Entrvista a Lourdes del Pino - por William Navarrete
Entrevisto a la genealogista cubanoamericana Lourdes del Pino. Ver el enlace directo y la entrevista también copiada abajo:
“Medio siglo después de su muerte, aún le
tienen miedo a mi padre”
El escritor William Navarrete entrevista a la investigadora y genealogista Lourdes del Pino
Conocí a Lourdes del Pino por mi interés por
la genealogía. En mis búsquedas de ancestros en Matanzas, colaboró
proporcionándome datos de ramas de mis antepasados que estaban bloqueadas por
carecer de fuentes y, sobre todo, de acceso a éstas. Cuando el nuevo Papa León XIV fue elegido, supe de los
ancestros cubanos del Pontífice gracias a la investigación y publicación que Lourdes
realizó en colaboración con otros genealogistas.
Nacida muy a
principios del triunfo de la revolución que alteró del curso de la historia de
la Isla y de la vida de sus habitantes, Lourdes del Pino forma parte de un
nutrido grupo de personas que, aunque nacidas en Cuba, nunca pudieron visitar
la tierra natal y que tampoco disponen de recuerdos de ésta por haber salido
con muy poca edad. Lo curioso, y sorprendente también, es que se hayan
mantenido interesados en sus orígenes y transmitido a su descendencia el
sentido de pertenencia a este lugar.
Y como en el caso de
muchos de mis entrevistados puedo afirmar que, excepto su afición por la
genealogía, he descubierto su historia familiar y otros aspectos de su vida en
el curso de esta entrevista que me satisface presentar a los lectores de estas
páginas.
Cuéntanos de tus orígenes familiares
Mi padre, Jesús
Carreras Zayas, nacido en 1933 en Trinidad, una de las siete primeras villas
fundadas por los españoles en Cuba. Era hijo de Tomás Carreras Galliano, médico
cirujano que, por su profesión, había vivido en el poblado de Camajuaní. Su
padre era trinitario de origen catalán y su madre, aunque nacida también en
Trinidad, tenía orígenes genoveses (de Sampierdarena, antes San Pier d’Arena) y
alemanes. Con su esposa, María de la Asunción Zayas Cadalso, también
trinitaria, de raíces paternas muy profundas en la isla, descendiente de
conquistadores y antiguos pobladores de Cuba, y vascas en la materna, tuvo
siete hijos, de los cuales mi padre era el menor de los varones. Mi abuelo
Tomás falleció en 1954, de modo que no lo pude conocer y tampoco tuvo que
padecer todo lo que vino después. El hospital general de Trinidad lleva su
nombre. Su esposa falleció en Trinidad en 1988, pero yo nunca tuve contacto con
ella porque salí de Cuba muy pequeña, huérfana de padre, y ella se quedó
viviendo en la isla.
Mi madre, Teresa
Suárez Tous, era habanera. Era hija de Pablo Jesús Suárez Llata, nacido en Cuba
de padres españoles, fallecido en La Habana en 1959, de orígenes cántabros por
parte de los Llata y asturianos por la línea paterna. Como era maderero de
profesión, viajaba mucho a Centroamérica, en particular a Honduras, con su
socio norteamericano. María Ignacia Tous Rivera, mi abuela materna, nació en
San José de los Ramos, un poblado de la provincia de Matanzas, de orígenes
catalanes, en San Agustín de la Florida, cuando esta ciudad floridana era
española, y descendiente de fundadores de Matanzas en su línea paterna. Por la
materna, de líneas mayormente canarias.
¿Qué recuerdos tienes de Cuba?
Ninguno. Salí de Cuba en circunstancias
extremadamente difíciles en octubre de 1961 y con un año de nacida. Todo lo que
sé corresponde a los relatos de mi madre, familiares y amigos, y entrevistas
que he ido compilando a lo largo de mi vida fuera de la isla.
Mi abuelo materno
tenía mucho contacto con el mundo político cubano y, desde la adolescencia, era
amigo del presidente Carlos Prío Socarrás, quien fue testigo de la boda de mis
padres. De hecho, mi abuelo era muy querido por los muchachos de la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU), varios de los cuales murieron en el ataque a Palacio. En
diciembre de 1958, abuelo fue apresado por Esteban Ventura, la policía política de Fulgencio Batista, y por
poco no hace el cuento.
