Entrevista al bailarín y vestuarista Manuel Yánez Herrera - por William Navarrete
Una entrevista que tenía pendiente hacer y, después de hecha, subir al blog: la del bailarín y vestuarista Manuel Yánez Herrera de larga vida en París.
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“Con la de
buches amargos que tragué hasta mi salida, a Cuba no regreso ni muerto”
(El escritor
William Navarrete entrevista al bailarín y vestuarista Manuel Yánez Herrera)
Debo haber
conocido a “Manolo” Yánez, como todos lo llamamos, a finales de la década de
1990 en casa de Regina H. Maestri, otra cubana del exilio de París. Con él
compartíamos su afición por la danza y el mundo del espectáculo porque, en ese
entonces, no se perdía una sola revista musical en los teatros y nos mantenía
siempre informados de todo lo que estaba sucediendo en las tablas de la capital
francesa.
Manolo siempre
tuvo muchísimas habilidades para la creación de vestuarios y recuerdo que,
cuando Latifa Al-Sowayel, nieta saudí de Regina H. Maestri, diseñó junto a su
madre un espectáculo que recordaba el papel de algunas reinas que habían
marcado la historia de la humanidad en diferentes épocas, recurrió a las
expertas manos de Manolo para componer y preparar los lujosos trajes con que
desfilaron, el 10 de marzo de 2010, diecisiete “reinas” en el teatro del
Instituto del Mundo Árabe en París. A aquel espectáculo a sala llena asistieron
desde Claudia Cardinale y Penelope Fillon (esposa del entonces primer ministro
de Francia) hasta las esposas de muchos de los embajadores extranjeros en el
país.
Siempre cordial y
preocupado por sus amigos, Manolo ha sido durante años alguien muy entrañable
para todos. Lo entrevisté en el apartamento de la avenida de Flandes, en París,
en que vivió por varias décadas hasta el año pasado. Mejor que sea él quien nos
cuente, a grandes rasgos, su larga vida profesional, los recuerdos de Cuba y su
más de medio siglo de exilio.
Como todos
los entrevistados me gustaría que nos contaras algo sobre tus orígenes
Nací el 25 de
julio de 1935 en el barrio de La Víbora, en La Habana. Mis abuelos paternos
eran canarios y vivían en Caimito. Mi padre, Manuel Yánez Simón, nació en
Canarias, pero sus padres ya habían estado en Cuba anteriormente y él nació
durante un viaje de éstos a Gran Canaria que era la isla del archipiélago de
donde provenían.
Mis abuelos
paternos vivían en una finca llamada Las Merceditas, que se encontraba en el
término municipal de Caimito de Guayabal, en la llanura habanera. En total eran
ocho hermanos (tres varones y tres hembras). Todos se fueron del país tras los
acontecimientos de 1959 porque les intervinieron las fincas que tenían. Por
suerte, a mi padre no le dio tiempo ver el robo de las propiedades por parte
del gobierno castrista porque falleció en 1952, antes de la gran hecatombe
nacional.
Por otra parte,
mi madre, Candelaria Herrera Serpa, era notario y nació en 1908 en Cuba. También
era hija de un canario y de una cubana llamada Candita Serpa. Mi abuelo
materno, Juan Herrera, había venido del archipiélago huyendo porque su familia
quería meterlo en un seminario para que se hiciera cura. Mi madre falleció en
París en el año 2000, a los 92 años, pues salió al exilio conmigo, vía Madrid,
antes que nos estableciéramos definitivamente en Francia.
Mi padre fue
vendedor de tabacos a escala comercial y exportaba este producto hacia Estados
Unidos. Esa es la razón por la que de niño pude visitar Canarias, Venezuela y
Estados Unidos, pues disfrutábamos de holganza económica. Cuando falleció, mi
hermano Armando, mis dos hermanas y yo, empezamos a cobrar una renta de cuatro
mil pesos anuales, una pequeña fortuna en la Cuba de aquellos tiempos.
¿Qué
recuerdos tienes de tu infancia?
De niño pasaba
temporadas en Caimito. Recuerdo que había varias familias canarias, como los
Taño y los Pestoni, que eran floricultores y a cuyas casas íbamos para comprar
las plantas y los injertos con los que mi abuela adornaba el jardín de nuestra casona
familiar. Un jardín de mi abuela precioso, por cierto. En Caimito tenía un
rosario de primos con los que iba pedaleando con nuestras bicicletas hasta el
caserío de Guachinango, pues allí había una guarapera y nos encantaba beber el
delicioso néctar de las cañas que vendían.
