Entrevista a Néstor Carbonell Cortina - por William Navarrete
Entrevisto en Miami al abogado cubanoamericano Néstor Carbonell Cortina.
Ver enlace aquí: "Que renazca, libre y soberana, la Cuba martiana con todos y para el bien de todos" / Cubanet / por William Navarrete
Y entrevista copiada abajo.
Rosa Arellano, William Navarrete y Néstor Carbonell Cortina, Key Biscayne Yatch Club, 2026
“Nací en un hogar muy arraigado en la
historia, la cultura y la política de Cuba”
(El
escritor William Navarrete entrevista al abogado Néstor Carbonell Cortina)
En
otros tiempos hubiera conocido a Néstor Carbonell Cortina en Cuba. Vivimos en
el mismo barrio habanero de Miramar, a apenas una manzana de distancia. Eso no
pudo suceder porque él salió de la isla al exilio ocho antes de yo nacer. Lo
más curioso es que las casas de sus padres y tíos, colindantes unas con otras y
en frente del monumento decorativo de La Copa en la Quinta Avenida, esculpido
en piedra de Jaimanitas por José Oliva Michelena y donado por Carlos Miguel de
Céspedes, fueron convertidas en los años posteriores a la salida de la familia
Carbonell y Cortina en una escuela de enseñanza primaria. Esa escuela se
llamaba Vo-Thi-Thang (y creo que ya tampoco existe), en honor a una supuesta
heroína vietnamita encarcelada y dada por muerta durante la guerra hasta que
reapareció después e, incluso, visitó aquel centro educativo cuando yo todavía cursaba
estudios en él.
La casa
de Néstor y de sus tíos se convirtió en aquella escuela que evoco y sus
habitaciones en aulas. En la de su tío José Manuel Cortina y su esposa Cusa Macías colocaron en el gran salón de
la planta baja un tablado con barras para las clases de danza y ballet. Como la
de su tío Humberto Cortina y su esposa María López Sánchez tenía una gran
terraza que daba al terreno trasero, en ese espacio instalaron el gran comedor
de la escuela. Y como la de Ileana Arango, en la de la esquina a la calle 42, tenía
un patio bastante grande tipo explanada, se realizaban allí los matutinos y el
izado de la bandera. Recuerdo que en el salón había una bonita chimenea, algo que
me llamaba la atención porque no abundaban en la ciudad las casas con estas
estructuras. Estas casas se encontraban en frente de un restaurante de comida
vietnamita llamado Saigón, también confiscado y desaparecido tras la
revolución, y convertido en Diplotienda o tienda exclusiva para diplomáticos y
extranjeros. A Néstor le resultó curioso que conociera tan bien su última
barriada en La Habana, aunque de su mundo ya no quedaba casi nada y del que
vino después nada conoció.
Me recibió junto
a su esposa Rosa Arellano de Cárdenas en su casa en Key Biscayne. Fue su prima
Ileana Arango Cortina quien insistió para que no quedara fuera de esta serie de
entrevistas y se lo agradezco. Conversamos toda una tarde y luego cenamos en el
Key Biscayne Yacht Club que conserva algo, tanto por el paisaje como por su
clientela, de aquellos antiguos clubes de La Habana que facilitaban los vínculos
social, profesional y recreativo entre miembros.
Quedé muy
sorprendido por la excelente memoria de Néstor, su locuacidad, vivacidad y,
sobre todo, el brío con que explica cada etapa de la Historia con mayúsculas
que le tocó vivir. Es de los pocos cubanos de otros tiempos que viven todavía,
siendo la sencillez y elegancia natural sus rasgos distintivos. Tiene en su
haber varios libros como el reciente Why Cuba matters, que celebró el
actual Secretario de Estado Marco Rubio.
En todos estos
textos Néstor Carbonell estudia y reflexiona con rigor acerca de lo que sucedió
en Cuba, las razones y las consecuencias de los dolorosos acontecimientos de
1959. Lo hace con precisión y ofrece siempre datos y pruebas fehacientes sobre
todo lo que revela. No se es vicepresidente de relaciones internacionales y
abogado de Pepsi-Cola durante cuatro décadas por pura casualidad. Su probada
calidad intelectual salta a la vista y así lo percibí apenas comencé esta
entrevista. Puedo afirmar que ha sido un auténtico lujo conocerlo.