¿Qué sucedió para que tuvieran que salir de
Cuba?
Lo que te voy a contar se basa en entrevistas
que hice a personas que presenciaron los hechos y en documentos primarios.
Mi padre había sido, con veintitantos años, uno de los comandantes más jóvenes de la lucha contra
Fulgencio Batista y pertenecía al Segundo Frente Nacional del Escambray. Por desavenencias con Ernesto Che Guevara se ganó la
enemistad de éste desde que combatía en esta región montañosa de la provincia
de Las Villas. Estando en este frente, recibió una comunicación en 1958
pidiéndole que recibiera al Che. A vuelta de correos, en una carta fechada el 9
de octubre de ese año, Jesús le hizo saber a Guevara que su tropa buscaba el
restablecimiento de la democracia para Cuba y que no luchaba por ninguna
ideología en particular. El primer encontronazo lo tuvo poco después de la
carta, cuando, después de una reunión del Estado Mayor, al regresar para
reunirse con su tropa, se encontró
al Che sentado en el capó de un jeep, hablando con sus hombres. Lo tomó del
cuello de la camisa, lo tiró al piso y le dijo que él no tenía autoridad allí,
y mucho menos para hablar con su tropa. Le ordenó que se fuera inmediatamente y
éste le respondió: “De esto te vas a arrepentir”.
Así las cosas,
triunfa la revolución de 1959 y ya Guevara, en una reunión del alto mando del
26 de Julio y el Segundo Frente Nacional del Escambray, en La Habana, decía que
a mi padre había que retirarle el grado de comandante. Al confrontarlo mi
padre, inmediatamente y en tono conciliatorio, le dijo que había sido una
broma. Tomás, el hermano mayor de mi padre, volaba avionetas de fumigación, y a
mi padre le encantaba ir con él. Un día en que estaba volando alrededor de
Columbia con un piloto de profesión, al aterrizar, le pidieron que se echara a
un lado porque el avión en el que iba el Che iba a despegar. Jesús le pidió al
piloto que dejara la avioneta en medio de la pista. Le pidió la llave, y le
dijo al piloto que se bajara. Puso la llave en su bolsillo, se subió al carro
que lo esperaba y se fue, dejando la avioneta varada en la pista. Esto, por
supuesto, selló su suerte.
Acusado de
contrarrevolución, fue arrestado el 20 de octubre de 1960 y trasladado a la
sede del G-2. Estuvo preso en la llamada Galera de la Muerte en La Cabaña,
donde en varias ocasiones le pusieron vidrio molido en la comida. Fue juzgado junto con William Morgan el 9 de
marzo de 1961, sentenciado a muerte y fusilado el 11 de marzo de ese mismo año
en la fortaleza de La Cabaña. Le dio la extremaunción el Padre Calderón, quien
lo acompañó hasta el paredón y presenció el fusilamiento. Casualmente, él había
conocido a mis abuelos paternos en Trinidad y a mi abuelo materno en La Habana.
Muchos años después, lo localicé y hablé
mucho con él. Por supuesto, no me pudo decir nada de lo que hablaron, pero sí
me dijo que ese encuentro lo impactó:
“Yo no pedí estar con
tu padre en esos momentos, pero Dios me escogió y me alegro. Fue algo que marcó
mi vida. Tu padre luchó por su ideal, lo traicionaron, y murió de forma bonita
porque afrontó su muerte con aplomo y serenidad. Desde el día que lo llevaron
preso, supo que lo iban a matar. Su fin fue extraordinario porque se confesó,
perdonó a todos y aceptó su muerte. Ofreció su vida y su sangre por su patria. Cuando
lo iban a trasladar al paredón, al pasar por las celdas de los otros presos, se
levantaban y lo aplaudían. Diles a tus hijos que pueden estar muy orgullosos de
tu padre, porque fue un hombre heroico y extraordinario.”
