Entrevista a Lourdes Abascal Díaz-Albertini, Por William Navarrete
Entrevisto a la amiga Lourdes Abascal.
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“Si alguna vez
mis hijos y nietos desean ir a Cuba soy yo quien los acompañará”
(El escritor
William Navarrete entrevista a la Lourdes Abascal Díaz-Albertini)
Conozco a Lourdes
Abascal desde la década de 1990 en que, siempre entusiasta y cariñosa, la veía
participar en cuantos eventos culturales se celebraban en Miami. No hay persona
del exilio histórico que ella no conozca y con quien no haya tenido relaciones
amistosas o profesionales. Es por eso por lo que la llamo “la conectora de
Miami”, pues a ella recurro cada vez que quiero contactar o localizar a
alguien.
Cuando en 2004
organicé junto a Ramón Colás, Bertha Mexidor y Grace Piney (esta última desde
Cádiz con la asociación Con Cuba en la distancia que presidía entonces) la campaña de apoyo a las bibliotecas independientes
de Cuba, Lourdes Abascal
no vaciló un segundo en dar el paso al frente para convertirse en una de las
“madrinas” de las bibliotecas cubanas que no formaban parte del circuito
oficial en la Isla.
De memoria – y
porque conservo una foto de aquel encuentro –, fue ella quien, en calidad de
presidenta de Herencia, presentó mi conferencia sobre la música cubana del
exilio en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami, el 14 de agosto de 2003.
Desde entonces me
la encuentro casi siempre que viajo a Miami. Fue durante la entrevista a Clara María del Valle, con quien Lourdes compartió la escuela
en Cuba y el trabajo en el programa “Éxodo” de la Fundación Nacional Cubano
Americana, cuando me di cuenta de que no debía dejar de entrevistarla para la
serie “Como el ave fénix” dedicada a exiliados cubanos nacidos antes de 1960
que han tenido que renacer, por la fuerza de los acontecimientos vividos, en
las tierras del exilio.
Háblanos de
tus orígenes
Mi padre, Pedro
Abascal Berenguer, nació en Santiago de Cuba, hijo de padres cántabros. Los
Abascal eran de San Pantaleón de Aras, un pueblo del valle de Aras, en
Cantabria. Un tío de mi abuelo paterno, llamado Lorenzo Abascal de Collado, se
instaló en la capital de la provincia cubana de Oriente, donde creó una
compañía de ultramarinos o víveres, que es como se les llamaba entonces a las
bodegas cubanas distribuidoras de alimentos. Mi abuelo paterno, Pedro Abascal
Gutiérrez, salió de su España natal en 1897 para reunirse con aquel tío en
Santiago de Cuba y trabajar en su almacén de víveres, hasta convertirse, en
1902, en gerente de la empresa. Poco después, ambos se hicieron consignatarios
de buques en el puerto, corredores de aduana y agentes de barcos, y crearon la
Sociedad Sobrinos de Abascal S. L., con sede en el número 11 de la calle
Aguilera y otra oficina en el número 56 de la calle Cuba, en aquella ciudad
oriental.
Mi abuelo paterno
llegó a ser presidente de la Colonia Española de Santiago de Cuba y también fundador
del Club Rotario y del Vista Alegre Tennis Club. Allí le presentaron a Carmela
Berenguer Bosque, una catalana que vivía en Santiago, con quien se casó en 1912.
El matrimonio tuvo cinco hijos, de los cuales mi padre fue el mayor. No pude
conocer a ninguno de mis dos abuelos paternos porque fallecieron antes de mi
nacimiento.
Aunque mi padre
nació en Cuba, desde niño se fue a vivir con unas tías en Santander. Allí estudió
hasta el bachillerato y, posteriormente, pasó un año en Massachussets
estudiando inglés. Me contaba que, como no podía hablarlo al principio, para
conquistar a las muchachas se ponía a tocarles la guitarra. A su regreso a
España, se matriculó en el Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, donde
estudió derecho y se hizo abogado. Solo entonces regresó a Cuba pero, en vez de
establecerse en Santiago de Cuba, se instaló en La Habana, donde se dedicó a
negocios relacionados con las explotaciones forestales.