Pero en la
capital vivíamos en Santos Suárez n° 18 entre Diez de Octubre y Rabí, barrio de
La Víbora. Recuerdo que el tranvía pasaba todavía por delante de mi casa y que a
tres cuadras se encontraba entonces la célebre dulcería La Gran Vía, cuyo cake
de nata es inolvidable.
¿Y en
cuanto a tu escolaridad?
Estudié la
primaria en una escuela pública de la calle Flores, muy cerca de mi casa. Luego
en una escuela privada. En realidad, nunca me mandaron a colegios católicos
porque en mi familia nadie practicaba. Llegué a hacer la comunión porque una
tía me prometió comprarme un traje si la hacía. Y, por supuesto, acepté.
Me incorporé muy
pronto a la vida laboral, a partir del 25 de julio de 1950, y apenas cumplidos
los 15 años. Fue en ese momento en que empecé a trabajar en la farmacia
Cartaya, sita en Santos Suárez y Rabí, en La Víbora, propiedad de una prima de
mi madre llamada Celia Cecilia Cabrera. Lo que sucedió es que no lograba aprobar
la asignatura de Matemáticas, una condición para que uno pudiera presentarse al
examen de admisión para el bachillerato que hubiera tenido que cursar en el
Instituto de la Víbora y que no hice. En general tenía muy buenas notas,
excepto en esta asignatura. Fue así que me fui a trabajar a la farmacia porque
la prima, al ver mis dificultades con esa materia, me dijo que para la farmacia
no era necesario que pasara el bachillerato.
Pero tengo
entendido que te hiciste bailarín. ¿Cómo lo lograste?
En la farmacia de
esta prima había clientas muy amables. Como yo trabajaba en la parte dedicada
al laboratorio, que era el sitio en que se preparaban las fórmulas y los
ungüentos, un día me pidieron que le llevara la insulina a una clienta que la
necesitaba porque el mensajero terminaba su trabajo a las 6 de la tarde y yo era
el único que estaba disponible a esa hora en la farmacia.
Resultó que la
clienta en cuestión vivía al lado del conservatorio de danza de Belascoaín, un
mundo que desconocía por completo y que, a partir de ese momento, me fascinó.
Fue como una revelación, de modo que empecé a estudiar danza poco después. A
esto debo añadir que admiraba mucho el ballet y no me perdía las funciones del
Auditórium pues la prima Celia Cecilia tenía una suscripción y como no tenía
tiempo dejaba que yo asistiera en su lugar.
La primera persona
que me incitó a que cursara estudios en ese conservatorio fue una tía que era
pianista. Cuando puse por primera vez los pies en aquel sitio vi que había un
anuncio mediante el que solicitaban bailarines. Entonces, como tenía problemas
de gaguera, ya que de niño me había atropellado un carro en la misma calzada de
Diez de Octubre y debido a aquel choque me había quedado con este defecto de
locución, me dije que para bailar no hacía falta hablar. ¡Acababa de encontrar la
solución de mi vida!
¿Entonces
dejas la farmacia?
Tras la muerte de
mi padre puede dejar la farmacia, pues ya tenía suficiente dinero para ser
independiente. Empecé entonces mis clases de ballet con Josefina Elojice, en
una época en que no existía la compañía del Ballet Nacional. Mi maestra era muy
amiga de Carlota Pereira, alguien que se ocupaba de los grupos de bailes que
animaban programas del Canal 4 de televisión, que quedaba cerca de la colina universitaria.
Esta señora un día la llamó pidiéndole bailarines pues necesitaba sustituir a
uno de los que bailaban en sus programas. Fue gracias a Carlota que obtuve una
beca en 1954 que me permitió empezar a bailar para la televisión.
¿No había
una escuela de ballet en La Habana?
En ese momento la
escuela de ballet estaba en Quinta y E, en El Vedado, pero no tenía nada que
ver con la que Alicia Alonso creo tiempo después. La propia Alicia se
encontraba con Fernando y Alberto Alonso en Nueva York y solo venía de vez en
cuando a bailar a Cuba, como cuando lo hizo en el estadio de béisbol del Cerro,
a donde fui a verla.
