Entrevista al coleccionista de arte cubano Roberto Polo - Cubanet

Entrevisto al coleccionista de arte cubano Roberto Polo, cuyo museo en Cuenca pude visitar recientemente. Retomo el título que le puse a la entrevista originalmente. También les dejo el enlace directo a Cubanet, en donde la publiqué e incluyo fotos que no aparecen en dicha web:

"No se debe viajar a países en donde no hay libertad" / entrevista a Roberto Polo, por William Navarrete, Cubanet

Roberto Polo y William Navarrete, Les Deux Magots, Paris, 2023


Las aguas del cauce no pueden llevarse el reflejo refulgente de la luna sobre el río

El escritor William Navarrete entrevista al coleccionista e historiador de arte cubano Roberto Polo

A Roberto Polo, nacido en La Habana en 1951, lo han llamado –y no por gusto– “El Ojo”. Su capacidad y conocimientos en materia de arte han hecho que se le considere hoy como una de las personas que más ha influido en el reconocimiento de creadores y movimientos artísticos de determinados periodos. Su colección privada incluye a cientos de artistas de renombre entre los que se encuentran Bonnard, Boucher, Cézanne, Chardin, Doré, Ernst, Fragonard, Gallé, Greuze, Guimard, Horta, Léger, Matisse, Degas, Delacroix, Monet, Picasso, Toulouse-Lautrec, Van de Velde o Watteau, por sólo citar a algunos de los más conocidos.

Recientemente, estando de visita en la ciudad española de Cuenca, tuve la oportunidad de visitar una parte de la Colección Roberto Polo. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha (CORPO), que se exhibe temporalmente en la antigua iglesia de la Santa Cruz. Digo una parte, porque la otra se encuentra en Toledo, exactamente en el antiguo convento de Santa Fe, en donde nació en 1221 el rey Alfonso X El Sabio. Aunque había oído hablar mucho de Polo, la visita a esta parte de su colección en la iglesia conquense fue el detonante para que lo contactara. Tras varios intercambios telefónicos y virtuales, nuestro encuentro se produjo recientemente en café parisino Les Deux Magots, en el boulevard de Saint-Germain, un sitio que está intrínsicamente vinculado a su vida porque lo frecuentaba a diario cuando durante años vivió en la misma esquina en que se encuentra este mítico café.

Los múltiples lugares vividos y experiencias adquiridas por Roberto Polo, ya sea en La Habana, Miami, Lima, Washington, Nueva York, París, Bruselas y, ahora, en Toledo, han moldeado no sólo su amplia cultura y vastos conocimientos, sino también su visión del universo artístico. Conversar con él es realizar un viaje infinito hacia lo mejor que en este ámbito ha sabido crear el ser humano. Es por eso que entrevistarlo, desde los diversos ángulos y las aristas que brindan sus vivencias, vicisitudes y perspectivas, ha sido una tarea titánica que estas breves notas no pueden abarcar del todo.

Y como a todos los entrevistados de esta serie que inicié para Cubanet, a Roberto Polo le corresponde ahora contarnos su medio familiar y orígenes en la Cuba de la primera mitad del siglo XX.

- ¿Quiénes eran tus padres y en qué entorno familiar diste tus primeros pasos?

Nací en La Habana el 20 de agosto de 1951 y al igual que muchos cubanos mis orígenes son diversos. Durante los primeros años de mi vida vivimos en el reparto Flores, al oeste de la capital cubana, antes de que nos mudáramos, poco tiempo después, para el reparto Biltmore, también en esa misma zona. De la casa de Flores sólo conservo el recuerdo de una Navidad en que mi madre quiso que, entre ella, mi hermano y yo montáramos un arbolito típico de esta festividad. Y lo recuerdo porque cuando mi padre volvió a la casa y vio nuestra obra, se abalanzó furioso contra el árbol y lo desbarató porque consideró que este tipo de quehaceres era para mujeres y podía afectar la virilidad de sus dos hijos varones.

Mi madre, María Teresa Castro Carluch, era una mujer de una gran sensibilidad. Había nacido en Cuba, de padres cubanos, que fueron Mario Castro y María Teresa Carluch. Por su familia paterna muchos antepasados y familiares habían sido grandes compositores e intérpretes musicales. El abuelo paterno de ella, por ejemplo, fue José Castro González a quien los franceses terminaron llamándole “Maestro Chané”, de modo que terminó legalizando incluso su cambio de apellido. Chané era originario de Santiago de Compostela y fue uno de los grandes compositores y directores de orquesta y coros de su tiempo. Su padre había sido su primer profesor de música. Antes de llegar a Cuba, había formado junto a los escritores Manuel Curros Enríquez, Rosalía de Castro y otros eminentes gallegos la célebre “Troya gallega”. Como era republicano decidió instalarse en Cuba antes de la instauración de la República. Cuando murió, pidió que no lo enterraran en Galicia, mientras España fuese una monarquía, pero reclamaron insistentemente sus restos y, en contra de su voluntad, su tumba se encuentra hoy en el cementerio de La Coruña, muy cerca de las de Rosalía de Castro y Manuel Curros Enríquez. Su esposa, Elvira Hernández Célis, era ferrolana, descendiente de una familia de aristócratas, algo que no se mencionaba ya que, como dije, todos eran fervientes republicanos.

