Entrevista al empresario petrolero Max Álvarez
Entrevisto al empresario cubanoamericano Max Álvarez, pedropan y exitoso hombre de negocios en el ámbito petrolero.
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Surgí de la
nada, llegué solo y gracias a Estados Unidos me convertí en lo que soy
(El escritor
William Navarrete entrevista el empresario petrolero Max Álvarez)
Conocí a Máximo (al
que todos llaman “Max”) Álvarez Monteverde, exitoso empresario cubanoamericano,
gracias a mi amiga María del Rosario de la Cagiga Cremades, condesa de Revilla
de Camargo, a quien entrevisté anteriormente para esta serie dedicada a cubanos
nacidos antes de 1960 y que partieron al exilio después de esa fecha. Dicha
entrevista la había leído el decorador Juan Luis Líbano, amigo de María del
Rosario, quien le sugirió que contactara de su parte a Max pues consideraba que
reunía los criterios para convertirse en uno de mis entrevistados. Al enterarse
de que estaba pasando una temporada en Miami me envió el contacto y pudimos
todos concretar este encuentro.
De Max Álvarez solo
conocía lo que había leído en la prensa. Su nombre saltó a las redes y
noticieros cuando el presidente Donald Trump empezó a elogiarlo repetidamente destacando su historia
de superación personal como símbolo del sueño americano. Trump ha recalcado que Max comenzó
lavando carros en Miami y logró convertirse en uno de los propietarios de
estaciones de servicio más prominentes de todo Estados Unidos. Max es uno de
los muchos exiliados que la salida de Cuba no le permitió ni siquiera sacar una
fotografía de recuerdo. Todo quedó en la Isla y nunca más volvió.
Dejemos que sea
este cubanoamericano de sorprendente trayectoria quien nos hable de su vida y de
sus valores durante esta entrevista que he realizado en Miami.
Cuéntenos
de sus orígenes familiares y de sus primeros años de infancia
Mi padre, Lucas
Álvarez Cano, era asturiano. Llegó a Cuba a los 18 años en 1924. Fue allí donde
conoció a mi madre, Josefina Monteverde Suárez, nacida en la Isla, pero cuyos padres
eran canarios. En realidad, no conocí a ninguno de mis abuelos, ya que se
habían quedado en España, en donde fallecieron, y no tuve nunca oportunidad de verlos.
Nací en La
Habana, el 10 de junio de 1948, en un hogar en el que ya mis padres tenían a
Dulce María, mi hermana mayor de trece años y a mi hermano Lucas Ricardo que
era intermedio entre ésta y yo. De los tres yo era el menor.
Nuestra residencia
había sido construida por mi padre en el reparto Lawton-Batista, al sur de La
Habana, exactamente en la calle D n° 123 entre 8va. y Porvenir. La casa era
amplia, tenía dos plantas y como era típico entonces el negocio de mi padre se
encontraba en los bajos, en que había establecido su propia bodega después de
haber comenzado en su vida laboral trabajando para otros. Aquella casa la construyó
ahorrando cada céntimo para tener lo suyo. Entonces, en los bajos se
encontraban la tienda y también el almacén, y en la segunda estaba nuestro
apartamento que parecía una casa por lo muy grande que era.
Recuerdo que
cuando yo cursaba el cuarto grado mi padre ya no se ocupaba de la bodega, pues
la había alquilado a otra persona. Entonces se dedicaba exclusivamente a la
distribución de víveres para otros negocios, un oficio en el que tenía mucha
experiencia.
¿Y su
escolaridad?
Empecé el colegio
a los cinco años de edad. Me gustaba tanto asistir a clases que cuando mi madre
me amenazaba con castigarme por alguna travesura el castigo del que hablaba siempre
era no mandarme a la escuela. Por supuesto, eso nunca sucedió. Fui alumno del
colegio de Los Maristas, en La Víbora, un centro educativo que basaba su
enseñanza en la competitividad de cada alumno, en el trabajo y en la sencillez.
Los maristas se habían establecido en Cuba en 1903 y tenían unos diez colegios,
de los cuales el Champagnac era el mío. Todos los alumnos teníamos un boletín
semanal en el que anotaban la puntuación según determinados criterios y notas. Nuestros
padres tenían que firmarlo cada lunes y el mío me había dejado bien claro que
si no estaba entre los cinco primeros de la clase entonces no lo firmaría.
Todo esto para
contarte que de niño aprendí a ser extremadamente competente. Es ésa la
enseñanza que he tratado de inculcar a mis hijos en un país como Estados Unidos
en que dan premios o trofeos incluso cuando no te destacas en nada ni sacas las
notas esperadas.