A la escuela de
la que hablo iban todos los bailarines de la televisión para recibir clases.
Estuve asistiendo hasta 1959 e, incluso, recuerdo que pasé todo el año de 1957
asistiendo a los cursos de Cuca (Blanca María) Martínez del Hoyo, la hermana
olvidada de Alicia Alonso, a las clases que ella impartía en su academia de
calle 19 y que sí tenían que ver directamente con Alicia. Por cierto, Cuca
terminó exilándose después del desastre de 1959 y tengo entendido que murió en
Miami, donde fundó su propia academia de baile y nunca más volvió a ver a la
hermana a la que tanto ayudó.
¿Qué
recuerdos tienes del triunfo de la revolución en 1959 y en qué medida esto
influyó en tu carrera?
Después de 1959,
como las leyes revolucionarias no permitían que tuvieras dos casas en la
ciudad, nos mudamos para la casona familiar que teníamos en Santa Irene entre
Rabí y San Indalecio, y que luego de nuestra salida de la Isla se derrumbó por desidia,
descuido y falta de mantenimiento. Esta casa la había comprado mi abuelo en
1906, como otra que teníamos en la calle Serrano y que, por suerte, pudimos
vender en 1955 antes de que nos la robaran.
Después del
triunfo de la llamada revolución en 1959, me presenté a una audición que hizo
Ramiro Guerra un año después para formar parte de la Compañía de Danza Moderna
del Teatro Nacional de Cuba. Me aceptaron y empecé a bailar en los diferentes
ballets que la compañía montó como Mulato, una coreografía del propio Ramiro
Guerra.
¿Empiezas a
bailar entonces de forma profesional?
En efecto. En
1961 salí de gira con la compañía por Europa. Fue mi primera estancia en París,
en donde bailamos durante el Festival de Teatro de las Naciones, en el teatro
Sarah Bernhardt o teatro de la Ville, en el de l’Etoile (cerca del Arco de
Triunfo), que ya no existe. La gira continuó después en Tiflis, la capital de
Georgia; Ereván, la de Armenia, Uzbekistán, Moscú, Varsovia y Berlín, cuando
todavía no habían levantado el muro que cortó a la ciudad en dos, pues lo erigieron
después, en agosto de ese mismo año, y nosotros estuvimos poco antes. Los tres
ballets que bailábamos con esta gira fueron Suite yoruba, La Rebambaramba
y Rítmicas, todos de Ramiro Guerra.
¿No se te
ocurrió entonces quedarte fuera de Cuba?
No me quedé fuera
por dos razones. La primera, porque tenía a mi madre en Cuba y no quería
abandonarla. La segunda, porque le había prometido a mi hermano Armando que
regresaría ya que él había tenido la polio cuando niño y estaba a la espera de
poder operarse.
Pero las
consecuencias políticas de aquella gira de seis meses no tardaron, pues le quitaron
a Ramiro Guerra, por razones desconocidas, la dirección de la compañía y por
eso decidí salir yo también aprovechando de que me habían propuesto entrar en
la de Manuel de Grandy para participar en la Cecilia Valdés que se
estrenaría en el teatro Payret, en diciembre de 1961. Unos meses después bailé
en un musical llamado Las vacas gordas, de Abelardo Estorino, en el
Teatro Musical de La Habana que acaba de fundarse en el Gran Teatro de La
Habana, actual García Lorca.
¿En qué
momento entras en el Ballet Nacional de Cuba?
En 1963 entré en
la compañía nacional por concurso y como parte integrante del cuerpo de baile. Vale
la pena decir que a Alicia Alonso nunca se le veía el pelo, pues solo asistía a
la générale (el último ensayo antes de la puesta).
Quienes en
realidad nos entrenaban para cada ballet eran Alberto Alonso y el ruso Azari
Plisetski, el hermano de Maya. Nuestro profesor era José Pared, a quien
llamábamos “Muñeca” por la manera en que se solía pararse en puntas, lo mismo
cuando hablaba que cuando daba clases.
¿Volviste a
viajar al exterior?
