Entrevista a Clara del Valle - por William Navarrete
Lo único que
me mantiene viva es la esperanza en la libertad de Cuba
(El escritor
William Navarrete entrevista a la activista Clara María del Valle)
Me encontré con
Clara María del Valle (Carrera Jústiz son sus apellidos de soltera) en su
apartamento de Key Biscayne. Allí, rodeada de cuadros de la pintura cubana, de
fotos y otros recuerdos familiares evocó a grandes rasgos los momentos
cruciales de su corta vida en Cuba y de sus 66 años de exilio.
A Clara María me
instó a entrevistarla Sylvia Iriondo con quien comparte lazos familiares y toda
una vida consagrada a la lucha por los derechos humanos en Cuba. Durante la
conversación resultó que fuimos vecinos en Cuba, pero habiendo nacido yo ocho
años después de su partida al exilio toda aquella memoria del barrio de su
infancia quedó borrada intencionalmente tras la partida de muchos de los que en
él vivían.
Para colmo de
coincidencias Clara María estudió su primaria en el mismo colegio en que yo
hice la secundaria. Dicho colegio se llamó Las Esclavas del Sagrado Corazón de
Jesús hasta que el régimen castrista lo cerró, lo confiscó y expulsó en 1960 a
las monjas que lo habían construido y fundado. Luego, lo convirtieron en una
escuela Secundaria Básica que bautizaron con el nombre de Manuel Bisbé, un
diplomático del régimen cubano fallecido a causa de un infarto en 1961 tras una sesión de trabajo en la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Y aunque quisieron
borrar casi todo lo que tuvo que ver con el pasado de Las Esclavas de Miramar,
no pudieron retirar las cruces talladas en la piedra, tanto de su frontón como
a lo largo del alto muro que rodeaba su amplio patio. Tampoco cerraron la
capilla que siguió funcionando con las pocas viejitas del barrio que se
atrevían a asistir a la misa semanal que ofrecía allí el párroco de la vecina
iglesia de San Antonio de Padua.
Cuéntanos
de tus orígenes familiares
Mi padre, Ignacio
Carrera-Jústiz Fernández de Velasco fue abogado y juez correccional. También
músico e intelectual. Debía su educación muy completa a su propio padre,
Francisco Carrera-Jústiz, nacido en Guanabacoa en 1857, quien fue el primer
embajador de la República de Cuba en Madrid entre 1902 y 1910, además de decano
de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de La Habana, eminente
pedagogo, profesor emérito, miembro de la Academia de Ciencias, de la Academia
Real de Jurisprudencia de España, y embajador en Washington, México y Holanda. Mi
abuelo falleció a los 90 años en 1947. Un hermano de mi padre, Pablo
Carrera-Jústiz, también fue abogado y ministro. Mi propio padre, por sus ideas
y sus posiciones, fue detenido y apresado, primero en el conservatorio de
Quinta Avenida, luego en la fortaleza de la Cabaña, durante la invasión de
bahía de Cochinos.
Mi abuela
paterna, María Teresa Fernández de Velasco Lacoste-Ramírez, fue una de las
primeras mujeres en graduarse de Farmacia en la Universidad de La Habana. Mis
abuelos vivían en Manrique y Malecón, en un edificio llamado justamente
Carrera-Jústiz. El único recuerdo que tengo de mi abuelo paterno data de cuando
yo tenía unos tres años y, no me preguntes por qué, pero lo asocio a una
gallina que teníamos en el patio.
Mi madre, Clara
María Rodríguez Bacardí, nacida en La Habana, era la hija del coronel Gustavo
Rodríguez Pérez, originario de Sagua la Grande, y de la santiaguera Prudencia
Susana “Carmen” Bacardí Lay (también llamada “Nena”), nacida en 1884 y
fallecida en el exilio, en Miami, en 1978, una de los seis hijos que tuvo
Emilio Facundo Bacardí Moreau, el hijo del fundador de la marca, con María
Inocencia Lay Berlicheau, su primera esposa. Emilio tuvo una segunda esposa
llamada Elvira Calpe Lombard con quien también tuvo cuatro hijos, pero todos
era una gran familia unida.
Mi padre se
graduó en Derecho y luego se casó con mi madre. Ambos vivieron en Nueva York,
donde él estudió Derecho Internacional y Música en Columbia University. Después
de cuatro años en la Gran Manzana regresaron a Cuba.
¿Qué
recuerdos tienes de tu infancia en Cuba?