También la vida
deportiva era muy importante y Los Maristas eran propietarios de un sitio
llamado Villa Marista, en el barrio El Sevillano, que luego el régimen
castrista confiscó y convirtió en la tenebrosa sede de la Seguridad del Estado,
un sitio de torturas contra todo el que disienta del gobierno totalitario
cubano. Pero durante mi niñez aquel lugar era la casa de retiro de los hermanos
maristas y el sitio en donde practicábamos deportes y, en mi caso, el béisbol
todos los sábados. Hasta el sexto grado un transporte del colegio me recogía en
mi casa y me llevaba, ida y vuelta.
En Cuba cursé
hasta el octavo grado, en un momento en que Fidel Castro ya había cambiado el
sistema de enseñanza llamando a esos niveles “secundaria básica”.
¿Qué
recuerdos tiene de Cuba y de su infancia en general?
Cuba era un
sueño. Lo primero era nuestro hogar, muy unido, en que cenábamos todos en casa
juntos y en el que los domingos eran días especiales en los que mi padre
preparaba unos sándwiches fabulosos que compartíamos los cinco. Esto es algo
que he seguido haciendo en el exilio con mi esposa y mis tres hijos.
Los recuerdos que
tengo de Cuba, país al que nunca regresé después de mi salida, se limitan al
balneario Hijas de Galicia, en la playa de Marianao, y a algunas visitas o
excursiones organizadas por los hermanos maristas al valle de Viñales, al de
Yumurí, a Soroa y al Mariel.
¿En qué
circunstancias se produce su salida de Cuba?
En febrero de
1961 mi padre envió a mi hermano Lucas a La Coruña, para que estudiara con los
hermanos maristas de allí. Como mi hermano ya tenía terminada su carrera en
Ciencias Comerciales en la Universidad de Villanueva apenas llegó a Galicia lo
contrataron como maestro. En la época de estudiante universitario, como casi
todos sus compañeros, Lucas había participado con entusiasmo en las
manifestaciones de apoyo a la lucha contra Batista. Pero en cuanto triunfó la
revolución y empezaron a verse las características de la nueva dictadura que se
estaba implantando, pasó a las filas de la contrarrevolución. A mi padre, por
supuesto, le preocupaba mucho la situación de mi hermano y es por eso que
decidió enviarlo a España para alejarlo de los problemas que ya se veían venir.
En mayo de 1961
confiscaron los colegios privados y expulsaron a los curas y monjas de Cuba.
Entonces mis padres decidieron mandarme a La Coruña con mi hermano Lucas, pero
como estaba ya el proceso de la Operación Pedro Pan me arreglaron los papeles a
través de ésta para sacarme vía la Florida y para que, desde Estados Unidos,
pudiera viajar después a España.
Así fue como salí
en el penúltimo barco que zarpó de La Habana un 4 de julio rumbo a West Palm
Beach. Pero las cosas no salieron como esperado y ocurrió una tragedia
familiar. Cuando ya estaba todo listo para que viajara a reunirme con mi
hermano en España se recibió la noticia del fallecimiento de éste en un
accidente.
Me quedé entonces
solo, sin ningún familiar cercano conmigo y a la merced de las instituciones de
la iglesia católica que se dedicaron a acoger a los menores cubanos llegados a
través de la Operación Pedro Pan. Pero si alguien o a algo agradezco todo lo
que hicieron por mí es, justamente, a la iglesia católica, a la que debo
acogido, manutención y mis primeros pasos en la vida de exiliado.
¿Se reunió
enseguida con sus padres y hermana? ¿Cómo fueron esos primeros años en Miami?
Me instalaron en
la casa de acogida San Rafael que quedaba en un motel que le brindaron a
Monseñor Bryan O. Walsh, el organizador de la Operación Pedro Pan, y que se
encontraba en Biscayne Boulevard y la calle 21, frente al sitio que ocupa la
sede histórica de la empresa Bacardí en esta ciudad.
En ese campamento
vivíamos unos 60 muchachos cuyos padres se habían quedado en Cuba. No tenía a
nadie, estaba todo el tiempo internado y tampoco tenía ningún familiar que
viniera a buscarme los fines de semana. En la casa San Rafael nos daban 2
dólares los viernes, pero como yo trabajaba limpiando carros en un sitio que
quedaba detrás de casa a veces tenía reunidos, gracias a las propinas, mucho
más de lo que me daban.
Hasta 1965
estudié en el colegio de La Salle, algo que al principio fue traumático para mí
porque no sé si sabes que en La Habana había una gran rivalidad, sobre todo en el
tema de los deportes, entre los alumnos de Los Maristas (mi colegio cubano) y
los de La Salle. Pero a las seis semanas de estar en mi nuevo colegio clasifiqué
para el equipo de béisbol de La Salle y me fui reconciliando poco a poco con
aquel lugar.
Mis padres
llegaron finalmente de Cuba con mi hermana mayor cuatro años después, en 1965,
pero ya yo había aprendido lo esencial, que era defenderme solo en la vida.