Cuéntanos
de tus orígenes
Nací en La Habana en
1936, al igual que mi única hermana, Maitá Carbonell Cortina, un año después,
en un hogar muy arraigado en la historia, la cultura y la política de Cuba. Mi
padre, Néstor Carbonell Andricaín, fue presidente de la Cámara de
Representantes, senador y vicepresidente del Partido del Pueblo Libre, que se
opuso al golpe militar de Batista y trató de evitar, por la vía electoral, la
tiranía comunista de Fidel Castro en 1959. Era hijo de América Andricaín y de
José Manuel Carbonell Rivero.
Mi abuelo paterno, José
Manuel Carbonell, fue impregnado de patriotismo por su padre, Néstor Leonelo
Carbonell, veterano de la guerra de 1868 contra la metrópoli española, quien
como presidente del Club Ignacio Agramonte en el exilio invitó a Martí para que
se dirigiera a los numerosos emigrados cubanos en Tampa en 1891. Fue allí que el
apóstol pronunció sus célebres discursos Para
Cuba que sufre y Los Pinos Nuevos.
Impactado por Martí, mi abuelo José Manuel regresó a Cuba en 1896, cuando tenía
16 años, para luchar en la guerra final de independencia. Posteriormente, fue
embajador de Cuba en México, presidente de la Academia Nacional de Artes y
Letras, y autor de Evolución de la cultura cubana, obra en 18
volúmenes.
Por el lado materno,
mi madre fue Esther Cortina Corrales, hija de María Josefa Corrales y de José
Manuel Cortina García. Este otro abuelo José Manuel, había nacido en San Diego
de Núñez, provincia de Pinar del Río, y era hijo de un agricultor de
ascendencia vasca. Fue abogado, periodista, representante de la Cámara Baja y
senador. También secretario de la Presidencia bajo Alfredo Zayas Alfonso,
Secretario de Estado en el gobierno de Miguel Mariano Gómez (1936) y ministro
de Estado en el gobierno constitucional de Batista (1940-1942). En la
Convención Constituyente de 1940, bajo la presidencia de Carlos Márquez
Sterling, fue líder de la mayoría y dirigió la Comisión Coordinadora que tuvo
bajo su mando la defensa y redacción final de la Constitución de 1940. Cortina
fue también colono y ganadero, propietario de la finca La Luisa en Arroyo
Naranjo cerca de La Habana, y de la Hacienda Cortina en Pinar del Río dedicada
a la ganadería, la siembra de tabaco y frutales y a la maderería. Fue en un
valle de esa Hacienda Cortina, confiscada por el régimen de Castro, que el 15
de octubre de 1962 un avión de reconocimiento U-2 de Estados Unidos fotografió
la primera de las bases soviéticas de misiles ofensivos en Cuba que desató la
crisis mundial.
Curiosamente, mis
dos abuelos José Manuel nacieron en 1880, se distinguieron en la cultura y la
alta política –uno como poeta y faro intelectual, y el otro como tribuno y
estadista– y ambos murieron exiliados en Estados Unidos, añorando el cielo de
la Patria libre.
¿Cómo fue tu
infancia en Cuba?
Imagínate, rodeado
de padres, tíos y primos, en el seno de una familia muy unida en la que mi
abuelo José Manuel Cortina fungía como patriarca y en cuya residencia en la
calle 27 y K en el Vedado (confiscada por el régimen de Castro y cedida a la
Federación Estudiantil Universitaria), nos reuníamos religiosamente todos los
domingos para almorzar en familia. Mi abuelo y los mayores conversaban sobre
temas históricos y de gran actualidad, evocando vívidas experiencias y muchas
anécdotas relevantes. Los muy jóvenes en la mesa escuchábamos con creciente
interés. Ya en la adolescencia, opinábamos e interveníamos directamente en los
debates. Para mí esos almuerzos fueron auténticos seminarios políticos y
culturales que complementaron mi educación y mis actividades deportivas y
sociales en los clubes. Asimismo, estimularon mi interés en la vida pública y
me prepararon para afrontar los enormes retos que surgieron a la caída de la
República. Pero por encima de todo, esas inolvidables sesiones de familia
grabaron en mi mente que con los privilegios van también las responsabilidades
cívicas, patrióticas y morales.