Cuando mi madre fue a
despedirse de él, le entregó una carta en la que se despedía y, entre las cosas
que le dijo, pidió que jamás nos involucráramos en la política. Mi madre y yo
hemos sido fieles a su consejo.
Supongo que esto
los dejó a ustedes en muy mala postura…
Totalmente. La noche
del día en que se lo llevaron preso al G2, mi madre fue a verlo y asegurarse
que aún seguía vivo, pero Ramiro Valdés quiso impedirle el paso a las celdas.
Imagino que por ese valor y sentido de impunidad que confiere la juventud, lo
ignoró y siguió caminando hasta encontrar a mi padre. Valdés pasó por alto su
desobediencia y ella pudo hablar con mi padre y asegurarse de que, dentro de lo
que cabía, estaba bien.
Ya que mi madre supo
que mi padre no regresaría, nos mudamos a casa de mi abuela materna en el Nuevo
Biltmore, junto con mis tíos. Estando en la casa, un vecino oyó decir a uno de
los guardias del comandante del 26 de Julio, Jorge “Papito” Serguera, quien
vivía al cruzar la calle, que el G2 vendría a hacernos un registro, y nos
avisó. Inmediatamente mi mamá me puso en el coche, mi abuela reunió a todos los
hijos y salimos hacia la casa de Jorge Vasseur, cónsul de Panamá, que vivía muy
cerca de nosotros y cuyo hijo nos visitaba siempre porque era contemporáneo y amigo de mis tíos. Vasseur nos dijo que
no podía otorgarnos asilo, pero nos llevó a la residencia del embajador de
Brasil, quien sí nos recibió.
En ese momento estaba
allí la esposa de un alto militar del 26 de Julio, y ambos muy involucrados con
el gobierno revolucionario. Su padre había sido muy amigo del embajador Vasco
Leitão da Cunha, quien, antes de irse, había dejado orden de recibirla en caso
de que quisiera asilarse. Ella nos cedió su lugar a mi mamá y a mí.
Poco antes había
ocurrido el incendio de la tienda El Encanto, y le dijeron a mi mamá que sólo
podían recibirnos a nosotras o al muchacho que había ocasionado el incendio. Mi
mamá decidió que se le diera asilo al muchacho. Esta señora estaba al tanto de
lo que había sucedido con mi padre y, a pesar del riesgo de represalias contra
ella o su marido, nos llevó a la casa de un médico muy amigo de su padre, donde
estaríamos a salvo hasta poder asilarnos. El 17 de abril de 1961, en la casa de
este conocido médico, se dieron cuenta de que iban a hacer un registro y les
dijeron a mi madre y mi abuela que se sentaran alrededor de la piscina como si
fueran unas invitadas más. Los milicianos llegaron, registraron, interrogaron y
se llevaron presos al médico y a su mayordomo.
Ya desde ese momento
no hubo otro recurso que asilarnos. Por agosto, con tanta gente en la
residencia del embajador, me enfermaba constantemente y mi mamá, al ver que
cada vez se hacía más difícil que me atendiera mi pediatra, decidió que no
podía permanecer en esas condiciones, de modo que, me llevaron a casa de una
tía paterna de mi abuela, Virginia Tous de Montero, donde estaban escondidos mi
abuela y mis tíos. Estaban escondidos para que no pudiesen utilizarlos para
obligar a mi mamá a salir de la embajada. Quiero aclarar que a mi madre la
estaban buscando no porque ella se involucrara en temas políticos, sino
simplemente por ser la esposa de mi padre.
Un día, el Sr.
Barros, attaché, quien quedó a cargo de la residencia de la embajada del
Brasil, avisó que iba a visitar una persona muy importante del gobierno. Resultó
que esa persona era el Che y, al entrar, cuando mi madre lo vio, no pudo
contenerse y, desde el descanso de la escalera que daba a la entrada, le gritó
que era un asesino. La escolta del Che la encañonó, pero Barros le recordó que
era una asilada y no podía tolerar una agresión en lo que aún representaba la
embajada, y la soltaron.
¿Y no tomó represalias contra ustedes como
lo había hecho ya con tu padre?