Con el Ballet
Nacional recorrí todo el país, e incluso la isla de Pinos, pero nunca me dejaron
participar en las giras internacionales porque un tal Reidiel Torres, a quien
llamaban “Bobby”, que yo consideraba amigo, era quien se ocupaba de hacer
informes contra mí. Esto, por supuesto, no lo sabía en ese momento, sino que me
enteré mucho después gracias a uno de los bailarines que se exiliaron más tarde
en París cuando ya yo estaba instalado en la capital francesa.
¿Pudiste
seguir en el Ballet Nacional hasta tu salida de Cuba?
¡Qué bien se ve
que no tuviste que vivir aquella década de 1960 en Cuba! En 1967 me expulsaron
del Ballet Nacional porque no quise ponerme el uniforme de miliciano ni andar
con un fusil para arriba y para abajo. Ya habían estrenado las siniestras
Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), nombre eufemístico dado a
auténticos campos de concentración reservados a quienes el régimen consideraba
que debían ser reformados por lo que llamaban entonces “desviaciones”. Entonces
me mandaron de castigo a los astilleros de Regla a limpiar barcos. Las UMAP
estaban en pleno apogeo y hacían recogidas en las calles a todos los que ellos
consideraban como antisociales.
Recuerdo una vez en
que iba camino del Auditórium, en la calle Calzada del Vedado, para ver una
función cuando la bailarina y cantante Celina Reynoso me avisó de que ni me
acercara porque de la misma cola del teatro estaban sacando a las personas para
llevárselas presas.
Creo que lo
último que hice en Cuba, profesionalmente hablando, fue un ballet en la plaza
de la Catedral a finales de 1968 con motivo de un torneo internacional de
ajedrez en el que mi amiga, la soprano Sara Escarpenter, participaba como
cantante. Sarah también terminó yéndose del país, rumbo a Nueva York, ese mismo
año y más tarde nos volvimos a ver en París.
¿Cómo
logras salir de Cuba?
En 1972 conseguí
una visa para París, gracias a un amigo influyente. La salida la Isla, como la
de todos los cubanos, fue muy traumática.
El funcionario de
turno que me atendió a la salida me dijo que no podía sacar del país el anillo
que llevaba puesto, y cuando me lo quité se lo echó en su bolsillo
descaradamente y delante de mis ojos. También me obligó a dejar los programas
de ballet que llevaba y otros documentos que tenían que ver con mis propias
actuaciones y mi carrera artística. Al final, después de toda una odisea que
sería muy largo contar, logré salir de aquel infierno junto con mi madre, vía
Madrid, para no volver nunca más a la Isla.
¿Cómo
fueron tus primeros tiempos en el exilio?
En Madrid sólo nos
quedamos un mes. En realidad, hubiera podido trabajar allí, fundamentalmente
para el ballet de la zarzuela, pero me era imposible aceptar las largas giras de
aquella compañía ya que no deseaba dejar a mi madre sola. Fue entonces que decidí
instalarnos en Francia.
Yo siempre había
querido vivir en París, en donde además me esperaba mi gran amiga, la bailarina
Nora Peñalver, casada desde la década de 1950 con un francés. Nora había sido
mi pareja de baile en el ballet La Rebambaramba durante la gira con la
compañía de Ramiro Guerra. La madre de Nora también había sido bailarina y por
eso, de niña, Nora había vivido en París y se había casado muy joven con un
francés. Ella decidió regresar a Cuba en 1958, con sus dos hijas nacidas en
Francia, y allí les agarró el dichoso triunfo de 1959. Cuando Ramiro Guerra
hizo la audición que ya mencioné, Nora también fue aceptada y permaneció el
mismo tiempo que yo en esta compañía, hasta que tras la destitución de Ramiro también
se retiró y se fue a dar clases durante un tiempo. Al final, no pudo más y
abandonó el país con su esposo, sus padres y sus hijas al poco tiempo.
¿Qué
hiciste en París?
En París, trabajé
primero toda una temporada en el teatro Mogador de París con el ballet de
Manolita y Rafael Aguilar, quienes habían iniciado una gira europea con un
espectáculo de danzas nacionales de España. El ballet repasaba el folclore de
la Península y correspondía un poco con la idea de Rafael Aguilar quien, por
cierto, era originario de Ecuador y deseaba fusionar la danza contemporánea, la
clásica y el flamenco. Como el ballet se presentaba en Suiza, aproveché la
oportunidad para pedir el asilo político en Berna, y me lo concedieron inmediatamente.