Por eso
naces tú en la capital cubana…
En efecto, fue en
La Habana donde mi padre conoció a Hortensia Díaz-Albertini Aguirre, mi madre,
hija de Ricardo Díaz-Albertini de Cárdenas y Josefina Aguirre Du-Bouchet, ambos
cubanos desde hacía varias generaciones. Mi abuelo Ricardo era dueño de una
empresa de consignación de barcos procedentes de Europa y Sudamérica, la R.
Díaz y Compañía, que se ocupaba de los contratos y las concesiones a los barcos
chilenos, turcos y de otros muchos países que carenaban en el puerto de La
Habana. Recuerdo que, cuando era niña, me llevaban al puerto y me encantaba
subir a los barcos turcos donde vendían unas galleticas y otras chucherías que
no se encontraban en los comercios de la ciudad.
La familia de mis
abuelos era bastante extensa. Graziella Aguirre del Monte, una hermana de mi
abuela, por ejemplo, estuvo casada con un alemán de Bremen llamado Theodoro Dietrich
Garbade, socio de H. Uppman, el conocido comerciante de tabacos. Teodoro fue
presidente de la Unión de Manufacturas de Tabacos de Cuba y jefe de la Cámara
de Comercio de Cuba, y fue también quien, en representación de este ramo, firmó
el acuerdo de aranceles con Estados Unidos en la mitad del siglo XIX. Por eso
tengo primos repartidos entre Bremen y Mallorca con los que mantengo contacto.
¿Cuándo y
dónde naces? ¿Qué recuerdos tienes de tu barrio?
Nací en La
Habana, en el reparto Miramar, el 25 de abril de 1944, y viví hasta mi salida
de Cuba en la misma casa, situada en la calle 14, N° 110, entre las avenidas
Primera y Tercera. En aquella casa, además de mis padres, convivíamos cuatro
generaciones de mujeres, comenzando por mi bisabuela Julia Du-Bouchet de la
Vallina, mi abuela Josefina Aguirre Du-Bouchet, mi madre y yo, que era la única
hembra y la mayor de los cuatro hijos que tuvieron mis padres.
Vecinos nuestros
eran Mario Luis del Valle Cervera, cuya esposa, Clara María del Valle, entrevistaste recientemente. Frente a nuestra
casa vivían Edgardo Buttari, quien había sido ministro de Comercio durante el
gobierno de Batista en 1942 y su esposa Gloria Puig. Por esa razón siempre
teníamos un guardia haciendo posta frente a nuestra casa. También vivían, en el
N° 121 de esa misma calle, Francisco Finlay García, nieto del Dr. Carlos J.
Finlay y gerente de la Compañía Real Holandesa de Aviación (KLM), junto con su
esposa Berta de la Portilla Lavastida, y sus hijos. Otro de nuestros vecinos
era Julio Forcade Pedro, propietario de la compañía nacional de seguros La
Cubana, y su esposa María Teresa Freyre de la Torre. Sus hijas María Teresa,
Elena y Lourdes Forcade Freyre eran mis mejores amigas.
La vida que
llevaba en ese barrio era la de una típica muchachita que salía a pedalear en
bicicleta por las calles y que asistía al Havana Yacht Club, donde todos los
viernes había sesiones de patinaje. Yo era malísima para los deportes y pasaba
los días de ocio en la playita de 16, que de playita no tenía nada, pues era
puro diente de perro; pero así y todo me encantaba. Iba con mis amigas a bañarnos
y un señor que vivía al lado nos ponía películas de dibujos animados. A mi
abuela por poco le da un síncope cuando se enteró de aquello, pues ese señor
era Martin Fox, el dueño de Tropicana.
También íbamos al
campo porque mi familia tenía una finca llamada Aguirre en Catalina de Güines.
Esa finca, después de que nos la confiscaron, sirvió de campamento para las
UMAP, aquellos campos de concentración del castrismo creados para “reformar” a
los desviados ideológicos, homosexuales y desafectos al régimen. Por supuesto,
la dejaron destruir al punto que hoy está irreconocible. Un sobrino que estuvo
en Cuba sacó fotos y pudimos ver el estado deplorable en que se encuentra.
Háblanos de
tu escolaridad
El primer año de
escuela lo hice en la Academia de Margot Párraga, en el Vedado, pero enseguida
me pusieron en el colegio Las Esclavas del Sagrado Corazón, situado en la calle
62 entre 5ta A y 5ta B, en Miramar. El colegio fue construido en un lote donado
por la monja Natividad del Valle a la congregación de Las Esclavas.
