Entrevista al banquero José Valdés-Fauli Pedroso - por William Navarrete
Entrevisto al amigo José Valdés-Fauli Pedroso, quien durante toda su vida profesional fue un destacado banquero en Miami y uno de los exitosos miembros de la comunidad exiliada cubanoamericana en ese estado.
La entrevista fue publicada por Cubanet.
“El gobierno
castrista no sólo nos quitó todo, sino que también intentó robarnos los muertos”
(El escritor
William Navarrete entrevista al banquero José Valdés-Fauli Pedroso)
El 20 de mayo de
2002 celebramos en la sede del Colonial Bank de Brickell Avenue y la calle 8,
en el centro de Miami, los cien años de instauración de la República de Cuba.
Para festejar aquel acontecimiento mayor en la historia cubana José
Valdés-Fauli, entonces presidente de esta institución bancaria, ofreció un cóctel
a sus clientes exiliados para que los autores de 1902-2002. Centenario de la
República cubana firmáramos para cada invitado un ejemplar de aquel
voluminoso libro que pude publicar en las ediciones Universal gracias a mi
amistad con el editor Juan Manuel Salvat y a su interés por el tema.
Para estar a la
altura de aquella magna fecha, José Valdés-Fauli encargó al traiteur
Mena el brindis y le pidió a María Cristina Suñé, su asistenta, que comprara a
ediciones Universal suficientes libros para que cada uno de los más de 200 invitados
se llevara el suyo firmado como regalo y recuerdo de aquel encuentro. De cierta
manera fue la manera en que rindió homenaje él también a sus ancestros, muchos
de ellos implicados en las luchas por la independencia de la colonia durante el
siglo XIX.
Desde entonces he
mantenido contacto con José Valdés-Fauli quien ha estado muy implicado en la
vida comunitaria de Miami durante todos estos años. Heredero de una rica
tradición familiar, sus seis décadas y media de exilio no han sido óbice para
que se convierta en depositario de la historia de sus ilustres ancestros
estrechamente vinculados al desarrollo económico y social de La Habana.
¿Desciendes de
una familia que durante medio siglo fue parte de la sociedad habanera elegante
de la República, puedes hablarnos de tus padres y abuelos?
Mi padre, Raúl
Valdés-Fauli Juncadella, nacido en Cuba, era abogado y trabajaba con su padre
en el bufete familiar que se encontraba en la calle Aguiar n° 251, en La Habana
Vieja. También compartía, junto con su cuñado Víctor Pedroso Aróstegui, el
Banco Pedroso, del que era vicepresidente, pues su esposa, mi madre, era hija
del fundador de este banco. Mi padre pertenecía a la quinta generación de
abogados de la familia Valdés-Fauli y tenía tres hermanos: Guillermo, que era
dentista, Rosario y Lalita Valdés-Fauli.
Mi abuelo paterno
fue Raúl Valdés-Fauli Fonts, también abogado y nacido en la isla. Su esposa,
Eulalia Juncadella, aunque cubana, era hija de un barcelonés que se había
instalado en La Habana. Mis abuelos vivían en la calle 18 entre Quinta y
Séptima Avenidas, del reparto Miramar.
Mi madre,
Margarita Pedroso Aróstegui, habanera, era hija de Jacinto Pedroso Hernández, quien
tenía muchos negocios entre los que figuraban el Banco Pedroso cuyo primer
establecimiento había sido fundado en el siglo XIX. Luego, en 1913, Jacinto fundó
Pedroso y Compañía, dedicado a la bolsa de azúcar, las finanzas y los seguros, pero
tuvo que cerrarla durante la Gran Depresión y abrió el banco nuevamente en 1943.
Su esposa, Mercedes Aróstegui González de Mendoza, a quien llamaban “Cheíta”,
había sido condecorada por el Vaticano como Dama de la Orden Ecuestre del Santo
Sepulcro de Jerusalén, era miembro de la Liga de Damas de la Acción Católica
Cubana y una de las seis hijas de Gonzalo Aróstegui del Castillo y Felicia
González de Mendoza Pedroso.
