Entrevista a Alberto Bousquet Alfonso - por William Navarrete
Entrevisto en Madrid al empresario hispano-cubano Alberto Bousquet Alfonso. Ver enlace directo en:
Cubanet / Entrevista a Alberto Bousquet, por William Navarrete
“En una época
acaricié la idea de invertir un día en Cuba, pero dada la situación actual y lo
que vi, ¡ni pensarlo!”
(El escritor
William Navarrete entrevista al empresario Alberto Bousquet Alfonso)
Me encuentro con
Alberto Bousquet Alfonso en su casa madrileña de la calle Aviador Zorita a
pocos minutos del estadio Santiago Bernabeu. En principio, debía haber
entrevistado en su lugar a su hermana Lourdes quien, siendo mayor, recordaba,
según el entrevistado, mucho mejor que él las historias familiares en Cuba.
Nos habíamos
encontrado anteriormente con un grupo de amigos en común, gracias a María del Rosario de la Cagiga, condesa de
Revilla de Camargo, que
reunió en su casa a un grupo de exiliados cubanos de la primera oleada de la
década de 1960. Conversando aquella tarde con Alberto, me di cuenta de que
tenía mucho que contar y de que, a pesar de haber salido de Cuba con apenas ocho
años de edad, pudo recuperar el acento cubano y alcanzar éxito en el ámbito
profesional gracias a los lazos de amistad y solidaridad con otros cubanos,
también exiliados, que le abrieron las puertas y le facilitaron la vida tanto a
él como a sus padres en aquel incierto periodo de la llegada a la Península.
Alberto no sólo conserva,
a pesar de sus seis décadas de vida en España, su acento cubano, sino que
atesora libros, álbumes de fotos, grabados de las propiedades de su familia en
Cuba, una amplia memorabilia e, incluso, la correspondencia de la reina
Victoria Eugenia de Battenberg con su abuela materna Carmelina. Me muestra un
enorme árbol genealógico de sus ramas paterna y materna, y hasta una botella de
vino de la marca Bousquet, un tinto de Burdeos, sin dudas relacionado con
descendientes de sus ancestros franceses que se quedaron en Francia. Creo que
es mejor que sea él quien nos cuente todo esto y mucho más.
Háblanos de
tus orígenes familiares
Mi padre, Eduardo
Bousquet Astray-Caneda nació en La Habana en 1917. Trabajaba para la agencia
bursátil de Luis Mendoza y Cia, pero yo creo que lo hacía de manera esporádica
porque, en realidad, viajaba mucho al interior del país en donde se ocupaba de
las propiedades de la familia, las tierras y fincas que tenían en las
provincias de Oriente y Matanzas. Recuerdo, en particular, la colonia oriental
de La Perla, cerca de Alto Songo y en las inmediaciones de la sierra Maestra. Era
la más importante y a donde él iba, por lo menos, una vez por trimestre. Esa
colonia fue uno de los lugares que visité con mi esposa, mi hijo y mi nuera
durante mi único viaje a la isla en 2017.
Mis abuelos
paternos fueron Eduardo Bousquet de la Torre, a quien no conocí, y Magnolia
Astray-Caneda, la única que se quedó en Cuba cuando nos fuimos todos porque ya
estaba muy mayor y enferma para emprender el viaje. Por los Bousquet desciendo
de colonos franceses originarios de Burdeos que se habían asentado en la
colonia de Puerto Príncipe (actual Haití) y que salieron huyendo de allí tras
la revolución haitiana. Sé que eran dos hermanos y que uno se fue a vivir a
Venezuela y, el otro, del que desciendo, se instaló en Cuba. Antes de fallecer
en 2007, mi padre me dejó el árbol genealógico de nuestra familia que él mismo
había confeccionado con mucha paciencia durante años de búsquedas.
Por parte de
Elena Alfonso Guzmán, mi madre, también nacida en La Habana en 1919, desciendo
de Eduardo Alfonso del Junco y de Carmelina Guzmán Rodríguez-Ojea, a quien
llamábamos “Mía”. Esta rama familiar descendía de los marqueses de Montelo y
condes de Canímar. Mi abuela era muy amiga de la reina Victoria Eugenia de
Batterberg, esposa de Alfonso XIII, que vivía exiliada en Lausana, Suiza,
después del advenimiento de la Segunda República. Ambas mantenían una
correspondencia regular que conservo y descubrí recientemente que la tenía.
Recuerdo que durante la única visita que la reina y abuela del rey Juan Carlos
de Borbón hizo a Madrid en 1968 con motivo del bautizo del actual rey Juan
Carlos I de Borbón y tras 37 años de exilio, acompañé a mi abuela a saludarla.