Nací en esa casa del
Vedado. En plena niñez, mis padres se mudaron para otra en la calle 14 entre
1ra y 3ra, en Miramar, y finalmente, para la manzana de Quinta Avenida entre
las calles 40 y 42 en la cual la familia fabricó cuatro casas. La nuestra era
la de la esquina en la calle 40 y Quinta Avenida, seguida de la residencia de
mis tíos José Manuel Cortina Corrales y su esposa Cusa Macías, que colindaba
con la de mis tíos Humberto Cortina Corrales y María López Sánchez y sus hijos
Humberto y Mara. En la misma esquina de la calle 42 y la Quinta Avenida, justo enfrente
de la marmórea La Copa, que dio nombre a esa parte de Miramar, se encontraba la
casa de mis tíos Enrique Arango Romero y su esposa Ofelia Cortina Corrales,
padres de Ileana Arango Cortina, que tú entrevistaste, y de Ofelia y Eduardo Arango Cortina.
La casa de la otra
esquina de Quinta Avenida y calle 40, manzana siguiente a la nuestra, era de
mis abuelos José Manuel Carbonell Rivero y su esposa América Andricaín.
¿Y tu
escolaridad?
En Cuba, mi
escolaridad primaria se desarrolló en la academia Ruston, un colegio bilingüe
inglés-español en El Vedado, hasta que, llegado al bachillerato, mis padres me
enviaron al Graham-Eckes School de Palm Beach (Florida) para que me
independizara, consolidara mi inglés y ampliara mi cultura. Graham-Eckes era un
colegio mixto, y sus estudiantes tenían acceso a los principales centros
artísticos y literarios de la ciudad. Coincidieron conmigo en el colegio otros
alumnos cubanos. Recuerdo que entre ellos se encontraban Ramiro Montalvo,
Francisco de la Cámara y Rodolfo Nodal Tarafa.
¿Dónde te
encontrabas cuando se produjo el golpe de Estado de Batista en 1952, que llegó
a quebrantar la República, y cómo reaccionaron tú y tu familia?
Yo estaba en Palm
Beach finalizando mis estudios en Graham-Eckes, muy preocupado cuando me llegó
la noticia del golpe de Estado y no pude comunicarme de inmediato en La Habana
con mi padre, senador por el partido del gobierno depuesto de Carlos Prío
Socarrás. Supe después que mi padre se había reunido con el Presidente Prío,
días antes del golpe, en la finca La Chata que éste tenía en las inmediaciones
de la capital, para discutir asuntos relacionados con las elecciones generales
que debían celebrarse tres meses después.
Para mi padre y
otros líderes vinculados al gobierno de Prío, el golpe militar fue una sorpresa
que los disgustó y alarmó por la ruptura constitucional que produjo y por sus
graves consecuencias. Mi padre decidió permanecer en La Habana abogando por una
salida pacífica y democrática a la dictadura de Batista. Habiendo fracasado los
intentos de conciliación que propiciaron el Diálogo Cívico en 1956 y la
Comisión Interparlamentaria en 1957, al igual que las fallidos complots
insurreccionales fraguados contra Batista durante ese período, mi padre y otros
congresistas apoyaron la iniciativa de fundar en 1958 el Partido del Pueblo Libre
(presidido por Carlos Márquez Sterling, con mi padre de vicepresidente del Partido),
para oponerse al posible continuismo de
Batista con su candidato Rivero Agüero, y evitar que Cuba cayese en el
totalitarismo de Fidel Castro con sus nexos comunistas. Fracasó este último
intento electoral, en el que Márquez Sterling figuraba a la vanguardia en las
encuestas, por fraude de Batista y violencia desatada por Castro para lograr la
abstención de gran parte del electorado.
Interesante lo que
el Embajador de la Argentina en Cuba, Julio Amoedo, le contó a mi padre sobre
ese funesto desenlace. Cuando el embajador y Fidel Castro volaban juntos a
Buenos Aires en 1960 para asistir a una conferencia económica, Castro le dijo:
“Nosotros nunca nos fijamos en los demás adversarios nuestros. Era a Márquez
Sterling a quien le temíamos. Si él hubiera ganado, yo no estaría volando con
usted.”
¿Qué
hiciste tú después del golpe militar de Batista en 1952?
Decidí regresar a
Cuba después de graduarme cum laude de bachiller en Graham-Eckes, a
pesar de ser admitido por Harvard para continuar mis estudios universitarios,
porque dada la situación en Cuba, deseaba poder ejercer como abogado allí
cuanto antes. Me matriculé entonces en la universidad privada habanera de
Villanueva y obtuve mi doctorado en derecho en 1957. Fue entonces que me fui un
año a Harvard para recibir una maestría en leyes (LL.M) en esa prestigiosa
universidad.
