Entrevista a Inés Martínez Llanos - por William Navarrete
Entrevisto a Inés Martínez Llanos, propietaria del restaurante cubano más antiguo de Madrid. Una sitio encantador y otra cubana cuyo destino se torció con el castrismo.
“En el restaurante Zara seguimos fieles a la tradición cubana”
(El
escritor William Navarrete entrevista a Inés Martínez Llanos, propietaria del
restaurante cubano más antiguo de Madrid)
En
Zara, el restaurante cubano mas antiguo de Madrid y, probablemente, el primero
después de 1959, había estado un par de ocasiones a principios de este siglo
con amigos que ya no están. Volví recientemente por sugerencia de Fulgencio
Batista Fernández, uno de mis entrevistados en el volumen de entrevistas Como
el ave fénix, que recién acabábamos de presentar en una librería de la
capital española. Allí nos reunimos Margarita Larrinaga, Mariuca de la Cagiga
Cremades, Rafael Sitges, Pierre Bignami y yo con Fulgencio, quien, aunque vive
en Ibiza, es asiduo cliente cuando viaja a Madrid y muy amigo de Inés Martínez
Llanos, la propietaria del lugar.
Entre
deliciosas yucas fritas con mojo, ropa vieja, picadillo a la habanera, plátanos
y tostones fritos, frijoles negros, un flan casero a la cubana y unos daiquirís
de frutos del bosque deliciosos, retomé el hilo de la historia del lugar en el
que había estado por última vez antes de la pandemia, siendo los padres de Inés
quienes me atendieron entonces. Supe hace unos años por la prensa del
fallecimiento de ambos, pero desconocía casi todo de la historia de una familia
de emprendedores arraigada en la historia común entre Asturias y Cuba. Inés me
ofreció el libro La maestra y el pintor, en que deja a buen recaudo la
memoria familiar e, inmediatamente, me di cuenta de que también debía
entrevistarla.
Compartes
orígenes con muchos de aquellos cuyos padres y abuelos atravesaron el Atlántico
para buscar mejor vida en Cuba. ¿Puedes hablarnos de esto?
En
efecto. Mi padre, José Alberto Martínez Alonso, era originario de Coruño, un
pueblo del concejo de Llanera. Su abuelo materno había sido alcalde de Llanera
y las mujeres de esta familia tenían oficios, maestra o costurera, algo que no
era muy corriente en la época. Mi abuelo paterno, Benjamín Martínez, era
justamente el benjamín de una familia de siete hermanos, su padre era tornero y
en la planta baja de la casa familiar, que estaba en Lugones, cerca de Oviedo, fundó
un bar y casa de comidas llamado La Máquina, que después de la guerra cambió de
dueño. Hoy en día se llama La Máquina de Lugones y lo recomiendo porque hacen
una fabada y un arroz con leche realmente exquisitos.
Después
de la guerra civil todo cambió. Edelmira Alonso, mi abuela paterna y su esposo
Benjamín se fueron a vivir a una casita cerca de La Máquina, que ya no
pertenecía a su familia. La situación económica no era muy boyante, pero no les
faltaba de nada. Mi abuelo Benjamín era tornero, como lo había sido su padre, y
nunca dejó de tener trabajo. Además, montó un pequeño taller de bicicletas
donde le ayudaban sus hijos, mi padre y mi tío, que aportaba algunos ingresos
extra a la familia.
Un
hermano de mi abuela Edelmira, Manolo, había emigrado a Cuba antes de la guerra
y en la ciudad de Sancti Spíritus, tenía un negocio de telas y confección de
trajes de señora y caballero. Manolo solía viajar a Asturias a menudo a visitar
a la familia. En uno de esos viajes, cuando mi padre rondaba los 17 años, le
propuso marchar con él a “hacer las Américas”, le habló del negocio que tenía,
una tienda exitosa llamada El Bazar Inglés, dónde le aseguraba trabajo y un
buen porvenir.
Mi
padre cursaba entonces estudios de pintura en la escuela de Bellas Artes de
Oviedo. Tenía un enorme talento, a tal punto que solía ganar todos los premios.