La reina tuvo una acogida abrumadora y por el Palacio de Liria, sitio donde
residió durante su breve estancia, pasaron muchas amistades, personalidades y
gente de pueblo que fueron a saludarla. Mi abuela fue una de las invitadas.
Hicimos la fila como todos y a mí me parecía que la reina estaba medio
somnolienta, probablemente cansada de tantos besamanos y saludos. Pero cuando
vio a mi abuela parada delante de ella, saltó del sillón en que estaba sentada
y le dijo: “¡Pero Carmelina que gusto tan grande en volver a verte!”.
¿En qué
contexto naces y qué recuerdos tiene de los primeros años de infancia?
Nací en El Cerro,
un barrio de La Habana, el 20 de diciembre de 1951. Fui bautizado en la misma
casa familiar, en la Calzada del Cerro entre la Esquina de Tejas y Buenos Aires
porque teníamos capilla privada. La casa era una de esas mansiones construidas
a mediados del siglo XIX cuando parte de las personas pudientes abandonaron la
parte antigua de La Habana para vivir en quintas a lo largo de la calzada en
que nací. Aquella casa la había construido un antepasado materno mío, el
marqués de San Miguel. Allí nacieron también mis hermanas Lourdes y Elena, así
como mis hermanos Eduardo y Jorge.
Lo único que
recuerdo de la infancia es que aquella casa era enorme, con un jardín inmenso
que colindaba con el patio de un convento de monjas que se encuentra aún en la
esquina de la Calzada del Cerro y Buenos Aires, y también con una fábrica de
Coca-Cola. Los otros recuerdos que tengo de ese periodo de mi vida tienen que
ver con el Habana Yacht Club, en la playa de Marianao, a donde me llevan todas
las semanas. Todo lo que hice en ese periodo de mi vida tiene que ver con este célebre
club de recreo. Allí aprendí a nadar, a montar patines, a jugar pelota, socializar,
etc. Lo recuerdo como la mejor etapa de toda mi vida.
¿Y de tu
escolaridad?
En Cuba fue
escasa. Asistí al kínder de Delia Salcedo, la esposa de Luis Posada, y luego me
inscribieron en el colegio de La Salle en El Vedado, en donde ya mi hermano
Eduardo cursaba estudios. Pero estuve poco tiempo porque triunfó la revolución
y los cambios en nuestras vidas y en la sociedad comienzan a ocurrir de manera
trepidante.
¿Recuerdas
las condiciones de tu salida de la isla?
Recuerdo incluso
el momento en que yo venía corriendo por el pasillo de nuestra casa del Cerro y
oí a mi padre colgar el teléfono y decirle a mi madre: “Elena, los niños salen
esta misma noche”.
Era octubre de
1960 y se corrió el rumor que se les quitaría a los padres la patria potestad
sobre sus hijos menores. Ya mis dos hermanas estaban estudiando desde antes de
1959 en Lafayette, en Luisiana. De modo que mis padres deciden enviarnos a mi
hermano Eduardo y a mí para Miami, a casa de un primo hermano de mi padre
llamado Enrique, cuya esposa, a la que llamaban Teté, no hablaba una palabra de
español. Así fue como llegamos, durante la celebración de una noche de
Halloween, a la ciudad de Miami. Por supuesto, mis padres se quedan en La
Habana y mi hermano Jorge todavía estaba por nacer.
¿Cómo
fueron tus primeros tiempos en el exilio?
Fatales. Solo
pude estar un mes en casa de estos parientes porque no me portaba bien y le
hacía la vida imposible al hijo de Enrique y Teté. Me inscribieron en el
colegio católico de St Mary’s en el que solo había cinco alumnos cubanos. A tío
Enrique no le quedó más remedio que colocarme en otra casa, la de los Evans, y
en ese periodo perdí la cuenta de las casas en que estuve. Así fue hasta que
llegó de Cuba mi tía abuela Dulce María Alfonso, a la que llamaban “tía Cuca”,
que se ocupó de mí un año y algo, pues mis padres seguían trabados en Cuba. Al
final, gracias a ella me estabilicé emocionalmente pues, al parecer, los
trastornos de comportamiento que tenía estaban motivados por la carencia de
afecto y el hecho de verme separado de mis padres.
¿Cuándo
logran reunirse de nuevo y qué sucede con tu vida?
No fue hasta 1962
que pudo salir mi madre de la Isla y venía con Jorge, mi hermano más pequeño,
que yo no conocía puesto que había nacido en La Habana después de mi salida. En
ese momento todos, excepto mi hermana Elena que siguió estudiando en Lafayette,
nos fuimos a vivir a Nueva York y, desde allí, viajamos en avión, un 25 de
junio de 1962, a Madrid. Es en la capital española en donde he vivido de manera
permanente desde aquel día hasta hoy.