Tengo
entendido que la llegada de los Pedroso a Cuba ocurrió muy tempranamente en los
inicios de la colonia y que se emparentaron con muchas de las familias
habaneras fundadoras de la villa…
Cuando mis padres
se casaron en La Habana, Enrique Hurtado de Mendoza, un genealogista cubano, les
dijo que las familias Pedroso y Valdés-Fauli estaban entroncadas muy
antiguamente. Por supuesto, mis padres no creyeron lo que les había dicho hasta
que el propio Hurtado de Mendoza les confeccionó un árbol genealógico que te
extiendo y en el que se puede ver que Margarita y Raúl, mis padres, descienden
del capitán Pablo Pedroso García, nacido en 1571 y establecido y casado en La
Habana, en 1593 con María de Aguilar Ayllón.
Varios
descendientes de aquel capitán llegaron a ser regidores, alcaldes y formaron
parte del gobierno de la ciudad colonial durante siglos, e incluso uno de
ellos, Joaquín Pedroso Echeverría, fue presidente de los Ferrocarriles del
Oeste y era propietario de tres ingenios azucareros.
¿Como
transcurre tu niñez en Cuba?
Nací en 1951 en
La Habana, barrio del Vedado, como el menor de los dos hijos varones de mis
padres (Raúl y Gonzalo). Mis recuerdos de Cuba no son muchos porque salimos del
país el 11 de julio de 1960 cuando tenía apenas 8 años.
Vivía en la casa
de mis abuelos Pedroso, en la calle 13 esquina 8, del Vedado, luego
transformada en escuela cuando salimos al exilio. Había sido la primera casa
construida por el arquitecto Leonardo Morales en 1907, pero tuvo que ser
remodelada en 1913 después de un incendio en 1912, en el que falleció Rosa
González de Mendoza Freyre de Andrade, la primera esposa de Jacinto. Mi
infancia fue la típica de un niño de familia adinerada: choferes que me
llevaban a la escuela, domésticos en la casa y una vida social que era de la de
mis padres y nuestra familia. Llegué a cursar los primeros estudios primarios
en el colegio de La Salle de Miramar y, luego, en 1959, me pusieron en el mismo
colegio de los hermanos de esta orden, pero en El Vedado.
¿Tienes algún
recuerdo de los acontecimientos políticos de 1959?
Oía los cuentos
que hacían algunos miembros de la familia de cuando salían a la calle y les
tiraban piedras a los coches y les gritaban latifundistas. Una vez, ya
adentrado el 1960, regresé del colegio hablando mal de los norteamericanos y de
Estados Unidos y, justo en ese momento, mi padre dijo: “Ha llegado la hora de
irnos de aquí”.
Por suerte, mi madre
Margarita Pedroso sospechó desde el principio que las intenciones del gobierno
castrista eran las peores y realizó en 1959 un viaje a Miami para sacar de la
isla importantes joyas de su pertenencia y de la familia que pudo poner a buen
resguardo en una bóveda en un banco de la Florida. Esto en 1959 todavía se
podía hacer, pero no dejó de tener consecuencias en el momento de nuestra
salida.
¿Qué sucedió en
ese momento?
Sucedió que
hermanas de mi abuela y, sobre todo, sobrinas de ésta, simpatizaban muchísimo
con el gobierno comunista que se estaba implantando en Cuba y no solo se dieron
gusto participando físicamente en las confiscaciones del banco y empresa familiar,
entre otras propiedades, sino que también informaron de la existencia de las
joyas en poder de mi madre y de mi abuela. Aunque mi padre había tomado la
precaución de advertirnos a todos que no dijéramos nada acerca de nuestras
intenciones de salir del país y a no mencionáramos la fecha de la salida, mi
abuela estimó que ella no podía irse de Cuba sin comentárselo a sus hermanas.