Por otra parte, mi abuelo materno, Mario Castro Hernández, nacido en La Habana y fallecido en exilio en Miami, había sido capitán de la marina mercante cubana y tenor profesional. Su esposa María Teresa, nacida en el Mariel, tenía orígenes españoles y calabreses, tocaba el piano maravillosamente y era, también, una persona muy culta. Es por eso que mi madre, siguiendo la tradición de su familia, se había distinguido por su voz de mezzosoprano excepcional y había sido sacada del coro en que cantaba por el propio Herbert von Karajan, quien dirigía entonces la Filarmónica de La Habana. Pero las convenciones sociales hicieron que, tras casarse con mi padre, tuviera que abandonar su vocación porque para mi padre una mujer que se dedicara al arte no podía ser menos que una meretriz.

María Teresa Castro de Polo, madre de Roberto Polo, La Habana,1951

- O sea, que tu padre era el producto de esa vieja tradición hispánica llena de prejuicios y poca tolerancia …

Mi padre, Roberto Isaac Polo Perdueles, quien vive aún centenario en Italia, era hijo de un gallego, Alfredo Polo Pardo, nacido en Corcubión y que había emigrado en busca de fortuna a Cuba. Fue él quien fundó la empresa familiar, Polotanque, cuya prosperidad económica no tardó en manifestarse ya que fabricaban enormes tanques de acero para el almacenamiento de melazas, alcoholes, petróleo … lo que fuera. Al morir, la empresa pasó a manos de mi padre y sus hermanos. Su esposa, Orosia Perdueles Expósito, había nacido en Cárdenas (Matanzas) y tenía orígenes españoles y franceses. Mi abuelo paterno había sido un bon vivant, que estaba siempre de juerga, y mi padre siguió sus huellas, aunque nunca descuidó los negocios. De este abuelo paterno que hubiera querido conocer no tengo recuerdos pues falleció siendo yo muy pequeño, y lo más curioso es que esto sucedió mientras hacía la siesta en un sillón y me llevaba cargado a mí de bebé en sus brazos.

- ¿En qué condiciones ocurre tu primera escolaridad?

El primer año de primaria lo hice en el colegio Saint George’s del Vedado, pero inmediatamente, por esa obsesión paterna de hacer de nosotros hombres viriles y porque se había dado cuenta de mis inclinaciones artísticas, me matricularon en la Havana Military Academy, una de esas escuelas en donde se mezclaba la enseñanza con el tema militar y que había sido fundada por Raúl Chibás, hermano de Eddy. Allí cursé hasta el primer año de estudios secundarios que coincidió con la nacionalización de las escuelas privadas en Cuba.

- Me imagino que el triunfo de la revolución de 1959 generó mucha inestabilidad en tu vida de adolescente y familiar …

Mi madre, como muchos demócratas cubanos, se oponía al gobierno de Fulgencio Batista. Recuerdo perfectamente aquel 31 de diciembre de 1958 porque mis padres regresaban de una fiesta cuando tuvieron un accidente automovilístico y, aunque terminaron en el hospital, pudieron recuperarse enseguida. En casa vimos por la televisión la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana. Sin que nadie lo supiera, mi madre escondía a primos que militaban contra Batista, en general estudiantes universitarios. A mi abuelo paterno, por ejemplo, la policía batistiana lo había estado buscando por sus actividades revolucionarias. De hecho, una hermana de mi madre, Mercedes Castro Carluch, se quedó en Cuba y llegó a ocupar funciones oficiales en el gobierno castrista.

El caso fue que, tras el triunfo de 1959, una de las primeras medidas que tomaron en casa fue sacarnos de la escuela. Comenzaba ya el adoctrinamiento y mi padre no quería que nos mantuviéramos allí. Comenzó entonces un periodo confuso en que pasábamos parte del año en Miami y regresábamos a Cuba, siempre pensando en que las cosas se iban a arreglar. Mi padre había tenido la buena idea de tener parte su dinero en Estados Unidos, algo que a pocos se le ocurrió en ese momento. Gracias a esto pudimos sobrevivir luego durante los primeros tiempos en el exilio.

Mi abuelo Mario decía siempre una frase muy inteligente: “las personas son comunistas mientras no les pisen los callos”. Ya en 1961, antes de los sucesos de bahía de Cochinos, estábamos instalados en Miami. La última que regresó a La Habana fue mi madre porque su hermana Antonia estaba todavía en la Isla y tuvo que participar en su boda y entregarla, como hermana mayor, en matrimonio. Volvió, afortunadamente, pocos días antes de la invasión.