La razón por la
que vinimos a España es que aquí teníamos familiares que nos esperaban y no
pocos amigos que podían ayudarnos. En ese periodo vivimos, unos tres meses primero,
en la calle Recoletos y, después, en la casa oficial de mi tío D. Fernando
Suárez del Tangil (Conde de Vallellano) que en ese momento era el presidente
del Consejo de Estado, sito en la Calle Mayor 79 y él no la utilizaba.
No fue hasta 1965
que mi padre pudo salir definitivamente de Cuba con mi abuela materna. Fue una
época muy dura porque mi madre nos enseñaba todos los días la foto de él para
que no lo olvidáramos. Estuve cinco años sin su compañía, desde los ocho hasta
los catorce. Imagínate que para mi hermano menor Jorge su padre era nuestro
propio hermano Eduardo que era el mayor, pues además era muy alto.
¿Dónde
estudias y qué sucede cuando por fin llega tu padre de Cuba?
Cursé toda mi
escolaridad, desde la primaria hasta el bachillerato, en el Colegio Apóstol
Santiago que ya no existe y que se encontraba en la calle Velázquez y Núñez de
Balboa. Los primeros tiempos me vi confrontado a dificultades con la lengua,
pues mi español era malísimo ya que durante el tiempo que estuve en Estados
Unidos el inglés se convirtió en mi lengua escolar. A esa edad una lengua
remplaza muy rápido a otra.
Mi padre llegó,
como dije, en 1965. Enseguida, gracias a la familia Gómez-Mena Waddington que
era muy amigos de la familia, comenzó a trabajar en la empresa Simago, que era
una cadena de grandes almacenes populares con productos de bajo coste que se
hallaban en zonas periféricas de entonces como la Glorieta de Embajadores.
Aquellas tiendan fueron los ancestros de los supermercados actuales y aunque no
competían con El Corte Inglés y las Galerías Preciados, sí tenían muchísima
demanda. El grupo Simago era hispano-cubano y su nombre correspondía a las
sílabas de los apellidos de José Simó, José Mañas Mayorga y las hermanas María
Teresa y Henriette Gómez-Waddington, sus primeros tres propietarios, todos
cubanos de ascendencia española. Esos almacenes terminaron expandiéndose a
otras provincias. Y poco después empezaron a ser gestionados por sociedad
francesa Prisunic y de los tres fundadores solo Mayorga continuó dirigiéndolos.
Mi padre se
convirtió en director de compras, pues tenía que alimentar y dar educación a
una familia de cinco hijos. Y allí trabajó muchísimo toda su vida hasta su
jubilación.
Mientras, mi
madre que nunca había tenido que trabajar, empezó a hacerlo en una oficina del
International Rescue Committe, un programa de Naciones Unidas para refugiados.
A mi madre le hicieron la despedida de jubilación en el Centro Cubano de Madrid
que era el sitio de la capital española en donde se reunían los exiliados
durante décadas.
¿Realizaste
estudios universitarios?
Empecé estudiando
Economía, pero no terminé esta carrera porque me cambié para estudios de marketing
en la Escuela Superior de Estudios de Marketing de Madrid, en 1970. Finalmente
me gradué en 1974, pero mientras estudiaba trabajaba a la vez para una compañía
norteamericana llamada Gold Bond Stamps Company. Es decir que, desde muy
temprano me acostumbré a ganar mi dinero y a no depender de mis padres.
¿En qué
trabajaste luego?
Gracias a la red
de exiliados cubanos amigos de mis padres pude entrar en la empresa Idumatic
Iberia que gestionaban Ricardo Campos y Marcel Rodríguez, dos cubanos radicados
en España. Es en esta empresa cuya función era vender equipos industriales a
hospitales y hoteles, que, con 20 años de edad, volví a conectarme con el mundo
cubano, la forma de hablar, los temas relacionados con la isla. Y es que además
de los dueños, todos los empleados eran también cubanos.
Después, entré en
la Texaco España, otra vez gracias a la conexión cubana porque una de sus
grandes accionistas era Ana María Rogers, amiga de mis padres desde la época
habanera. Allí estuve trabajando cuatro años y fue donde aprendí a montar una
empresa desde cero.
A mi experiencia
en Texaco siguieron dos años de trabajo en Playtex, cuyo presidente Jimmy
Hernández, también era cubano. Me ocupaba de la marca de ropa interior femenina
Danskin. De allí, me fui con Fernando Bernal, un cubano más en mi vida laboral,
a quien llamaba “Bichi”, quien estaba montando Chubb Alarms Limited, una
compañía de seguridad. Estuve en esta empresa unos diez años, compré la rama
española y la vendí en 1992.