Nací el 5 de junio de 1944 en La Habana. Primero viví en la calle 28 entre Primera y Tercera, pero luego nos mudamos para Séptima Avenida, esquina a 36, en el reparto de Miramar en donde tenía como vecinos a los Navarrete, cuyas hijas Julieta y Ana Lourdes eran mis compañeras en el colegio de Las Esclavas de Miramar, y el padre, Jorge Navarrete, era abogado. A unas casas vivían Millie y Lucky Schuman de la Pezuela, cuyos padres eran dueños de una floristería, y en la otra esquina estaba el abogado Rubén Cruz Planas, su esposa Emma Ortiz y su hijo Alberto Cruz Plana, que era amigo mío. También vivía allí el ganadero y terrateniente Remigio Fernández Blanco, propietario de los mataderos RF y casado con María Luisa Quirch Moller. Era el fabricante de aquellos embutidos cuyo famoso lema era “RF, en la sartén y todo queda bien”.
También recuerdo
que iba siempre con mis padres y amigos al Havana Yacht Club, al que pertenecía
mi familia. Durante las temporadas de playa nos instalábamos en nuestra casa de
Varadero, llamada El Vaivén, sita en la calle 12 del balneario. Todo esto lo
tengo muy claro en mi memoria.
¿Puedes
hablarnos de tu escolaridad en Cuba?
Estudié en un
colegio de monjas que no eran de clausura, aunque funcionaban casi como tal. El
colegio pertenecía a la Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de
Jesús y fue construido en 1949 en un lote donado por Natividad del Valle, una
religiosa perteneciente a la orden, en la calle 62 entre 5ta A y 5ta B en
Miramar. No estaba lejos de la casa de “Nena” Bacardí, mi abuela materna, quien
vivía en la calle 7ma y 62. El colegio de Las Esclavas ocupaba la manzana
entera con un enorme patio rodeado de muros, una iglesia o capilla que daba
para la esquina de 5ta B, una gran biblioteca y un fabuloso teatro.
Allí tuve compañeras inolvidables como Julieta Navarrete, Anie Mendive, Ceci de la Torriente, las Padilla, Maggie Casteleiro, Micaela Carrillo, Lourdes Abascal, entre otras. Las monjas eran sumamente estrictas, pero muy buenas pedagogas. La escuela tenía laboratorios de química y biología, talleres de manualidades y un sinfín de ventajas. Recuerdo incluso que mi taquilla de alumna era la 17.
Años
después, ya en el exilio y casada con Mario, nos hallábamos en Panamá en donde
mi esposo había inaugurado un banco, cuando buscando dónde matricular a mi hija
Ana María me enteré de que había un colegio Las Esclavas allí. Entonces fui a
verlo y cuál no fue mi sorpresa cuando la madre Esther Gall, que había sido una
de las monjas y profesora de mi colegio de La Habana, al reconocerme, me llamó
por mi propio nombre, asombradas ambas de encontrarnos en aquel país tantos
años después.
Luego, para que
cursara mi bachillerato, me inscribieron en el Instituto de Marianao, en el que
pasé las pruebas de ingreso, pero nunca pude asistir pues ya el régimen
castrista estaba haciendo de las suyas y me sacaron de Cuba a los 16 años.
¿En qué
momento sales de Cuba y en qué condiciones?
La situación ya
era crítica antes del 1 de enero de 1959, pues ponían bombas en los cines y ya
no nos dejaban salir.
En 1960 ya se sabía que aquello era comunismo, y mis padres tomaron la decisión de sacarme de la Isla. Me dijeron que iba a pasar una temporada en Puerto Rico con mi abuela Nena. No me preguntes la fecha porque no la sé. Es como si hubiera borrado esto de mi mente. Imagínate que soy capaz de recitarte el el número de teléfono de nuestra casa en La Habana (B-4520), pero soy incapaz de recordar esa fecha.
Lo que sé es que
ya mis hermanos estaban estudiando en la Universidad de Auburn, en Alabama, y a
mí me mandaron directamente a San Juan de Puerto Rico, en donde ya estaba mi
abuela a quien ya le habían confiscado las cuentas en Cuba.
¿Tienes
anécdotas de ese primer tiempo en el exilio?
Te advierto que
de un exilio que en ese momento pensábamos que era muy temporal. Nos mandaron a
vivir a casa de mi tío materno Guillermo Rodríguez Bacardí, y al mes nos
mudamos para Los Gallardos Garden, una urbanización moderna de cuatro edificios
en Bayamón. Allí vivían muchos cubanos como Jerónimo Estévez y Manolín Ferro.
Ni mi abuela ni
yo sabíamos hacer estrictamente nada. Tampoco me matricularon en ningún colegio
porque, como ya dije, estábamos seguras de que en unos meses estaríamos de
vuelta a Cuba. Entonces me pasaba los días jugando a la baraja con mi abuela y,
como el tiempo pasaba, el propio Jerónimo Estévez me consiguió un trabajito en
una tienda muy elegante por departamentos llamada González Padín, que se
hallaba en la Parada 20, y en el que no duré mucho, por cierto.
