Entrevista a la poetisa Amelia del Castillo
Entrevisto a la poetisa Amelia del Castillo, poetisa de 106 abriles, durante mi estancia en Miami. Quedé asombrado por su vitalidad y entusiasmo.
Leer en: Entrevista a Amelia del Castillo / William Navarrete / Cubanet
A mis 106 años
soy el conejillo de indias de los médicos
(El escritor
William Navarrete entrevista a la poetisa Amelia del Castillo)
Conocí a Amelia
del Castillo a finales de la década de 1990 en Miami. En esa época yo
pertenecía al PEN Club de escritores cubanos en el exilio, fundado en 1997 y
dirigido por el poeta y exprisionero político Ángel Cuadra. Amelia era asidua a
las actividades de la organización y era parte de su directiva. Participaba
entonces en todos los eventos y, en más de una ocasión, me acompañó junto a
Eyda Machín, poeta cubana establecida en París, al escritor Luis de la Paz, a
la periodista Olga Connor y al propio Ángel Cuadra cuando presentábamos
nuestros libros en el Koubek Center y en la Casa Bacardí de la Universidad de
Miami.
En esa época,
Amelia rondaba ya los 80 años y yo seguía encontrándomela en tertulias y
eventos cada vez que venía a Miami. Como colegas nos tuteábamos. La había
perdido un poco de vista desde hace algún tiempo, pero oí decir que acababa de
publicar un libro de memorias y me quedé sorprendido de saber que vivía aún.
Pregunté su edad y me dijeron que había cumplido los cien. Entonces traté de
entrevistarla, pero siempre surgía algún imprevisto (por mi parte) y no lograba
concretar el encuentro.
Ahora, gracias a
la gestión del escritor Luis de la Paz y de Ernesto Martín del Castillo, hijo
mayor de Amelia, pudimos al fin encontrarnos en el sitio en donde vive al sur
de Coral Way. Fui con mi madre a verla y nos sentamos los tres en la terraza
para realizar esta entrevista. Me asombró la claridad con que Amelia recuerda
todo, la vitalidad de su voz y, sobre todo, el brillo entusiasta de su mirada.
No necesitó ayuda para desplazarse y nos hizo varias demostraciones a mi madre
y a mí de lo bien y rápido que puede incorporarse cuando está sentada. Le
recordó a su hijo un par de veces el libro manuscrito que ya entregó y aún no
le han publicado, y me enseñó en su teléfono móvil el sitio web en donde aparece
su biografía y un resumen de su obra literaria.
Nos hicimos unas
fotos y en un acto de coquetería me dijo: “Mira mis piernas, ni una arruga, ni
una vena”. Y en efecto, las piernas parecen de alguien que tiene menos de 50
años y de ninguna manera más de un siglo como es el caso. “Amelia la inmortal” es
mi entrevista 106 para esta serie y voy a tomarlo como un buen designio, pues
ésa es justamente la edad que tiene hoy.
Cuéntenos
de sus orígenes familiares
Mi padre, Rafael
del Castillo Márquez, regresó de la guerra de independencia de 1894 y fue uno
de los fundadores del Ejército Nacional de la República. Era hijo de Evaristo
Núñez del Castillo y de Conchita Márquez, propietarios de un cafetal Derraigan,
que fallecieron cuando mi padre tenía cinco años de edad, dejando a nueve hijos.
Mi padre fue ayudante de Juan Bruno Zayas y, luego, después de la intervención
norteamericana de 1898 a 1902 coronel del distrito militar de Santiago de Cuba
primero y de Matanzas, después.
Esa es la razón
por la que yo nací, el 14 de junio de 1920, en la llamada “Atenas de Cuba”,
aunque solo viví año y medio en esa ciudad ya que luego nos mudamos para La
Habana, exactamente para la ciudad militar Columbia, en Marianao. En Matanzas,
mi casa natal estaba en la calle Milanés N° 25, justo en frente de aquella en
la que nació el poeta José Jacinto Milanés. Yo digo que fue como una
premonición pues, como sabes, la poesía ha sido, en el ámbito literario, el
género que más he cultivado.