Un profesor quería enviarlo a estudiar a Florencia y se lo comentó a mis
abuelos. Ellos argumentaron que no tenían medios económicos para algo así y el
profesor propuso entonces pagar él mismo el primer año de estudios de mi padre
en Italia, seguro de que su alumno conseguiría una beca a corto plazo. Pero mis
abuelos estaban indecisos y esto coincidió con una visita del tío Manolo y su
propuesta de llevarse al sobrino a Cuba. Tampoco esta opción gustaba a mis
abuelos, pero finalmente fue esto lo que sucedió y es la razón por la que mi
padre emigró a Cuba en 1948, a trabajar bajo la tutela de este tío.
Entonces
conoce a tu madre, supongo. ¿En qué contexto sucede esto?
Mi
padre era muy buen vendedor y como era además un excelente pintor, hacía todos
los rótulos de la tienda. El tío no lo dejaba estudiar, pero él lo hacía a
escondidas, por las noches, cuando salía del trabajo. Tenía tal nostalgia por
Asturias y su familia, que en la habitación que compartía con otros dos
empleados había pintado en la pared los rostros de sus seres queridos. Una
especie de pequeña “Capilla Sixtina” personal, que el tío Manolo mostraba con
orgullo a sus amigos presumiendo del talento del sobrino.
Durante
otro viaje del tío a Llanera, conoció a una mujer 30 años menor que él, se casó
con ella y se la llevó a Cuba. Las relaciones de la recién llegada con mi padre
no fueron buenas, lo vio como un rival y él decidió entonces abandonar el
negocio y hacerse viajante por cuenta propia. Lo ayudó a este propósito su
amigo Fermín, al que conocía de la escuela nocturna de comercio. Consiguió un
permiso de conducir y empezó a viajar por los pueblos cercanos como
representante de tejidos y ropa de caballero. Como era un joven apuesto, hacía de modelo de
la ropa que vendía y siempre le fue bien. Así es como llegó a La Habana en 1956.
Estando
en la capital, Fermín le dijo que, en el Centro Asturiano, un edificio
monumental frente al Parque Central, lugar de reunión y club social de quienes
provenían de esta región de España, iba a haber un concierto de El Presi, nombre
artístico de un cantante de Gijón muy famoso en esa época. Fermín le habló de Inés,
una amiga suya también hija de asturianos, aunque nacida en La Habana, que iba
a asistir esa noche al recital con sus amigas, y se la presentó a mi padre al
pie de la escalinata del Centro después del concierto. Mi padre contaba que
quedó obnubilado en cuanto la vio, hasta tal punto que empezó a cortejarla y no
había día que no se apostara frente al negocio que la familia de Inés tenía en
La Habana Vieja, llamado “El León de Oro”, para tratar de hablar con ella
cuando se dirigía a su trabajo en el Plantel Jovellanos, la escuela primaria
del Centro Asturiano en La Habana. Cansada de verlo ahí todos los días, ella
decidió darle una oportunidad y así comenzó el noviazgo.
La
familia de quien iba a formar parte al unirse a tu madre es también asturiana.
¿Conoces su historia y relación con Cuba?
Si
William, y es una historia increíble. Mi madre, Inés María Llanos Braña, nació
en La Habana en 1935. Su padre, Santiago Llanos, era hijo de moza soltera, que
era como llamaban entonces a las mujeres que habían tenido sus hijos fuera del
matrimonio. Santiago, nació en Fresno, en lo que en Asturias llaman una braña o
villorrio, cerca de Areñas, en la parte occidental del Principado. Como Isabel,
su madre, había tenido a su hijo de ese modo, la familia la había condenado a
vivir fuera de la casa, en una cuadra o pocilga, y allí crio a Santiago. Años
más tarde, tuvo otra hija, Rosa, parece ser que con el mismo hombre.
A los
12 años, mi abuelo Santiago dejó Fresno y llegó como pudo al puerto de Gijón
con la idea de subirse a un barco y emigrar para salir de la pobreza y sacar de
ella a su madre, a la que adoraba. Supongo que hizo el viaje de polizón, porque
no tenía dinero. Llegó a La Habana, donde no conocía a nadie, en 1907, enfiló
por la primera calle que se le ocurrió y se detuvo en una panadería cuyo dueño
era asturiano y buscaba un aprendiz para el negocio. Apenas desembarcado en
Cuba, el chico consiguió un contrato en aquella panadería. Al principio, dormía
debajo del mostrador, algo que suena muy duro pero comparado con la cuadra en
la que había pasado su infancia, representaba para él un ascenso considerable.