En Puerto Rico me
quedé hasta finales de 1961 en que mis padres salieron de Cuba en el último
ferry con destino a West Palm Beach.
¿Se fueron
a Estados Unidos?
Mi padre conocía
a Salvador Díaz Verson, a su esposa Teresa Bana y a su hija Elena, cubanos
exiliados que vivían en Columbus, un pueblecito de Georgia. Fue gracias a Elena
que nos instalamos en ese sitio. John Beverly Amos, su esposo, fue el fundador
en 1955 American Family Live Assurance (más tarde Aflac), una compañía de
seguros floreciente para las personas con cáncer, y por eso empecé a trabajar
para ellos poco después de mi llegada a Georgia. Elena fue una de las grandes
filántropas de Estados Unidos y también la mujer hispana más rica de todo el
país. Los Amos fundaron junto a Goizueta el fondo cubano de la Universidad de
Miami, entre muchas otras obras.
Como dije, mis
dos hermanos, Ignacio y Francisco, estudiaban arquitectura y administración de
empresas en Auburn y esa fue la razón por la que estábamos allí esperando a que
ellos terminaran de graduarse. En ese pueblito había muchos cubanos debido a la
proximidad de la base militar de Fort Benning, en donde se formaron muchos
militares latinoamericanos.
En cuanto
terminaron los estudios mandaron a Ignacio a trabajar como arquitecto de la
empresa Bacardí en Puerto Rico, antes de que fundara su propia agencia de
arquitectura en Miami, y a Francisco al First National City Bank de Nueva York.
Por cierto, Ignacio (fallecido en 2023 a los 85 años) fue el que construyó en
1972 el anexo – ese cubo que descansa sobre un zócalo color naranja – en la parte
posterior de la sede de Bacardí en Biscayne Boulevard de Miami.
Entonces nos
fuimos a vivir a Nueva York, en donde me casé en 1965 con Mario Luis del Valle
Cervera, otro cubano exiliado, cuyo padre dirigía en Cuba, en 1958, el central
azucarero Australia, cerca de Jagüey Grande. Recuerdo que Mario no había
terminado sus estudios y cuando anunciamos nuestro compromiso mi madre le dijo:
“Y de los estudios, ¿qué?”. Había estado en los campos de infiltración
preparándose para la tan anhelada reconquista de Cuba. Fue entonces que empezó
a estudiar por las noches administración de empresas en Nueva York, mientras
trabajaba de cajero en la Manufacturers Hanover Trust Company. Yo trabajaba en
Young and Rubicam, una compañía publicitaria y de comunicación en la que
trabajaba Alberto Abel Mestre, hijo de Abel Mestre, uno de los hermanos
que compraron y desarrollaron la cadena CMQ en Cuba.
¿Qué sucede
después?
Mario terminó
finalmente la carrera en Miami en 1966, en donde nació en 1972 Mario Luis, el
primero de nuestros tres hijos, viviendo ya entonces en Dilido Island, en Miami
Beach.
Mi esposo iba a
los estudios y yo a trabajar en una tabaquería llamada Tropicana Cigars,
propiedad de Luis E. del Valle, un tío de Mario, y de Lulú Camacho. La
tabaquería estaba en la calle 8 y la 17 avenida del suroeste. Allí aprendí a
hacer capas de tabaco y me hice amiga de todos los tabaqueros. Trabajé porque
tocaba, había que salir adelante con la familia y también por respeto y
educación.
Cuando Mario
terminó por graduarse volvimos a Nueva York, en donde trabajó en la sede de
Manufacturers Hanover Trust Company, en Park Avenue, ciudad en que nació
Ignacio en 1974, nuestro segundo hijo.
¿Tengo
entendido que vivieron muchos años en América Latina?
A Mario lo enviaron de representante del Banco Hanover en Bogotá en 1975. Es por eso que nuestra hija Ana María nació allí. Fue un periodo muy interesante de nuestras vidas porque como banquero Mario tenía muchas relaciones y conocimos a todos los representantes del cuerpo diplomático y a los presidentes y personalidades de diferentes gobiernos colombianos. Por cierto, nos tocó el momento en que el grupo guerrillero M-19 tomó la embajada de República Dominicana en febrero de 1980. Tomaron como rehenes a 14 diplomáticos que estaban festejando en la sede la independencia de República Dominicana. De hecho, el desenlace de todo aquello fue que se acordó que tanto secuestrados como guerrilleros saldrían hacia Cuba, en donde liberarían a los primeros. Nosotros vivíamos al lado de la embajada de Estados Unidos y ya Mario estaba también en la lista de los secuestrables del Country Club de Bogotá.
