Entrevista al doctor Alberto Sánchez de Bustamante Parajón - por William Navarrete
Entrevisto al doctor Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, fundador de Herencia Cultural Cubana.
Leer en este enlace: Entrevista al doctor Alberto Sánchez de Bustamante Parajón / CubaNet
“Con la llegada del castrismo al poder Cuba retrocedió
un siglo”
(El escritor William Navarrete entrevista al doctor
Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, fundador de Herencia de la Cultura
Cubana)
Debo haber conocido a Alberto Sánchez de Bustamante
Parajón, o “Bustie”, como afectuosamente lo llama casi todo el mundo, muy a
principios de este siglo, cuando realizaba presentaciones auspiciadas por la
asociación Cuban Cultural Heritage y colaboraba con la revista Herencia,
ambas fundadas por él. Una foto que nos tomamos en la época en que por suerte
se imprimían las fotos en papel, da fe de que, al menos, ya éramos amigos en
mayo de 2002 porque al pabellón de la asociación Herencia de la Cultura Cubana,
fundada por él, fui a verlo en una época en que celebrábamos la instauración de
la República de Cuba durante un evento de Cuba Nostalgia.
Otro de los azares concurrentes es que Alberto estudió su
primaria en el colegio La Salle de Miramar, donde mismo yo hice todo el
bachillerato, pero bajo el nombre de Pablo de la Torriente Brau pues, como
sabemos, después de la expropiación de los colegios privados de Cuba cambiaron
todos los nombres. Es cosa de dictadores eso de estar cambiando nombres para
borrar la memoria colectiva o distraer al pueblo en cosas fútiles.
Ambos fuimos muy amigos del Dr. Armando Cobelo y de su
esposa, la compositora Yolanda del Castillo, quienes también formaron parte de
la primera dirección de la asociación fundada por Alberto. Nos habíamos perdido
de vista hasta que el amigo Eloy
Cepero, quien también colabora con Herencia, nos permitió
reanudar la comunicación que condujo a esta entrevista.
Además de destacado médico, Alberto ha siembro fundador y
miembro de la sección local, además de secretario y presidente de la Sociedad
de Obstetricia y Ginecología del Centro de Florida desde 1973. También lo es de
manera vitalicia de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Florida.
Su historia, como la de muchos de los exiliados de
principios de los 1960, no ha sido color de rosa. Algunas de las vicisitudes vividas
ya las conocía, pero confieso que, del resto, me he enterado gracias a esta
entrevista.
La familia Sánchez de Bustamante está íntimamente
vinculada a la historia de la sociedad habanera desde el siglo XIX. ¿Puedes
hablarnos de tus orígenes?
El primero de los Sánchez de Bustamante en llegar a Cuba
fue Juan Manuel Sánchez de Bustamante y García del Barrio, quien nació en 1818
en Helguera, en las montañas de Santander, donde intentó hacerse sacerdote,
pero algo no le funcionó porque en 1836 llegó a La Habana, se dice que huyendo
de alguna persecución religiosa. En Cuba se hizo médico y terminó siendo decano
de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, además de fundador
de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la capital
cubana, entre otros puestos y títulos notorios, como el de senador por la
provincia de Pinar del Río y diputado provincial por La Habana.
Fue el fundador de la rama cubana de este linaje. Tuvo
varios hijos y, de ellos, dos varones: Antonio Arturo
Sánchez de Bustamante Sirvén quien inició una casta de abogados y Alberto Sánchez de
Bustamante Sirvén, eminente médico cirujano, que fundó en 1903, junto al doctor
Enrique Núñez, la clínica familiar “Núñez Bustamante”, cuyos descendientes se
consagraron a la medicina. El segundo de éstos es mi bisabuelo, casado en la
parroquia de Guadalupe, en El Cerro, con la escocesa Anne Cameron MacLean. Son
los padres de mi abuelo paterno, el doctor Alberto Sánchez de Bustamante
Cameron, casado con Angelina Bernal Obregón, cuyo padre, José Alfredo Bernal, director
del Instituto de La Habana –el mejor de Cuba–, y quien siempre encontró tiempo
para visitarnos y regalarme libros.
