Entrevista al empresario e ingeniero José Bared - por William Navarrete
Una entrevista a José Bared, cubanoamericano de orígenes libaneses y un ejemplo de vida exitosa después de renacer en exilio como el ave fénix.
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“Haber tenido
que vivir en un carro en Miami me dio la fuerza para convertirme en lo que soy”
(El escritor
William Navarrete entrevista al empresario e ingeniero cubano José Bared)
Me encontré con
el empresario José Bared en el barrio de Salamanca de Madrid, en donde pasa
parte del año. Me incitó a entrevistarlo Aida Levitan quien me dijo que Bared
es uno de los mecenas activos más importantes de la Universidad de Miami (UM)
por lo que forma parte de su fideicomiso y de la junta directiva de varias
secciones en el seno de esta universidad, entre ellas del Cuban Heritage
Collection.
Como empresario
exitoso, tras fundar a fines de la década de 1960 su propia compañía de construcción
mecánica y eléctrica considerada una de las diez empresas más poderosas de
Estados Unidos en este ámbito, José Bared fue el único de su familia, según me
cuenta, en dedicarse a la ingeniería. Sus padres, abuelos, tíos y primos, todos
de origen libanés y establecidos en Cuba desde principio del siglo XX, se
dedicaron a la joyería logrando convertirse en una referencia en La Habana de
las décadas que precedieron al castrismo y sus expropiaciones.
Parte del
objetivo de estas entrevistas que he estado realizando desde hace cinco años
para este espacio es demostrar cómo Cuba, pequeño territorio insular de las
Américas, era una tierra de acogida, inmigración y prosperidad para cientos de
emigrantes venidos de Europa, el Oriente Medio, Asia, América Latina e,
incluso, Estados Unidos. Y también, cómo todos estos ingredientes culturales
diversos fueron enriqueciendo la cultura, la economía y la sociedad cubana
convirtiendo al país en uno de los mas atractivos del pasado siglo hasta la
debacle de enero de 1959.
Los libaneses de la
Isla, que los cubanos llamaban antes “turcos” por haber sido parte el Líbano
del Imperio Otomano, formaron sólidas comunidades en casi todos los pueblos y
ciudades de Cuba y se destacaron en el comercio y el mundo empresarial. José
Bared es un excelente ejemplo de este linaje y de la admirable capacidad de
adaptación en el exilio.
Cuéntanos de
tus orígenes familiares
La historia de mi
familia paterna es muy interesante porque describe la de la emigración hacia
Cuba cuando la isla era próspera. Mi abuelo paterno, Pablo Bared, y su hermano ya
viudo, eran libaneses y viajan al país en 1898. En aquella época el Líbano
estaba bajo protectorado francés. En realidad, a donde primero se dirigieron fue
a Haití, pero al parecer no les interesó quedarse allí. Entonces tomaron un
ferry que comunicaba Puerto Príncipe, la capital haitiana, con la ciudad
oriental cubana de Manzanillo y descubrieron que esta última tenía condiciones
ideales para establecerse y hacer negocios. Como les gusto la idea de asentarse
allí volvieron al Líbano a recoger, en el caso de mi abuelo, a su esposa y, en
el de su hermano, a los hijos que ya habían nacido.
Mi padre, José
Bared, no fue uno de los primos que nació en el Líbano, sino ya vio la luz en
Manzanillo, provincia de Oriente, en donde la familia ya tenía negocios de
textiles y joyería. Mi padre, al igual que el suyo, se hizo joyero y, con el
tiempo, se muda con la familia para Camagüey, antes de fijarse definitivamente
en La Habana, en donde fundó la joyería Bared, sita en la calle Águila, n° 503.
Otra joyería de la familia, perteneciente a sus primos y llamada Hermanos
Bared, se encontraba en la calle Galiano, muy cerca una de otra. Mis tíos
paternos también eran joyeros y, de hecho, después de salir al exilio, algunos
de ellos con sus hijos continuaron siendo joyeros muy exitosos en Puerto Rico.
¿Y por tu
parte materna?
Mi madre, Ofelia
Santeiro García, era hija de José M. Santeiro, un gallego dedicado al giro de
los almacenes de víveres, y de Josefina García, una cubana. Estos Santeiro disfrutaban
de buena holganza económica y una tía materna, Elena Santeiro, estaba casada
con José Manuel Alemán, quien fue ministro del segundo gobierno de Ramón Grau
San Martín, senador de la República y presidente del Partido Auténtico.