Por esta razón
nos tuvimos que ir de Colombia. Fue entonces que Mario abrió Bancolat en
Panamá, país al que llegamos antes de que llegara Manuel Antonio Noriega al
poder.
¿Fue en
Colombia en donde empezaste a realizar labores sociales?
En Colombia, el
padre Charles Bean, un misionero norteamericano, me pidió que lo ayudara en
temas sociales relativos a la prostitución. Entré en un ámbito que no imaginaba
y aprendí muchísimo pues creamos talleres para darles un oficio a las mujeres
que se prostituían para sobrevivir. Viajaba entonces a Estados Unidos y le
pedía a la tienda Sears, por ejemplo, que nos regalaran telas con las que se
enseñaba la confección y venta de servilletas, guantes de cocina y todas esas
cosas a aquellas mujeres. Entonces las vendíamos al Hilton de Bogotá, cuyo
presidente, José Zavaleta, era cubano. Al taller de confecciones le pusimos El
Cristo viajero.
La labor la
continué en Panamá con la obra El Minuto de Dios. Me fui a trabajar a El
Chorrillo, una de las zonas más pobres del país, en donde hicimos un asilo de
ancianos y un hogar para madres solteras. Con los religiosos de San Juan Bosco
creamos talleres de oficio para formar en herrería y plomería a personas sin
oficio alguno.
¿Fue en
Panamá en donde empezaste a vincularte con el tema cubano?
En efecto.
Estando en Panamá me llamaron Pepe Hernández y Jorge Mas Canosa para que prestara
apoyo a los cubanos que no paraban de llegar a ese país. Ya la Fundación había
sido creada en 1981. Yo empecé a utilizar un comedor que había en El Chorrillo
para repartir comidas entre los cubanos recién llegados. Entonces surgió el
Programa Éxodo en el que me impliqué de lleno con la Fundación y gracias al
cual pudimos reunificar a diez mil familias cubanas de Panamá, Costa Rica,
Venezuela y España, sin costos para los contribuyentes, con el objetivo de que
pudieran llegar a Estados Unidos y reunirse con sus allegados.
Pero en 1985 las
cosas en Panamá empezaron a degradarse. Un día Mario se enteró que yo andaba
con nuestros hijos protestando contra el gobierno de Noriega a lo largo de la
calle 50 y hasta ahí duró nuestra aventura panameña. Decidió venderlo todo y que
saliéramos rumbo a Miami en donde hemos vivido desde entonces. Así pusimos fin
a siete años de vida en Panamá.
¿Qué hacen en
Miami? ¿Sigues trabajando en la causa cubana?
Mario empezó a
trabajar poco después, de 1989 hasta 1997, como vicepresidente del Republic
National Bank. Yo me convertí en vicepresidenta ejecutiva de la junta de la
Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA, por sus siglas en inglés) ayudando a
los presos políticos en Cuba y trabajando siempre con la oposición.
Trabajé mucho con
los presos del centro de detención de Krome, en Miami, cuando la crisis de
balseros de 1994, el traslado de muchos de ellos a Panamá, y no he parado de
participar en ruedas de prensa a nivel internacional denunciando los atropellos
del régimen comunista impuesto en la Isla.
Durante dos años
consecutivos fui con Irma Más y Laly Sampedro al Parlamento Europeo de
Estrasburgo a recoger el premio Sakharov que se le otorgó a las Damas de Blanco
y luego a Guillermo Fariñas.
¿Has vuelto
a Cuba?
¡Ni que estuviera
loca! No solo no he vuelto, sino que no permito que nadie de mi familia lo
haga. ¿Para qué voy a ir? ¿Para ver una casa en donde viven personas desconocidas?
¿Para humillarme tocando a la puerta de la nuestra y pidiendo de favor que me
dejen entrar para ver no sé qué? Allí solo quedaron unos primos maternos
comunistas a las que les di cruz y raya.
Solo volvería a
una Cuba libre y para ayudar a su reconstrucción. A mí no me hace falta
regresar a un país oprimido. Es más, te invito a que mires por los ventanales
de mi casa y me respondas sinceramente si acaso no ves a Cuba del otro lado del
mar.
¿Conservas
las esperanzas en que eso suceda un día?
Déjame decirte
que a mí lo único que me mantiene viva es la esperanza en la libertad de Cuba.
Estoy segura de que Cuba va a ser libre y de que va a florecer. La
reconstrucción va a ser lenta y difícil porque el daño ha sido muy profundo. Lo
peor será, sin dudas, la reconstrucción moral, pero lo lograremos. La próxima
entrevista me la vas a hacer en el hotel Nacional y viajarás desde París para
verme allí, en La Habana, trabajando desde el primer día en favor del renacer
de toda nuestra nación.
Key Biscayne,
julio de 2026








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