Por supuesto. Esa era la razón por la que no
nos dejaba salir del país. Al final cedió porque el attaché de la
embajada de Brasil le dio un ultimátum y le dijo que hasta que no nos dieran
salvoconducto a mi mamá y a mí, no saldría más nadie de la embajada.
Fue de este modo que,
en octubre de 1961, llegamos a Caracas, donde nos estaban esperando el coronel
Antonio José Mendoza, quien había sido attaché militar de Venezuela en
Cuba, y su esposa Ítala, muy amigos de la familia, y sus hijas, muy amigas de
mi mamá. En Venezuela pasamos un tiempo hasta que mi abuela, quien seguía en La
Habana, nos avisó que sus cuatro hijos, que habían llegado a Miami a través de
la Operación Pedro Pan, iban a ser separados y enviados a vivir con familias de
acogida en el norte del país. Todos mis tíos eran menores: María Cristina de 16
años, María Elena de 15, Pablo de 12 y Víctor de 9. Afortunadamente, mi madre
acababa de cumplir los 21 años y fue ella quien recibió la custodia de sus
cuatro hermanos menores.
¿Cómo fueron esos primeros años de tu vida
en exilio en Miami?
A mi madre, por ser la viuda de mi padre y
tener la custodia de cinco menores, le dieron una pensión de “héroes y
mártires”. Mis tías, que mentían sobre su edad, trabajaban en una cafetería del
aeropuerto de Miami. En septiembre de 1962, dejaron salir de Cuba a mi abuela,
María Ignacia Tous.
Tengo muy gratos recuerdos de esa época
porque, en casa, como mis tíos eran jóvenes, había mucha alegría y música,
siempre recibían visitas de amigos y compañeros de estudios. A mí me pusieron
en un colegio que detesté profundamente: el St. Theresa Catholic School de Coral Gables. Allí,
en segundo grado, tenía a una maestra sureña que aborrecía a los niños latinos
y hacía todo lo posible por excluirnos. Recuerdo que cuando un niño anglo
levantaba la mano para pedir permiso para ir al baño, enseguida lo autorizaba;
pero cuando era un cubano quien la levantaba, fingía no enterarse. De todas
formas, era ese el espíritu ambiente imperante, pues tengo grabado en mi
memoria cuando iba a los bebederos públicos y leía un cartel que anunciaba: “no
judíos, no negros, no perros”. Al principio nos veían con recelo, y era difícil
alquilar una casa. Lo curioso es que después de un tiempo, como veían que los
cubanos cuidaban y mejoraban las casas, ya no ponían tantos peros.
¿Se quedan en Miami?
No. En 1968 mi madre
volvió a casarse con un primo segundo suyo: Luis del Pino Tous, de quien yo
tomé el apellido, pues se fue el padre que me crió. En La Habana, Luis había
fundado una compañía de camiones blindados que en Cuba se llamaba Pan American
Protective Service y había logrado, en 1959, poner dos camiones a salvo
enviándolos a Venezuela, en donde dijo iba a tener lugar una exposición. Allí
la compañía se llamó Servicio Panamericano de Protección, y aún existe.
Mi tía Blanca le
pidió a mi abuela (su sobrina) que mi madre la acompañara porque se iba a
operar de cataratas, una operación que en la época requería cuidados y la
presencia de alguien que se quedara con el paciente. En esos días, volvió a ver
a Luis, a quien había conocido de pequeña. Poco después comenzó el noviazgo a
larga distancia. Se casaron y luego nos fuimos a vivir a Caracas, donde ya él
se había establecido.
Continúa tu educación entonces en
Venezuela…
En efecto. Allí
continué los estudios secundarios en el colegio Santa Rosa de Lima, en Las
Mercedes, en donde, por cierto, la única otra cubana era mi profesora de
literatura, quien, tengo que decir, fue una gran educadora y una de las mejores
profesoras que he tenido en mi vida. Me gradué de bachillerato en esa
institución a los 16 años. En Caracas permanecimos hasta 1979 porque Luis
comenzó a darse cuenta de que la situación política se estaba deteriorando ya
debido a la gran corrupción que imperaba en el gobierno. Nos dijo que o nos
íbamos temprano, salvando todo por lo que tanto había luchado, o arriesgábamos
perderlo todo tal como sucedió al salir de Cuba. No se me olvidarán sus
palabras: “Prefiero adelantarme 20 años que tomar la decisión un día tarde.” A
mi madre le costó mucho la decisión, pues se sentía a gusto allí, pero al final
se convenció de que su esposo tenía razón y regresamos a Miami.