Mi madre y mi
padre se casaron en 1940 y tuvieron cuatro hijos. Yo nací en La Habana un 16 de
agosto de 1941.
¿Cómo
transcurre tu infancia y tu escolaridad en la capital de la isla?
Lo esencial de
mis 19 años de vida en Cuba transcurrió, después de haber vivido por corto
tiempo en La Víbora (cerca de Santa Catalina), en la casa familiar que mis
padres compraron en el reparto La Sierra, al oeste del río Almendares.
Todos mis
estudios los realicé en el colegio de La Salle, del Vedado. Recuerdo que cuando
me gradué en 1959 no tuvimos fiesta de graduación pues las cosas no andaban ya
nada bien. Entonces me presenté a un examen de admisión para cursar estudios
universitarios y sometí mi candidatura a una beca que ofrecía la Universidad de
Columbia, en Nueva York.
Mi padre se había
dado cuenta de que había que irse de Cuba, y me aconsejó que, desde La Habana, en
vez de solicitar una visa de estudiante pidiera una de residente. Así hice y me
la dieron, además de la beca que había solicitado.
¿Qué recuerdos
tienes de la situación política en la Isla después de 1952 y hasta el triunfo
de la insurrección en 1959?
En nuestra casa
nadie se metía en política. Claro está, se sentía la presión y cuando empezaron
a poner bombas y a hacer sabotajes nuestros padres nos aconsejaron que
miráramos bien debajo de las butacas de los cines y de las mesas de los
restaurantes que frecuentábamos no fuera a ser que hubieran puesto una bomba.
Tengo una
anécdota muy curiosa de ese 31 de diciembre de 1958 cuando iba a asistir a la
fiesta que daban en el Palacio Presidencial. Estaba invitado a la celebración
porque el padre de mi novia (y luego esposa), el Dr. Emilio Soto-Pradera, era
un reconocido pediatra y, entre sus pacientes, figuraban los hijos de Fulgencio
Batista. De hecho, uno de sus hijos, Jorge Luis Batista Fernández, contemporáneo
mío, había estudiado en mi clase La Salle. Entonces, esa misma tarde me lo
encontré cuando ambos paramos en un semáforo en la Quinta Avenida. Él iba
conduciendo su carro convertible y nos advirtió de que la fiesta de Palacio había
sido suspendida. Me imagino que ya estaba al corriente de que algo se tramaba y
de que su padre y los allegados del gobierno estaban preparándose para
abandonar Cuba.
Entonces sales
de la isla como residente y estudiante. ¿En qué momento y circunstancias ocurren
estos hechos?
Salí en agosto de
1960 en un vuelo directo hacia Nueva York. Me acompañaba mi amigo Rolando Sáinz
de la Peña, cuyo padre era el director del periódico Información. Llevábamos
5 dólares en el bolsillo cada uno porque era lo único que autorizaban que cada
persona sacara de la isla.
Nuestra llegada
fue bastante caótica porque quien debía esperarnos y acogernos era un primo de
mi padre llamado Luis Bared, que vivía en Nueva York casado con una
norteamericana. Era él quien surtía las joyerías Hermanos Bared en La Habana.
En aquella época las comunicaciones telefónicas entre Cuba y Estados Unidos
eran muy limitadas, y mi padre le había enviado un cable anunciándole nuestra
llegada, pero sucedió que Luis estaba de vacaciones fuera de la ciudad y no
recibió el telegrama.
¿Y qué
hicieron?
Sobrevivir. Como
muchos exiliados fue nuestro primer bautizo de realidad. La primera noche
dormimos en el aeropuerto y al día siguiente nos dirigimos al centro de
Manhattan y encontramos donde alojarnos en uno de esos hostales para jóvenes y
gente con pocos recursos cerca de la calle 40, llamados YMCA. Solo cobraban 1
dólar por noche.
Ese mismo día
salimos a buscar trabajo con nuestras maleticas y no encontramos nada. Comíamos
por 25 centavos unos sándwiches distribuidos por una máquina. Cuando nos
habíamos comido los últimos centavos yo encontré trabajo de recadero, o sea, para
distribuir la correspondencia entre los destinatarios de la compañía de
petróleo Sinclair Refining. El jefe de recursos humanos fue bastante
considerado porque cuando le expliqué que tenía una beca en Columbia me puso a
trabajar en el turno de noche para que pudiera asistir a las clases. Mi amigo Rolando
encontró trabajo en una compañía de publicidad de la cual, con el tiempo,
terminó siendo su director. Por cierto, llevo tiempo tratando de localizarlo,
así que aprovecho para lanzar la voz por si alguien sabe de él.