Por cierto, dicha
congregación había fundado primero un colegio para niñas pobres en Luyanó, una
especie de escuela donde se enseñaban oficios y adonde nos llevaban a nosotras para
hacer los retiros espirituales. En nuestro colegio éramos unas cuarenta niñas
de la primera promoción, y yo tenía el número 23. Conmigo estudiaban Clara
María Carrera Jústiz (ahora del Valle), Julieta Navarrete, Beba Ochoa Núñez (la
hija de Emilio Ochoa Ochoa, último firmante vivo de la Constitución de 1940 y
cofundador del Partido Ortodoxo junto a Eduardo Chibás), Josefina Aballí, Adela
Maduro, las Casteleiro, Chiqui Blanco y muchas más que es imposible mencionar.
¿En qué
momento y por qué razones sales de Cuba?
Después del
triunfo de la insurrección de 1959, mi padre, que tenía muy buena pluma,
escribía artículos para el Diario de la Marina. Éramos muy amigos de
José Ignacio Rivero, su director, y en aquellos artículos denunciaba las
irregularidades del nuevo gobierno. Un buen día, al regresar yo del cine,
alrededor de las 11 de la noche, me encontré una patrulla de militares, armados
con armas largas, estacionada frente a la casa. Acababan de llevarse detenido a
mi padre y lo condujeron a la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba, ciudad
desde donde provenía la acusación. Por suerte, como la familia era santiaguera,
tenía contactos con Vilma Espín y su parentela, que, como sabes, eran bastante
conocidos en esa ciudad. Al parecer, ella intercedió y, finalmente, soltaron a
mi padre.
Es la razón por
la que mis padres salen primero rumbo al exilio y, pocos días después, salí yo
con mis tres hermanos. Mis abuelos maternos se quedaron un poco más porque, entretanto,
mi tío Ricardo Díaz-Albertini Aguirre, hermano de mi madre, que vivía con su
esposa Miriam Figueras en la calle 32 y la avenida 7ma, en Miramar, había
recibido la propuesta de Fidel Castro de hacerse cargo del Ministerio de
Turismo. Mi tío le respondió que necesitaba pensarlo, pero Castro le dijo que solo
le daba 24 horas para responder. De más está decirte que, conociendo al
personaje como lo conocía, pues había sido su compañero de aula en el Colegio
de Belén, mi tío salió de Cuba con mis abuelos y sus hijos en menos de 24 horas
rumbo al exilio.
La única que se
quedó en Cuba porque estaba muy mayor y no podía viajar fue mi bisabuela Julia
Du-Bouchet de la Vallina.
¿Se quedó
cuidando la casa familiar?
Desgraciadamente
no por mucho tiempo, ya que falleció a los pocos meses. Nuestra cocinera,
convertida en enfermera, se quedó al cuidado de ella y, al morir mi bisabuela,
resultó que la expulsaron de la casa.
La historia es
muy triste porque aquella cocinera era una gallega que había trabajado durante
tres décadas para la familia. En 1957 había decidido retirarse y, con el dinero
que había reunido, quiso regresar a la aldea de Galicia de donde precedía. Sin
embargo, al llegar a España se decepcionó, pues no se sentía ya de aquel lugar
y, según contaba ella, los sobrinos y primos solo se mostraron interesados por
el dinero que traía de Cuba.
De modo que
embarcó de vuelta a La Habana y mi familia la volvió a recibir, esta vez para
que se ocupara de mi bisabuela, que era ya muy anciana. El caso fue que, al
irnos nosotros, ella se quedó en casa, como ya dije. Al morir mi bisabuela,
nuestro antiguo chofer –a quien muchos servicios y favores le habíamos hecho–
denunció a la pobre cocinera para que la sacaran de la casa. Así fue como la
metieron en un asilo, donde murió sola, y la casa fue transformada en albergue para
alojar a los becados que traían de las provincias a estudiar a La Habana.
Total, tanto abuso y atropello para nada, porque hoy en día es una de esas
casas en ruinas de Miramar, y ni siquiera hicieron nada con ella.
¿Qué
sucedió cuando llegaste a Miami?