Amelia Rosado
Mojena, mi madre, era de Pinar del Río. En realidad, tanto la familia paterna
como la materna eran de la zona que se extiende entre Santiago de las Vegas,
Alquízar y Pinar del Río. Allí tenían fincas y yo heredé una en Alquízar en
donde nació mi hermana Zula. Mi hermano Rafael escogió la mayor de las
propiedades porque a él sí le interesaba ocuparse del campo. Casi todos estos
recuerdos familiares los he contado en un libro que titulé Detrás de la
memoria.
O sea que,
como Lezama Lima, el cuartel militar de Columbia fue el epicentro de su
infancia y adolescencia…
Y no solo de la
infancia y adolescencia, sino hasta que me casé. Pues allí, en las afueras del
núcleo del cuartel mi padre mandó a construir nuestra casa. Recuerdo las
primeras edificaciones de madera estilo bungalow que construyeron los
norteamericanos durante el periodo de ocupación de 1898 a 1902. A la izquierda
de la entrada estaban las barracas de los soldados y a la derecha las casas de
los oficiales. Y entre ambas, el enorme polígono. Todas estas instalaciones
fueron transformadas en 1933 por edificaciones más convencionales y modernas,
aunque para entonces ya mi padre había construido la casa nueva. Vivimos inicialmente
en un bungalow de madera grande, con portal de barandas y sobre pilotes. Luego,
mi padre mandó a construir nuestra casa y tendría yo unos seis años cuando
quedó inaugurada. Cuando mi padre vio el escudo de los Núñez del Castillo que
el arquitecto, pensando en halagarlo, había colocado en el frontón, le ordenó
tajantemente que lo quitara como pudiera. Por eso el escudo se transformó en
una cabeza de soldado extrañísima con un lagarto que no tenía ninguna
significación, pues mi padre prefería eso a los blasones que le recordaran la
Corona española contra la que había luchado.
Allí, durante
años, me levanté con el toque de diana y me acosté con el toque de queda.
Aprendí entonces lo que era la disciplina militar. En nuestra casa recién
construida pasé el espeluznante y mortífero ciclón del 1926. También me vienen
a la mente la de onomásticos que celebramos allí por los días de San Rafael y
de Santa Amelia, en los que venía hasta el Trío Matamoros para agasajar con sus
sones a mi padre.
¿Qué
recuerdos tiene de sus primeros años de escolaridad?
Los primeros
años, empezando por el kínder, fueron en la escuela del cuartel Columbia,
rodeada de los hijos e hijas de los oficiales. Recuerdo perfectamente cuando,
con 5 años de edad, me le escapé a la manejadora que me cuidaba y me fui con
Joseíto, el hijo del chofer de mi padre, que me llevó a un sitio en donde había
tremenda algarabía. La manejadora se asustó tanto que enseguida le comunicaron
a mi padre mi desaparición y se movilizó todo el cuartel pues pensaban que me
habían secuestrado.
Después, estudié
tres años, hasta 1928, en el colegio de Las Ursulinas, un centro que tuvo mucha
influencia en mí, al punto que conservo en mi cuarto un retrato de Santa
Teresita de Jesús. Mi hermana que fungía casi como madre y estaba casada con el
Dr. Severo Pina, me puso luego en el colegio Sepúlveda. Sus dueñas, Adelaida y
Adelina Sepúlveda, no eran normalistas como casi todas las directoras de
centros educativos cubanos sino auténticas pedagogas.
Me imagino
que recuerda el machadato y la revolución de 1933…
Aunque mi padre
tenía su filiación política definida, como militar respetaba y era leal al
gobernante electo. Cuando Mario García-Menocal fue presidente y hubo la llamada
“Guerrita de la Chambelona”, sabiendo que el coronel Rafael del Castillo era
liberal, le pidió ayuda para que pusiera coto a los revoltosos. Mi padre
cumplió con su deber y cuando la situación volvió a la normalidad, Menocal
quiso otorgarle una de esas medallas que suelen dar los Gobiernos para tener a
la gente entretenida o contenta. Mi padre le respondió: “No, gracias, no se
reciben medallas por cumplir con su deber”.
Recuerdo perfectamente
la situación política durante los últimos años de Machado en el Gobierno. Tenía
12 años y cerraron todos los centros educativos. No he olvidado cuando Gerardo
Machado, que se aferraba al poder, vino a ver a mi padre al cuartel de Columbia
para preguntarle qué posibilidades tenía de que el Ejército lo apoyara en caso
de revolución. Y mi padre le respondió con toda sinceridad: “En Columbia no
cuentas con nadie. Déjate de bobera y acábate de ir porque te van a matar”. Hay
que decir que cada sábado hacía una visita al Palacio Presidencial y esas
visitas cesaron cuando Machado decidió la prórroga de poderes para eternizarse
en el poder. Por cierto, él solía ir en tranvía, sin escoltas y no en el auto
oficial que le habían asignado.