Entre tanto, el
primo de mi padre terminó por aparecer tres semanas después, pero ya nosotros
nos habíamos encaminado por nuestros propios medios.
La ventaja de
ser joven… ¿Te gradúas entonces de Columbia?
¡Qué va! Perdí la
beca y te cuento cómo. Resulta que en esa época los cubanos exiliados se
reunían en la iglesia Saint Patrick en donde asistíamos a la misa dominical. Allí
restablecí contacto con Eduardo Latour, primo de mi novia Miriam y futura
esposa, y como estaba buscando compañeros de piso me puse a vivir con él y con
un venezolano llamado Germán Toteseau.
Esto sucedió
entre marzo y abril de 1961, justo en el momento en que estaban reclutando a
cubanos exiliados para que participaran en la invasión a Cuba que preparaba el
gobierno de Kennedy. De modo que, tanto como Eduardo y Germán nos alistamos.
Hay que recordar que todos estábamos muy entusiasmados y seguros de que
liberaríamos a Cuba con la ayuda del ejército norteamericano.
Entre los que
asistían a la misa se encontraba también un amigo, al que llamábamos “El Chino
Argüelles”, quien también se alistó. Resulta que cuando nos dieron los boletos
aéreos para viajar a Miami, sitio desde donde partiríamos al sitio de
entrenamientos y al lugar desde donde saldríamos para la invasión, los boletos
de Eduardo y de Germán eran para días posteriores, así como el de Argüelles.
Entonces, como el mío era para unos días antes y que el Chino Argüelles estaba
desesperado por salir, me propuso que intercambiáramos los nuestros, de modo
que yo pudiera salir más tarde con mis dos compañeros de piso y él con mi
boleto.
Así fue como él
salió antes. Nosotros tres llegamos juntos a Miami después, y ya era demasiado
tarde para que pudiéramos participar a la invasión ya que ésta había acabado de
ocurrir con los resultados desastrosos que todos conocemos. El caso es que,
gracias a esto me salvé, porque el Chino Argüelles cayó preso en mi lugar,
capturado por el ejército castrista. Fue uno de los que liberaron después
cambiándolos por tractores. Sigue viviendo en Miami y, por cierto, nos vimos
recientemente.
Lo peor de todo
fue que mi madre estuvo buscándome durante tres semanas entre los presos o
fallecidos del desembarco porque yo aparecía mencionado en las listas de los
que habían desembarcado en bahía de Cochinos.
¿Regresas a
Nueva York?
Para nada. Por
supuesto, por haberme ausentado un dropout, perdí definitivamente la
beca. De modo que me quedé en Miami, cuanto más que mi novia, Miriam
Soto-Pradera Gutiérrez, que luego se convirtió en mi esposa hasta el día de
hoy, ya se encontraba exiliada en Miami con su familia. Entre tanto, mis padres
seguían viviendo en La Habana, a la espera de que les dieran el permiso de
salida y ya sin el negocio porque había sido confiscado.
¿Qué haces en
Miami?
Al principio,
pasar trabajo. Con 50 dólares que tenía en el bolsillo me compré un Buick viejo
y me puse a vivir en el carro. Mi novia vivía con su familia en la calle
Veragua, pero no estábamos casados y cada vez que aparcaba el carro para pasar
la noche en ese barrio de Coral Gables venía la policía y me sacaba de allí.
No lejos se
encuentra el cementerio Graceland Memorial Park, en la Calle Ocho y la avenida 44.
Como entonces no estaba cercado pude acampar con mi carro con la suerte de que,
del otro lado de la calle, se encontraba una gasolinera Kayo (que todavía
existe con otro nombre), en donde trabajaba mi amigo Raúl Villarnovo. Él me dejaba
usar el baño del negocio y ducharme, pues allí paraban los camioneros para asearse.
Incluso, la gasolina que quedaba en la manguera de quienes le ponían de más a
sus autos, me la guardaba en una latica para que pudiera moverme por la ciudad.
Yo intentaba encontrar trabajo, pero como no tenía ni teléfono ni dirección fija
nadie me aceptaba.