Recuerdo que, en
1956, cuando estudiaba en Villanueva, hubo un encuentro frente a nuestra aula
entre una delegación de la FEU de la Universidad de la Habana y la nuestra de
Villanueva. Pretendían ellos, que habían provocado el cierre de su universidad
para dramatizar la repulsa a Batista y crear el caos, que hiciéramos lo mismo
en la nuestra. Le contestamos que nosotros estábamos contra la dictadura de
Batista, y así la habíamos manifestado por escrito y por radio, pero que no
trataríamos de forzar el cierre de nuestra universidad ni de crear disturbios
allí. Continuaríamos luchando sin dejar de estudiar. Esta decisión tuvo serias
implicaciones para nosotros poco después de la llegada de Castro al poder, como
te comentaré después.
¿Qué
sucedió en el seno de tu familia en enero de 1959?
Desde 1958, mis
padres le habían alquilado nuestra casa en Quinta Avenida y 40 al embajador de
Argentina en Cuba, Julio Amoedo, y nos habíamos ido a acompañar a mi abuelo
Cortina en su residencia en 27 y K en el Vedado. Al amanecer el 1ro de enero de
1959, tras la huida de Batista y parte de su gobierno, mis padres y yo logramos
convencer a Cortina de pasarnos esa noche, por precaución, en el Hotel Rosita
de Hornedo en Miramar, ya que su casa estaba muy cerca del epicentro
revolucionario de la Universidad de La Habana.
Ese día, mi abuelo fue
invitado por el general del Ejército Eulogio Cantillo Porras a una reunión de
emergencia en el Palacio Presidencial con el magistrado más antiguo del
Tribunal Supremo, Carlos Manuel Piedra, quien de acuerdo con el artículo 149 de
la Constitución de 1940, le correspondía asumir la presidencia provisional de
la República en ausencia del Presidente, vicepresidente y del presidente del
Congreso. Presentes en esa junta estuvieron también otras distinguidas
personalidades de gran experiencia y limpio historial como Gustavo Cuervo
Rubio, Raúl de Cárdenas, Ricardo Núñez Portuondo y Enrique Loynaz del Castillo.
El propósito era constituir un gobierno provisional bajo Piedra que restableciese
las garantías constitucionales requeridas para poder celebrar elecciones
generales lo antes posible.
Sólo faltaban en
Palacio los otros miembros del Tribunal Supremo para que Piedra tomase posesión
del cargo bajo juramento. Lamentablemente, sus colegas no aparecieron alegando
que la revolución era fuente de derecho y que, por lo tanto, la transición
constitucional no era aplicable. Se perdió así la última oportunidad de evitar
el desplome total de la República, incluyendo la rendición del ejército
acéfalo. Este vacío le permitió a Castro sentar las bases de su autoritarismo
en un plazo muy breve.
¿Crees que
se conocían ya las intenciones de Fidel Castro?
Muchos políticos sabían
de sus antecedentes gansteriles y de sus inclinaciones radicales, pero no de
sus nexos secretos con los comunistas y Moscú. Pero aún los mejor informados,
no estaban muy alarmados. Me contó el hijo de Carlos Márquez Sterling, Manuel,
que cuando su padre trató de convencer al ex Presidente de Cuba Carlos Prío
Socarrás, de que debería alejarse del movimiento castrista por el peligro
comunista/soviético, él le contestó que el radicalismo de Fidel era controlable
y no llegaría a esos extremos. “¿Y si fallas en tus cálculos?” le preguntó Márquez
Sterling. “Eso no lo permitirían los Estados Unidos”, le contestó Prío. “¿Y si
lo permiten?”, insistió Márquez Sterling. “Entonces estamos jodidos”, respondió
Prío.
¿Y en tu
caso personal, ¿cuándo empezaste a desconfiar de las intenciones de Castro y el
nuevo régimen?
Aparte de mis
sospechas iniciales, acrecentadas durante su ataque al cuartel Moncada en 1953,
corroboré su rumbo autoritario, y lo sufrí en carne propia, a partir de su
llegada triunfante al poder en enero de 1959. Y es que una de sus primeras
leyes, la No. 11, vino a anular los títulos universitarios otorgados por
Villanueva y otras universidades cubanas después de que la FEU había forzado el
cierre de la Universidad de La Habana. Como conté anteriormente, eso fue la
venganza de Castro y sus secuaces contra los que como nosotros nos opusimos a
la clausura de Villanueva.