Ya por entonces
estaba casado con Carmen López-Sáez y García-Escámez, a quien todos llaman
“Chata” y a quien había conocido en una corrida de toros en la que participaba
Manolo Vega-Penichet, uno de los 14 hijos del abogado cubano Manuel
Vega-Penichet, a cuyo hijo Fernado tú ya entrevistaste. Nuestra boda tuvo lugar en 1982, en la
base aérea norteamericana de Torrejón de Ardoz, porque el padre de Chata era el
teniente general del Ejército del Aire Rafael López-Sáez Rodrigo, al mando de
la fuerza aérea española. Fue una boda muy divertida porque escogimos el 4 de
julio, día de la fiesta nacional de Estados Unidos, para celebrarla. De modo
que la base estaba muy engalanada y los invitados pensaron que toda aquella
decoración había sido intencional para nuestra boda.
Tengo
entendido que también tuviste una etapa africana…
En efecto.
Después que vendí Chubb, me fui con el Grupo Forum Filatélico que, entre sus
muchas inversiones, estaba montando una empresa forestal en los bosques de
Liberia. La empresa cortaba madera y la vendía en el mercado internacional.
Estuve al mando de unos 600 empleados locales y tenía toda la concesión
maderera en el sur de este país africano. Viví allí entre 1998 y 2002, es
decir, entre dos guerras civiles que fueron muy devastadoras para ese país. Por
esa razón, las infraestructuras estaban muy dañadas y, por ejemplo, para
recorrer 200 kilómetros se necesitaban ocho horas.
Cuando dejé la
rama de Liberia, al comenzar la segunda guerra civil en el país, me quedé en el
grupo hasta 2007, pero en una empresa de cosmética. Fue en ese
momento en que pasé a un grupo de empresas que, entre otras, tenía una dedicada
a la distribución y venta de cigarrillos en África del Oeste donde permanecí
hasta mi definitiva jubilación en 2022.
Dices que
estuviste en Cuba en 2017. ¿Fue tu primer viaje? ¿Hubo otros? ¿Qué impresiones
tuviste?
Fue el primer y
único viaje 57 años después de mi salida. Se trataba de un viaje familiar
porque nuestro único hijo Alberto, nacido en 1986 y fallecido en 2023, quería
que lo llevara al sitio en que yo había nacido y que recorriéramos juntos los
lugares relativos a mi historia familiar.
Hice el viaje con
él, mi esposa Chata y mi nuera Blanca Elosua. Estuvimos dos semanas. Primero nos
alojamos en el hotel Central de La Habana, administrado por el grupo español
Iberostar y, después, recorrimos un poco la isla. Por supuesto, fuimos al Cerro
y vi el destrozo de casa que es lo que queda de la nuestra. Había sido
transformada en casa comunal o como se dice en Cuba “solar”. Lo curioso es que
los que hoy viven en esa casa poseen títulos de propiedad firmados por uno de
mis ancestros, el marqués de San Miguel, fallecido hace casi un siglo. Me
pregunto cómo pudo revivir el marqués para firmarles el título, si cuando mi
padre se fue de la isla en 1965 su ancestro había fallecido medio siglo antes.
Toda la casa estaba llena de barbacoas y los suelos desbaratados. Incluso el
patio, que era enorme, había sido amputado de buena parte porque las monjas
colindantes cuando vieron que nosotros nos habíamos ido debieron extender el
patio de su convento, ya que la mata de mangos que estaba en el nuestro ahora
está en el de ellas. En La Habana fuimos recibidos también en la residencia del
embajador de España quien nos convidó a un almuerzo.
También viajamos
a Oriente, a La Perla, la famosa colonia de Alto Songo, al pie de la sierra
Maestra, que fue propiedad de mi padre y sus abuelos. Llegamos allí mapas y
planos en mano porque, de lo contrario, era imposible encontrar las tierras. De
la casona y las instalaciones de otros tiempos no queda absolutamente nada. Por
suerte, conservaron el nombre y es así como se llama todavía la comunidad
campesina que existe en ese lugar. Tampoco encontramos a nadie que reconociera
a nuestra familia, excepto una vecina de la colonia aledaña que era
descendiente de los antiguos propietarios. En ese viaje también estuvimos en El
Cobre, en Trinidad, en Cienfuegos.
¿Qué
impresiones tuviste?
El pueblo nos
pareció encantador. Mi esposa, española de pura cepa, lo consideró un viaje
precioso. Pero para mí, en general, todo fue de una enorme decepción visto el
destrozo generalizado y la situación económica. Eso sí, la gente me pareció muy
viva y también muy capaz. Me impresionó ver realmente cómo sabían buscarse la
vida. En una época acaricié la idea de invertir un día en Cuba, pero dada la
situación actual y lo que vi, ¡ni pensarlo!
Madrid, primavera de 2026









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