Esto me permitió seguir trabajando en París con un estatus legal, hasta que pude
adquirir la nacionalidad francesa en 1975.
Luego, entre 1972
y 1978 bailé en el Casino de París, para la revista de la bailarina y cantante Zizi
Jeanmaire primero, la de la cantante y estrella de revistas musicales
martiniquesa Lisette Malidor después y, por último, en la de la cantante y
actriz francesa Line Renaud.
Al Casino de
París pude entrar gracias al bailarín cubano Jorge Lago, que era uno de los que había pedido asilo en
Francia durante aquella famosa gira del Ballet Nacional de Cuba en 1966 cuando diez
bailarines de Alicia Alonso desertaron en París, un auténtico escándalo
nacional en la época. Jorge era bailarín solista y el gran modisto Yves
Saint-Laurent había preparado toda la escenografía y los diseños para que
bailara en 1972 en la revista Le reveil du sultan que se iba a presentar
en este sitio. Jorge fue la pareja de baile de Zizi y la pareja sentimental del
gran humorista francés Thierry Le Luron. Después él se fue a Las Vegas con un
contrato y falleció en Miami en 1984. También Thierry falleció poco después en
Francia, ambos muy jóvenes.
Fue gracias a
Jorge Lago que pude trabajar en la película de Angelino Fons Mi hijo no es
lo que parece, filmada en 1973 en España y protagonizada por Celia Gámez y
Esperanza Roy.
Cuando te
conocí trabajabas todavía en el teatro Châtelet de París. ¿Qué hacías exactamente?
La carrera de
bailarín como sabes no es eterna y las condiciones físicas no siempre
acompañan. Después del Casino de París estuve un tiempo en el cabaret Folies
Bergère hasta que en 1980 entré en el teatro Châtelet como vestuarista, algo
que hice hasta que me retiré.
En el Châtelet
empecé con la revista de la ópera bufa La vie parisienne, de Offenbach.
Era el sombrerero y quien se ocupaba de los vestuarios de todos los actores y
de hacer los arreglos de plumas y otros ornamentos de los trajes. Este trabajo
requiere mucha destreza y los franceses son muy exigentes con la estética del
conjunto y la manera en que todo esto repercute en lo que el público ve desde
la sala. No es un trabajo de ir a buscar la ropa a los trasteros y ya. Al
contrario, la mayoría de las veces tenía que desplazarme a sitios fuera de
París, exactamente a la ciudad de Dreux, que era donde se encontraban y
encuentran aún los grandes almacenes en que se conservan los vestuarios, los
sombreros, los plumajes y los diferentes accesorios, y allí tenía que componer
todo esto de modo que no faltase ni la más mínima pieza.
En total estuve veinte
años trabajando en el Châtelet y cuando decidí retirarme la dirección del
teatro quería que siguiera a toda costa, pero les dije que ya había trabajado cincuenta
años de mi vida, y que era hora de que descansara. Hoy en día, una de las salas
de descanso para los vestuaristas en el teatro tiene una tarja con mi nombre.
A los 90
años sigues en pie y sé que no has perdido tu interés por los espectáculos
musicales y el mundo del arte. ¿Cómo lo logras?
Hasta hace poco salía solo y trataba de no
perderme una pieza. Tengo amigos que me adoran y me invitan constantemente a ir
al teatro. Pero con la edad el ritmo ha ido mermando y ahora lo veo todo
gracias a grabaciones y a la televisión.
Mis amigos se
admiran de lo bien que me mantengo para mi edad y añaden “gracias a Dios”. Yo
siempre les corrijo y les digo que en realidad es gracias a los médicos y a las
pastillitas. En mi vida no he creído en otra cosa que en lo que veo, y a estas
alturas me da igual que cada cual piense lo que le parezca.
¿Y Cuba en
todo esto?
Pues se quedó en
los recuerdos y, por supuesto, con la de buches amargos que tragué hasta mi
salida, a Cuba no regreso ni muerto. Ya es demasiado tarde para echar atrás la
máquina del tiempo y la de Isla se quedó atascada desde el momento mismo en que
empezaron con aquel fallido experimento cuyas consecuencias nefastas han
quedado al desnudo.
París, junio de
2026.












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