En la Universidad de
Miami estudié y me gradué en Ingeniería Industrial, una carrera en cuyo ámbito
nunca trabajé, pues me casé temprano y me fui a México con mi esposo – a quien
conocía desde niña, pues mi padre Luis, fundó en México la compañía de camiones
blindados Servicio Panamericano de Protección, junto con su padre y abuelo. Tuve dos hijos, Gonzalo Luis y Alejandro, y allí viví entre 1988 y
2001. Hace más de 20 años que estoy casada con el doctor Raúl Olazábal Morgado.
Formas parte del Club
de Genealogía Cubana de Miami y eres gran apasionada y experta
del tema. ¿En qué momento empieza tu afición por esto?
La primera vez que me
vi confrontada a un árbol genealógico fue siendo estudiante en la Universidad
de Miami y viviendo con mi abuela. Ella cocinaba delicioso y yo arreglaba mis
clases de tal manera que me diera tiempo para almorzar en casa. Mientras
cocinaba, mi abuela me iba haciendo cuentos de sus tíos, primos lejanos y otros
parientes, y yo, como eran tantos y no entendía cómo estaban relacionadas las
personas de quienes hablaba, decidí empezar a hacer diagramas en forma de árbol
genealógico para entender quién era quién y por qué éramos parientes.
Mi abuela empezó hablándome de su abuela
Panchita Salas Ibarra, es decir de una de mis tatarabuelas, y siempre decía que
era cubana de tercera generación. Yo guardé aquellos papeles en un cajón, y la
vida continuó.
Luego, cuando
nacieron mis hijos, empecé a sentir curiosidad por saber más sobre mi padre,
pues quería dejarle toda esa información a mi descendencia. Localicé a una tía
paterna por parte de los Carreras que me dio información y gracias a los
archivos del Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami, y en
particular la ayuda de sus bibliotecarias Lesbia Orta Varona y Ana Rosa Núñez,
empecé a consultar papeles, libros, revistas, entrevisté a muchas personas y,
fui organizando las piezas del rompecabezas, dándole cuerpo a la historia de
nuestra familia, a lo que había pasado en Cuba durante los convulsos años que
precedieron a mi nacimiento y nuestra salida de la isla, y cómo la familia
vivió, percibió y fue impactada por esa historia.
Da la casualidad que
cuando mi tía Carreras me habló de nuestra ascendencia Zayas, se había
publicado y presentado recientemente en el Cuban Heritage Collection, un
impresionante y muy bien documentado libro (Orígenes), de Juan Bruno Zayas de la Portilla,
sobre este linaje y sus ramificaciones en Cuba. Desde
ese momento, hasta ahora, nunca me he desviado del tema.
¿Cuándo te incorporas al Club?
Después de mi regreso a Miami en 2001, al poco
tiempo, asistí a una reunión con el genealogista e investigador Peter Carr, y
me conecté con otros muchos aficionados a la genealogía. Mariela Fernández,
Martha Ibáñez Zervoudakis, Hilda Pomares, y el Padre Juan Luis Sánchez. Ellos
me recordaron que aún existen personas generosas en este mundo, y les estoy
profundamente agradecida por guiarme y compartir conmigo sus conocimientos y
sus investigaciones. A lo largo de los años, se han ido incorporando poco a
poco personas como Mirelis Peraza, José Ignacio Vildosola (E.P.D.), Alina
García Lapuerta y Gabriel García, quienes, además de colegas, son muy queridos
amigos. Además, tuve la gran suerte de conocer a dos grandes de la genealogía
cubana, Enrique Hurtado de Mendoza y Juan Bruno Zayas. A través de Juan Bruno,
conocí a Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, mi tío político, y quien
fue durante muchos años el historiador de Trinidad y gran amante de la
genealogía.