Después del
asesinato de Clemente Vázquez Bello, mi padre pensó incluso abandonar el
Ejército. La situación era tan insostenible que, hasta Alberto Herrera, el jefe
del Ejército, dudaba en apoyar a Machado. En una ocasión, Herrera llamó a mi
padre para decirle que el coronel Erasmo Delgado, jefe del distrito de Santa
Clara, se había alzado contra el Gobierno en Las Villas. Mi padre, celoso con
cumplir con su deber, le preguntó a Herrera que le dijera dónde estaban los
alzados para ir inmediatamente a detenerlos, pero Herrera le dijo que lo
olvidara, que él mismo arreglaría eso. Con lo cual, después de colgar, mi padre
se volteó hacia nosotros y nos dijo: “Yo creo que ésta baila con dos novias”.
Al final, Machado
salió al exilio, como sabemos, y recuerdo que a partir de ese momento el
teléfono oficial del despacho de mi padre no paró de sonar. Era uno de esos
teléfonos de madera, disco y manigueta que estaban fijados a la pared. Todos
los coroneles y jefes de distritos – Manuel Benítez, de Pinar del Río; Cruz
Bustillo, de La Habana; Arsenio Ortiz, de Santiago de Cuba – llamaban sin cesar
para saber si el coronel Rafael del Castillo apoyaba la designación de Alberto
Herrera para substituir momentáneamente a Machado. Y su respuesta era la misma:
“Si es lo acordado, lo apoyo, pero quisiera reunir a todos los oficiales para
saber también qué piensa cada cual”.
Sin embargo, los
de la aviación no apoyaron a Herrera y se lo hicieron saber a mi padre quien,
inmediatamente, le dijo que se asegurara de que contaba con el apoyo de todos
porque, de lo contrario, tendríamos un nuevo presidente cada 24 horas. ¡Y no se
equivocó! Veinte y cuatro horas después lo llamaron desde la embajada de
Estados Unidos para comunicarle que el nuevo designado era Carlos Manuel de
Céspedes Quesada, quien solo permaneció 22 días: del 12 de agosto de 1933 al 5
de septiembre de ese mismo año.
Fueron tiempos de
disloque y los militares de Columbia no sabían ni siquiera a quién servir. Por
detrás algunos sargentos como Pablo Rodríguez, Eleuterio Pedraza, Fulgencio
Batista, Manuel López Migoya o Ignacio Galíndez eran quienes movían los hilos
de todo aquello.
Me imagino
que fue testigo del golpe de los sargentos del 4 de septiembre…
En efecto. Lo
recuerdo muy bien. Cuando le avisaron de la insubordinación, él pidió a sus
soldados que regresaran a sus posiciones para esperar las órdenes del Gobierno.
Hubo una manifestación en el mismo Marianao, que en realidad no era más que un
pretexto para poner en práctica vendettas personales y llevar a cabo saqueos y
pillajes. La revuelta fue disuelta y entonces recibió una llamada del Estado
Mayor para decirle que habían decidido dejar que el pueblo saliera a la calle y
que no se disolverían las manifestaciones. Entonces mi padre respondió: “Pueden
relevarme cuando quieran porque no soy hombre que cava su propia tumba”. Fue
así como lo sustituye el coronel Perdomo, quedando entonces solo con su grado
de coronel, pero no ya como jefe del sexto distrito de Columbia.
Y fue así también
como por su propia voluntad se fue a la fortaleza de La Cabaña en donde lo mantuvieron
en la enfermería primero, y luego, al precipitarse los hechos del 4 de
septiembre, en una galera. Entre los parapetados en el hotel Nacional estaban
dos cuñados de su hermana Zula: los capitanes Evelio y Florentino Pina, de los
cuales el primero fue asesinado allí mismo cuando lo capturaron y cambiaba de
camión.