- ¿Cómo fueron los primeros años en el exilio?

Como para la mayoría de los exiliados, con bastantes zozobras. Mi padre y dos de sus hermanos habían continuado con el negocio de Polotanque y después de 1961 operaban en Nassau y Puerto Rico, mientras que de Miami nos mudábamos a Lunenburg, Massachusetts. Fue entonces que surgió la idea de establecernos en Lima, a donde nos mudamos. Todo parecía indicar que la industria petrolera peruana tenía mucho potencial, pero la alegría iba a durar poco porque en 1965 el gobierno de Fernando Belaúnde comenzó dar los primeros pasos para su nacionalización, de modo que volvíamos a vivir de cierta manera lo que ya había sucedido en Cuba. Así fue como tuvimos que regresar a Estados Unidos. 

Sin embargo, durante el breve periodo de alrededor de dos años en que viví en Lima, primero en el barrio de Miraflores y luego en el de San Isidro, estudié en la escuela Abraham Lincoln y gracias a mi abuelo Mario me inscribieron en el Estudio-Taller Suárez Vértiz, la escuela de un pintor académico respetado y de su esposa, María Teresa Reyes Carrillo, también profesora de pintura. Digamos que allí di los primeros pasos en este ámbito y aprendí los rudimentos del oficio de pintor.

- ¿Qué sucedió después de que tuvieron que dejar el Perú?

Volvimos a Estados Unidos y, en poco tiempo, nos instalamos en Washington. Estando todavía en Lima participé en un concurso para obtener una beca de estudios de arte en Estados Unidos mintiendo sobre mi edad porque exigían más de la que tenía. Así y todo, fui elegido, pero José Gómez Sicre, eminente coleccionista cubano que tuvo capital importancia en el reconocimiento del arte latinoamericano en Estados Unidos, director del departamento de Artes Visuales de la Unión Panamericana (la OEA de hoy) y quien fundó, más tarde, el Art Museum of the Americas, se enteró de que no podían aceptarme y entonces me recomendó ante los Sres. Bayard L. England que se brindaron para financiar mis estudios durante un curso en la Corcoran School of Art. Luego obtuve otras becas de estudios como varias veces la de la Ford Foundation y la de la Corcoran que me permitieron continuar.

Era una época económicamente inestable, al punto que mi madre, que nunca había tenido que trabajar, pasó uno curso para convertirse en nutricionista. Nos mudamos para Falls Church, en Virginia, y como había sido declarado niño prodigio en artes autorizaron a que asistiera sólo por las mañanas a las clases de bachillerato y, por las tardes, a la academia de arte. Recuerdo que tomaba un autobús desde la escuela para ir hasta Washington a recibir las clases de arte.

- ¿En qué año te gradúas y en qué condiciones expones por primera vez?

Me gradué en 1968, tras completado en dos años un programa previsto para cuatro. En ese periodo, entre el fin de mis estudios y un poco después, expuse en 1967 en la Jefferson Place Gallery fundada en 1957 por miembros del grupo Washington Color School. También en la Corcoran Gallery of Art, la Georgetown Gallery e, incluso, en la National Collection of Fine Arts del Smithsonian.

Había tenido varios trabajos para mantenerme. Primero, a los 14 años, en la reserva de los joyeros Bailey Banks and Biddle, luego vendiendo joyas en las grandes tiendas de The Hecht Company y, por último, como vigilante y guía de la Philipps Collection de Washington. De todos, este último resultó muy conveniente porque me dejaba mucho tiempo para estudiar y revisar los cursos mientras cuidaba las salas del museo. Al mismo tiempo me propusieron dar clases en la Corcoran. Imagínate, ¡ya a los 16 años tenía alumnos de 18 y más!

Roberto Polo Castro en su estudio de la Corcoran School of Art, 
Washington, D.C., 1967, foto Paul Kennedy

- ¿Realizas estudios universitarios?

En 1969 entré en la American University de Washington. Mi futuro suegro me llevó a Nueva York en 1972, me casé allí ese mismo año y, en 1974, obtuve la maestría en Bellas Artes, en un momento en que ya trabajaba en Rizzoli, la célebre galería y librería de arte en el 712 de la Fifth Avenue. Trabajé primero como vendedor de libros, pero cuando se dieron cuentan de que vendía más cuadros que nadie, me nombraron vendedor de las obras de arte que se exponían en la planta baja y terminé como director de la galería poco después.