Además, había dejado atrás el frío, cosa que detestaba.
Poco a
poco fue aprendiendo el negocio, en el que empezó moliendo el café y
sirviéndolo a los maestros pasteleros que llegaban temprano para hornear panes
y dulces. La panadería se llamaba “El León de Oro” y se encontraba en la calle
Teniente Rey y Compostela, al lado de la iglesia de María Auxiliadora y frente
a la famosa droguería Sarrá. Cuando el dueño se jubiló, mi abuelo se asoció con
Faustino y Reinaldo, sus dos compañeros, para llevar el negocio. Durante diez
años estuvo enviando dinero con regularidad a su madre y su hermana a Fresno y
cuando tuvo la posibilidad, fue a visitarlas y le construyó a su madre una
casita muy modesta, pero suya, cerca de la pocilga que había sido su hogar.
En ese
viaje, durante una feria de ganado que tenía lugar en Tineo, mi abuelo conoció
a Cándida Braña, mi abuela. Con los años, fue trayendo a Cuba a algunos
sobrinos, hijos de Rosa, o también de la familia de mi abuela, de los cuales
uno de ellos que se llamaba Pepito, vivió en Cuba hasta su fallecimiento hace pocos
años.
¿Entonces
se casa con ella antes de regresar a La Habana o cómo fue?
La
historia es muy divertida porque da fe de cómo se procedía entonces. Durante la
feria, Santiago entró a un local a comer que era de una tía de Cándida. Esta
tía, al corriente de que mi futuro abuelo venía de Cuba donde no le iba nada
mal, le sugirió a su sobrina, que echaba una mano aquel día, que saliera detrás
de él e intentara sentarse a su lado y decirle algo cuando tomaran el autobús –
que llamaban “La Rubia” porque era de color amarillo– para regresar a Fresno.
Ella no estaba muy decidida, pero le hizo caso a su tía, se sentó junto a él y
le habló. Así fue como se conocieron y dieron inicio a un noviazgo con la
promesa, por parte de él, de regresar a buscarla para casarse si ella estaba
dispuesta a esperarlo. Lo hizo de un modo muy moderno porque le dijo que, si
entre tanto ella encontraba mejor opción, no tenía compromiso alguno con él. Pero
que él regresaría.
Cándida
lo esperó cuatro años y cuando él regresó, se casaron. Corría el año 1928. Después,
viajaron a La Habana en donde nacieron sus cinco hijos, la tercera de ellos,
Inés María, mi madre, la única niña.
¿La
panadería de Santiago se convirtió en un negocio próspero?
Con el
tiempo los socios de mi abuelo le vendieron su parte y regresaron a Asturias,
así que se quedó él con el negocio. “El León de Oro” se había convertido en lo
que en España llamamos una tienda de ultramarinos y en Cuba se llama bodega, o
sea, un sitio en el que se vendían además de pan y pasteles, otros productos como
vinos, conservas enlatadas, turrones de Alicante y, sobre todo, los famosos embutidos
de “La Tinetense” que fabricaba un hermano de Cándida llamado Alberto Braña en
Tineo y que todavía se cuentan entre los mejores y más conocidos de la
Península, al punto que lo llaman “el Marisco de cuadra” y con una IGP
concedida por la Unión Europea.
Gracias
a la prosperidad del negocio, mi abuelo pudo adquirir propiedades en La Habana,
pero siempre se mantuvo pagando a las monjitas del convento vecino el alquiler
del local en donde estaba “El León de Oro”, y el piso que habitaba la familia
en la planta alta del mismo.
Naces
en La Habana, pero sales muy pequeña de Cuba. ¿Sabes algo de los últimos años
de vida de tus padres en la Isla?
Cuando
comenzó el noviazgo de Inés y Pepe, los padres de mi futura madre estaban de
visita en Asturias. Los hermanos de Inés les escribieron entonces anunciándoles
que Inés tenía novio y resultó que mis futuros abuelos fueron a conocer a la
familia de mi futuro padre a Lugones, aprovechando que estaban en la región.
Como no hubo impedimento alguno, Inés y Pepe se casaron en 1958, en la iglesia
de María Auxiliadora.