La intensa campaña
de protestas que se lanzó contra esa arbitraria medida, con el respaldo del Diario de la Marina y otras organizaciones,
no dio resultado. Es por eso que el Diario, enterado de que el muy
influyente arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Enrique Pérez Serantes, que
le había salvado la vida a Fidel Castro después del asalto al Moncada, se
encontraba de visita en La Habana, logró que nos recibiera a Enrique Llaca
Orbiz y a mí. En nuestra reunión privada con él, le explicamos todo lo que había
sucedido. El arzobispo escuchó atentamente nuestro relato y nos dijo: “Todas
las revoluciones, incluyendo las grandes como la nuestra, cometen a veces excesos
e injusticias, pero no por eso debemos condenarlas si saben rectificar a
tiempo. Déjenme ver lo que puedo hacer”. Varias semanas después de esa reunión,
el régimen dictaminó que, habiendo estado vigente la Ley por un tiempo, se daba
ya por cumplida. Creo que ese fue uno de los pocos casos en que Castro revocó
una de sus leyes, y pudimos nosotros ejercer nuestra profesión.
¿Tuviste
otros problemas con el nuevo gobierno?
Por supuesto. A la luz no sólo del incidente
de la Ley 11, sino de los fusilamientos y las violaciones constantes de los
derechos humanos, me di cuenta de que el país había caído bajo la férula de un
gobierno autoritario. Por eso publiqué el 7 de marzo de 1959, en una pequeña
sección juvenil del Diario de la Marina,
un artículo titulado “La nueva República” en el que esbocé dos temas centrales:
El imperio de la Ley y La Constitución de 1940 como programa revolucionario. A
los seis días, el 13 de marzo, en un discurso frente a Palacio, Castro aludió a
esos puntos, sin mencionar mi nombre, afortunadamente. Dijo él: “Nos hablan
mucho de la Ley, pero ¿de qué ley? Para la ley de antes que hicieron los
intereses creados, ningún respeto…. Para la ley de ahora que vamos a hacer
nosotros, todo el respeto”. De la Constitución (de 1940) podemos hablar los que
la hemos defendido… Pero si un artículo resulta inoperante o demasiado viejo,
nuestro Consejo de Ministros lo transformará, cambiará o sustituirá…” Aunque no
muchos se dieron cuenta, el mensaje de Castro fue muy claro: La Ley era él.
Yo ejercía entonces
como abogado en el bufete Cortina en el Vedado que dirigía mi tío Enrique Arango,
y estaba al tanto del rumbo cada vez más totalitario del régimen. Esto lo pude
comprobar estudiando la Ley de Reforma Agraria publicada en mayo de 1959. Nos enteramos después que esa Ley no fue
elaborada por el ministro de Agricultura Humberto Sorí Marín, sino por el
gobierno paralelo marxista de Castro.
Todos los sectores
afectados por la Ley, incluyendo los hacendados y los colonos, se reunieron por
separado para analizar sus implicaciones. Yo asistí a la reunión de la
Asociación Nacional de Ganaderos el 24 de mayo, en representación de mi abuelo
Cortina que había sido presidente de la Asociación y se encontraba enfermo. Observando
en la sesión que no se acababa de precisar el verdadero propósito de la Ley y
sus nefastas consecuencias para el país, pedí la palabra y enfaticé que lo que
estaba en juego no eran caballerías de tierra más o menos. Lo que pretendía el
régimen era algo mucho más grave: la colectivización agraria, el despojo y
eliminación de la propiedad privada, y la destrucción de la libre empresa.
Concluí mi análisis con esta exhortación: “Ganaderos de Cuba, de pie, porque si
no se yerguen, serán arrasados por la avalancha incontenible del
intervencionismo estatal”.
Muchos aplaudieron,
pero algunos insinuaron que yo era un agitador o alarmista. Saltó en mi defensa
el prominente ganadero camagüeyano Justo Lamar Roura, y con el apoyo de la
mayoría, la Asociación me pidió que redactase en su nombre una declaración
pública impugnando la Ley de Reforma Agraria.
Este episodio tuvo
sus consecuencias. A mediados de agosto de 1959, algunos ganaderos involucrados
en la primera gran conspiración contra el régimen de Castro, incluyendo al
presidente de la Asociación, Armando Caíñas Milanés, y mi primo Eduardo Arango
Cortina, fueron arrestados y condenados a prisión. Aunque no participé en la
conspiración, fui detenido y sometido a intenso interrogatorio en el Estado
Mayor Conjunto del Ejército por el fiscal Juan Nuiry Sánchez y dos ayudantes.
Sostuve que yo no conspiré ni oculté nada. Todos mis pronunciamientos en contra
de la Ley de Reforma Agraria fueron públicos y basados en la Constitución de
1940 que Castro prometió cumplir. Lo cierto es que, al final, Nuiry me dejó ir,
pero advirtiéndome que en lo adelante me tendrían en la mirilla.