Mi padre, además de médico, fue director del Departamento
Médico de Accidentes del Trabajo del Banco Godoy y Sayán de Capitalización y
Ahorro, consorcio financiero y bancario fundado en 1948 por Enrique Godoy y
Sayán. Desde 1943, Enrique y su primo Gastón Godoy Loret de Mola habían
implantado un seguro de accidentes personales y enfermedad para los
trabajadores del ramo azucarero, cuya dirección estaba a cargo de mi padre.
¿Y tu rama materna?
Mi madre, María de Lourdes Parajón Figueras, era hija de
Saturnino Parajón Amaro, hijo de asturianos, y de Orosia Figueras Pastrana,
nacida en Barcelona. Ambos se casaron en La Habana en 1914. Mi abuelo materno se
convirtió en hombre de negocios, interesándose en la inversión azucarera cuando
compró a María Antonia Calvo Herrera el central Occidente, en Quivicán. También
se convirtió en vicepresidente del central España, en Perico (Matanzas),
propiedad de Julián de Zulueta Amondo.
No lo conocí porque fue asesinado el 8 de marzo de 1930,
en sus propias oficinas del Vedado, por José Miguel Benaga, también productor,
quien había acudido a tratar asuntos financieros y, al no conseguir lo que
quería, lo mató. Mi abuelo había sido presidente de la Bolsa de La Habana y uno
de los directores de la Compañía Nacional de Fianzas.
El año en que sucedió esto también falleció de paludismo Manuel,
el hijo varón de mis abuelos, que soñaba en convertirse en médico. Quiere decir
que aquella fue una etapa muy difícil para mi abuela Orosia.
¿Qué recuerdos tienes de tu infancia?
Lo primero es que nací en 1937, en la clínica fundada por
mi bisabuelo en El Vedado, y viví hasta los seis años en la casa de tres pisos
de mis abuelos, situada en la calle 15, entre J y K. De aquella casa recuerdo
la enorme colección de automóviles antiguos y otros más modernos que conservaba
mi abuelo Alberto en las dependencias del primer piso.
En 1943 nos mudamos al reparto La Coronela, a medio
camino entre el Country Club y el famoso cabaret Sans Souci. Nuestra casa
estaba en la calle 8 y la avenida 3ª y tenía ocho cuartos y unos ocho mil
metros cuadrados de terreno (dos acres). Durante un tiempo vivimos allí los cuatro
Albertos: mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre y yo. Una foto publicada por el
periódico El Mundo recuerda este curioso hecho. Allí celebrábamos la
fiesta de San Alberto de Sicilia o de los Abates, santo siciliano del siglo
XIII. En el cuarto de mi abuelo había una gran imagen del santo enmarcada y se
leía: “Patrón de los partos”. No por gusto mi bisabuelo fue profesor de
obstetricia y ginecólogo por 50 años, algo que influyó en el hecho de que
también me dedicara a esta especialidad.
Aquel barrio de mi infancia y adolescencia era
paradisíaco. Al fondo estaba la avenida Mangos, llamada así porque a ambos
lados crecían en hilera decenas de matas de mangos. Cerca de casa vivían Juan
Antonio Rubio Padilla, eminente político cubano, con sus hijos Juan, Ignacio,
Elena y Felipe. También, cerca de nosotros, estaban José Agustín Ariosa Gaytán,
fundador del Vedado Tennis Club, y su esposa Angelina Reyna. En otra hermosa
residencia estaban Guillermo Belt Ramírez con su esposa Elisa Martínez Silverio
y sus hijos Guillermo, Noel Javier (mi mejor amigo), José Agustín, Marilys y
Juan Alberto Belt, este último colaborador de Herencia de la Cultura Cubana, la
asociación que fundé en el exilio en 1994. Guillermo
Belt Ramírez fue uno de los embajadores más importantes de la
República cubana y representó al país en Washington y en Moscú en la década de
1940.