Recuerdo que preparé varias exposiciones que tuvieron mucha relevancia, entre ellas una de Alphonse Mucha, un artista checo casi olvidado que rescaté entonces. Otra exposición, en 1975, fue la Fashion as Fantasy, en la que artistas como Andy Warhol, Les Levine, Robert Motherwell o David Hockney crearon obras y también prendas a la par que estilistas como Paco Rabanne, Yves Saint Laurent, Karl Lagerfeld o Charles James. Era algo muy innovador y me estaba convirtiendo en un pionero en el tema de presentar la moda como arte. Muchos artistas desconcertaban al público por sus propuestas originales, como Motherwell, quien había creado diseños en tinta china de vestidos de gala que imitaban los testículos humanos.

Roberto Polo y Andy Warhol, New York, 1975, foto: Gregory Kitchen

- ¿Por qué abandonas Rizzoli por algo tan diferente como el Citibank?

Leí en The New York Times que el Citibank quería abrir el primer departamento de inversiones en arte del sector bancario. Me presenté a la entrevista, me aceptaron, pero era evidente que no tenía una formación en finanzas. Entonces me propusieron que cursara estudios de análisis financiero durante dos años, al cabo de los cuales terminé como responsable de presupuestos operacionales para la red de todas las sucursales del banco en el mundo. Como asesor, fui parte de algo que hasta ahora no existía porque se trataba del primer banco que creaba un fondo de inversiones en arte con clientes extremadamente ricos a quienes aconsejaba en materia de adquisiciones. Fui quien creó el primer departamento de este tipo en la historia del sector bancario. Por supuesto, me rodeaba un aura de prestigio y fui declarado por algunas revistas influyentes el hombre más elegante de Nueva York. Como tenía influencias, me invitaban a muchas fiestas elitistas del Nueva York de aquella década y poniendo en práctica mi idea de que la moda también era arte no faltaban en mi ropero prendas originales que causaban siempre admiración en los círculos en los que me movía.

Robert Motherwell y Roberto Polo en el estudio del artista, 
Greenwich, Connecticut, 1974, photo Gregory Kitchen

- ¿Fue entonces que decides fundar tu propia empresa?

En 1981 me doy cuenta de que le había aportado millones de dólares al Citibank, pero seguía siendo un empleado con un sueldo que no representaba las enormes ganancias que el banco obtenía gracias a mi gestión. Entonces me dije que lo mismo que hacía para otros podía hacerlo para mi propio beneficio. Sucedió que en aquella época no había celulares ni internet y trabajábamos mucho desde el teléfono de nuestros domicilios, sobre todo porque muchos clientes vivían en otros países y los husos horarios no eran los mismos. De modo que, cuando presenté la dimisión del banco en 1981 y fundé mi propia sociedad especializada en obras de arte y piezas de colección, la Private Asset Management Group Inc (PAMG Inc.), los clientes que tenía antes siguieron llamándome. Cuando les decía que había dejado el banco y fundado mi empresa me pedían continuar conmigo.

El éxito de la empresa fue fulgurante. Gané mucho dinero asesorando en este ámbito. Aunque ya había viajado mucho a Francia para Rizzoli, a partir de mi trabajo para el Citibank había intensificado los viajes de mercadeo en París, Londres y otras capitales del continente. También aprovechaba estos desplazamientos para comprar obras que engrosarían mi propia colección. Tenía una amplia red de coleccionistas e inversionistas en Europa y América Latina. También empecé a comprar muchas acciones en Sotheby’s para mi propia cuenta y las de mis clientes, algo que permitió que la casa de subastas se protegiera de la toma mayoritaria de control por parte de Marshall Cogan y Steven Swid.

- ¿Fue entonces que decidiste instalarte en París?

Tras la llegada de François Mitterrand al poder en 1981 el valor de los bienes raíces en Francia y del franco se devaluaron. De modo que, un apartamento allí costaba muy poco. En ese momento tenía uno propio en la Park Avenue de Nueva York. Decidí entonces, en 1983, comprar un apartamento de cerca de 320 m2 en París, n° 27 del quai Anatole France, a orillas del Sena. Los pisos de ambas ciudades eran vitrinas de mi propia colección de arte. Nueva York se había vuelto insoportable porque cada vez que intentaba hablar de arte se terminaba hablando del mercado de arte, mientras que en Francia la gente se interesaba realmente en el valor estético de las obras y en la historia del arte propiamente dicho. En ese periodo, invertí también en la empresa del creador de moda de origen cubano Miguel Cruz (1944-1989), instalado entonces en Roma, y muy conocido por sus creaciones de prêt-à-porter, pieles y calzado. Al mismo tiempo mantenía una galería en Nueva York, la Jacob Frères Limited, y mi especialidad era el arte francés del siglo XVIII.

- ¿Llevabas ya a la par desde entonces el coleccionismo, la inversión y la filantropía?

