Entrevista a Miguel Núñez Lawton / por William Navarrete
Entrevisto al economista y experto en deuda externa Miguel Núñez Lawton
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Como fue el
caso de muchos de mis ancestros exiliados me gustaría regresar un día a una
Cuba libre
(El escritor
William Navarrete entrevista al economista y experto mundial en deuda externa
Miguel Núñez Lawton)
Quien me habló
recientemente de Miguel Núñez Lawton fue Alberto Bousquet Alfonso, al que
entrevisté recientemente en Madrid y con quien tiene lazos de parentesco. Luego,
a medida que fuimos avanzando en nuestra conversación fueron aflorando
personajes que ambos hemos tenido como amigos en común en diferentes momentos
de nuestras vidas. Recordando cuentos y anécdotas que tenía olvidadas me vino a
la memoria que de Miguel ya me habían hablado antes mis amigas Regina Maestri y
su hija Regina Behrens, quienes compartieron con él no pocos momentos cuando
vivían todos en Washington y frecuentaban la colonia de exiliados cubanos de la
capital estadounidense en la década de 1970.
La historia de
Miguel es la de cientos de niños cubanos que salieron de la Isla en los
tormentosos años de principios del castrismo y que vivieron en diferentes
latitudes, entre colegios internados y casas de parientes, hasta que sus
propias familias pudieron restablecer la estabilidad de los hogares
desmembrados por el exilio o, simplemente, encausar sus vidas.
Como casi todos
los que forman parte de esta serie de entrevistas, también Miguel supo crecer
en otra tierra, integrarse a su nueva vida y renacer como el ave fénix después
de tantas pérdidas.
Cuéntanos de
tus padres, abuelos, y de sus orígenes
Mi padre fue
Miguel Núñez Cancio, quien había vivido en Washington, una ciudad en que se
habían quedado exiliados sus padres tras la caída del gobierno de Gerardo
Machado en 1933. De modo que él vivió y estudió hasta el final del bachillerato
en la capital de Estados Unidos y luego se fue a vivir a La Habana, a casa de
una tía, en el momento en que comenzó la Segunda Guerra Mundial, pues no quería
verse implicado en nada militar.
Mi abuelo paterno,
Bernardo Núñez Portuondo, provenía de una familia muy implicada en la política
cubana desde que sus propios padres, el mayor general de las guerras de
independencia Juan Emilio Núñez Rodríguez y Dolores Portuondo Blez, vivieron
exiliados en Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX. Mi
bisabuelo era veterano de las tres guerras: la de los Diez Años (1868-1878), la
Guerra Chiquita (cuando no aceptó el Pacto de Zanjón) y la de 1895 que condujo
a la independencia. Entre la segunda y la tercera estudió en la Universidad de
Pensilvania y se hizo cirujano dental en Filadelfia, desde donde organizaba
expediciones y el envío de armas necesarias para la guerra. Conoció a José
Martí y conservo una carta de puño y letra del apóstol desde la editorial La
Edad de Oro en Nueva York comunicándole el envío de dos ejemplares del libro
homónimo, uno de ellos para mi abuelo Bernardo que era niño. Por sus
implicaciones en la política anticolonial mi bisabuelo regresa a la Isla antes
de la instauración de la República y se convierte en gobernador civil de La
Habana en 1899, y en la primera persona en izar la bandera el 20 de mayo de
1902 en el castillo del Morro. También fue vicepresidente del Gobierno de María
García-Menocal. Excepto una hija, todos los que tuvo con mi bisabuela Dolores,
incluido mi abuelo Bernardo, nacieron en exilio, en Filadelfia.
Con semejante
pedigrí político, mi abuelo Bernardo heredó de su padre las inclinaciones por
la política y formó parte del cuerpo diplomático de Gerardo Machado en Estados
Unidos. Es por eso que decidió quedarse exiliado en Washington tras la caída de
su gobierno en 1933. Allí vivirá por el resto de su vida, con su esposa María
Cancio Sánchez-Toledo, mi abuela. Bernardo falleció en la capital de Estados
Unidos, durante su tercer exilio, en 1967.
¿Y por tu
lado materno?
Cuando mi padre
se va a Cuba, conoció a mi madre, Silvia Lawton Alfonso y se casa con ella en
La Habana en 1946. Mi madre era catedrática y profesora de lengua inglesa en la
Universidad de Santo Tomás de Villanueva, al oeste de La Habana.