Otro de nuestros vecinos fue Harry Skilton, un ingeniero
norteamericano establecido desde hacía décadas en Cuba, con sus hijos Harry y William (Bill)
Skilton quien, por cierto, fue el primer sufragáneo de la Diócesis
Episcopal de Carolina del Sur, con sede en Charleston, entre 1996 y 2006.
De más está decir que pasé toda esa etapa de mi vida
asistiendo al Havana Yacht Club, el club y balneario al que pertenecíamos, en
la playa de Marianao, o de fiesta en fiesta, en casa de los amigos del barrio. Era
parte de los equipos de natación y de remos del club. Durante 15 años participé
en los Havalanta Games, una competencia de nado entre el Big Five de La Habana
y el equipo de Atlanta. Además, teníamos un grupo de motociclistas con el que
nos dábamos cita para correr en moto por las calles del reparto, detrás de las
guaguas.
¿Cómo fue tu escolaridad?
Los primeros años de primaria los cursé en el colegio de
La Salle, en Miramar, que quedaba en la avenida Primera entre las calles 32 y
34, donde después hicieron un instituto de bachillerato cuando lo
nacionalizaron. Los estudios secundarios los realicé en el mismo La Salle, pero
en el plantel del Vedado. Me gradué en 1954. Mi padre me llevaba por las
mañanas al instituto y a la hora del almuerzo me recogía el chofer de Alfonso
Fanjul, gran amigo mío y compañero de clases.
¿Tienes recuerdos del golpe de Estado del 10 de marzo?
En la familia todos éramos antibatistianos. Mi padre
había sido testigo de todo lo sucedido el 4 de septiembre de 1933, la llamada “Revolución
de los Sargentos”, liderada por Fulgencio Batista, y del derrocamiento del
gobierno provisional de Carlos Manuel de Céspedes. Eso definió la ascensión de
Batista al mando militar de toda la Isla, con las consecuencias que vinieron
después, pues se convirtió en una especie de sombra de los gobiernos sucesivos
y los manipulaba a su antojo.
Cuando ocurrió el golpe de Estado de 1952, recuerdo que
mi padre me dijo: “Hay una mala noticia: Batista ha dado un golpe en el cuartel
Columbia y Cuba va a retroceder 50 años”. Solo se equivocó en la cantidad de
años porque, en realidad, con la llegada del castrismo al poder Cuba retrocedió
un siglo, visto la situación actual.
¿Quiere esto decir que te implicaste en el movimiento
insurreccional para derrocar al gobierno de Batista?
Como estudiante de Medicina de la Universidad de La
Habana, donde había comenzado mis estudios en 1955, era imposible no estar
politizado. La Universidad cerró varias veces durante los cinco años que estuve
allí, de modo que, a destajo, pude completar solo tres años de carrera.
La realidad es que todos los estudiantes estábamos
implicados en la tarea de recuperar la democracia para Cuba. Me incorporé al
movimiento estudiantil y, desde las diferentes células, militaba y trataba de
apoyar la lucha contra la dictadura.
¿Cuándo triunfa la revolución en 1959 pensaste que habían
terminado las calamidades en el país?
Como muchos, creí que nacía una nueva esperanza, pero esa
ilusión no duró ni seis meses. Puedo afirmar que ya sabía quién era Fidel
Castro y la poca confianza que inspiraba, pues Guillermo Belt nos había
descrito muy bien al personaje. Lamentablemente, el odio contra Batista pudo
más y, aunque sabía que casi todo lo que Castro contaba era mentira, seguíamos
pensando que era la opción para librarnos de Batista.