La
única de sus hijas que nació en Cuba fui yo, exactamente el 12 de abril de 1959
y como era de esperar, en la Quinta Covadonga, la clínica del Centro Asturiano en
La Habana.
En 1961
mis padres hicieron un viaje a Asturias conmigo para visitar a la familia, las
cosas estaban cambiando en Cuba rápidamente y fue un viaje de tanteo, pero
regresaron a la isla. Un hermano de mi madre que estudiaba para sacerdote y se
encontraba entonces en Valencia continuando sus estudios de teología
interrumpidos por la revolución, escribió una carta a su madre, Cándida, y otra
a alguien del Seminario de La Habana, pero se equivocó al meterlas en los
sobres. El caso es que en el Seminario se revisaba la correspondencia que
llegaba, y como consecuencia de esta confusión, las autoridades vinieron a
buscar a mi abuela al “León de Oro” pensando que tenía alguna actividad
sospechosa y la tuvieron detenida seis meses. Mi abuela padeció enormemente
aquel encierro, su salud se deterioró mucho y cuando salió del piso/cárcel
donde había permanecido retenida, decidió viajar a España hasta ver qué rumbo
tomaban las cosas.
Mis
padres también decidieron dejar Cuba y conmigo de tres años viajaron a Asturias
en la primavera de 1962. Otro de mis tíos, Santiaguito, que intentó cambiar
unos dólares a un cliente en “El León de Oro”, práctica habitual que el nuevo
gobierno había prohibido, también fue arrestado y encerrado en el castillo del
Morro en donde estuvo siete meses preso. Pudo sobrevivir gracias a que era buen
contable y lo podían utilizar en el tema de las cuentas. Su esposa estaba embarazada
y el hijo que esperaban nació poco después de que él fuera liberado. Cuando
salió de la prisión estaba cubierto de canas. Le hicieron un juicio público del
que fue absuelto, y un año después se fueron de la isla vía Canadá. Una
auténtica odisea.
Solo
quedaban en Cuba mi abuelo Santiago, que no perdía la esperanza de poder
recuperar su negocio y uno de sus hijos más jóvenes, que simpatizaba con el
nuevo régimen. Mi abuela había tratado de viajar a la isla, pero siempre
faltaba algún permiso.
El abuelo,
que llevaba meses enfermo, había decidido operarse en 1965, con idea de viajar
a España después a reunirse con la abuela, pero como consecuencia de complicaciones
en el postoperatorio, falleció en febrero de 1966. La muerte inesperada de Santiago
fue algo terrible para todos, pero Cándida nunca lo superó.
¿En
qué momento y circunstancias tu abuela, padres y tíos deciden abrir Zara, el
que se puede considerar el primer restaurante cubano de Madrid aún en pie?
Las
cosas en Asturias, económicamente hablando, no eran fáciles. Fue por eso por lo
que mi abuela Cándida, mi tío Santiago y mis padres decidieron probar suerte en
Madrid, donde adquirieron el traspaso, en 1964, de una cafetería/freiduría
llamada Zara que se encontraba en la calle Infantas 5 y que llevaban unos
zaragozanos, razón por la cual el negocio se llamaba así.
El
local tenía dos barras y al principio, solo funcionaba una donde se servían
desayunos, aperitivos y copas por la noche. Ellos se dieron cuenta de que sería
interesante dar también servicio de comidas y cenas en la otra barra que tenía montada
la freiduría, así que la pusieron en marcha. Para ello tuvieron que contratar a
un ayudante de cocina y hacer turnos de muchas horas los dos matrimonios. Mi
abuela era la que se quedaba en casa con los niños, mi primo, mis hermanas y
yo, mientras nuestros padres trabajaban sin descanso.
Aunque
mi abuela era la matriarca del clan, la muerte en La Habana de su esposo la
había ensombrecido y ya no era la misma persona. Cuando falleció en 1975, un
momento crítico en la historia familiar, mis tíos y mis padres, tras largas
conversaciones sobre el futuro común, decidieron seguir juntos al frente del
Zara y hacia 1977 lo convirtieron en restaurante. Allí trabajaron y
prosperaron, hasta que, en 1982, cuando salió electo el PSOE de Felipe González,
mi tío empezó a temer que sucediera algo similar a lo que ya había vivido en
Cuba y decidió irse a Estados Unidos con su esposa, país en donde ya estudiaba
su hijo.