Gracias al hecho
de rondar por aquella gasolinera, me encontré un buen día con mi amigo de
estudios en el colegio de La Salle, Antonio Chinchilla Varona, quien había
venido a echarle gasolina a su auto. Su padre había sido uno de los pocos
ingenieros azucareros de Cuba y gozaba de muy buena posición, incluso en el
exilio. Fue mi amigo Antonio quien me comentó que la Universidad de Miami había
comenzado un programa mediante el cual les daban un préstamo a estudiantes
cubanos para estudiaran ingeniería. El programa te pagaba la matrícula y
también los libros. Y si los cogías de uso entonces te ahorrabas 100 dólares.
Antonio no tuvo
que decírmelo dos veces porque salí como una flecha para la Universidad y me
matriculé, en agosto de 1961, en Ingeniería Mecánica, la carrera que estudié y
la decisión que me salvó la vida.
Haber tenido que
vivir en un carro en Miami me dio la fuerza para convertirme en lo que soy.
Por eso, cuando
comienzas a tener éxito como empresario comienzas a participar activamente en el
fideicomiso de esta Universidad y a apoyarla en muchos de sus programas.
Hace ya más de
cuatro décadas, desde 1977, que soy parte del board de esta institución
y participo en muchas de sus obras caritativas, causas cívicas y
estrategias. También soy miembro de Iron Arrow y del consejo de administración
de amigos de la Cuban Heritage Collection, en la biblioteca de la Universidad
de Miami. A la Universidad le debo todo lo que soy pues hizo de mí quien soy.
Empecé a estudiar
Ingeniería Mecánica y me gradué en 1964 pues pude transferir créditos que ya tenía
de La Habana y de Columbia. Mis padres llegaron de Cuba, finalmente, en 1964, y
ese mismo año me casé con Miriam.
Durante mi
periodo de estudiante trabajé en varias cosas para mantenerme: en un
restaurante, cortando césped, sacando a caminar a una persona invidente, en la
piscina del hotel DuPont Plaza, etc. Mi primer trabajo profesional fue un
contrato en una pequeña empresa de ingenieros llamada Cosentino GAM, en Coral
Gables, en donde me contrataron como dibujante, pero me ocupaba incluso de limpiar
la oficina y de sacar a pasear el perrito del jefe.
¿Cómo
despuntas realmente en el Miami de aquellos años?
Siempre fui un
ferviente convencido de que Miami iba a convertirse en un polo económico
importante pues aquí se habían establecido los mejores profesionales cubanos y la
posición geográfica de la ciudad debía forzosamente contribuir a su desarrollo.
Entonces, a pesar de tener muchas otras propuestas, me la jugué y me quedé aquí.
Trabajé más tarde
para otra compañía de ingenieros consultores, la Rader and Associates y tenía
contratos para diseñar puentes y carreteras en todo Estados Unidos, e incluso
infraestructuras relacionadas con la NASA en la isla británica de Ascensión, en
medio del Atlántico. Apenas me gradué entré en esta empresa y como el jefe
falleció poco después, me convertí rápidamente en el responsable del
departamento de mecánica, y me trasladaron a la sección de puentes y
carreteras.
Fue en 1968
cuando decidí fundar mi propia compañía, The Bared Company, y enseguida
empezaron a caerme los primeros contratos. Para el primero de éstos necesitaba
un camión, y entonces por recomendación de un tío saqué un préstamo en el
Republic National Bank, del que me hice cliente. Fue en este momento en que me
enteré de que el gobierno había puesto el banco en venta y, como siempre he
sido bastante atrevido, me dije que si lograba crear un grupo de personas
interesadas podíamos comprar el banco.
¿Y lo lograste?
No exactamente
así, pero una cosa siempre lleva a otra. Había que reunir 2 millones de
dólares. En aquella época te imaginas lo que representaba esa cantidad. Yo había
reunido unos 42 000 solamente. La familia Isaías, una de las más pudientes de
Ecuador, fue quien finalmente compró el banco, pero ya yo había contactado a
Nahim Isaías, que era quien llevaba los intereses de la familia, y le propuse
participar en la inversión con nuestros 42 000. Muy amablemente me hizo saber
que ellos no trabajaban con asociados.
Al final,
compraron el banco y a los tres días Nahim me llamó porque como no eran
ciudadanos norteamericanos no podían ser directores del banco. Fue entonces que,
en 1970, me propuso que entrara en la junta de directores representado a la
familia, aunque en realidad yo no conocía nada de aquel tipo de negocio. Me ayudaron
a entender todo aquel universo desconocido para mí cubanos como Gustavo Mustelier
y Luis Batifol, que sí eran de ese ámbito. De aquel banco terminé
convirtiéndome en chairman de varios comités y fui parte de la directiva
entre 1970 y 1999. Terminó siendo uno de los bancos independientes más grandes
de Estados Unidos hasta que se vendió al Union Planters. Fue comprado por 2
millones y se vendió en 430 millones.