Gracias a que mi
padre se hallaba en La Cabaña se pudo evitar un fusilamiento como el de los
estudiantes de medicina durante la época colonial, pues al enterarse de que
traían a la prisión a los capturados en el hotel Nacional mi padre ordenó al
director de la prisión que no los sacaran al patio, lo cual hubiera significado
un paredón relámpago en medio de la convulsa situación del momento.
¿Falleció
su padre en el exilio?
No. Falleció en la
Cuba republicana el 11 de marzo de 1937, a los 62 años. Su sepelio fue
multitudinario, con honores de teniente coronel del Ejército Libertador y
coronel del Ejército Nacional. Asistieron soldados y oficiales, miembros del
Gobierno, el cortejo de veteranos de la guerra de independencia y la banda de
música del Ejército.
De todas sus
funciones militares salió sin una mancha. En esa época pensé que había muerto
demasiado joven, pero viendo lo que vino después, con el golpe del Estado del
1952 y la llegada del castrismo, me digo que fue lo mejor que pudo pasarle para
no ver tanta infamia.
Para escuchar sus
consejos en Columbia lo visitaron personalidades de la política cubana que yo
misma vi desfilar. Desde Carlos Mendieta, Mario García Menocal hasta Juan
Gualberto Gómez, Orestes Ferrara, Enrique Loynaz del Castillo y Pablo de la
Torriente Brau. Todos pasaron por su despacho ávidos de recibir consejos y
recomendaciones de su parte.
¿Usted realizó
estudios universitarios?
Mi padre me había
puesto un profesor de inglés privado desde los cinco años. Se llamaba Henry
Mathias, y fue el fundador de la Havana Business Academy. Fue muy gracioso
porque mi inglés era muy bueno, pero cuando quise entrar en el Instituto tuve
que pasar un examen de esa lengua, pero era tan, pero tan básico – del estilo
“Mary is a girl y My dog is Tom” – que no lo aprobé. Entonces me fui a ver a la
dirección y les dije que me podían poner un examen de conversación avanzada con
quien fuera, pero que mi nivel no era de “Mary is a girl”. Por eso cambiaron
aquellos ridículos exámenes y terminaron por aceptarme.
Interrumpí mis
primeros estudios cuando me casé por primera vez, a los 18 años, con Francis,
un hijo de norteamericanos aplatanado en Cuba. Su padre era presidente de un
banco en la Isla y a él le dieron la representación de los carros Hudson y
tuvimos que mudarnos a Estados Unidos. El matrimonio duró muy poco porque no
soporté la soledad de la vida norteamericana y lo dejé muy poco tiempo después.
Luego, me casé con el padre de mis tres hijos, Ernesto Martín Corsanego, con
quien me fui a vivir a una casa la calle 16 del reparto Miramar, luego él
construyó la nuestra en el reparto Biltmore y al final, años antes de salir de
Cuba definitivamente con el castrismo ya andando, volvimos al reparto Miramar, esta
vez en la calle 3ra B entre 92 y 94, muy cerca del Miramar Yacht Club, al que
pertenecíamos. El mayor de mis hijos, Ernesto, nació en La Habana en 1943 y lo
envié con 12 años a estudiar inglés en Canadá durante dos años.
Mi esposo era
manager de la Westinghouse en Cuba, de modo que le dábamos la vuelta a la Isla
constantemente. Y yo terminé mis estudios de administración de empresas y
empecé a trabajar para el Ministerio de Obras Públicas.
¿En qué
momento deciden abandonar el país y cómo fueron los primeros años de exilio?
Desde el
principio de la llegada de los barbudos mi esposo y yo nos dimos cuenta de que
una dictadura se nos venía encima. En 1960 sacamos a nuestros hijos mayores Ernesto
y a Ricardo gracias al programa Pedro Pan. Tuvimos suerte porque luego pudimos
salir los restantes, todos rumbo a Miami, tres meses después.
Al principio, me
dirigí a una agencia de esas que ayudan a encontrar trabajo y me dijeron que
estaba demasiado calificada para lo que ellos ofrecían, pues había estudiado
Filosofía y Letras, además de administración. Yo hablaba inglés, de modo que
enseguida conseguí trabajo en una universidad especializada en aeronáutica y
aeroespacial, llamada Embry Riddle Aernonatical, cuyo campus se encuentra en la
56 del NW y la calle 36, cerca del aeropuerto de Miami. En cambio, mi esposo no
dominaba la lengua y empezó limpiando un restaurante llamado Royal Castle.
