pensaban, como muchos, que si se iban del país les
intervendrían todas sus propiedades y negocios. Ellos se quedaron, pero a
nosotras nos mandaron internas al colegio del Sagrado Corazón de Albany, en el
estado de Nueva York, conocido como Kenwood Academy. De todos mis colegios es
el que recuerdo con mayor cariño. Era precioso, como un castillo inglés, con
jardines llenos de ardillas y las monjas simpatiquísimas. Allí también había alumnas
cubanas como Lourdes y Marta Rivero. Y conocí la hospitalidad norteamericana,
pues nos invitaban los fines de semana de Halloween, Thanksgiving, entre otras
celebraciones.
Una vez en España,
¿volvieron a Cantabria o se instalaron en otro sitio?
Cuando volvimos a España, en octubre de 1961, nos
instalamos en Madrid, y nos inscribieron otra vez en el Sagrado Corazón de la
capital española, en el nuevo colegio de Pío XII, donde más que la enseñanza en
sí lo que enseñaban era una actitud ante la vida.
La salud de mi padre fue decayendo, en parte debido al
disgusto de lo que estaba sucediendo en Cuba. Enseguida nos aclimatamos.
Pasábamos el año en Madrid y veraneábamos en Santander.
A mi padre todavía le dio tiempo a bailar el vals de mi
puesta de largo, en Revilla de Camargo, en 1966. Fue preciosa y muy divertida,
pues habíamos traído de Estados Unidos una cama elástica para saltar, algo que
no existía entonces en España y todos acabamos saltando en smokings y trajes
largos, con el jardín lleno de antorchas y los manteles rojos debajo de los
tilos. Papa falleció al año siguiente, con 52 años, en 1967.
¿Continuaron usted y sus
hermanas la escolaridad después de la secundaria?
Mis hermanas María del Carmen y María Jesús estudiaron
Derecho e Ingeniería Técnico Agrícola respectivamente. Yo empecé a trabajar con
mi tío Javier, hermano de mi madre, en su empresa naviera, organizándole las
botaduras de los petroleros. Esto fue a finales de la década de 1960. España
estaba entonces muy bien considerada en el ranking económico mundial.
Pero a mí lo que me gustaba era viajar y lo había hecho
desde pequeña. Y como ya no podía hacerlo como antes, decidí entonces convertirme
en azafata de vuelo de la compañía aérea Iberia. Fueron unos años muy
interesantes, pues pude vivir largas temporadas destacada en Buenos Aires,
Brasil, México, Alaska, Japón, Kenia. Y lo mejor: volé como empleada de la
compañía muchas veces a Cuba.
Desde 1977, y tras el
fallecimiento de su padre, el segundo conde de Revilla de Camargo, usted
ostenta el título como tercera condesa de este linaje. Se trata de un título
mítico en la historia cubana y de una de las residencias más espectaculares del
país. ¿Qué significa esto, incluso si se sabe que prefiere la discreción y el
anonimato?
Desgraciadamente mi padre murió cuando yo tenía 19 años,
o sea que, al ser la mayor de las cuatro hermanas, heredé el título muy joven.
Me preguntas qué significa este título para mí. Pues
bien, significa llevarlo con dignidad, estar a la altura de las personas que me
precedieron e hicieron una muy buena labor filantrópica por su país y, por
supuesto, la fidelidad a la Corona de España. En realidad, yo solo soy una
depositaria.
Ha vuelto a Cuba según
dijo por su propio trabajo en Iberia ¿Qué impresiones y recuerdos tiene?
La primera vez que regresé fue en 1979, veinte años
después de dejar la Isla. La llegada al amanecer sobrevolando la isla, con una
mezcla de colores rosas, morados y el deslumbrante paisaje cubano, fue muy emocionante
para mí. Volví a ver mis casas, mi colegio, La Habana Vieja, el Yacht Club en
ruinas. Fui entonces que de verdad conocí La Habana, porque me había marchado siendo
una niña.
Conocí la Cuba de los rusos, y más tarde también la de
los dólares y los llamados “coco taxis”, y la de las jineteras que me daban
mucha pena. Había un sitio que se llamaba Dos Gardenias y otro El Gato Tuerto, frente
al hotel Nacional, en donde cantaban los boleros más bonitos del mundo, en un
piano “desdentado”, con un negrito más desdentado todavía. Sé que nunca volveré
a oír algo tan sentido y sensual en mi vida.
Al anochecer me gustaba pasear por el Malecón que estaba al
pie del hotel en que nos alojaba Iberia. Oía el rumor de las olas golpeando el
muro, veía a los enamorados y sentía la brisa que lo envolvía todo.
Solía ir con colegas de la tripulación a cenar al
Monseigneur, antiguo gran restaurante cubano, donde nos daban crema de queso y
caviar a cucharadas, que pagábamos cambiando vaqueros por pesos en el mercado
negro en las inmediaciones de la heladería Coppelia y sin que nos vieran.
Cuando veía las enormes colas que tenían que hacer los
cubanos, contrastando con nosotros que teníamos como extranjeros nuestra mesa
reservada, se me encogía el corazón. En ese restaurante conocí a René
Portocarrero, conocido pintor, que siempre estaba allí y nos hicimos muy amigos
conversando cuando no estaba borracho. Lo mimaba mucho el régimen y sus cuadros
están hoy en el MOMA, en Nueva York.
En esos años leí la novela Cecilia Valdés, obra
cumbre de Cirilo Villaverde. Es clásico que describe el siglo XIX cubano. Me
impactó. Esto es lo que recuerdo de La Habana que conocí y viví.
¿Algo más que desee decir?
Uno de mis mayores deseos es que Cuba recupere su
libertad y que de esa terrible ruina la levanten otra vez los cubanos como
hicieron con Miami, pero conservando el trazado y la esencia de esta magnífica
ciudad, una de las más bonitas de toda América.
Quiero sobre todo agradecer a mis hermanas, que me han
ayudado con sus recuerdos y sugerencias, y especialmente a Mariuca, tu amiga,
que insistió para que hiciera esta entrevista. Como sabes no tenía muchos
deseos de hacerlo, pues no suelo dar ninguna.
París/Madrid, primavera de 2026











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