¿En qué
momento decides irte de Cuba y por qué?
Yo seguí escribiendo
en contra del régimen después de mi detención, pero sin divulgar mi autoría. En
septiembre de 1959, escribí un ensayo titulado “Hacia dónde vamos”, comparando
las medidas recomendadas por Marx y Lenin para comunizar un país con las
adoptadas por el régimen de Castro durante los ocho primeros meses en el poder.
Algunas secciones de ese trabajo anónimo fueron publicadas después en El Diario de la Marina. Y en mayo de
1960, el ex Primer Ministro de Cuba, Manuel Antonio (Tony) Varona, ya en el
exilio, me pidió que redactara las “Bases doctrinales para la lucha contra el régimen
comunista de Cuba”, que él incorporó en su Manifiesto emitido en Caracas. Y fue
el propio Tony quien me pidió que me exiliara en Miami para ser su asistente
ejecutivo. Así lo hice el 17 de junio de 1960.
¿Cómo
fueron tus primeros años de exilio y de qué manera continuaste luchando contra
el régimen de Castro?
A mi llegada a
Miami, me incorporé en el Frente Revolucionario Democrático (FDR) de Miami,
recién fundado por Tony Varona (Coordinador del Frente) y otros líderes anticastristas
con apoyo estadounidense a través de la CIA. Trabajé en la Comisión de
Planificación del Frente encargada de sentar las bases para la transición en
Cuba pos-Castro, incluyendo el marco constitucional basado en las partes
aplicables de la Carta de 1940. Y en febrero de 1961 me alisté en la Operación
40 de la Brigada 2506, cuya misión era desembarcar en Cuba con la Brigada y
ocuparse de la administración interina de las ciudades que la Brigada fuese
liberando.
Recibí con la
Brigada entrenamiento en un campamento militar en Guatemala. Allí nos visitó
José Miró Cardona, presidente del recién fundado Consejo Revolucionario de Cuba,
que logró integrar una gran coalición con el Frente de Tony Varona y otras
organizaciones. Allí Miró Cardona me informó en privado que el coronel Frank,
jefe militar del campamento, le había asegurado que la Brigada tendría plena
cobertura aérea durante el desembarco, y que contaría con fuerzas militares
adicionales de Estados Unidos y otros países cuando el gobierno en armas del
Consejo se estableciese en una cabeza de playa. (Según Miró, esto le fue
ratificado posteriormente por Adolf A. Berle, designado por Kennedy jefe del
Latin American Task Force).
¿Desembarcaron
en bahía de Cochinos?
A principios de
abril, 1961, todos los brigadistas fuimos trasladados a Puerto Cabezas,
Nicaragua para abordar los barcos que nos llevarían a Cuba. El mío, Lake
Charles, con parte de la Operación 40 y el equipo médico, que fue incluido
porque el barco hospital prometido nunca apareció, zarpó con retraso. Cuando
llegamos a las inmediaciones de la bahía de Cochinos, seleccionada para el
desembarco de la Brigada porque Kennedy había rechazado a última hora el puerto
de Casilda, cerca de Trinidad, recomendado por la CIA y el Pentágono, nos
ordenaron no desembarcar hasta recibir nuevas instrucciones. La orden de
desembarco nos llegó dos días después, pero cuando aviones jets de Estados Unidos
indicaron que la playa estaba perdida por falta de municiones, la orden fue
cancelada. El abandono inexcusable de la Brigada y la imposibilidad de varios
barcos, incluyendo el nuestro, de desembarcar, ocurrió teniendo los Estados
Unidos en las cercanías de Bahía de Cochinos una armada lista para apoyar a los
heroicos brigadistas, que incluía dos portaaviones –el Essex con jets y el
Boxer con helicópteros–, más de 12 destructores y un submarino.
¿Vino
entonces la retirada y el regreso a Miami?
Nuestro regreso fue
bastante tormentoso por la falta de provisiones en el barco y los cambios súbitos
de dirección – primero rumbo a Puerto Cabezas, luego hacia la isla de Vieques. Finalmente,
a Puerto Cabezas. Por un instante pensamos que querían deshacerse de nosotros.
Algo similar les pasó a los miembros del Consejo Revolucionario, que fueron
encerrados e incomunicados en Opa-Locka durante la invasión a Bahía de
Cochinos, y no los dejaban salir. Esto dio lugar a que Tony Varona les dijera a
los guardias: “No sé si seguimos siendo vuestros aliados, pero yo al mediodía
salgo de aquí como sea”.