¡En mala hora!
Así fue como, por
esa razón, nos tuvieron detenidos más de medio día en el aeropuerto de Rancho
Boyeros interrogando a cada uno de los miembros de la familia para saber dónde
habíamos escondido las famosas joyas. Como yo era el más pequeño los milicianos
debieron considerarme el eslabón más débil y me llevaron aparte en un intento
de engatusarme para ver si delataba a la familia y les contaba del paradero de
lo que con tanto interés buscaban.
Te podrás
imaginar cual fue mi último recuerdo de Cuba antes de partir a Miami en aquel
vuelo de Pan American: el de la humillación, el miedo y, con el tiempo, el de
la repulsa que puede provocar el hecho de haber sometido a un niño de 8 años a
semejante interrogatorio.
¿Cómo fue tu
llegada a Miami y los primeros años del exilo?
Nos instalamos en
Key Biscayne en donde había ya unas cuantas familias cubanas y nos conocíamos
todos desde Cuba. Siempre vivimos en este cayo, que no se parece en nada a lo
que es hoy, pues ni siquiera habían construido todavía los edificios a orillas
de la playa.
Estudié en
Key Biscayne Elementary School. Por suerte toda la familia hablaba inglés pues en casa había que aprender
los dos idiomas, además del francés. Después continué mis estudios hasta el
final de la secundaria en el Ransom Everglades College, en Coconut Grove.
Mis padres
construyeron su primera casa, pero recuerdo que en aquellos primeros años
tuvieron que salir a zancajearla a la calle, como se dice, y trabajar mucho. Al
principio mi padre trabajó como asistente legal hasta que volvió a hacerse
abogado, esta vez de leyes norteamericanas, y, mi madre, que nunca había tenido
que trabajar en su vida empezó a hacerlo en una juguetería hasta que se convirtió
en agente de bienes raíces y terminó teniendo muchísimo éxito en este ámbito. Admiro
mucho el valor que tuvo mi madre quien, por desgracia, falleció bastante joven
en 1985, a los 65 años, tras un accidente cardiovascular.
¿Se vincularon
a las actividades políticas del exilio?
Mi padre intentó
alistarse en la invasión de bahía de Cochinos, pero por la edad no se lo
permitieron. En cambio, nos involucramos siempre en la vida cultural de la
comunidad y recuerdo que mi padre decía siempre que la ciudad de Miami nos
había dado mucho y que de alguna manera teníamos que contribuir mediante
acciones filantrópicas y mecenazgos. De hecho, la familia aparece mencionada
entre las otras legendarias que contribuyeron al desarrollo de la comunidad. Mi
hermano Raúl, abogado de sexta generación por los Valdés-Fauli, fue tres veces
alcalde de Coral Gables, en donde su aporte ha estado siempre en relación con
el desarrollo de la Ciudad y la preservación de su valioso patrimonio.
En esa época mis
abuelos paternos se habían quedado en Cuba. Primero, porque pensaron que las
cosas iban a cambiar, pero en 1961 cuando se dieron cuenta de que no habría
cambio alguno ya no era posible emigrar, de modo que se quedaron trabados en la
isla y no pudieron salir al exilio hasta 1967 a través de los Vuelos de la
Libertad.
¿Qué
estudiaste y en qué te desempeñaste?
Fui a la Florida
International University a estudiar finanzas, contabilidad y mercadeo. Cuando
me gradué empecé a trabajar inmediatamente en el giro bancario y a los 33 años
ya era presidente del Eastern National de Miami, en el que comencé en 1985.
Siempre he sido director ejecutivo o presidente de bancos hasta que,
finalmente, lo fui también del Beach Bank y del Colonial Bank hasta que me
retiré en 2010.