Una de las cosas que enseña la sociedad norteamericana es devolver de forma altruista lo que te ha permitido ganar. Eso se llama filantropía y no era muy corriente en este otro lado del océano Atlántico, razón por la cual muchos miraban con recelo mi gestión cuando ofrecía a museos e instituciones obras valiosas como donante desinteresado. En 1986, doné al Metropolitan Museum of Art de Nueva York una obra maestra monumental de Marisol Escobar: Autorretrato mirando la última cena de Leonardo. Al Louvre doné el vase fuseau de Madame Mère que Napoleón había encargado a la manufactura de Sèvres y, más tarde, la corona de la emperatriz Eugenia, la única que existe de un monarca francés con todas sus piedras originales, así como La adoración de los pastores, de Jean-Honoré Fragonard. También participé financieramente en la restauración del Jeu de paume del castillo de Chantilly. Recuerdo que para recaudar fondos para esta necesaria restauración hicimos un desfile con las creaciones de Miguel Cruz en el que participó la deslumbrante Grace Jones. En 1998, por mi intensa labor en favor del arte y mis sucesivas donaciones, el Estado francés me condecoró con la orden de Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres. Por supuesto, las contribuciones no fueron solamente piezas materiales, sino que aportaba apoyo financiero al Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, a la Casita María Center for Arts and Education, la institución caritativa hispánica más antigua de Estados Unidos, entre otras.

Fashion model and performer Grace Jones and Roberto Polo, 
Château de Chantilly, 1987.

- En 1988 eres víctima de un proceso que sueles calificar de “kafkiano”. Como te dije antes no es objetivo de esta entrevista ahondar en este tema ampliamente documentado en tu web. ¿Podrías resumir qué sucedió en realidad y qué consecuencias tuvo para ti?

En 1986 trasladé legalmente mi sociedad de inversiones a Suiza siguiendo el consejo de los abogados de mis clientes, porque ellos temían que se promulgara un decreto en Estados Unidos que obligara a los consejeros inversionistas a revelar la identidad de sus clientes extranjeros. Aunque solicité la residencia suiza nunca me mudé ni viví en ese país porque el estatus no me fue concedido, pues se trataba de cuotas anuales y al parecer la espera se prolongaba. Uno de mis empleados, a quien di trabajo por piedad y porque había fracasado en su intento de crear la misma sociedad que yo, me acusó un buen día de haber desviado fondos. En poco tiempo él y mi propia esposa exhortaron a mis clientes a que retiraran los fondos que gestionaba acusándome, sin pruebas, de malversación. Se basaban exclusivamente en la apariencia de lujo en que vivía. Muchos cayeron en la trampa y empezaron a pedir que se les reintegrara los fondos, sin tener en cuenta el acuerdo contractual de que tenía un plazo de hasta un año para hacerlo. En 1988, mi empleado logró entonces reunir a dos de mis clientes a través de sus empresas en paraísos fiscales y establecer en Ginebra una demanda colectiva de sus compañías. El juez suizo, sin comprobar la validez de la demanda, lanzó al día siguiente una orden de arresto y extradición internacional contra mí. Entre los demandantes se encontraban personajes clave de la política como Emilio Martínez Manautou, gobernador de Tamaulipas, quien, dicho sea de paso, fue encontrado años después muerto, en condiciones turbias, en su finca en México. A éste ni siquiera lo conocía, pues había sido traído por mi acusador. Debido a esto, fui detenido en Italia y encarcelado tres meses en Lucca en condiciones inimaginables.

- Tengo entendido que esto fue sólo el comienzo de una cacería de brujas contra ti…

En efecto. De una celda de aislamiento para obligarme a renunciar a mis propiedades en favor de los demandantes, me transfirieron, gracias a las presiones de mi familia y la cónsul de Estados Unidos en Italia, a una en que había otros detenidos y, de ésta, a la prisión de Pisa y, luego, al hospital ya que por los tratos recibidos me había convertido en anoréxico. Los suizos continuaban ejerciendo presión, pero la cónsul norteamericana se dio cuenta de lo infundado de las acusaciones y obtuvo mi liberación. Así fue como un policía italiano llamado Marcelo me llevó en auto hasta Bari y, desde ese puerto, embarqué en dirección de Grecia, ya que mi pasaporte estaba vencido y el periodista francés Roger Auque me dio el suyo, al que le cambió la foto. Allí estuve hasta que en 1990 la propia cónsul me aconsejó que regresara a Estados Unidos. El viaje a Miami lo realicé entonces acompañado por uno de mis abogados.

En Miami retomé mi trabajo de artista, expuse en el Museo de Arte de Fort Lauderdale. Una obra mía bastante grande decoró el restaurant Yuca que había inaugurado Efraín Veiga, inicialmente en Coral Gables, un sitio increíblemente exitoso porque por primera vez se proponía un tipo de nouvelle cuisine cubana con elementos de fusión. Pero el juez suizo continuó pidiendo mi extradición, algo completamente ilegal porque yo era ciudadano estadounidense y no se puede extraditar a alguien hacia un país en el que ni siquiera tiene residencia. Fui arrestado nuevamente en abril de 1992 en la MCC de Miami. Me pusieron a recoger colillas y luego como bibliotecario. Mi madre y el poeta Armando Valladares fundaron un comité contra mi extradición, organizaron manifestaciones, recogieron miles de firmas, alertaron a la prensa y hasta a la Casa Blanca. Cuando el huracán Andrew azotó el sur de la Florida la cárcel en la que estaba y el Zoo cercano quedaron destruidos. Entonces trasladaron a los prisioneros hacia otras prisiones del país, y en poco tiempo, me volvieron a cambiar, una operación que hacían a menudo y que les dificultaba a mi familia y a mis abogados la tarea de seguirme la pista. Luego supe que los guardias cobraban 75 dólares por cada preso trasladado.