Fue de
este modo que mis padres se quedaron al frente de Zara, trabajando muchísimo,
pero en una época dorada y de gran florecimiento de los negocios que coincidió
con la revalorización del barrio de Chueca, en donde estaba el local, como
barrio alternativo y también de moda.
Zara es un sitio emblemático cubano
en Madrid y al que todo el que quiera sentir un pedacito de Cuba libre se
acerca. ¿Cómo decides mantener el negocio después del fallecimiento de tus
padres?
Yo
había realizado estudios de Filología Germánica en la Universidad Complutense
de Madrid. Estuve luego unos meses de prácticas en Alemania, pero aquello no
cuajó y regresé a Madrid en donde una amiga y compañera de estudios, me propuso
montar una librería especializada en literatura infantil y juvenil, la idea me
gustó mucho y así creamos Troll, en la calle Martín de los Heros. Estuvimos
tres años, la librería nos llevaba mucho tiempo y los resultados no eran los
esperados, de modo que di un giro radical a mi vida y empecé a trabajar para el
Chase Manhattan Bank, en el departamento de comunicación y luego en seguridad
informática, donde estuve otros tres años.
Entre
tanto, conocí a mi esposo, Jorge, fue un flechazo y los dos queríamos formar
una familia, así que, tras un corto noviazgo, nos casamos en 1987. Dos años después nació la primera de mis tres
hijos, para entonces yo ya había dejado el banco. Cuando el pequeño tenía
cuatro años, en 1998, me matriculé en la Escuela de Letras, que estaba en la
calle del Factor, una escuela para escritores donde estudié tres años. Después
trabajé con niños pequeños en colegios de la Mancomunidad de las Vegas de
Madrid, en talleres de Juego Libre Comunicacional, algo muy novedoso que no
duró tampoco demasiado por falta de subvenciones al tratarse de centros
públicos.
Entonces
comenzó la crisis de los años 2007 y 2008 y había que decidir qué se hacía con
el restaurante. Mis padres estaban muy cansados, y sin esperanza de continuidad
en la familia.
Y así
fue como mi esposo Jorge y yo decidimos tomar el relevo y empezamos a trabajar
en el restaurante con ellos, aprendiendo los detalles del oficio, la
elaboración de los platos y la gerencia, trabajando cada uno en turnos
diferentes con mis padres. Fueron años entrañables. También trabajó en Zara mi
hermana María, y tuvimos ocasión de conocer una cara muy distinta y bonita de
mis padres, felices de tenernos allí con ellos todos los días. Eran personas
muy familiares y nos transmitieron ese cariño.
Cuando
en 2014 se cumplieron los 50 años del contrato de alquiler, tuvimos que dejar
el histórico local de la calle Infantas y buscar otro. Fue así como llegamos al
que tenemos hoy en día en la calle Barbieri 8, no lejos del anterior, en el
mismo barrio de Chueca.
¿Has
vuelto a Cuba?
En 2017
le dije a mi hermana María que era inaudito tener un restaurante cubano y no
conocer realmente Cuba. Entonces ella me dijo: “Vayamos, yo tengo ganas desde
hace tiempo” y ese mismo año viajamos las dos a La Habana. Mis padres, por
supuesto, se quedaron muy nerviosos. Los invitamos, pero ellos no se decidían a
venir.
Cuando
llegamos al aeropuerto de La Habana a mí me llamaron aparte. Mi hermana había
nacido en España y yo en Cuba. Entonces me preguntaron por qué me había ido de
Cuba y les respondí que sin haber cumplido los 3 años nadie decide irse a
ninguna parte, va adonde lo llevan. Les hizo gracia, así que me reuní con mi
hermana y nos hospedamos en la casa de unos amigos suyos en El Vedado, frente a
la heladería Coppelia. Un lugar emblemático y muy hermoso de La Habana.