Mi madre era la
hija de Guillermo Lawton de Armas y Dulce María Alfonso del Junco. A mi abuelo
Guillermo no lo conocí, pero mi abuela Dulce vivió hasta los 104 años de edad y
falleció exiliada en Nueva York, a donde llegó cuando salió al exilio con su
suegra Mercedes y hasta con su gata negra.
Este abuelo
Guillermo (William en inglés, pues era de origen norteamericano, aunque nacido
en Cuba en 1899) era hijo de William Wallace Lawton Green, un ingeniero
norteamericano de padre neoyorkinos, también nacido en Cuba, en donde hizo los
planos, en 1900, del reparto Lawton, al sur de la capital cubana, y en donde
tenía una hacienda llamada El Tejar. En La Habana se casó con Mercedes de Armas
del Río Noguerido, la abuela de mi madre.
¿Cómo
transcurre tu infancia en Cuba hasta tu salida del país?
Nací en El
Vedado, el 8 de febrero de 1949. Vivíamos en la calle 19 N° 1008 entre 10 y 12,
en el mismo edificio en que estaba el apartamento de mis abuelos maternos y muy
cerca de la esquina de 23 y 12 y el cementerio Colón. Cursé mis primeros
estudios en el colegio Columbus del Vedado y, luego, comencé los secundarios en
el colegio de Belén, en el que obtuve varios premios de excelencia y del fui
miembro del coro con el que llegaùos a grabar un disco en los estudios de la
CMQ.
Mi infancia
transcurrió como la de casi todos los niños cubanos de familias acomodadas. Recuerdo
haber estado en Varadero y en Cárdenas, también en las cuevas de Bellamar y, en
una ocasión, acompañé a madre a Pinar del Río, en donde ella tenía que impartir
unos cursos y nos alojamos en el hotel más antiguo de la ciudad.
De niño, uno de mis
amiguitos de juegos fue Fidelito Castro Díaz-Balart, el primogénito del
dictador, con quien jugaba con frecuencia en la casa en donde vivía en el
reparto de Tarará con su madre Mirtha y su padrastro Emilio Núñez Blanco.
O sea, que
estás emparentado con esta familia…
Indirectamente.
La madre de Fidelito era Mirtha Díaz-Balart Gutiérrez quien, al divorciarse de
Fidel Castro, se casó con Emilio Núñez Blanco, hijo del abogado, político y
diplomático Emilio Núñez Portuondo, hermano de mi abuelo paterno Bernardo que,
como ya dije, vivía en Washington. En realidad, con quien estaba emparentado
directamente era con el padrastro de Fidelito, por ser éste un primo hermano de
mi padre.
A modo de
anécdota te puedo contar que en 1959 Fidelito tuvo un accidente de automóvil
bastante aparatoso y lo hospitalizaron en el hospital militar del antiguo
cuartel de Columbia, en Marianao. Y como éramos amigos de juegos, él reclamó mi
presencia y hasta allá me llevaron a visitarlo durante su convalecencia. Allí se
encontraban su madre, su padrastro, además de Raúl Castro y su esposa Vilma
Espín, una pareja que me pareció de lo más famélica por lo muy delgados que
eran ambos. Fue Raúl quien me dijo que quería presentarme a alguien y me llevó
a la galería techada del hospital en donde estaba fumándose un tabaco el Che
Guevara, y conversando con Celia Sánchez Manduley, de quien se decía entonces
que era la amante de Fidel Castro. Total, que el Che me preguntó quién yo era y
le contesté.
De más está decir
que después de mi salida de Cuba, un año después, nunca más volví a ver Fidelito.
A Mirtha Díaz-Balart sí seguí viéndola después en Madrid, en donde vivía
exiliada ya con las dos hijas que tuvo con nuestro primo Emilio.
¿Qué
recuerdos tienes de tu salida de Cuba y en qué condiciones tiene lugar?
A mí me mandan
solo a Washington, a vivir con mis abuelos paternos. Salí de La Habana en
agosto de 1960 y recuerdo que mi abuela materna lloraba en el aeropuerto cuando
fue a despedirme y yo no entendía muy bien la razón. Mis padres se quedaron en
Cuba y, en octubre de ese mismo año, salieron rumbo a Miami, en donde me
encontré con ella para instalarnos en Río de Janeiro, pues mi padre había
conseguido un buen contrato en lo que él hacía. Ellos vivieron allí durante 30
años y fue en esa ciudad, en un accidente automovilístico y por no usar el
cinturón, que falleció en 1968 mi hermana Silvia, la mayor.
Así fue como
llegamos todos a Brasil y empezamos a vivir en Copacabana. Pero mi madre quedó
embarazada y decidió regresar a Cuba para que su cuñado, el Dr. Ricardo Núñez
Portuondo la asistiera durante el embarazo. Al parecer, ella tenía una fe ciega
en él, pues en realidad era uno de los mejores cirujanos de todo el país.