En junio de 1993, el juez Federico Moreno ordenó mi liberación bajo fianza, pero el fiscal estadounidense que representaba a Suiza impidió que me liberaran y logró, todavía mis abogados se preguntan cómo, que me sacaran de la prisión, me llevaran al aeropuerto, me entregaran a dos policías suizos y me trasladaran a Ginebra, violando todos los principios y las leyes. En realidad, nunca había sido considerado extraditable. Entonces me convertí en el primer ciudadano estadounidense extraditado fuera de su país. Desde ese momento decidí no poner nunca más un pie en Estados Unidos.

- Pero también se dice que como el Ave Fénix supiste, a pesar de todos estos sinsabores y pruebas, salir una vez más airoso…

Siempre he sido como el diamante, de una materia muy dura pero muy frágil a la vez, sobre todo si se le da el golpe en la parte vulnerable. En 1995, cuando al fin llegó el juicio, después de todo tipo de irregularidades que son públicas y están en mi página web, tras un total de 20 meses de prisión preventiva en Suiza y 28 entre Italia y Estados Unidos, la única testigo contra mí fue mi propia esposa, quien se había divorciado sin que yo lo supiera, unos días antes de la audiencia, para poder comparecer como testigo. Al final, sin pruebas, pero dejándome completamente arruinado porque todas mis pertenencias fueron liquidadas y vendidas por los demandantes en subastas durante el tiempo que permanecí en este proceso, fui liberado y me llevaron al aeropuerto de Ginebra en donde me pusieron en un avión que volaba a Roma. Allí, después de otras tribulaciones largas de contar, me reuní finalmente con mi madre.

- ¿Retomas entonces el cauce interrumpido de tu pasión por el arte?

En todo caso lo intenté. Viví por breve tiempo con mi familia en el Véneto, pero vino a visitarme el periodista suizo Matthias Camenzind y me convenció para que regresara a París. Imagínate, yo no tenía ya nada porque hasta mi apartamento había sido vendido sin mi consentimiento durante el periodo que duró el acoso. Una vez en París, Roger habló con los propietarios de un pequeño hotel en Saint-Germain-des-Prés para que me dejaran vivir allí.

Recuerdo que Jean-Gabriel Mitterrand, sobrino del que había sido presidente de Francia, me invitó un día a cenar en la Brasserie Lipp, de la que fui asiduo durante mucho tiempo. Era una brasserie de habitués, pues casi siempre los que comían allí eran clientes conocidos que tenían incluso mesas fijas. Cuando atravesamos la sala y que los comensales me vieron se hizo un silencio denso. Al ser conducidos a nuestra mesa la sala completa rompió al unísono en un aplauso prolongado. Todos estaban al corriente de mi affaire y sabían que había sido un milagro. Me veían como un resucitado. Empezaron a desfilar para felicitarme. Le di razón a quien había ido a visitarme a la aldea del Véneto donde me había retirado. París era mi mundo. Entonces volví brevemente a Italia para dejar mis cosas organizadas y regresé otra vez a la capital de Francia, siete años después del comienzo de aquella pesadilla. Por eso, en mi página web termino mi biografía con un viejo proverbio coreano: “Las aguas del cauce no pueden llevarse el reflejo refulgente de la luna sobre el río”.

- ¿Qué hiciste entonces?

Empecé a crear y a exponer. Por supuesto, a pesar de la mucha gente que me apreciaba siempre me perseguían las calumnias y tergiversaciones. Viví tres meses en el hotel cuyo dueño me encargó la decoración, mi primer trabajo de vuelta a la vida. Intenté, por mis propios conocimientos, conseguir un trabajo como conservador o profesor, pero este tipo de puestos siempre fue reservado para ciudadanos del país y yo no tenía la nacionalidad francesa. Seguí entonces con mi vida de artista, creando y vendiendo, incluso en las más prestigiosas galerías como la Enrico Navarra de París, la Ramis Barquet de Nueva York y la Dante Vecchiato de Padua y Vicenza. Trabajé mucho un tipo de obra que concebía a partir de revelados de Polaroide no figurativos.