Por supuesto,
también he estado implicado en la vida cultural y los temas comunitarios de
interés general. He estado encabezando o participando activamente en muchas
juntas como la del Mercy Hospital, la de la FIU, en no pocos museos, como
presidente de la junta de la Florida Grand Opera de Miami, entre otras. En
cierta medida seguí siempre el esquema y las enseñanzas de mis padres que se
resumían en prepararse, trabajar y progresar. Siempre frecuenté un ambiente de
personas cultas, involucradas en hacer que las causas sociales avancen, con un
pensamiento demócrata y deseos de ayudar realmente a los demás.
Los
Valdés-Fauli han también dejado su nombre en la alta gastronomía cubana.
¿Puedes hablarnos de eso?
No es mi caso,
pues en cocina no valgo mucho. En cambio, mi abuelo Raul Valdés-Fauli Fonts
tenía grandes dotes de cocinero y era reconocido en Cuba por estas calidades.
Le apasionaba la cocina, independientemente de su trabajo como abogado. Como
poseía una finca familiar en el poblado de Santa María del Rosario le gustaba
irse los fines de semana para recibir a amigos y dar grandes banquetes para los
que se ponía a elaborar recetas a partir de productos locales.
Fue así como
nacieron los famosos frijoles negros a la Valdés-Fauli que todo el mundo conoce
(aunque por error escribieron en algún libro Fauly con y griega y así se ha
quedado) y que fueron una de sus creaciones. Hay que ponerlos en remojo desde
el día antes, luego hay que moler las cebollas y los ajíes, añadiendo una lata
de pimientos morrones y aceite para sofreír todo añadiendo los frijoles. Una
vez sazonados se cocinan a fuego lento unas tres horas hasta que espesen bien,
y mientras se cocinan se les añade aceite, vinagre y más pimientos
cortados.
Recetas creadas
por él hay decenas. Otra es la del pollo con salsa de ajonjolí con un sofrito
en aceite con cebolla picada y pimiento verde, al que una vez listo se le añaden
las postas de pollo con un consomé y, una vez todo cocinado, se le echan los
granos de ajonjolí tostados y machacados. Hay un libro de cocina publicado en
La Habana en 1956, titulado ¿Gusta usted? por las damas que se ocupaban
de los enfermos del hospital Calixto García en el que aparecen muchísimas
recetas de la autoría de mi abuelo y, entre las más famosas, la del embutido de
mariscos a base de langosta, camarones, almejas y pargo.
¿Tengo
entendido que hasta el famoso sándwich Elena Ruz, uno de los bocaditos fetiches
de la gastronomía cubana tiene que ver con tu familia?
Sí, pero esta vez
no con mi abuelo Raúl, sino con una prima de él llamada Elena Ruz Valdés-Fauli,
quien falleció centenaria en el exilio. El caso es que de joven Elena solía
merendar en la cafetería El Carmelo de la calle Calzada del Vedado, en donde se
reunían las niñas de la buena sociedad. Como era un poco caprichosa y podía
darse el lujo de serlo, le pedía al camarero que le hiciera un sándwich
especial para ella a base de un pan de migas un poco brioché, queso
crema, fresas en conserva, lonchas de carne blanca de pavo asado y ligeramente
tibio. Al final, como siempre lo pedía y que a otros les gustaba, entonces lo
pusieron en la carta del Carmelo. Al cabo de cierto tiempo, terminó aquel
emparedado anunciado con letras de neón, algo que, contaba la propia Elena, no
fue del agrado de su madre pues no veía con buenos ojos que el nombre de su
hija se hubiera convertido en una variedad de sándwich como si la hubiesen
puesto a la venta.
¿Has vuelto a
Cuba?