¿Qué pasó
entonces?
Cuando mis padres
y mi hermana llegaron les conseguí un apartamento donde vivir. Costaba 16
dólares al mes con gastos incluidos, y mi padre empezó a trabajar enseguida en
la playa, luego en la cocina del campamento de “pedropanes” en Kendall, después
en otro campamento en Opa Locka y más tarde limpiando un banco. Mi hermana se
puso a trabajar en un supermercado de la cadena Publix, y a mi madre tuvimos
que apoyarla mucho porque después de la muerte de mi hermano mayor en España
nunca se recuperó. De hecho, jamás se volvió a maquillar y nunca más comió pan
con mantequilla por lo mucho que le gustaba a mi hermano Lucas.
En este momento,
en que nos habíamos vuelto a reunir, el Hermano Louis de mi colegio de La Salle
me dijo: “Te voy a mandar lejos de los cubanos, a Carolina del Norte, porque si
no nunca aprenderás el inglés”. Así fue como meses después de la llegada de mis
padres y de mi hermana empecé mis estudios de bachillerato en Belmont Abbey
College, un instituto de ese estado, en donde terminé mi segundo año de
universidad en 1967.
Mi vida durante
ese tiempo se limitaba a estudiar y, como no tenía suficiente dinero para
viajar a Miami durante las fiestas, me quedaba allí. De hecho, recuerdo que,
durante dos años consecutivos, por el día de Acción de Gracias, familias
norteamericanas que ni nos conocían venían a buscar a los que no teníamos a
nuestros seres queridos cerca para que pasáramos con ellos ese día tan
especial. Son cosas de la sociedad norteamericana que admiro mucho. Al menos de
la sociedad de aquellos tiempos.
¿Dónde y
qué carrera cursa en la universidad? ¿Tuvo esta algo que ver con su
desenvolvimiento profesional posterior?
En cuanto terminé
mi segundo año me matriculé en la Universidad Estatal de la Florida, en
Tallahassee, en donde estudié Administración y me gradué con 20 años en 1969,
pero añadí una maestría que terminé en 1970.
A partir del
tercer año de universidad venían a nuestra universidad representantes de
grandes compañías el día llamado “de la Carrera” con el objetivo de reclutar a
estudiantes con perfiles que les interesaban. Me entrevistaba con todos los
representantes que podía y como invitaban a los candidatos a las ciudades en
que radicaban sus sedes me di cuenta de que podía irme los viernes y pasarme el
fin de semana con transporte y gastos pagos durante la estancia, visitando
además otros lugares.
Fue así que, en enero
de 1971, después de haber visitado varias compañías, la petrolera Cities
Service Company (luego llamada CITGO y más conocida por este nombre) me invitó
a su sede en Oklahoma. Me convertí poco después en el representante de mercado
en Miami, al cargo de 19 estaciones de gasolinas en las que me ocupaba
realmente de todo. De esta manera me estrené en el ámbito petrolero.
Tengo
entendido que poco después abres tu propia compañía…
No
inmediatamente. Después de CITGO trabajé para Mobil Oil Corporation de 1973 a
1976, como representante de marketing, esta vez para estaciones de Tampa.
En 1976 dejé el
mundo corporativo y abrí Sunshine Citrus Corporation, mi primera empresa, con
la que me dediqué durante once años al empaquetado y envío de cítricos para
regalos. Tenía una tienda al lado del aeropuerto, pero como en 1987 empezaron a
ampliar la I-95, empecé a buscar un sitio para reubicar mi local. Un amigo que
trabajaba para 7-Eleven vino a verme y me dijo que como durante el verano no se
vendían cítricos, lo mejor era que lo ayudara a vender cuatro estaciones de
gasolina que yo conocía.
Y fueron
las primeras cuatro estaciones del imperio que construirías, poco a poco,
después…
¡Exacto! Me
ofrecí para comprarlas yo mismo, sobre todo porque el precio era muy bajo pues
eran estaciones que nadie quería. Las compré en marzo de 1987 y en unos años ya
tenía unas veinte.
En mis primeras
estaciones yo lo hacía todo junto con otro empleado, desde pintar hasta
atenderlas en los más mínimos detalles. Hoy Sunshine Gasoline Distributors,
nuestra empresa, abastece 605 estaciones de gasolina, de las cuales somos dueños
absolutos de 450. En nuestro negocio no tenemos asociados y trabajan conmigo
mis tres hijos.
¿Se
considera alguien muy poderoso? ¿Un ejemplo a seguir?
Nuestra familia
no mide la riqueza en términos de propiedades y riquezas, sino en la
repercusión que podamos tener y en la influencia positiva en nuestra comunidad.