La situación en diciembre de 1958 era pésima, de modo que
decidí no celebrar el fin de año, ya que consideré que no había nada que
festejar. Nos enteramos por la radio de la huida de Batista. En poco tiempo
quedamos desencantados y, en mi caso, el detonante fue la deposición del
presidente Manuel Urrutia Lleó y, poco después, el juicio amañado contra Huber
Matos, alguien a quien admiraba y que me parecía un hombre cabal. A partir de
ese momento, empecé a conspirar contra el nuevo régimen a través del Movimiento
de Recuperación Revolucionaria (MRR).
¿En qué momento y condiciones logras salir de Cuba?
Cuando salí de Cuba ya era novio de Margarita (Maggie)
Casteleiro Maciá, cuyo padre, Jorge Casteleiro Colmenares, era un prestigioso
abogado a quien el régimen le había echado el ojo, razón por la cual la familia
tuvo que irse del país en abril de 1960.
Yo estaba profundamente enamorado de Maggie, al punto de
decirle a mi madre que había encontrado al amor de mi vida y a la mujer con la
que quería casarme. Empecé a hacer las gestiones para ir a verla a Miami, pero
no acababan de darme la visa. Al final, cuando me la concedieron, preparé el
viaje con la idea de quedarme solo una semana en Estados Unidos.
Entonces salí el 7 de octubre de 1960, sin saber que
aquella salida iba a ser definitiva y que, por otras razones que contaré, no
volvería a ver a mi madre.
¿Qué sucedió?
Sucedió que durante la primera semana ocurrieron tantas
cosas en la Isla que mi padre me llamó y me dijo: “Aquí no vuelvas”. El 13 de
octubre, por ejemplo, Fidel Castro promulgó una ley mediante la cual confiscaba
105 centrales azucareros y fábricas como Crusellas y Sabatés; las cervecerías
La Tropical, Hatuey y La Polar; las droguerías Johnson, Sarrá y Taquechel, que
eran las mayores del país; las tiendas por departamentos y las destilerías
Bacardí y Arechabala, entre unas 350 empresas cubanas. Todas fueron objeto de
expropiación forzada y sin indemnización.
También se promulgó la nacionalización de todo el sistema
bancario y, el 15 de octubre, una ley de reforma urbana que despojaba de sus
propiedades inmobiliarias a quienes poseyeran más de una vivienda. Con esos
truenos, el 19 de octubre, el Gobierno de Estados Unidos decretó el embargo parcial
sobre las exportaciones a la Isla y, en poco tiempo, más de cien empresas
norteamericanas en la Isla fueron nacionalizadas también.
Mis padres no lograban conseguir el permiso para salir de
Cuba porque a los médicos el Gobierno castrista les negaba sistemáticamente la
salida.
Entonces, ¿qué haces en tus primeros meses de exilio?
Me alquilé un apartamentico en el suroeste de Miami.
Recuerdo que recorrí caminando todo Miami Beach, desde la calle 5 hasta la 125,
buscando trabajo y dejando solicitudes de empleo. Esto coincidió con una huelga
de autobuses en la ciudad de Miami y no tenía otro medio de transporte. Lo
primero que encontré fue un trabajo de camarero en un hotel.
Pero en diciembre de 1960 se empezó a hablar de los
campamentos de entrenamiento en Guatemala para llevar a cabo la invasión de
Cuba. Como yo había estudiado Medicina, me inscribí en el proyecto de un “barco
hospital” y estuvieron entrenándome entre diciembre de 1960 y febrero de 1961,
junto con médicos y técnicos de la salud.
¿Participaste
entonces en la invasión de bahía de Cochinos?
Participé más bien en la odisea de bahía de Cochinos,
pues la desorganización fue tal que todavía lo estamos pagando. A principios de
marzo de 1961 nos mandaron a un campamento en Guatemala. Viajamos en aviones
completamente sellados para que no pudiéramos ver adónde nos dirigíamos. Así aterrizamos
y nos transportaron en camiones, bajo un diluvio y con el fango hasta el
cuello, a un sitio en medio de la selva. Nos pusieron a vivir en tiendas de campaña
y me asignaron a un grupo de ocho personas para recibir clases de tiro y
aprender todas esas cosas.