Quisieron
matricularme en el Barry para que empezara el “College”, pero dijeron que era
demasiado joven y que lo mejor era que cursara el último año de estudios
secundarios en otra parte. En ese momento, mis padres se enteraron de que la
Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de La Habana dirigía un
colegio en Filadelfia y que estaba ofreciendo becas, con todos los gastos
pagados, a estudiantes cubanas llegadas al exilio. Así fue como me fui a
estudiar durante un año a la Ancilla Domini Academy, en Germantown, un barrio
de esa ciudad del este de Estados Unidos.
Fue un periodo de
mucha inestabilidad y las noticias no eran buenas. Un noviecito que tenía se
había sumado a la invasión de Bahía de Cochinos y resultó herido y hecho
prisionero. José Ignacio Macía del Monte, padre de Cecilita Maciá, una de mis
compañeras de colegio en Filadelfia, fue uno de los nueve prisioneros de la
Brigada 2506 que murieron asfixiados en la llamada “rastra de la muerte”, durante el trayecto en que eran
transportados desde Bahía de Cochinos hasta La Habana. Ese mismo año, mi madre
murió de cáncer en Miami, dejando a tres hijos varones que todavía eran menores
de edad, entre ellos mi hermano Arturo, que tenía apenas cinco años.
¿Qué
deciden entonces?
Mis abuelos
maternos, que se habían establecido en Nueva York, decidieron instalarse en
Puerto Rico, y con ellos fueron a vivir dos de mis hermanos, mientras que el
mayor de los tres decidió entrar en el Ejército. Al poco tiempo, decidí irme
también a Puerto Rico, donde comencé a trabajar inmediatamente en un banco
hipotecario. Poco después de llegar, conocí a Guillermo Quirch, un cubano
exiliado en Puerto Rico cuyo padre había creado un negocio de carnes en la isla.
Me casé con Guillermo y permanecimos en Puerto Rico hasta 1973, donde nacieron
nuestros tres hijos varones. Cuando la empresa abrió una oficina en Miami con
el objetivo de expandirse, nos mudamos allí.
¿No
retomaste los estudios nunca?
Contra viento y
marea, sí. Tuve que esperar a que mis hijos ya fueran mayores para poder
cumplir mi sueño de cursar estudios universitarios, algo que, hasta entonces,
la vida me había obligado a descartar. Fue así como entré a estudiar Psicología
en la Florida International University (FIU), donde me gradué en 1985 y donde
también cursé estudios de Historia del Arte.
Has
trabajado mucho en el ámbito comunitario. ¿Puedes contarnos sobre esto?
En 1988 Clara del
Valle, mi antigua y querida compañera de clases de Las Esclavas de Miramar, me
llamó para proponerme trabajar en el programa “Éxodo” de la Fundación Nacional
Cubano Americana. El programa se ocupaba de tramitar las visas y preparar los
expedientes para la reunificación de muchos cubanos dispersos en el mundo que
deseaban establecerse con sus familiares en Estados Unidos.
Vi los cielos
abiertos, pues para mí aquella propuesta significaba un trabajo remunerado que
me permitía independizarme. Me divorcié después, en 1989, y partí a trabajar
para dicho programa en Panamá, Costa Rica, República Dominicana, Venezuela y
España. Acogíamos a los cubanos, los asesorábamos y preparábamos sus
expedientes. En esto estuve cinco años de mi vida, conociendo historias
increíbles que me permitieron retomar, tres décadas después de mi salida, la
historia de lo que había sucedido en la Isla. Al parecer, trabajamos muy bien,
porque el índice de aprobación era muy elevado y unos diez mil cubanos pudieron
llegar así legalmente a Estados Unidos.
Tengo
entendido que después de “Éxodo “seguiste en este tipo de labor comunitaria…
Tres meses
después de haber terminado con el programa “Éxodo” comenzó la crisis de los
balseros de 1994, en que el gobierno norteamericano decidió poner freno al
éxodo interceptando a quienes intentaban atravesar el Estrecho de la Florida.
De ese modo 30 000 cubanos interceptados fueron llevados a la base naval de
Guantánamo, en donde comenzaron a llegar familias con niños que vivían
hacinados en carpas. Fue entonces que el Arzobispado de Miami creó el programa
“Operación Ángel” para dar atención a estos menores y tramitar con el gobierno
de Bill Clinton las visas humanitarias que les permitieran salir de la base. Al
mismo tiempo, en Miami se crearon los Centros Varela para acoger a estos niños cuando
llegaban gracias a la Operación y, de este modo, encaminarlos en la vida
escolar después una vez en la ciudad.