Por supuesto, tenía que hacer frente a muchos problemas financieros engendrados por los años de batallas jurídicas, de modo que empecé también a aconsejar, comprar y vender arte. Varias instituciones recurrían a mí para obtener mi opinión sobre adquisiciones. Los especialistas del ámbito sabían que tenía conocimientos y que era capaz de aportarles algo.

- ¿Qué criterios pones en práctica a la hora de escoger una obra de arte? ¿Qué coleccionas a partir de este momento?

Uno de los criterios que me acompaña siempre es el de coleccionar lo que fue innovador en su momento. A partir de mi regreso a París empecé a crear un mercado que sensibilizaba sobre las artes decorativas de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Me interesaba mucho el Simbolismo y todavía las vanguardias históricas, cuyos orígenes están en Bruselas, pero cobra auge después en Austria y Alemania. El inicio este movimiento en Europa Occidental lo marca el Salon de la Libre Esthétique en 1893 que, a su vez, había nacido del Salon des XX. Entonces invitan no sólo a pintores y escultores, sino también a diseñadores de muebles, objetos y joyas. Fue Henry van de Velde, uno de los fundadores junto a Victor Horta y Paul Hankar del Art-nouveau belga, quien hizo posible esto. Estuvo en París en donde había decorado una galería de la rue Chauchat y su trabajo fue muy criticado. Van de Velde concebía un tipo de mueble funcional pero los franceses solo aceptaban este estilo cuando se trataba de barcos y otros medios de transporte, e incluso lo llamaban peyorativamente “yachting style”, término acuñado por Anatole France. Van de Velde se va entonces a Bruselas y luego a Alemania, a donde lo invita el gran duque Guillermo-Ernesto de Sajonia-Weimar-Eisenach para que renovara la cerámica de Turingia. Diseña incluso en 1906 su propia casa: la Hohe Pappeln. Fue entonces que le propone la creación del Instituto de Artes Decorativas e Industriales que, si sacamos bien la cuenta, es el germen de la futura Staatliches Bauhaus en 1919. En el Instituto fundado y dirigido por Van de Velde el currículo era interdisciplinario. Todo esto sucede antes de la Primera Guerra Mundial. Hoy podemos considerarlo como el profeta de este movimiento. Por otra parte, el Simbolismo tenía sus orígenes en la novela Bruges-la-Morte, del escritor belga Georges Rodenbach, quien publica en París, en 1892, la primera novela ilustrada con fotografías de la historia.

- ¿Es por eso que empiezas a conectarte con Bruselas?

Como la capital belga era la verdadera cuna de las vanguardias históricas empecé a ir constantemente buscando obras y documentación. Este descubrimiento significó un gran cambio en mi vida. En uno de mis viajes me encontré con Jacques Tajan, quien fue el mayor subastador de Europa, quien me habla de la discreción belga y de la creatividad y dinamismo de la ciudad. De alguna manera la historia de Flandes y su pujanza económica habían influido en la mentalidad abierta de la población de esta parte de Europa. No por gusto es la zona en donde hay más densidad de creación en el arte contemporáneo en el mundo. Tal vez porque tenían poca tradición en el ámbito de las artes decorativas pudieron inventar este movimiento. No era el caso de Francia en que el siglo XVIII y el apogeo de Versalles marcó definitivamente el gusto francés posterior y todo el XIX francés. Por eso Gustave Serrurier-Bovy, de Lieja, pudo inventar en Bélgica los muebles Sílex de piezas desmontables, que cuando se arman se está haciendo una obra constructivista. Serrurier-Bovy militaba por la belleza al alcance de todos y, a partir de 1902, abandonó la producción artesanal, demasiado cara, para dar un giro hacia la estética industrial.

Como los propios belgas no valoraban el arte que habían concebido vi en esto una gran oportunidad. Allí además en Bélgica vive la gente más rica de Francia porque no pagan impuestos cuando tienen residencia en ese país y no ganan dinero allí. Me di cuenta además de que por el precio de un piso bastante simple en París podía tener un apartamento tres veces superior en Bruselas. Al final alquilé uno y terminé luego abriendo mi propia galería en el mismo edificio donde vivía. Los once años que viví en Bruselas fueron muy fructíferos y conservo un excelente recuerdo de mi trabajo y estancia en ese país. Me convertí en un admirador de la “belgitude”, algo que define el carácter belga, un pueblo poco dado a mostrar sus calidades, más bien modesto, pero con mucha solidez en lo que hacen. De hecho, en todas las grandes instituciones del mundo hay siempre un belga.

- Y llega entonces este nuevo periodo de tu vida: Castilla-La Mancha y tus dos museos en Cuenca y Toledo. ¿Cómo surge este gran cambio?