Lo curioso fue que, dos días después, los médicos que
encabezaban nuestro grupo nos dijeron que los oficiales norteamericanos les
habían comunicado que el proyecto del “barco hospital” había sido cancelado
desde diciembre y que toda nuestra formación había sido un simulacro. Incluso
les propusieron a los médicos que, si lo deseaban, podían regresar a Miami,
pero el honor y la decencia de éstos fueron tan grandes que se negaron y
dijeron que estaban dispuestos a compartir la misma suerte que nosotros.
Así fue como, en abril de 1961, salimos para Puerto Cabezas (Nicaragua), donde nos esperaba el Lake Charles, el barco que nos habían asignado para la invasión. Era propiedad de una compañía naviera comercial perteneciente al cubano Alfredo García, y la CIA había fletado este tipo de navíos para no despertar sospechas. El código con el que habían bautizado nuestro barco era “Atún”.
¿Qué recuerdos tienes de la invasión?
Reinaba la confusión general. Nuestro barco se retrasó 24
horas, con lo cual el operativo quedó incompleto, pues debíamos desembarcar por
Playa Verde y finalmente no fue posible. Otros dos barcos, el Río Escondido
y el Hudson, sí llegaron a tiempo, pero la aviación castrista ya los
había puesto fuera de combate cuando el nuestro se acercó a la costa.
Entonces recibimos la orden de replegarnos a aguas
internacionales y permanecimos en altamar, viendo cómo las fuerzas castristas
tomaban el control de la situación. Al tercer día nos mandaron a montarnos en
los botes, pues supuestamente íbamos a desembarcar, pero, en cuestión de horas,
recibimos la contraorden de volver al barco, ya que se sabía que la invasión
había fracasado.
¿Regresaron entonces a tierra firme?
Volvimos a Puerto Cabezas, nuestro punto de partida, con
el temor de que Anastasio Somoza nos aniquilara a todos, pues, antes de la
invasión, vino a vernos para pedirnos que le trajéramos de vuelta las cabezas
de los Castro. Al llegar a Puerto Cabezas, los militares nicaragüenses nos
quitaron las armas y las metieron en una especie de bodega. Nuestra situación
era confusa y no sabíamos qué harían con nosotros.
Uno de nuestros compañeros, delgado y pequeño, logró
colarse en la bodega donde estaban las armas y fue sacándolas una por una.
Nuevamente armados, tomamos contacto con el mando nicaragüense y le comunicamos
que estábamos dispuestos a combatir si no nos sacaban de aquel sitio en 24
horas.
El resultado fue que llegaron entonces los oficiales
norteamericanos en tres jeeps y nos dijeron que, finalmente, nos mandarían de
vuelta a Miami en los mismos aviones sellados en los que habíamos llegado a
Guatemala. La operación, como casi todo lo que monta la CIA, fue un desastre.
Cuando aterrizamos en Miami, el FBI nos repartió por las casas de cada cual. Yo
llamé a Maggie para decirle que estaba de vuelta y que llevaba doce días sin
bañarme.
Me imagino que una vez que la invasión fracasa te das
cuenta de que debes estabilizarte en el exilio…
Así fue. Poco después conseguí trabajo como empleado de
servicio en el St. Francis Hospital, en Miami Beach. Las monjas del hospital me
apoyaron para que me dieran un puesto de ayudante de laboratorio y me
recomendaron que fuera al Jackson Memorial Hospital, donde podía solicitar un
puesto como técnico de laboratorio. Así lo hice y, gracias a los cubanos que ya
trabajaban en el laboratorio de ese hospital público, pude entrar como técnico
después de haber pasado dos meses en el St. Francis aprendiendo el oficio.