En 1988 vivíamos en Miami Lakes, y quisimos hacer mejoras en la casa. Entonces
le alquilé la suya a un amigo español que fue un legendario campeón de golf llamado
Severiano Ballesteros, quien era propietario en El Doral. Poco después le
compré esa casa y otra enfrente, y desde entonces hemos vivido en ese mismo
lugar.
No me interesa
mostrarle a nadie mi estatus económico con mansiones o mudándome para sitios
exclusivos. Para mí mi única riqueza es mi familia unida y mi contribución a
organizaciones sin fines de lucro como Pedro Pan Group, la Universidad Estatal
de la Florida y otras de las que soy parte del consejo directivo como The First
Tee, un programa juvenil que busca influir positivamente en la vida de los
jóvenes a través del golf.
Surgí de la nada,
llegué solo y gracias a Estados Unidos me convertí en lo que soy. Nunca tuve
que pagar un céntimo y me dieron todas las oportunidades del mundo para
triunfar. Mi mensaje para los jóvenes de hoy es que estén siempre dispuestos a
trabajar muy duro y que no les falte la fe y la esperanza. Siempre digo que no
permitan que el dinero sea la motivación de lo que hacen. El dinero es sólo un
instrumento para conseguir cambios.
Me casé en
noviembre de 1971 con mi esposa Esther, una camagüeyana que conocí porque vivía
a media cuadra del apartamento que yo había alquilado para mis padres cuando
llegaron de Cuba. Pero nuestra primera hija, Sandra, nació en 1977. Es decir,
esperamos tener una situación estable que nos permitiera afrontar la llegada de
un hijo. Luego, en 1980, nació nuestro segundo hijo, Máximo Ricardo, y en 1986
el último, Eduardo Ricardo. Si te fijas bien puedes constatar la distancia de
fechas entre un hijo y otro. No me explico cómo las parejas pueden ponerse a
tener hijo de forma irresponsable sin tener previamente las condiciones para
recibirlos como se debe.
Ha sido
alguien muy implicado en la política. ¿Qué nos puede decir de esto?
Detesto la
política. Son pocos los políticos que no están interesados en su propio
bienestar. Pero considero que es importante que los ciudadanos nos impliquemos en
el tema y tratemos de influir en las personas que elegimos para que nos
representen.
Nunca me he
asociado a un partido político determinado, sino a la persona que lo
representa. Hoy en día todo se ha polarizado y se han perdido valores
esenciales en lo que respecta a la vida política, el civismo y la ética en
general.
Por otra parte,
mi actividad fundamental, el petróleo, tiene muchos enemigos. Se han inventado
patrañas para engañar a las personas y hacerles creer que todo es la culpa del
calentamiento global. ¡Que vengan a decirme que un terremoto como el que hubo
hace unos días en Venezuela tiene algo que ver con el calentamiento global! Es
lo mismo que con lo de los carros eléctricos. Dicen que es el futuro y toda una
serie de estupideces que responden a otros círculos de interés y de poder para
desviar los beneficios hacia los sectores que a éstos les interesan.
Yo combato enérgicamente
es el intervencionismo del Estado en las decisiones de cada individuo. Si usted
quiere tener un carro eléctrico me parece muy bien. ¡Es su derecho! Lo
insoportable es que con el dinero público se creen lobbies y se invierta para
beneficiar a un sector en detrimento de otro, sin dar oportunidad a que sea la
gente la que decida por sí misma.
¿Invertiría
un día en Cuba?
A mí no me
interesa poner una estación de gasolina en Cuba. La gente que conoce mis
empresas y que me conoce me dicen: “Pronto vas a poder invertir en la Isla”. A
mí lo único que me interesaría es ayudar a los jóvenes cubanos y enseñarles
cómo pueden lograr sus objetivos. Deben aprender que solo dependen de ellos y
no de ningún Estado que los utilice, los adoctrine y los supedite. Y, sobre
todo, les digo siempre que traten de ser los mejores y los más brillante en la
actividad que escojan. Es evidente que el comunismo es muy hábil para
infiltrarse en todas partes disfrazado de muchas formas. ¡Y Estados Unidos no
es una excepción, ni está al amparo de este sistema perverso!
¡Para ayudar a Cuba, tenemos que educarlos con fines de terminar el
adoctrinamiento de más de 60 años! “El fin no justifica los medios”. El cubano
no tiene que depender del Gobierno, el trabajo es la clave del triunfó, los
valores de familia son imprescindibles, etc. Le tenemos que convencer del valor
de ser libres y responsables por nuestras acciones. En fin, mostrarles como yo,
un cubano promedio, pude lograr éxitos por tener la suerte de vivir en un país
libre. Por esto nunca podré terminar de pagar el valor que me brindaron desde
que llegue a Estados Unidos de America ni dando todo lo que he ganado aquí. ¡No
sería ni el 10% de lo que me dieron!
Miami, julio de
2026






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