Entrevista a María Teresa Mestre Batista, Gran Duquesa de Luxemburgo - El Nuevo Herald
Entrevisto en su casa en París a la Gran Duquesa de Luxemburgo con motivo de la abdicación del Gran Duque Henri de Luxemburgo en favor de su hijo primogénito. Una oportunidad para a ver un balance del reinado, de sus compromisos profesionales y humanitarios, y de sus raíces cubanas.
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“Una monarquía es también una pareja y una familia”. Entrevista a la Gran Duquesa María Teresa de Luxemburgo
William
Navarrete
Me encuentro con
María Teresa Mestre Batista, más conocida por su título de Gran Duquesa María
Teresa de Luxemburgo, perteneciente a la Casa Real de los Nassau, en su
apartamento de París. Me recibe con la sencillez que la ha caracterizado
siempre para compartir con los lectores del otro lado del Atlántico las razones
por las que su esposo, el Gran Duque Henri de Luxemburgo, quiso abdicar en
favor du su hijo Guillaume. También para resumir a grandes rasgos el balance de
los últimos 25 años de reinado en este pequeño y muy relevante Estado europeo de
apenas 660 000 habitantes.
La Gran Duquesa
María Teresa nació en La Habana, Cuba, en 1956 y partió al exilio con su
familia, rumbo a Nueva York, en 1960 tras los acontecimientos que afectaron la
vida de tantos cubanos. Después de vivir de niña cinco años en la Gran Manzana
se instaló brevemente con sus padres en España, y luego en Suiza, país donde
cursó el resto de su escolaridad. Siendo estudiante de Ciencias Políticas en la
Universidad de Ginebra, conoció a Henri, heredero del trono de Luxemburgo, con
quien se casó en 1981, una vez que ambos terminaron sus estudios.
Sabemos que
su esposo, el Gran Duque Henri, abdicó en octubre de 2025 en favor del príncipe
Guillaume, el primogénito de sus cinco hijos e hijas. ¿Qué significa esto y por
qué tomaron esta decisión?
En el Gran Ducado
de Luxemburgo es una vieja tradición abdicar para que los más jóvenes, con toda
la energía de su juventud, puedan llegar temprano al trono. Así lo hizo la Gran
Duquesa Charlotte en 1964 en favor de su hijo Jean quien, a su vez, lo hizo
también en 2000 en favor de Henri, mi esposo.
Nuestro hijo
Guillaume ha asumido el título de Gran Duque con 44 años, junto a su esposa, la
Gran Duquesa Stéphanie. Nosotros estamos muy felices con haberles traspasado
nuestras funciones porque ellos ahora tienen la fuerza necesaria para
desempeñarse debidamente en las funciones gran ducales, y nosotros, después de
25 años de reinado, necesitábamos disfrutar de un poco de tranquilidad, de los
nietos, de los amigos y la familia, alejados de las obligaciones diarias al
frente del Gran Ducado.
¿Se siente
satisfecha de la labor que desempeñó durante esos 25 años?
He tratado de
hacerlo lo mejor que he podido. Trabajé tratando de imprimirle un nuevo estilo
a mis funciones. Como buena latina, no quería quedarme sin aportar mi granito
de arena y desde mi casamiento creé la Fundación Henri y María Teresa de
Luxemburgo, gracias a la donación de un banco luxemburgués, con el objetivo de
prestar apoyo a las personas desvalidas o con dificultades en nuestro país.
Al inicio de mi
vida en la Corte, intenté acoplar mi estilo y mi identidad a la sobriedad que
la caracterizaba, pero muy pronto me di cuenta de que siendo yo misma, permaneciendo
fiel a mi estilo y a la educación heredada de mi hogar cubano podía aportar
cariño y alegría, algo que la gente me agradecía, pues sentía que les hacía
falta.
Mucho más tarde,
en 2019, y a raíz de una conferencia internacional que organicé y que impartió el
Dr. Denis Mukwege, Premio Nobel de la Paz, sobre el tema de las violaciones de
mujeres supervivientes de los conflictos armados, surgió la idea de fundar la
asociación Stand Speak Rise Up con la colaboración muy valiosa de Chékéba
Hachemi, gran militante y primera mujer afgana diplomática.
Todo este
despliegue solidario y humanitario no fue visto con buenos ojos por todo el
mundo, sobre todo entre los círculos conservadores de Luxemburgo, acostumbrados
a la manera de proceder que era propia de otros tiempos. En mi caso, traté de
ir más allá, de convertirme en una plusvalía para el país, y todo ello gracias
a que mi esposo Henri siempre confió y creyó en mí, y también al hecho de que
nunca se opuso a mis actividades.
Henri siempre ha
dicho que una monarquía es también una pareja y una familia, de modo que juntos
pudimos establecer un precedente que, esperamos, sea de utilidad para las
generaciones futuras.
¿Ahora que
puede disfrutar de más tiempo libre, ha dejado también su labor en los
diferentes ámbitos humanitarios en que con tanta eficacia pudo ejercer su
influencia?
En lo absoluto.
Sigo muy activa en la Fundación Henri y María Teresa de Luxemburgo, en la que
cuento con la participación y compromiso del príncipe Louis, mi tercer hijo, para
brindar apoyo a las personas con dislexia, algo que a él le toca muy de cerca,
por haber tenido que luchar toda su vida contra este tipo de trastorno que
puede afectar la lectura y el aprendizaje.
Sigo, por
supuesto, con Stand Speak Rise Up, que lleva a cabo proyectos en Bosnia-Herzegovina,
Iraq, República Democrática del Congo, Ucrania, Etiopía, Zimbabue, Somalia,
Uganda, Afganistán y muchísimos más países. La asociación ha convertido en lema
mi frase “si no podemos parar la guerra, impidamos al menos que las violaciones
se conviertan en un arma de guerra”.
Ahora que
el tema de Cuba parece que ha vuelto a la palestra, ¿qué piensa de la situación
actual y en qué medida se ha mantenido vinculada al destino de la Isla?
Yo solo deseo que
para Cuba suceda lo mejor. Mi hermano Luis y yo siempre fuimos los más cubanos
de todos y lo fuimos por nuestro optimismo, nuestra alegría y la manera en que
nos relacionábamos con la gente. La filantropía para el bien del país fue algo
que alentó en los tiempos de la República a mis abuelos, padres y tíos.
Ahora mismo,
mantengo tres proyectos de solidaridad con los cubanos de a pie. El primero
brinda ayuda a los niños con cáncer, a través de una asociación luxemburguesa
de solidaridad con el pueblo. El segundo, se lleva a cabo con el apoyo de la
Orden de los Caballeros de Malta de Miami que proporcionan alimentos y otras donaciones
a los comedores para ancianos que viven solos en diferentes sitios de la Isla.
Por último, ayudamos a la Comunidad cristiana de laicos Sant’ Egidio, para la
cual la oración, los pobres y la paz son sus referentes fundamentales. Esta
comunidad tiene varios centros en la Isla y nosotros apoyamos un centro en la
provincia de Sancti Spíritus consagrado a la protección y ayuda de niños y
jóvenes en sus tareas y deberes escolares, aunque también a los ancianos que
tienen dificultades.
De cualquier
modo, yo que soy cubana por mis cuatro costados, siempre he sabido muy bien
hasta qué punto la resiliencia y la fe han sido una constante para el pueblo de
la Isla durante más de medio siglo. Es hora de que termine tanto sufrimiento y
de que Cuba pueda renacer en paz y prosperidad para el bien de toda la
comunidad.
París, primavera
de 2026







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