Cuando, por fin, comencé en el Jackson, pude permanecer
allí durante todo 1962, tiempo suficiente para ahorrar lo necesario y poder
casarme con Maggie, en la iglesia de Santa Rosa de Lima, en Miami Shores, el 16
de febrero de 1963.
¿Pudiste completar tu carrera de Medicina?
Con enormes sacrificios, con Maggie trabajando en Lerner
Shops en donde llegó a ser la responsable. Para terminar la carrera nos mudamos
a Madrid, después de nuestra luna de miel en Nueva York. Me inscribí en la
Universidad Central, que ocupaba las funciones de la antigua Facultad de
Medicina de San Carlos. En España tuvimos que soportar la admiración de la
gente por el régimen de Fidel Castro, pues en aquella época casi todos
idolatraban al dictador y hablaban con orgullo de la Revolución cubana.
Al final, logré hacer en dos años y medio los cuatro que
me faltaban, y te ahorraré todas las vicisitudes por las que tuve que pasar,
entre exámenes, dificultades económicas, problemas de visado y permiso a
nuestra vuelta para la residencia permanente, además de que ya había nacido
nuestra hija el 16 de febrero de 1964, coincidiendo con nuestro aniversario de
bodas.
¿Y tus padres?
Mis padres seguían atrapados en Cuba hasta que,
finalmente, en abril de 1965, estando nosotros en Madrid, lograron obtener el
permiso de salida gracias a Mario Parajón, que era primo nuestro y estaba
casado con la hija de Carlos Rafael Rodríguez, perteneciente a la cúpula de la
dictadura de Fidel Castro. Así fue como pudieron salir mi padre, mi madre y mi
abuela paterna, volando hasta un cayo británico del Caribe —no recuerdo ahora
cuál— y, desde allí, gracias a las gestiones de Guillermo Belt, pudieron llegar
a Estados Unidos.
Lo más triste de todo es que, apenas una semana después
de haber llegado, mi madre, enferma de cáncer, falleció en un hospital de
Boston, sin que yo hubiera podido volver a verla y despedirme de ella. Esto
ocurrió en abril de 1965, mientras me graduaba un mes después de médico en
España.
¿Qué hicieron Maggie y tú cuando terminaste tus estudios
en Madrid?
Regresamos a Miami. Enseguida encontré trabajo y pude
hacer la validación en el Mercy Medical Center. Como sabes, los médicos tienen
que pasar un primer año de internado y luego tres de residencia. Conseguí hacer
el internado en el Centro Médico Regional de Orlando, una ciudad que nos gustó
tanto que decidimos quedarnos en ella hasta el día de hoy, sesenta años
después.
Luego empecé, también en Orlando, mi residencia en
obstetricia, pero tuve que interrumpirla porque, en aquella época, el servicio
militar era obligatorio. Me fui entonces dos años a Richmond (Virginia), donde
presté servicio como comandante en el cuerpo médico del Ejército de Estados
Unidos, entre 1969 y 1971. Solo después de esa interrupción pude completar los
dos años que me faltaban de residencia y convertirme definitivamente en médico,
profesión que ejercí hasta mi retiro hace 26 años. Primero como obstetra entre
1973 y 1990, y luego como ginecólogo desde esa fecha hasta el 2000 en que tomé
mi jubilación.
Te conocí gracias y a través de Herencia de la Cultura
Cuba, la asociación de la que me parece eres fundador y que ha realizado una
enorme labor de salvaguarda de la memoria del patrimonio cubano. ¿Puedes
hablarnos de esta parte de tu vida?
En 1994 me di cuenta de que, tal vez para no sufrir lo
que sus padres habíamos sufrido, nuestros hijos no querían implicarse en el
tema cubano. Entonces me dije que nos tocaba a nosotros, los mayores
pertenecientes a la primera generación en el exilio, quienes nos ocupáramos de
proteger la memoria de la Cuba de nuestra infancia y de todo lo relativo al
patrimonio.