En el 2016 estaba en un coctel en Madrid que precedía a la entrega de premios por mi labor filantrópica internacional. Me doy cuenta de que la persona encargada de entregármelo era una de las que más admiro: Daniel Alcouffe, historiador del arte y conservador francés que conocía y trataba desde la época en que fue conservador en jefe del Departamento de objetos de arte del museo del Louvre. Hacia mí vinieron José Luis Martínez Guijarro, vicepresidente de la Junta de Castilla-La Mancha y Jesús Carrascosa, su viceconsejero de Cultura, para proponerme la creación de un museo público que acogiera mi colección. Entonces me invitaron al día siguiente a encontrarme con el presidente de la Junta de Castilla-La Mancha quien inmediatamente me propuso abrir un museo con parte de mi colección. De este modo, tras tanteos y negociaciones, surgió la Colección Roberto Polo. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha (CORPO), con sedes (Toledo y Cuenca) sitas en dos ciudades declaradas Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.

No hay muchos coleccionistas a los que un gobierno les haya propuesto dos sedes para un museo con su colección privada. En Toledo, me propusieron, primero, el Museo de Santa Cruz que rechacé por el fuerte simbolismo que representaba las propias colecciones allí expuestas y, finalmente, el antiguo convento de Santa Fe, en donde había nacido el rey Alfonso El Sabio, que acepté con gusto. En Cuenca, primero se pensó en la Casa Zavala como sede temporal, pero no fue posible por no contar el Ayuntamiento con la cesión de ésta. En realidad, la sede permanente era y es el Archivo Histórico Provincial de Cuenca y al no estar lista para acoger las obras, se pensó luego en la iglesia de Santa Cruz, un hermoso edificio del siglo XVI, en donde está ahora. Las inauguraciones no pudieron ser simultáneas en marzo de 2019, como se pensaba en un inicio, por el contratiempo de la Casa Zavala y la pandemia de Covid-19, de modo que se inauguró primero el museo de Toledo, en marzo de 2019 y el de Cuenca después, en diciembre de 2020.

- Tuve la oportunidad de visitar recientemente la de Cuenca y me impresionó la calidad de las obras expuestas. ¿Puedes hablarnos un poco de en qué consiste este tipo de museo?

Los malintencionados que repiten que vine a España a fundar un museo privado con dinero público saben muy bien que es todo lo contrario: se trata de un museo del Gobierno con una colección privada, la mía, cedida por 15 años renovables, con intención de donación, si hubiere acuerdo entre ambas partes. El Patronato de la Fundación está formado por 11 miembros de los cuales 6 son parte del Gobierno y los 5 restantes, entre los que me incluyo, fueron nombrados por mí.

Ambos museos tienen una gran cantidad de obras de las que no hay ejemplo alguno en ningún museo de España, y me atrevo a decir que, en pocas instituciones internacionales, ni siquiera en colecciones privadas. Al mismo tiempo dono constantemente piezas que ya forman parte del Patrimonio de ambas ciudades, como por ejemplo a la Fundación Antonio Pérez. Recientemente doné al Arzobispado de Toledo, en colaboración con el Ayuntamiento, una escultura del artista napolitano Nino Longobardi representando la Ascensión de Cristo, que ha sido instalada en el mirador del monasterio de San Juan de los Reyes.

Entre las actividades que desarrollo en colaboración con museos e instituciones están las muestras temporales. Justamente durante este mes, aprovechando el contexto de la Semana Santa, hemos exhibido bajo el título de “La Pasión” alrededor de 200 obras del artista franco-belga Pierre-Louis Flouquet que son parte de mi colección personal. La muestra fue acogida por la Fundación Antonio Pérez, de Cuenca, y se trata de la obra transgresora de un artista en el periodo convulso de entreguerras, enmarcadas en el movimiento filosófico espiritual neotomista de Jacques Maritain, en el que se hallaba inmerso Flouquet.

Busto de José Martí Juan José Sicre, 1925, COPO Cuenca, 
Col. Roberto Polo. Foto William Navarrete

- Lo primero que me llamó la atención cuando penetré en la antigua nave de la iglesia Santa Cruz fue un busto de José Martí, de Juan José Sicre, escultor cubano exiliado que falleció en Cleveland (Ohio), en 1974. Es él también el autor del gran monumento de Martí de la Plaza Cívica de La Habana. ¿Has regresado alguna vez a Cuba? ¿O piensas hacerlo en caso de que nunca lo hayas hecho?

Ni he regresado ni pienso hacerlo. Oportunidades, por supuesto, e incluso invitaciones, no me han faltado. Sé perfectamente lo que es Cuba: un desastre. No quiero a mi país en bancarrota moral y económica. No se debe viajar a países donde no hay libertad. Lo considero inmoral. Es como haber ido a la antigua URSS o a la Alemania Nazi en el momento en que gobernaban tiranos. Ir no es sólo darles tu dinero, sino que les das legitimidad y credibilidad. Nací en un país en donde había problemas, pero no por eso voy a apoyar a una larga y oprobiosa dictadura. Salí de la Isla a los 9 años. ¿Qué pudiera hacer yo allí? Absolutamente nada.

 París-Toledo, primavera de 2023.

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