Entonces, como ya
no teníamos casa en Cuba, mi madre se instaló en la de su tío materno Eduardo
Alfonso del Junco y su esposa Carmelina Guzmán Rodríguez-Ojea, en la calzada
del Cerro, mientras nosotros nos quedamos en Brasil. El caso es que mi hermana
Nair Cristina nació en La Habana en agosto de 1961, y mi madre vivió en la Isla
durante la invasión de bahía de Cochinos. Siempre contaba les hicieron
registros que hicieron los milicianos en la casa de sus tíos buscando armas o
cosas comprometedoras. Al final, con muchas dificultades, logró salir con mi
hermana pequeña en 1962 y reunirse con todos nosotros en Río de Janeiro.
¿Estudiaste
en Brasil?
Sí, en el Our
Lady of Mercy American School, un colegio norteamericano de enseñanza católica,
fundado en 1951 en el barrio de Botafogo. Allí cursé del séptimo grado hasta el
segundo año de bachillerato. Fue en ese momento en que aprendí el portugués
porque por leyes del Estado brasilero su aprendizaje era obligatorio. Fue algo
que me fue de mucha utilidad en mi vida profesional porque era uno de los pocos
que hablaba esta lengua cuando empecé a trabajar para Naciones Unidas y para el
Banco Mundial.
Luego, me
enviaron a Nueva Jersey, a cursar mi bachillerato en la Lawrenceville School,
un colegio preparatorio privado en la localidad de ese nombre cerca de Trenton,
a donde llegué solo y sobreviví inicialmente gracias a Ernesto Mejer Sarrá, un
amigo cubano que me ayudó mucho al principio. Su abuelo materno era el dueño de
la célebre farmacia Sarrá, fundada en La Habana en el siglo XIX por su
bisabuelo catalán.
Hay que saber que
en mi época los anglos no aceptaban a los latinos y menos si, como yo, hablaban
mal el inglés. La vida era bastante dura entonces y yo era un alumno interno del
colegio hasta que me gradué en 1967 y empecé mis estudios universitarios. Eso
sí, durante las vacaciones viajaba siempre a Río de Janeiro para reunirme con
mis padres y mis hermanas.
¿Qué
estudiaste entonces?
Cuando terminé
Lawrenceville empecé a estudiar Business Administration, además de dos
años de Economía, en la Universidad Georgetown, de Washington. Los dos primeros
años viví alojado en la misma universidad y, luego, durante siete años en la
casa de Graciela Cancio Rodríguez, prima hermana de mi padre por ser hija Ignacio
Cancio Sánchez-Toledo, tío materno de éste.
De esa época
datan mis relaciones con la comunidad de exiliados cubanos en la capital de
Estados Unidos, entre los que figuran tu amiga Regina Behrens, que tenía un
restaurante llamado La Gitana muy cerca de la Casa Blanca junto a su marido
andaluz Antonio, y también de su madre Regina Maestri y muchos cubanos más. En
cuanto me gradué en 1971 empecé a trabajar para el Banco Mundial, cuya sede se
encuentra en Washington.
De modo que
te quedas entonces en Washington…
Durante 24 años y
hasta que me retiré trabajé para la sección de Economía y Desarrollo del Banco
Mundial. Como hablaba correctamente español, inglés, francés y portugués me
enviaban por todo el mundo y, gracias a esto, pude conocer gran parte de África,
Asia y América.
Mi primera misión
africana fue en Bamako, la capital de Malí, que me impresionó mucho porque
tenía mucha influencia musulmana y era la primera vez que oía el llamado a los
rezos desde las mezquitas. Recuerdo que la primera noche al oír aquel llamado
me asomé al balcón del hotel y me encontré con todo el mundo arrodillado en el
suelo en medio de la calle, rezando en dirección de La Meca. También participé
en la primera negociación de la deuda externa de África en 1985, que tuvo lugar
en Senegal y por esa razón tuve que vivir varios meses en Dakar. En realidad,
Senegal era más desarrollado que otros países del continente porque allí habían
estado los franceses y subsistían muchas cosas construidas por Francia allí.