Poco tiempo
después, gracias al arquitecto Jorge Mantilla, que había construido nuestra
casa en Cuba, empecé a trabajar para Panelfab, una empresa de fabricación de
prefabricados de construcción fundada en la década de 1950. En esta compañía
trabajé 42 años. Cada vez que les decía que me iba, ponían a otra persona y al
poco tiempo me volvían a llamar porque nadie lograba dominar el trabajo como lo
hice yo por décadas. Hasta que un buen día, cansada de que me llamaran una y
otra vez, me puse dura y les dije: “Ahora sí que hasta aquí llegué”. ¡Habían
sido más de cuatro décadas al servicio de Panelfab!
La conocí
gracias el PEN Club de escritores cubanos en el exilio, al poeta y expreso
político Ángel Cuadra y hubiera jurado que se había dedicado exclusivamente a
la literatura durante su exilio. ¿Cómo pudo convivir en estos dos universos tan
dispares?
De la literatura
en el exilio no creo que alguien haya podido vivir, al menos en Miami. Con toda
una familia a la que había que darle el frente, mi madre mayor que falleció por
un descuido médico en un hospital de Miami tiempo después, y la situación
económica de la ciudad en las décadas de 1960 y 1970 no creo que hubiera podido
pretender vivir de las letras.
No obstante,
intenté desde muy temprano participar activamente en el movimiento literario de
aquí. Fui miembro fundador del PEN de Escritores Cubanos en el Exilio, en donde
ocupé varias funciones desde secretaria hasta tesorera. También presidí el
Círculo de Cultura Panamericano y fue miembro de la junta de directores del
Grupo Artístico Literario Abril (GALA) desde su fundación en 1978. Mi primer
libro de poesía fue Urdimbre, publicado en Madrid, en 1975, seguido de Voces
de silencio, de 1978. En total he publicado una docena de títulos de
poesía, un libro de ensayo titulado Palabras al vuelo, otro de cuentos y
algo de prosa.
Con el PEN Club
participé en muchas de las reuniones anuales de la organización en diferentes
lugares del mundo. Nunca olvidaré aquella en la que coincidimos escritores del
exilio con escritores que representaban a Cuba. Uno de estos últimos dijo que
en la Isla a ningún niño no le faltaba nunca una lata de leche condensada.
¡Imagínate! Yo que viví treinta años de República pedí la palabra y recuerdo
que le respondí dirigiéndome a la audiencia: “No sé qué pintan las latas de
leche condensada en un encuentro de escritores, pero déjeme decirle que desde
que nací en 1920 hasta mi salida de Cuba en 1960 la leche condensada nunca fue
un indicador de bienestar para nadie ni de calidad nutritiva para un niño. De
hecho, añadí, no recuerdo haber visto una sola lata de ese tipo en ninguno de
mis hogares en la Isla”.
Ud. acaba
de cumplir 106 años. No conozco a nadie con tan avanzada edad y tan bien de
salud en todos los sentidos. ¿Cómo ha sido posible? ¿Cuál es el secreto?
A los 106 años soy el conejillo de indias de
los médicos. Aquí vienen de todas partes a verme y a estudiar mi caso de cerca.
Mi médico de cabecera siempre me pregunta si algo ha cambiado y yo siempre le
respondo que nada.
En realidad, solo
he estado hospitalizada dos veces en mi vida. La primera en Cuba, en los años
1950, por diverticulitis y, la segunda, aquí en Miami, hace mucho tiempo, por
lo mismo. Como ves, puedo levantarme con rapidez las veces que quiera y camino
por mí misma. Soy autónoma, y aunque estoy en una residencia de personas
mayores hay muy poco que hacerme y más bien lo que me hacen es por contenido de
trabajo o por precaución.
Cuando en el Diario
las Américas había una sección de recuerdos de Cuba que comenzaba siempre
diciendo “Usted es viejo, viejo de verdad, si recuerda tal cosa” me llamaban
para consultarme temas y hechos de los años 1920. ¡Y de eso hace ya 20 años!
De joven
practiqué mucho deporte. Participé en las competencias intercolegiales de Cuba,
en carreras de atletismo y otros deportes, pero lo fundamental ha sido vivir,
rezar y confiar. Siempre digo que “a mente sana, cuerpo sano”. Y, al parecer, me
ha funcionado.
Miami, julio de
2026








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