Fue así como, ese mismo año, en la oficina miamense del
arquitecto cubanoamericano Hilario Candela –quien diseñó el Miami Marine
Stadium, en Virginia Key, y falleció en 2022 por complicaciones de COVID 19–, nos
reunimos unos 35 exiliados para sentar las bases de lo que, en poco tiempo, se
convertiría en Cuban
Cultural Heritage/Herencia Cultural Cubana. En un inicio
empecé el proyecto junto al Dr. Armando Cobelo, su esposa Yolanda del Castillo,
Maggie Menocal, Pedro Menocal Almagro, Carlos Alberto Fleitas, los arquitectos
David Cabarocas y Nicolás Quintana, el escultor Marc Andries Smit, Fernando
García Chacón, Magali Aristondo, Malvina Godoy-Robinson, Julieta Navarrete, Humberto
Calzada, Lourdes Abascal, Eduardo
Zayas-Bazán, Luis Céspedes, y muchos otros que probablemente olvido
ahora y que es injusto no mencionar.
Herencia publica tres veces al año una revista homónima,
en la que tú has colaborado en varias ocasiones; edita libros antiguos cubanos
en facsímil, organiza eventos o patrocina otros y concede un premio a personas
que han contribuido a preservar la memoria patrimonial cubana. Tenemos hasta 90
000 suscriptores y ahora estamos enfrascados en la creación del Museo de la
Herencia Cubana, en los predios de la congregación del Corpus Christi y la iglesia
de La Merced, en el noroeste de Miami. Gracias al Padre José Luis
Menéndez, el arzobispado ha donado allí un edificio en el que conservamos la
gran colección de objetos relacionados con la historia de Cuba que hemos
reunido. Al frente de este ambicioso proyecto, en el que deseamos construir el
Florida Colonial Cultural Center, Museum and Library, está Ray Zamora quien te
mostró en 2022 los tesoros de la iglesia sobre los que escribiste, así como de
la colección.
¿Has vuelto a Cuba o pensado en volver?
Yo siempre me dije que, mientras durara el régimen, no
tenía por qué regresar a la Isla. Incluso, en el grupo de Herencia, en
determinado momento, tuvimos un desacuerdo con algunos miembros que decidieron
organizar viajes para visitar sitios patrimoniales y filmarlos. Uno de ellos,
Gustavo Araoz, quien era por entonces presidente del ICOMOS (Consejo
Internacional de Monumentos y Sitios), insistió tanto en que los acompañara en
uno de esos viajes que terminé dejándome convencer. Me costaba trabajo ceder,
pero empecé a prepararme durante un mes, sobre todo psicológicamente, que era
lo más difícil.
El caso es que, a pocos días del viaje, le enviaron una
comunicación desde em Ministerio de Cultura de Cuba que decía escuetamente:
“Alberto Sánchez de Bustamante no será admitido en Cuba bajo ningún concepto”.
Sentí un gran alivio y entendí que todo lo que había hecho desde el exilio por preservar
la memoria de la Cuba anterior al castrismo había calado hondo, pues les
molestaba a los funcionarios de la dictadura que creían que podían humillarme o
castigarme prohibiéndome la entrada a mi propio país.
¡Los pobres! Lo menos que se imaginaron fue lo aliviado
que me sentí entonces con mi conciencia. ¡De la que me salvaron! Quién sabe si
me hubiera complicado la vida con la Seguridad del Estado y otros organismos
policiales bajo la égida comunista.
Entonces cancelé mi viaje y me quedé tranquilito en el
país en el que vivo, haciendo lo que siempre hago y feliz de disfrutar de mi
hogar, donde mi esposa y yo hemos visto crecer dos hijos, ocho nietos y tres
bisnietos, más otro que ya viene en camino.













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