Estuve dirigiendo
el programa “Ángel” durante tres años, a través del GRASP (Programa de Asistencia a Refugiados de Guantánamo), un programa privado
de la agencia United Way que yo coordinaba y cuya presidenta honoraria era
Louise Valdés-Fauli. El programa facilitó la relocalización de unos ocho mil
refugiados en Estados Unidos, dándoles orientación profesional y social. En
esto trabajé hasta 1998.
Entonces
estuviste en Guantánamo…
Estuve en la base
naval de Guantánamo, es decir, en un territorio norteamericano en la isla de
Cuba. No te puedo explicar la emoción que sentí al aterrizar en mi isla natal
tres décadas y media después. Me bajé del avión temblando y siempre tuve la
impresión de que el aire era diferente. Estuve allí más de tres veces y siempre
nos quedábamos en unos barcos que habían sido de turismo, pero que ya estaban
viejos y medio destartalados. Dormíamos como podíamos en los camarotes y
preparábamos a los refugiados con miras a su relocalización, y a encontrarles
trabajo una vez que llegaran a Miami. Lo impresionante es que allí se había
creado una verdadera comunidad entre los propios refugiados, con actividades
culturales, periódico, escuelita, etc. Una especie de sociedad libre en una
Cuba también libre, gracias a la creatividad natural del cubano.
La labor seguía
en Miami pues a los médicos e ingenieros les ayudábamos en el tema de la
revalidación de títulos. A otros refugiados, como a los camioneros, con el
asunto de la licencia de conducir, y en muchos otros ámbitos.
Esa época
coincide con tu participación en Herencia Cultural Cubana, la asociación y
revista fundadas por Alberto Sánchez de Bustamante. Recuerdo que te convertiste
en madrina de una campaña de apoyo a las Bibliotecas Independientes cubanas que
coordinaba la asociación por la Tercera República Cubana que yo presidía
entonces…
En efecto, me
incorporé a Herencia desde el principio. Incluso fui presidenta de la
asociación entre 2004-2005 y la labor fue muy intensa pues uno de los objetivos
de Herencia desde su fundación en 1994 por Alberto Sánchez de Bustamante era, y sigue siendo, la salvaguarda del
patrimonio cultural cubano.
En esa época tuve
un negocio con mi querida amiga Rosita Pérez llamado Concepts Options. No
ganamos dinero, sino que perdimos, pero nos divertimos cantidad.
Pero después del
trabajo con los refugiados de Guantánamo me incorporé como “community organize”,
a Abriendo Puertas, una organización no lucrativa basada en la Pequeña Habana,
que se dedicaba a orientar a los indocumentados, fundamentalmente
centroamericanos. Estuve cuatro años en ésta hasta que decidí cambiar de ámbito
y me fui con mi hermano a trabajar en su banco hipotecario, del cual finalmente
me retiré.
¿Independientemente
de los tres viajes a la base naval de Guantánamo, has vuelto a Cuba? ¿Deseas
volver?
Nunca. Pero si
alguna vez mis hijos y nietos desean ir a Cuba soy yo quien los acompañará. No
permitiré que conozcan el país de sus padres y abuelos a través de la mirada de
otra persona. Quiero que lo vean a través de mis propios ojos y, en este caso,
estoy dispuesta a regresar a Cuba gústele o no a quien sea.
Tengo tres hijos
varones, nueve nietos y siete bisnietos (con un octavo en camino) y ninguno
conoce el país de sus orígenes.
¿A qué se
dedica hoy Lourdes Abascal hoy?
A recorrer mundo
y a disfrutar de la vida. Viajo mucho con mi esposo Eduardo Zayas-Bazán Loret de Mola, con quien me casé en 2007. Ahora mismo
acabamos de regresar de Egipto y Turquía.
Con Eduardo no me
aburro mucho pues él siempre está implicado en algo nuevo. Ahora mismo es el
presidente de la Asociación de Veteranos de la Brigada 2506 de bahía de
Cochinos y pasa parte de su tiempo ocupándose del nuevo Museo y Biblioteca de la Brigada en la Pequeña Habana. Además, con tantos
nietos y bisnietos no tengo tiempo para aburrirme. Soy yo quien les trasmito
nuestra cubanía.









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