Pero lo que más me
afectó a mí, aparte del desastre de bahía de Cochinos, fue la noticia del
fusilamiento de Manuel Puig Miyar, casado con mi prima Ofelia Arango Cortina, y
de Antonio Ramírez Méndez, sobrino de mi abuela materna María Josefa Corrales
de Cortina, así como el encarcelamiento de mi primo brigadista Humberto Cortina,
herido cerca de bahía de Cochinos. Humberto coincidió en prisión con nuestro
primo Eduardo Arango Cortina y con Ramón Puig Miyar, esposo de nuestra prima
Ileana Arango Cortina. Desde el punto de vista estratégico, las consecuencias
del descalabro de bahía de Cochinos fueron gravísimas: se resquebrajó la
resistencia interna contra Castro, y éste cobró fuerzas en todo el hemisferio
por haber derrotado al Imperialismo Yankee.
¿Participaste
después de bahía de Cochinos en la Conferencia de Cancilleres de Punta del Este
en la que se expulsó al régimen de Castro de la OEA?
Sí, tras regresar a
Miami y de recuperarme de una infección intestinal, Miró Cardona me designó
Representante Especial del Consejo Revolucionario de Cuba ante la O.E.A. Mi misión,
con el asesoramiento y apoyo de distinguidos compatriotas, incluyendo mis dos
abuelos, fue coordinar la estrategia diplomática para sancionar al régimen de Castro
y expulsarlo de la O.E.A en la Conferencia de Cancilleres que se celebró en
Punta del Este, Uruguay el 22-31 de enero, 1962. Esto resultó muy difícil,
porque tuvimos que contrarrestar la oposición de Argentina, Chile, Brasil y
México, que, con el beneplácito de Washington, sólo aceptaron declarar que el
régimen marxista-leninista de Castro era incompatible con el sistema
interamericano, pero sin expulsarlo de la OEA, lo que le hubiera permitido
mantener todos los derechos y protecciones otorgados por el organismo regional.
Aún con el zigzagueo de Kennedy y su Secretario de Estado Dean Rusk, evitamos
esa farsa, logrando los 14 votos requeridos (dos tercios) gracias
principalmente al liderazgo del Canciller de Colombia, José Joaquín Caicedo
Castilla y al voto decisivo de Uruguay.
¿Cuál fue tu
papel durante la Crisis de los Misiles, y qué consecuencias tuvo el desenlace?
Representé al
Consejo Revolucionario en el Congreso, alertando a los legisladores de la creciente
amenaza soviética en Cuba. Pese a los informes alarmantes del director de la
CIA, John McCone, sobre los misiles soviéticos que estaban llegando a Cuba a
partir de agosto de 1962, Kennedy continuó alegando que eran defensivos y
suspendió los vuelos de reconocimiento sobre áreas sospechosas para evitar una
confrontación con Moscú. En esas circunstancias, Tony Varona y yo sembramos la
idea con un grupo bipartita de congresistas de adoptar una resolución conjunta para
romper el impasse. La idea llegó a cobrar fuerza bajo el liderazgo del presidente
del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, Richard B. Russell, y la
resolución obligando a Washington a prevenir la instalación en Cuba toda base
militar que ponga en peligro la seguridad de Estados Unidos fue adoptada como
Ley por el congreso y firmada por Kennedy el 3 de octubre de 1962. Esto obligó
al presidente a autorizar el vuelo de reconocimiento que fotografió la base de
misiles soviéticos en la Hacienda Cortina en Pinar Río que, como comenté
anteriormente, desencadenó la crisis y dio lugar al bloqueo de Cuba.
Se pudo evitar una
guerra nuclear, pero debido a la tardía reacción de Kennedy, después de que la
Unión Soviética había emplazado en Cuba 42 misiles de alcance medio, y tenía
más de 40,000 soldados y técnicos militares en la Isla, el Pacto Kennedy-Khrushchev
que se firmó tuvo graves consecuencias para Cuba y el Mundo Libre. Moscú retiró
sus misiles ofensivos de Cuba mientras que Washington retiró sus misiles
Júpiter de Turquía e Italia, se comprometió a no invadir a Cuba ni a permitir
acciones militares contra el régimen de Castro, y de hecho le permitió a la
Unión Soviética permanecer en la Isla y convertirla en una base para subvertir
a las Américas, África y otras regiones durante más de 50 años.
¿Qué
hiciste después?