Tres veces. La
primera en 1999 cuando le pedimos a mi padre que nos llevara a recorrer los
sitios que habían pertenecido a la familia. Por supuesto, él no quería volver a
poner los pies en la isla mientras siguiera la dictadura castrista, pero
nosotros lo convencimos diciéndole que era un egoísmo de su parte no mostrarnos
las cosas que él conocía mejor que nosotros. Recuerdo que le dijimos: “No se
trata de ti, se trata de nosotros, tus hijos y sobrinos, que en un futuro
tendremos que ir con un mapa porque no quedará nadie de tu generación capaz de
guiarnos entre las cosas nuestras”. En ese viaje fuimos mi padre, mi hermano
Gonzalo, mi hermana Teresa y mis sobrinos.
La segunda vez
fui con Shed, mi pareja, en 2003. Y la tercera, y última, en 2015, durante la XII
Bienal de Artes Plásticas de La Habana.
¿Qué
impresiones y anécdotas?
¡Qué puedo decir
que no hayan dicho otros que han tenido una trayectoria de exilio similar a la
nuestra!
Durante el primer
viaje con mi padre alquilamos un carro con un chofer que nos sirviera de guía.
Entonces éste empezó a contarnos cosas y yo veía la cara que ponía mi padre. Al
cabo de unos minutos, mi padre, muy cortés como siempre fue, le dijo que le
permitiera agarrar él el micrófono porque las cosas que estaba contando no eran
como lo decía. Entonces el chofer en vez de disgustarse le respondió que con
gusto se lo pasaba para aprender él también de alguien que había conocido
realmente lo que había sido La Habana antes de 1959.
La impresión
general fue de desolación. Todo muy triste y derruido. Pude recorrer toda mi
casa, transformada en escuela. Dando siempre algo de dinero nos dejaban
recorrer las piezas y sacar fotos. Estuve incluso en mi cuarto convertido en
aula. También fuimos al cementerio y visitamos la tumba de mi ancestro José
Valdés-Fauli, quien había sido en el siglo XIX el albacea de José Antonio Saco
en París y que se encuentra al lado de la suya. Un árbol había levantado la
tumba y más tarde pudimos obrar para que la repararan. Sobre el cementerio
tengo otra historia increíble.
¿Puedes
contarla?
¡Sí, por
supuesto! Es pública y lo conté todo en 2015 en El Nuevo Herald. Fue a raíz de mi tercer y último viaje
en que volví con Shed al cementerio a buscar la tumba de mi abuelo materno Jacinto
Pedroso, fallecido en La Habana, en 1955. La busqué por todas partes sin
encontrarla hasta que di con ella en donde siempre estuvo, en la calle C del
cementerio y la avenida principal, pero con el nombre borrado de manera
chapucera y la estatua del Sagrado Corazón que mi propio abuelo había colocado,
sustituida por la de la Virgen. Entonces descubrí que, entre mi viaje de 2003 y
ése de 2015, la habían vendido y arrojado los restos de Jacinto a una fosa
común. Conseguí que esto me lo contara uno de los cuidadores al que tuve que
darle dinero para que hablara.
Mi indignación
fue tal que me reuní con la directora del Registro Nacional de Bienes
Culturales quien me dijo que desde 1993 la tumba había sido adquirida mediante
una sentencia del tribunal. Apenas regresé a Miami contacté al Nuevo Herald
y The Miami Herald que se hicieron eco de aquella situación y me
entrevistaron.
El alboroto no
tardó en llegar a oídos de Eusebio Leal, en aquel entonces Historiador de la Ciudad,
quien conocía muy bien a mi familia y sabía la importancia que tuvieron algunos
de sus miembros para la historia de Cuba. Leal me escribió enseguida, y me prometió
que tomaría cartas personalmente en el asunto, pues consideraba inadmisible que
una situación hubiera ocurrido. Y cumplió su palabra.
De ninguna manera
iba a permitir semejante acto de humillación. El gobierno castrista no sólo nos
quitó todo, sino que también intentó robarnos los muertos.
Coral
Gables/París, febrero de 2026








Comentarios
Publicar un comentario