Por otra
parte, tu propia compañía llegó a ser una de las más grandes de Estados Unidos
en ese ámbito, y te convertiste también en inversor en muchos otros ramos…
En efecto, The
Bared Company se encontraba entre las diez grandes compañías de contratistas de
Estados Unidos. Siempre en el ramo de la construcción mecánica y eléctrica
hemos construido mucho a lo largo del mundo, desde 24 escuelas en Arabia Saudí
hasta las residencias para los atletas participantes en las Olimpiadas de
Atlanta de 1996. Imposible mencionar todo lo que hemos construido, entre
farmacéuticas en Puerto Rico, la primera planta de autos de Tennessee, la
restauración de Puerto Rico después del huracán Hugo y muchas cosas más. Empezamos
a tener oficinas en diferentes ciudades y llegábamos a facturar hasta más de 200
millones anuales.
Así fue como, cuando
ya pensaba retirarme me di cuenta de que podría aburrirme y adquirí en 1992, con
Roberto Isaías (sobrino de Nahim anteriormente mencionado) como socio, las Farm
Stores Corporation, que estaban en bancarrota y cuya franquicia sacamos
adelante con mucho éxito a escala nacional. Al día siguiente de comprar esta
empresa el huracán Andrews nos destruyó o dañó 95 tiendas de esas tiendas que
la gente llaman “La Vaquita” o gasolineras con tiendas incorporadas.
Entre 2010 y
2013, fui uno de los tres miembros de la junta directiva de Cleantech Biofuels,
Inc., una empresa de energías sostenibles en St. Louis, en Missouri, que
transforma los desechos en fuente de energía. También estoy en la junta de
directores del Sylvester Cancer Center desde su fundación y soy miembro de la
Lidership Council The Concordia.
Y Cuba,
¿volviste en alguna ocasión?
La primera vez
que volví a la Isla, al menos a la isla geográficamente hablando, fue cuando
construimos la segunda planta de desalinización de la Base Naval de Guantánamo
y su campo de golf. La primera vez que puse los pies allí lloré de emoción y el
comandante de la Base me dijo: “Bienvenido a Cuba de nuevo”.
Con mi padre
nunca pude hacer el viaje al Líbano que tan importante hubiera sido, sabiendo
que sus padres, primos y otros miembros de la familia habían nacido en aquella
tierra.
Finalmente, antes
de que terminara el siglo pasado, decidí volver con mi esposa, por un corto
viaje de tres días, para prospectar las condiciones que nos permitirían llevar
a nuestros 5 hijos y 18 nietos a conocer sus orígenes. Porque, aunque parezca
increíbles, mis hijos siempre se han sentido cubanos, y lo más sorprendente
aún, mis nietos también. El “ADN Cuba”
está en nuestra familia y todos están conscientes de lo mucho que hemos sufrido
como pueblo y de nuestra historia familiar.
¿Y qué pasó
durante el viaje?
Ha sido el más
triste de mi vida. Absolutamente todo lo que vi fue de una gran desolación. Nos
hospedamos en el hotel Nacional, fuimos a ver la casa familiar de Miriam en la
Quinta Avenida de Miramar y la calle 62 (convertida en embajada de no sé qué
país), lo que queda del colegio La Salle que es una ruina y casi completamente
cerrado, y también viajamos a Matanzas para visitar Varadero y San Miguel de
los Baños, balneario a donde solíamos ir de jóvenes, y que me pareció una ruina.
Yendo incluso a San Miguel de los Baños le dimos botella a una pareja de
jóvenes y cuando nos contaron los horrores de la vida allá les dejamos todo lo
que llevábamos en nuestras maletas.
Fue algo muy
extraño. Por una parte, me dije que ya no valía la pena llevar a mis hijos y
nietos ni hacer ese viaje familiar que tanto sonábamos. Para qué. Pero otra
parte, hasta el mismo instante en que cogíamos el vuelo de regreso a Miami
sentí, y sigo sintiendo, que aquel es mi lugar natural y que por muy agradecido
e integrado que estoy al país que me acogió, siento que en realidad pertenezco
realmente a aquel sitio.
Madrid, octubre
de 2025.








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