Me pasé
el viaje llorando, fumando y casi sin dormir, recorriendo los lugares
relacionados con la historia familiar, así como el cementerio Colón, donde está
enterrado mi abuelo. En la misma casa de los altos del León de Oro donde habían
vivido mi madre, mis abuelos y mis tíos, vivía todavía el primo Pepito, muy
viejito y enfermo por entonces, pero se acordaba de mí perfectamente. También alquilamos
un coche y recorrimos Pinar del Río, Matanzas, etc. Incluso fui al registro
civil a buscar una partida de nacimiento y después de una cola de “ampanga”,
como se dice en cubano, la funcionaria la encontró y me dio dos copias.
¿Qué
impresión te dio el país del que no tenías recuerdo alguno?
La
primera impresión fue un salto en el tiempo, muros con pintadas que sonaban al
siglo pasado: “Patria o muerte” … “Hasta la victoria siempre” … que me suscitaban preguntas. Casas cerradas, muchos
edificios apuntalados y otros en ruinas. Un país de enormes contrastes, la
verdad es que no entendía nada. Una luz bellísima, las gaviotas al amanecer en
el Malecón, la bondad de la gente … y el desastre generalizado de ese sistema
al que parece no importarle la desdicha que se respira, la tristeza de los
jóvenes, la escasez de alimentos, la precariedad material e intelectual.
Cuando
regresamos, nuestros padres vinieron a esperarnos al aeropuerto de Barajas.
Recuerdo que mi padre me abrazó y me miró y no tuvo que decir nada porque en su
mirada comprendí lo que quería decirme: ¿Entiendes ahora por qué nos fuimos? … Claro
que sí papá, pensé en silencio, y he visto también la maravilla que debió de ser
la Cuba que conociste.
Has
escrito recientemente un bello libro de memorias familiares de forma casi
novelada titulado La Maestra y el Pintor. ¿Por qué lo has hecho?
Mis
padres fallecieron con veinte días de diferencia, entre enero y febrero de
2021, durante la pandemia. Fue un golpe muy duro, sobre todo por la situación
tan dramática que vivíamos entonces y la manera en que muere, primero mi padre,
estando los dos hospitalizados y poco después ella, en casa.
Ambos, Pepe
e Inés, fueron el alma de un local que fue punto de encuentro de cientos de
cubanos que llegaron de paso o para quedarse definitivamente en Madrid. Por
mucho tiempo solo existieron el Centro Cubano de la calle Claudio Coello y Zara;
no había, como ahora, otros restaurantes en los que se pudiera disfrutar de platos
y cocteles cubanos.
Por este
restaurante han pasado desde Olga Guillot, Gloria Estefan o Cameron Díaz hasta
Antonio Machín, quien tuvo un bar cerca de nuestro local de la calle Infantas. Y
artistas de la llamada “Movida madrileña”, como Alaska, Santiago Auserón, Pedro
Almodóvar, Antonio Banderas, Rafa Sánchez y una lista interminable. Cuando
fallecieron mis padres sentí que tenía un deber de memoria para con ellos y mis
ancestros, y como siempre he escrito y me ha interesado la literatura, me lancé
a la escritura de este libro cuyo título recuerda que las vocaciones originales
de mis padres habían sido la enseñanza, en el caso de ella, y la pintura en el
de él, y relata como la vida se impuso, la necesidad los obligó a cambiar de
rumbo y lo que ellos hicieron con eso.
La Maestra
y el Pintor fue
publicado por la editorial Suma en 2023.
Una
pregunta clave, la última. ¿Cuál es el plato preferido de Inés hija y cual el
emblemático del restaurante?
Mi plato
preferido es el picadillo, siempre con plátano maduro frito y un huevo frito
también. Ahora bien, el plato estrella del Zara es la ropa vieja y otro de los
más pedidos, ese famoso “Arroz a la cubana” que de cubano no tiene nada, creo haber
escuchado que es un invento de los españoles, quienes, al regresar de Cuba, le
añadían al arroz con tomate y huevo frito un platanito frito, típico de aquellas
tierras.
Pero
todo esto sin un buen daiquirí es un sacrilegio. Los daiquirís, que comenzó a
hacer mi padre, Pepe, los hacemos siempre de limón o con las frutas de estación
(como las fresas) o aquellas que son propiamente tropicales como el mango o el
plátano.
Y en
Zara seguimos fieles a la tradición cubana y con muchas ganas de que nos sigan
visitando.
Madrid,
noviembre de 2025









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