En 1989, viví un
año y medio en Manila, la capital de Filipinas con un proyecto de Naciones
Unidas para establecer la conferencia de economía y de desarrollo con el tema
de la administración de la deuda. Me nombraron asesor de la tesorería del
gobierno de Manila. Estando allí me agarró uno de los intentos de golpe de
Estado al gobierno de Corazón Aquino y nos tuvieron que evacuar de la zona en
que vivía porque la oposición la ocupó y hubo tiroteos todas las noches, e
incluso llegaron a matar a alguien del edificio al lado del mío. Total, que nos
llevaron a un hotel y durante una semana estuvimos allí esperando a que pasara
el golpe que, finalmente, no triunfó. Por supuesto, después de esta experiencia
ya no quise que me prorrogaran el contrato, a pesar de que sí viví experiencias
positivas como conocer buena parte del Lejano Oriente. Durante mi misión
filipina fui testigo de cómo los préstamos para el desarrollo de la nación los desviaba
para beneficio propio Imelda Marcos, quien había sido la Primera Dama del país
entre 1975 y 1986 y también había ocupado el cargo de gobernadora de Metro
Manila.
Fue una época muy
interesante de mi vida pues también fui nombrado director tesorero de la junta
de amigos del Art Museum of the Americas, el más antiguo de arte moderno y
contemporáneo de América Latina y el Caribe, que es parte de la Organización de
Estados Americanos (OEA), con gran cantidad de obras de muchos artistas del
continente que hoy se consideran maestros del arte latinoamericano como Cándido
Portinari, Roberto Matta, Amelia Peláez, José Luis Cuevas, Jesús Rafael Soto,
Joaquín Torres-García, Alejandro Obregón, Carlos Cruz-Díez y muchos más.
¿En qué
momento te instalas en Miami y por qué razones?
Ya en diciembre
de 1995, cuando me instalé en Miami, me encontraba retirado del Banco Mundial,
pues aproveché que hubo una propuesta de jubilaciones anticipadas para dejar la
institución. En ese momento ya el tema de la deuda externa no interesaba a
nadie y quería, además, acercarme a mis padres quienes habían dejado Brasil después
de treinta años de vida en Río.
Aún retirado me
invitaron en 1998 a instalar el sistema de deuda externa en Luanda, Angola, pues
sabían que yo hablaba portugués y me necesitaban porque, además, era experto en
este tema. Ya yo había estado en Luanda en misiones del Banco Mundial y allí me
conocían. Pero en esta ocasión me tuve que quedar seis meses y recuerdo de
noche todavía se oían los tiros de los rebeldes en contra del Gobierno. Había
que tener mucho cuidado cuando salíamos de la ciudad porque había campos
minados en los alrededores de la capital. Durante a esa estancia conocí a
varios cubanos que seguían viviendo allí, en incluso había un hospital
administrado por médicos cubanos. De hecho, cuando me enfermé puedo decir que
me trataron muy bien.
Pero volviendo al
tema de Miami, puedo decir que cuando me mudé solo había estado una vez en esa
ciudad, cuando me quedé en casa de mi amigo Guillermo Martínez. Pero apenas me
instalé, mi amiga María Antonia Espí Morales, cuyo padre Rosendo Espí Artega
había sido secretario particular del cardenal arzobispo de La Habana y a quien
conocí en la colonia de exiliados de Washington, trabajaba para una compañía de
cruceros en el puerto y me animó a que hiciera lo mismo, pues en realidad con
47 años y retirado me iba a aburrir si me quedaba en la casa. Así fue como
desde 1996 trabajo para la Carnival Cruise Line, en el puerto de Miami, en todo
lo que tiene que ver con logística y recepción de pasajeros.
Por supuesto, en
Miami me he vinculado a otras actividades y estuve durante muchos años en la
junta de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami porque mi tío
Ricardo era socio fundador y me incitó a que me incorporara a esta institución.
Queda
siempre como última pregunta si has regresado a Cuba y en caso de que no lo
hayas hecho, por qué
Nunca regresé.
Llevo 66 años sin ir. Pero puedo decir que recuerdo muy nítidamente todo lo que
vi y viví durante mi infancia e incluso los acontecimientos que precedieron a
la revolución de enero de 1959. Mi madre sospechaba lo que iba a pasar, de modo
que no vaciló un minuto en irse cuando a mi padre le propusieron el trabajo en
Brasil.
Por otra parte,
no tengo absolutamente ningún familiar en Cuba, de modo que no tengo razón para
ir. Pero, quién sabe, todo parece indicar que ahora las cosas se mueven en la
dirección tan esperada, es decir, hacia el fin de ese régimen y en la
posibilidad de que podamos, al menos de visita, regresar algún día al país. Y,
por supuesto, como fue el caso de muchos de mis ancestros exiliados me gustaría
regresar un día a una Cuba libre.
París-Miami, mayo
de 2026










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