Has tenido mucho que ver con la
investigación y la difusión de los orígenes cubanos de Robert Francis Prevost,
el actual papa León XIV. ¿Puedes contarnos esta aventura?
Al día siguiente de
la elección del Papa León XIV, recibimos de nuestro colega Antonio
Herrera-Vaillant, un estudio sobre su ascendencia. Nos sorprendió ver que tenía
un antepasado cubano, Manuel Ramos y Bastos, pero no se sabía más allá de sus
padres. En esos días, Mirelis Peraza, directora del Club de Genealogía Cubano,
estaba buscando unos antepasados suyos en un índice de matrimonios de la
parroquia del Espíritu Santo de La Habana que tenemos en la página de internet
del club, y vio que aparecían los apellidos Bastos y Tadino, que lleva el Papa,
apellidos muy poco comunes. Inmediatamente comenzamos a solicitar documentos a
iglesias y archivos. Los primeros libros de bautismos de la parroquia del
Espíritu Santo no existen ya, y la línea paterna, o sea, la de los Ramos sólo
se pudo subir una generación más de la ya conocida.
La investigación de
la línea materna sí arrojó excelentes resultados. Descubrimos que los Bastos
eran originarios de O Porriño, en Galicia y los Tadino de Caravaggio, en el
antiguo ducado de Milán. Bartolomé Tadino era el caballerizo del marqués de la
Hinojosa, y su esposa, Ana Donesana, la camarera de la marquesa. Esta pareja,
junto con sus dos hijos, se trasladó a Cádiz con el marqués, tuvieron más
descendencia y allí fallecieron ambos. Un nieto de esta pareja, Eugenio, se
casa en la catedral de La Habana con Nicolasa de Arana, hija de Diego de Arana
Isla, caballero de la Orden de Santiago. Gracias al expediente de Diego para
obtener el hábito de Santiago, pudimos llevar su ascendencia hasta principios
del siglo XVI, en el pintoresco poblado de Isla, en Cantabria. Es, hasta ahora,
la línea más antigua en la genealogía del Papa, y según artículos de prensa, ya
el alcalde le ha extendido una invitación a Su Santidad para que visite su
tierra ancestral.
Colaboro desde hace
muchos años con el equipo de producción de Finding Your Roots, un
programa de TVS en inglés sobre genealogía. Este programa lo lleva el Dr.
Henry Louis Gates Jr., profesor de la Universidad de Harvard. La emisión utiliza la genealogía
tradicional y también la genética para trazar la historia familiar de
personalidades. Cada personalidad investigada recibe un árbol impreso y un
libro de vida sobre sus orígenes, a los que los investigadores han dedicado muchas
horas de búsqueda.
La diversidad en los
antepasados del Papa despertó un gran interés en el país. Tanto, que el New
York Times quiso publicar un artículo sobre el tema, y se pusieron en
contacto con el profesor Gates para que armara el árbol con la rigurosidad que
caracteriza su programa de Finding Your Roots. Nos dieron una semana
para hacerlo. Afortunadamente, para entonces Mirelis y yo ya teníamos gran
parte de la investigación hecha. Aun así, fueron días de muy poco dormir, pero
bien valió la pena. Al profesor Gates y a su esposa, Marial Iglesias Utset,
quien también había participado en el proyecto, se les
concedió una audiencia privada con el Papa, durante la cual pudieron entregarle
un árbol impreso. Hizo muchas preguntas sobre su ascendencia y la mayor parte
de la conversación se llevó a cabo en español, idioma que habla perfectamente.
¿Has pensado alguna vez
en visitar Cuba? ¿Crees que sería posible?
Imposible.
Hace unos años pedí un documento sobre mi abuelo paterno y, al ver el apellido,
le preguntaron al investigador por qué pedía ese documento de un traidor a la
revolución. Mi abuelo nada tuvo que ver con eso porque había fallecido en 1954,
pero fue obvio que tenían el apellido fichado. Es una pena, pero demuestra que,
más de medio siglo después de su muerte, aún le tienen miedo a mi padre y a los
ideales que representó.






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