Presintiendo que, como
resultado de ese Pacto funesto, se aplazaría indefinidamente la ansiada
liberación de Cuba, decidí explorar oportunidades profesionales en NY. Comencé
a trabajar como abogado en la compañía farmacéutica Schering, en New Jersey, en
1964, y al año siguiente, conocí en Manhattan a Rosa Arellano de Cárdenas, cuyo
abuelo paterno, ex vicepresidente de Cuba, era muy amigo de mi abuelo Cortina.
Rosa había salido de Cuba cuando tenía 14 años bajo el cuidado de varios tíos,
ya que su padre, Gastón Arellano había fallecido, y su madre, Rosa María de
Cárdenas no pudo salir de la Isla durante varios años.
Pronto formalizamos nuestra feliz relación y nos casamos el 28 de
diciembre de 1965 en San Juan, Puerto Rico, a donde Rosa se había mudado con
sus tíos Mario Arellano y Josefina de Cárdenas. Nuestro matrimonio ha sido
bendecido con tres hijos: Rosa María, Néstor Gastón y José Manuel, y con seis
nietos: Néstor Rafael, Olivia Claire, Marco Carlos, Maxwell Gastón, Cleo
Cecilia y Lucas Manuel.
¿Cuándo comenzaste a trabajar con PepsiCo?
A fines de 1967, comencé en New York mi larga y provechosa carrera
profesional con PepsiCo, inicialmente como abogado y finalmente como vicepresidente
de la empresa a cargo de relaciones públicas y gubernamentales a nivel
internacional. En mis funciones, Rosa y yo viajamos por todo el mundo y
residimos con la familia en México, Venezuela, Reino Unido, Bahamas y, por su
puesto, Estados Unidos, en Greenwich, Connecticut, donde anclamos nuestro hogar
durante 40 años. Tuve la suerte de conocer y establecer relaciones personales
con múltiples personalidades, incluyendo los tres puntales del Mundo Libre
durante la Guerra Fría: Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el Papa Juan Pablo
II. Mucho aprendí de todos ellos, dado mi interés en la historia y la
geopolítica, y mi inquebrantable lucha por la libertad de Cuba.
Mi relación con el Papa surgió a raíz de un artículo mío titulado
“Resistencia o Reconciliación: el dilema de la Iglesia en Cuba”, que publiqué
en el Diario Las Américas en Miami, a fines de 1997, unas semanas antes
del histórico viaje del Papa a Cuba. En dicho artículo advertí, entre otras
cosas, que Castro se beneficiaría del viaje si el Papa mantenía la oposición
unilateral de la Iglesia al embargo de Estados Unidos a Cuba sin recíproca oposición
al inicuo embargo del régimen de Castro al pueblo cubano. Poco después, el
Cardenal de New York, John O’Connor, se reunió conmigo para profundizar en los
motivos de esa advertencia, que él discutió personalmente con el Papa en el
Vaticano antes de su viaje a Cuba. Gracias al Cardenal, el Papa repitió como
leitmotiv en la Isla: “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a
Cuba”. Y gracias también al Cardenal, el Papa me honró a mí y a mi familia,
recibiéndonos en su residencia de verano en Castel Gandolfo a mediados de 1998,
y otorgándome una condecoración papal, que me fue entregada por el Cardenal
O’Connor en misa solemne en la Catedral de San Patricio el 16 de octubre de
1998.
A pesar de mi trabajo intenso en PepsiCo, pude escribir y publicar muchos
de mis principales libros, en español e inglés, sobre Cuba, incluyendo: Por
la libertad de Cuba: Una historia inconclusa, Grandes debates de la
Constituyente de 1940, La Cuba eterna, ayer, hoy y mañana, Luces
y sombras de Cuba, And the Russians Stayed: the Sovietization of Cuba,
y Why Cuba Matters: New Threats in America’s Backyard.
¿Nunca intentaste regresar a Cuba?
Nunca, salvo cuando traté de hacerlo con la Brigada de Asalto 2506 en
1961. Mi sueño sería ir con mi familia cuando alboree plenamente la libertad en
Cuba y pueda de alguna manera ayudar a la reconstrucción democrática del país.
Quiera Dios que las esperanzas que hoy flotan en el ambiente conlleven el cese
completo de la actual tiranía y de la ominosa intervención de potencias
enemigas en la Isla, a fin de que renazca, libre y soberana, la Cuba martiana
con todos y para el bien de todos.
Key Biscayne, enero de 2026










Comentarios
Publicar un comentario